Identidades abyectas como formas de resistencia no organizada en el contexto neoliberal: el caso de Mano de obra y Fruta podrida

Nerea Oreja

UCA Buenos Aires

nereaog@gmail.com

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Resumen

Las novelas Mano de obra, de Diamela Eltit, y Fruta podrida, de Lina Meruane, visibilizan espacios e identidades marginales de la sociedad chilena de la dictadura y la postdictadura, donde el avance del mercado y las políticas neoliberales relegan al terreno de la abyección a aquellos sujetos que no cumplan con las expectativas del orden hegemónico. Ante la exclusión, dichas identidades harán de su cualidad de abyectas su herramienta de resistencia, a pesar de que esta se lleve a cabo de manera casi inconsciente.

 

Palabras clave

identidad, resistencia, neoliberalismo, Eltit, Meruane.

 

 

Abstract

Diamela Eltit’s Mano de obra and Lina Meruane’s Fruta podrida make visible marginal spaces and identities from the Chilean dictatorship and post dictatorship, where the market progress and the politics of the emerging Neoliberalism set aside to abjection those subjects that don´t belong to the expectations of the hegemony. Considering that exclusion, these identities will turn their abjection into a resistance tool, even if they do it almost unconsciously.

 

KEYWORDS

identity, resistance, Neoliberalism, Eltit, Meruane.

 

“El mundo puede ser un gran galpón lleno de gente diversa.
El mundo allá abajo es una enorme instalación fabricando ciudadanos de exportación”
Fruta podrida, Lina Meruane

 

Nelly Richard habla de la posmodernidad como un momento de crisis y ruptura de las certezas, donde el fragmento es la forma (o no-forma) por excelencia. A su vez, la posmodernidad en América Latina adquiere cualidades diversas a las del modelo occidental dominante, ya que su historia se desarrolla bajo el sello de la “marginación, dependencia, subalternidad, descentramiento” (273), margen que la literatura se propondrá convertir en centro de sus narraciones, como sucedió con la escena avanzada chilena, pero no únicamente con estos autores. 

Mano de obra (2002), de Diamela Eltit, y Fruta podrida (2007), de Lina Meruane, se desarrollan en el contexto de la globalización, el capitalismo y el neoliberalismo. Según afirma García Canclini, “nos vamos alejando de la época en que las identidades se definían por esencias ahistóricas: ahora se configuran más bien en el consumo, dependen de lo que uno posee o es capaz de llegar a poseer” (14). Por su parte, Ana Forcinito menciona “una nueva forma de subjetividad (apolítica, consumista, sumisa y vigilante)” (103). De este modo, podría hablarse de una también nueva concepción del ciudadano como consumidor, visible sobre todo en Mano de obra y en la calificación que el narrador hace de los clientes como buenos o malos. Los buenos clientes representarán a la élite, aquella que tiene capacidad económica de consumo, mientras los malos clientes (entre los que se encuentran, también, ancianos y niños) no consumirán sino que revisarán y manosearán la mercancía como modo de expresión de cierta frustración ante la incapacidad de comprar. En este mismo contexto de la globalización se instauran nuevas condiciones laborales que refuerzan el individualismo y la desconfianza hacia el otro (que derivan en el desmembramiento de las colectividades existentes en el pasado y generan la disgregación de los lazos afectivos)[i], y mantienen constantes como la explotación, la amenazada de despido o la normalización del acoso sexual. La comunidad queda “dislocada por la violencia del quiebre institucional en las regiones víctimas del poder represivo” (Richard 277).

Las relaciones sociales fragmentadas y desarticuladas quedan expuestas en ambas novelas. Por un lado, en Mano de obra los trabajadores que comparten el espacio del hogar desconfían unos de otros y juzgan y denuncian sus actos. En Fruta podrida, Zoila y María son hermanas, pero solo a medias, y la enfermedad de aquella es una carga para esta. A su vez, ninguna de las dos mantiene una relación afectiva con el padre que comparten, que vive en el extranjero y con el que la hermana Mayor tiene una deuda económica (este sería el único vínculo entre ambos). Tanto en el contexto de la dictadura retratado en Fruta podrida e inferido por la gran importancia que la exportación de la fruta chilena adquirió durante el mandato de Augusto Pinochet, como en el de la predictadura (1970, durante el gobierno de Salvador Allende) de Mano de obra, la soberanía es la del mercado y el consumo, el autoritarismo patente genera formas de resistencia que subvierten la lógica dominante, que se mantienen latentes a lo largo de ambas novelas y que estallan en determinados momentos a través de corporalidades desbordantes.

 

  1. Reescribir a Foucault desde la subversión de los espacios

 

Foucault define el poder como un sistema poroso que contiene líneas de fuga que amenazan su inamovilidad pero que le son inherentes. Asimismo, la lógica dominante que gobierna una sociedad determinada contiene resquicios por los que la resistencia y la subversión pueden infiltrarse. Las fallas del sistema de control, no importa si se trata de un supermercado, de un galpón de producción de fruta o de un hospital, permitirán la irrupción de lo que Deleuze y Guattari llamaron “flujos descodificados” (441)[ii], es decir, aquellos que no se someten a la lógica dominante. Este espacio de exclusión es intrínseco a lo que los autores llaman la sobrecodificación, el marco reglado en el que se insertan los sujetos; así, “el estado arcaico no sobrecodifica sin liberar también una gran cantidad de flujos descodificados que van a escaparle” (454). Por tanto, dentro del imperio sobrecodificante existen personas que forman parte de él pero que lo hacen ineludiblemente como excluidos o descodificados; este grupo será denominado por Deleuze y Guattari como el “personaje colectivo del excluido” (455) y es en este terreno donde se ubicarán los personajes protagonistas de Mano de obra y de Fruta podrida, ambos relatos que muestran cómo “por los intersticios asoman las resistencias políticas secretas, el gesto de sobrevivencia” (Lorenzano 15).

En términos foucaultianos, podría decirse que estas resistencias constituyen micropoderes residuales, excedentes que desafían al poder hegemónico[iii] y que tanto Eltit como Meruane toman como centro de sus narraciones, en un ejercicio de escritura que podría concebirse como político, un acto de dar voz a los silenciados, a los invisibles, haciendo surgir lo que Didi-Huberman llama “parcelas de humanidad” que emergen “en medio de las ruinas o la opresión” (25). Se trata entonces de conquistar esa parcela en un mundo que devino inhumano y construir una historia narrable, digna de ser narrada[iv]. En este sentido, las fronteras entre el arte, la vida y la política se difuminan, haciendo de la poética de la marginalidad que ambas autoras adoptan un acto político.

La propia Diamela Eltit, en el artículo “Errante, Errática” recopilado en el volumen de Juan Carlos Lértora, Una poética de literatura menor: la narrativa de Diamela Eltit, plantea sus novelas como espacios de disidencia a través de la elección de un sector de la sociedad marginado por los imperativos hegemónicos. La reflexión de Eltit resulta igualmente esclarecedora para la novela de Meruane, ya que ambas autoras muestran en sus textos dinámicas de escritura con puntos en común.

 

Ejemplar me ha resultado lo que ha sido mi observación de los códigos dominantes –para decirlo de alguna manera– chilenos. Me refiero a esos comportamientos que me parecen excluyentes o reductores, aquellos que, desde su anacronismo de clase o desde su voracidad económica, tejen condicionantes de conductas, cuando no estereotipadas, represivas. (Eltit, “Errante” 21)

 

La precariedad que se gesta en los márgenes, los residuos del neoliberalismo, estas “subjetividades que surgen del dolor” (Cánovas 25) llevan a cabo una suerte de revuelta corporal (unida a una rebelión del lenguaje) ante la imposibilidad de ser dueños de su intimidad (en la invasión que el sistema hace tanto del espacio público como del privado). “Las excreciones, los fluidos y los exabruptos, tanto fisiológicos como verbales, desafían el disciplinamiento y el control “manchando” la límpida imagen de la sociedad de consumo transnacional” (Lorenzano 25). Así, la menstruación como flujo rebelde se convierte en símbolo de resistencia femenina frente al poder patriarcal en ambas novelas. Claro ejemplo de ello sería el momento en el que las temporeras de Fruta podrida empiezan a menstruar todas a la vez como modo de intensificar su protesta ante la precaria situación laboral. Ellas son esclavas del sistema de producción, trabajan en cadena y ordenan y lustran la fruta en cajas listas para la exportación, pero su cuerpo se rebela, no entiende de límites y excede la norma rebalsándola. Para Forcinito, estos desbordamientos deben ser pensados como “excedentes rebeldes” o “excesos de corporalidad” (93-94) que funcionan como mecanismos de resistencia ante los discursos autoritarios. En este sentido, la corporalidad cumpliría una doble función; por un lado, la de rebajar al individuo a lo corporal, sin llegar a dotarlo del estatus de sujeto; pero, por otro lado, “la corporalidad se presenta como un exceso indomable, como el último refugio de una posible articulación de resistencia y, por lo tanto, una afirmación de la subjetividad” (Forcinito 95). Del mismo modo funciona en el caso de Zoila la orina. El excedente corporal muestra su posicionamiento ante la vida y la muerte, su rebeldía y firme propósito de no acatar la norma médica. En el caso de Mano de obra, la sangre no será únicamente menstrual, sino que aparecerá también cuando Sonia se corte al despedazar los pollos en la sección de carnicería del supermercado. Frente a la pulcritud, el orden y la opresión del espacio del súper, la sangre emana en abundancia de su cuerpo, libre, desafiante.


            I.I. La biopolítica

 

El control social ejercido por los cuerpos y a través de los cuerpos, es decir, las intervenciones y controles reguladores de los cuerpos se desarrollarán dentro del marco de lo que Foucault llamó biopolítica y que supone una invasión y control de la vida en todas sus dimensiones. Según Foucault, el Estado posee una tendencia imperialista inherente a crecer y expandirse, “a ganar en superficie, en extensión, en profundidad, en detalle, a tal punto y tan bien que llegaría a hacerse cargo por completo de lo que para él constituye a la vez su otro, su exterior, su blanco y su objeto, a saber, la sociedad civil” (Foucault, Nacimiento 219). En la era del biopoder[v] se da una constante “administración de los cuerpos y [una] gestión calculadora de la vida” (Foucault, Historia I 132), y el cuerpo será concebido como una máquina que se adiestra y cuyas aptitudes, fuerzas, utilidad y docilidad quedan asegurados por los procedimientos de lo que el autor llama disciplinas, es decir, “métodos que permiten el control minucioso de las operaciones del cuerpo, que garantizan la sujeción constante de sus fuerzas y les imponen una relación de docilidad-utilidad” (Foucault, Vigilar 141). Además, Foucault resalta el papel fundamental del biopoder en el desarrollo del capitalismo, el contexto por excelencia en ambas novelas. Para Foucault, el capitalismo “no pudo afirmarse sino al precio de la inserción controlada de los cuerpos en el aparato de producción y mediante un ajuste de los fenómenos de población a los procesos económicos” (Foucault, Historia I 133). Respecto a la idea del biopoder y la biopolítica, Gabriel Giorgi habla de un nuevo campo basado en los saberes y las tecnologías, en el que

 

nacer, morir, curarse, enfermarse, reproducirse, etc., se vuelven focos de intervenciones diversas, y por lo tanto de politización; la modernidad intensifica esas tecnologías (especialmente en las últimas décadas), haciendo de la subjetividad -y desde luego, de la esfera pública y de lo colectivo- un campo de reflexión y de prácticas acerca de cómo vivir y cómo morir[vi]; lo biológico, el ciclo o la temporalidad de los cuerpos, se vuelve cada vez más terreno abierto de decisiones: abre un nuevo horizonte de politización (Giorgi 18-19).

 

De este modo, el objetivo principal de la biopolítica será “hacer vivir”, tal y como señaló ya Foucault, y esta premisa legitimará todas las formas de violencia necesarias para cumplirla. Sin embargo, las identidades consideradas patológicas o abyectas, aquellas que no se corresponden con el modelo fijado por la normalización disciplinaria[vii], confrontarán este dictado y abogarán por el cuerpo enfermo, por el “hacer morir”, como ocurre en el caso de Zoila de manera explícita, pero también en el del narrador de la primera parte de la novela de Eltit, declarado abiertamente enfermo y, por tanto, abyecto. Siguiendo la estela de Kristeva y su análisis sobre lo abyecto, Hal Foster lo analiza como “un estado en el que la subjetividad es problemática, en el que el significado se derrumba” (157). En este sentido, el cuerpo cumple una función doble en el contexto de la dominación biopolítica; por un lado es el espacio de inscripción y ejercicio del poder imperante, pero, por otro, “un importante locus de resistencia al poder” (Lazzara 157). En esta resistencia estribará su cualidad de abyecto y de flujo descodificado que no se doblega a los dictados del poder.

Susan Sontag analiza cómo el contacto con el sujeto enfermo adquiere incluso dimensiones inmorales y se entiende como una infracción de la norma, ya que “la enfermedad es el lado nocturno de la vida, una ciudadanía más cara” (Sontag 11). En el caso de Fruta podrida, el desproporcionado miedo a la enfermedad de Zoila y el consecuente distanciamiento entre las dos hermanas (también observable en el grupo de trabajadores del supermercado de Eltit) se ven reforzados a su vez por la creciente desintegración de los lazos familiares en la era neoliberal, donde la subjetividad no se construye en base a una pertenencia, sino a una “trashumancia”  que muestra el éxodo siempre pobretón, mezcla de exilio político y laboral” (Carreño Bolívar, “Eltit y su red” 142). La entrega absoluta y obligatoria al trabajo, así como el miedo constante al despido (la incertidumbre y la intercambiabilidad son los horizontes laborales de estos trabajadores postindustriales)[viii] generarán relaciones basadas en la desconfianza y en la traición de unos a otros. Así se muestra entre los trabajadores que cohabitan en el hogar, donde rigen las mismas normas que en el supermercado, espacio en el que se establecen relaciones de poder basadas en el género y en el color de la piel, donde no existe una familia de lazos consanguíneos, sino un conglomerado de trabajadores que se ven obligados a compartir el espacio del hogar por falta de recursos. Del mismo modo, en el caso de Zoila y María, a pesar de ser hermanas a medias o medio hermanas, como se repetirá constantemente a lo largo de la novela, no existe un núcleo familiar; la madre no se menciona y el único padre que se menciona es el de Zoila, que está ausente. Al fin y al cabo, la familia queda reducida a “un apéndice de estructuras laborales devastadoras” (Carreño Bolívar, “¿Quién eres?” 16). Blanco también detiene su reflexión en la construcción del entramado familiar en Mano de obra, describiéndolo como “familias pervertidas, funcionales en su corruptibilidad y deslealtad” (178).

 

I.II. La disciplina de los cuerpos

 

Dentro de la idea de la administración de la vida, tan presente en las novelas de Eltit y de Meruane (en la primera a través del espacio del supermercado y en la segunda en el galpón y el hospital, así como en la extensión de dicha administración al espacio familiar en ambas obras), el objetivo de la disciplina será distribuir a los individuos en el espacio y en el tiempo. Respecto al espacio, elemento fundamental en las dos novelas, Foucault realiza una descripción detallada del empleo que la disciplina sobrecodificadora (retomando el término de Deleuze y Guattari) hace del mismo, remarcando cuatro elementos indispensables que también en los espacios protagonistas de las novelas quedan patentes. Por un lado, el espacio de la disciplina será un espacio de clausura, un lugar cerrado y protegido en el cual podrán llevarse a cabo los objetivos disciplinarios en cuestión. Por otro, el espacio de la disciplina será celular, es decir, contendrá en su interior diversos espacios en los que cada individuo desarrollará su tarea. “A cada individuo su lugar; y en cada emplazamiento un individuo. Evitar las distribuciones por grupos; descomponer las implantaciones colectivas; analizar las pluralidades confusas, masivas o huidizas” (Foucault, Vigilar 146). Esta distribución de los individuos en el espacio permitirá ejercer sobre ellos un control más exhaustivo.

Además, estos espacios serán siempre funcionales, es decir, útiles y efectivos para la administración de los cuerpos y la dominación de los sujetos. “Se fijan unos lugares determinados para responder no solo a la necesidad de vigilar, de romper las comunicaciones peligrosas, sino también de crear un espacio útil” (147). La utilidad del espacio estriba en el intento obstinado por alcanzar el ideal requerido por la institución. Tanto en el caso del supermercado de Eltit como en el del galpón o el hospital (espacio explícitamente analizado por Foucault) de Meruane, las premisas foucaultianas encuentran su lugar, constituyendo espacios en los que el ideal es el trabajador de mano de obra barata (elemento clave para la supervivencia de la economía neoliberal), productivo y eficaz las 24 horas del día, por un lado, y la trabajadora formada y sumisa, vigilante de aquellas que ocupan un puesto inferior, sana y productiva, “industriosa y perfeccionista” (Meruane 172), por otro. En este sentido, el hogar se convierte en un espacio igualmente profesionalizado (muestra de la falta de fronteras entre el espacio público y el privado que genera paranoia y sensación de control constante en los trabajadores), con una repartición del trabajo que genera jerarquías que imitan las del lugar de trabajo. En el caso de María, ella es la única dueña de la casa, y en ese espacio ordena y manda, sin la supervisión del Ingeniero, pero con las visitas rutinarias del Enfermero. En el caso de Mano de obra, Enrique se proclama líder del grupo (debido a su tez más clara), en un extremo, y Gloria quedará relegada a la habitación del fondo, al servicio doméstico y sexual de los hombres de la casa, en el otro. En esta repartición de las tareas, la mujer, además de trabajadora, es destinada siempre a una labor sexual que satisfaga, bien los deseos del hombre, o bien los deseos del mercado (el mercado de la medicina y la ciencia en el caso de Fruta podrida). En ambas novelas, el cuerpo se define en primera instancia como cuerpo de trabajo, donde la lógica capitalista dicta que cuanto mayor es la plusvalía, menor es la subjetividad. No hay sujetos, únicamente cuerpos. Resulta muy esclarecedor a este respecto las palabras de Jean-Luc Nancy sobre el cuerpo en el contexto del trabajo, contexto de disciplinamiento y organización:

 

¿Dónde están los cuerpos, primeramente? Los cuerpos están primeramente en el trabajo. Los cuerpos están primeramente en el esfuerzo del trabajo. Los cuerpos están primeramente en el traslado hacia el trabajo, de vuelta del trabajo, a la espera del descanso, buscándolo y rápidamente dejándolo, y, al trabajar, incorporándose a las mercancías, mercancía en sí mismo, fuerza de trabajo, capital no acumulable, rendible, que puede agotarse en el mercado del capital acumulado, acumulador. (75)

 

La sumisión de los cuerpos que la disciplina persigue se logra, como ya se ha esbozado anteriormente, a través de la reiteración ininterrumpida de prácticas y tareas que se desarrollan tanto en el espacio del supermercado como en el del galpón, donde se materializan discursos que seguirán vigentes en el espacio familiar. Tomando la perspectiva de Judith Butler sobre el proceso de la copia y de la mímesis a la hora de naturalizar determinados patrones que no son más que constructos ficticios establecidos por la lógica dominante para alcanzar su ideal, el excedente que supone el cuerpo o la identidad abyecta en ambas novelas puede entenderse igualmente como copia fallida del ideal a perseguir. Según Butler, “la pérdida del sentido de “lo normal” puede ser su propio motivo de risa, sobre todo cuando “lo normal”, “lo original”, resulta ser una copia, y una copia inevitablemente fallida, un ideal que nadie puede personificar” (Butler, El género 270).  En este sentido, la copia fallida representa una línea de fuga y de subversión no organizada e inherente al propio sistema.

Los espacios del supermercado estarán diferenciados entre sí y en cada uno de ellos se encontrará un solo responsable, un trabajador que cumpla una función determinada. Las agrupaciones y el contacto entre unos y otros estarán prohibidos, como se demuestra explícitamente en la mención al intento fallido y denunciado por los propios compañeros de Alberto de crear un sindicato y en la protesta que comienzan las temporeras debido a las malas condiciones laborales (la primera medida de María para desarticular esta protesta es separar el grupo, para que no se comuniquen entre ellas y no puedan idear estrategias de protesta organizada). Según Néstor García Canclini, “al subordinar la acción política a su espectacularización en los medios, se va reduciendo la importancia de los partidos, los sindicatos, las huelgas, las manifestaciones públicas y masivas, en fin, las instancias donde las negociaciones pueden efectuarse” (García Canclini 168). Los intentos de negociación llevados a cabo por los personajes de ambas novelas se ven frustrados y, si bien en Mano de obra la tentativa queda anulada, en Fruta podrida la incapacidad de negociar por los derechos propios desembocará en el acto violento del envenenamiento de la fruta. En relación a la prohibición de las agrupaciones sindicales, los títulos y subtítulos que organizan la primera parte de Mano de obra son referencias históricas a otras épocas de lucha obrera (y a diarios publicados en ese contexto), donde existía una comunidad con la que identificarse. Frente a aquel obrero organizado y activo, los trabajadores del supermercado y María, en el galpón, son “un nuevo sujeto social, un anónimo sin identidad, sin genealogía. […] se representa sin articulación posible a la comunidad […]. Sujeto sin palabra y sin reconocimiento en los otros, opera como máquina de producción para el gran capital global” (Olea 101), un grupo de trabajadores que son a su vez consumidores y cuya marca distintiva es su carácter acrítico, que les imposibilita recurrir a “tradiciones culturales que les permitan sustentarse anímicamente y/o incitarlos a la rebelión” (Tompkins 123).

Por último, retomando la categorización foucaultiana del espacio disciplinario, en él cualquier elemento podrá ser sustituido por otro (la intercambiabilidad mencionada anteriormente, el principal terror de los trabajadores), debido a que lo que interesa no es el individuo en sí, sino la función que cumple y el lugar que ocupa en la serie, es decir, el rango en el que se encuentra. Este término lleva indefectiblemente a pensar en una organización jerárquica tanto del espacio como de las funciones que los sujetos desempeñan, entre las cuales la función de mayor rango será la del supervisor, elemento omnipresente sobre todo en Mano de obra. El ejercicio de la disciplina exige una mirada constante que controle y actúe sobre lo visto. Y esta mirada pertenecerá al supervisor, ese ojo vigilante que todo lo ve, que todo lo controla. En la primera parte de Mano de obra se deja clara su presencia: “Y, claro, es exacto, correcto, previsible; los supervisores se pasean (de lo lindo), en un atroz fuego cruzado con los clientes, para mirarme -a mí- con sus gestos amenazadores cargados de una reprobación odiosa” (Eltit, Mano 19) o, más explícitamente, se habla sobre el miedo a

 

la mirada absoluta del supervisor o a la mirada más que especializada de la cámara que, con su movimiento imperturbable, recoge la singularidad de los detalles ilegales que ocurren en el súper […]; el supervisor de turno, con un ojo inyectado y paranoico, está obligado a permanecer frente a esa cámara que detenta la certeza de un fragmento de debilidad (la mía, mi inaceptable debilidad) que me podría aniquilar” (Eltit, Mano 34). 

 

Pero la mirada no la efectuará únicamente el supervisor, sino también los clientes que observan y controlan a los trabajadores.

 

Soy un cuerpo que sabe amoldarse al circunstancial odio imprevisible que invade en cualquier instante a los clientes. Ese odio infiltrado en el borde de esa mirada esquiva, diagonal y abiertamente descentrada: me refiero a una expresión cruzada por una voluntad inhumana […] aquí mismo este cliente que no puede dejar de inspeccionar lo que se le ponga por delante: examina la precisión de las balanzas, revisa la solvencia y la seguridad de los estantes, aprieta las frutas, huele la carne, calcula la vigencia y el espesor de la leche. (Eltit, Mano 25-26)

 

Del mismo modo, el propio vigilado se convertirá también en vigilante, sobre todo en el espacio privado del hogar. Los trabajadores del supermercado conviven en la misma casa y observan los movimientos e intenciones de unos y otros, para juzgarlas y denunciarlas en cuanto tienen la oportunidad. En el caso de Fruta podrida la vigilancia está presente a lo largo de toda la novela, tanto por parte del Ingeniero, dueño de la fábrica frutícola, que controla si María se encuentra en su puesto de trabajo desde primera hora de la mañana, como por parte de la propia María, controladora de los campos, las temporeras y de su hermana enferma; del mismo modo, la institución médica representada por el hospital ejercerá un control ininterrumpido sobre el cuerpo de ambas hermanas, tanto a través de las visitas recurrentes a la cínica como por medio del cuaderno de composición que Zoila debe rellenar con los datos relativos a su estado de salud. A su vez, la propia Zoila espía en varias ocasiones a su hermana a través de la cerradura de su pieza, y husmea en ella cuando María no está, descubriendo así los ahorros que su hermana mayor ha ido acumulando a lo largo de los años. Posteriormente, también controlará la salida del hospital, el movimiento que sucede en su interior, con afán de vigilar todos los detalles. En este caso, por tanto, también se da la doble cualidad de vigilado y vigilante en el mismo sujeto.

En Mano de obra, la cámara que graba las diversas partes del supermercado y persigue a sus trabajadores, monitoreada por los supervisores (varones), genera dos sujetos que constituyen el acto mismo de mirar: el sujeto activo que mira y que, según la reflexión feminista sobre la mirada iniciada por Laura Mulvey (centrada en el cine) y revisada posteriormente por autoras como Ann Kaplan, Teresa De Lauretis, Kaja Silverman o Mary Ann Doane, es masculino o, mejor dicho, masculinizado, por un lado, y el sujeto que es mirado y que se convierte en objeto de deseo y placer del sujeto activo, que se encuentra a su vez feminizado.

 

Woman then stands in patriarcal culture as a signifier for the male other, bound by a symbolic order in which man can live out his fantasies and obsessions through linguistic command by imposing them on the silent image of woman still tied to her place as bearer, not maker, of meaning. (Mulvey 15)

 

En el caso de Mano de obra, la mirada (gaze) de los supervisores sobre los trabajadores, sobre todo en el caso de Isabel, los convierte en objetos de deseo y les roba su identidad y su categoría de sujetos. Pero no solamente los espacios públicos serán sometidos a rigurosa vigilancia, sino que se establecerá un continuum entre lo público y lo privado, donde el afuera es el mecanismo que regula el ámbito familiar del hogar. Esta confusión entre el control externo y el interno se verá en ambas novelas, como modo de remarcar la vigilancia extrema que se da de forma constante sobre la sociedad civil en el sistema capitalista. Del mismo modo, en Fruta podrida, la vigilancia que María, la hermana Mayor, ejerce sobre Zoila genera una relación jerarquizada entre el sujeto activo masculinizado y el objeto pasivo femenino que, sin embargo, se subvierte cuando Zoila se convierte en el sujeto activo.   

Según Mulvey, “in a world ordered by sexual imbalance, pleasure in looking has been split between active/male and passive/female. The determining male gaze projects its fantasy onto the female figure, which is styled accordingly” (19). En este sentido, y desde la óptica de los estudios feministas, la mirada es productora de subjetividades concretas y forma parte del aparato ideológico del patriarcado. La mirada como dispositivo de control, por tanto, estará presente tanto en el supermercado de Eltit como en el galpón y en el hospital de Meruane. Sin embargo, como se ha visto, también el control omnipresente, como sucede con el poder que este otorga, tendrá recodos por los que el sujeto que mira se convertirá en objeto mirado.

 

            I.III. El panóptico y sus recodos

 

Tanto la mención del ojo vigilante como la del sistema de control nos llevan indefectiblemente a pensar en el panóptico foucaultiano[ix], que parte de la figura arquitectónica ideada por Bentham para el contexto carcelario, ese aparato de vigilancia y de control de los cuerpos sobre y a través de los mismos. Foucault habla del cuerpo como un “objeto y blanco de poder” (Foucault, Vigilar 140) y establece que el objetivo de la disciplina es lograr un “cuerpo útil, cuerpo inteligible” (140). El cuerpo dócil que persigue la disciplina es el cuerpo moldeable, transformable, manipulable, aquel que puede perfeccionarse a través del ejercicio de un poder infinitesimal sobre el mismo. En este sentido, según Foucault, “la disciplina es una anatomía política del detalle” (143)[x]. Pero, tal y como se ha mencionado anteriormente respecto a los flujos descodificados, existen sujetos que escapan al ideal disciplinario y que representan las líneas de fuga de la lógica dominante. Tal sería el caso de Zoila, en la novela de Meruane, y el de Gloria, Isabel y el narrador, sobre todo, en el caso de la novela de Eltit. La propia disciplina diferencia inmediatamente a los sujetos y los ubica en la categoría de los normales, cuerpos dóciles y disciplinados, adaptados a los patrones prefijados por el poder, o los patológicos; estos últimos serán excluidos de la sociedad, marginados, “o directamente suprimidos, desaparecidos” (Lorenzano 20), pero el sistema tratará de hallar el modo de corregirlos, de reinsertarlos en su engranaje (acercarlos al ideal por medio del mecanismo de poder que es la disciplina) y así amoldarlos a los parámetros de lo inteligible, de los cuerpos que importan y las vidas que merecen ser vividas. Según Butler, “los límites de lo decible, los límites de lo que puede aparecer, circunscriben el campo en el que funciona el discurso político y en el que ciertos tipos de sujetos aparecen como actores viables” (Butler, Vida precaria 19).

De este modo, los sujetos considerados patológicos, aquellos que representan las líneas de fuga del poder, serán sometidos a una mayor vigilancia. Tal es el caso de Zoila, cuyo cuerpo es vigilado y controlado tanto por su hermana, en el espacio familiar, como por el Médico y el Enfermero por parte de la institución médica. Zoila no quiere someterse a la disciplina médica cuyo objetivo es lograr cuerpos sanos, sino que lleva a cabo “pequeños atentados cotidianos que van contra la organización del panóptico” (Barrientos 100) como único modo de resistencia y libertad frente al control represivo que se ejerce sobre su cuerpo. En este sentido, el espacio de la disciplina y de la sobrecodificación se verá desestabilizado por la aparición de la enfermedad y del cuerpo enfermo (especie de micro-resistencias contra el control y la vigilancia sobre los cuerpos), en lento proceso de putrefacción. Como afirma Barrientos, “si para Foucault el poder de dar y preservar la vida es el carácter sustancial de las sociedades capitalistas actuales, la muerte y la enfermedad constituyen un fuera de orden, una dislocación al sistema biopolítico de dominio capitalista” (99). Esta misma resistencia al sometimiento del cuerpo a la norma y a la normalización de las instituciones médicas, entre otras, será la que ofrece Zoila en Fruta podrida, novela que despliega ante los ojos del lector los márgenes del sistema de producción capitalista que convierte a los cuerpos en meras mercancías intercambiables, idea ya apuntada en Nancy. Esta hermana Menor, enferma de diabetes, pretende escapar del ojo vigilante de su hermana Mayor y del hospital que la trata (o que pretende tratarla), como único modo de encontrar cierta “micro-libertad” (Barrientos 100) en el sistema de control de la lógica tanto del espacio familiar como de la institución médica. La enfermedad y la podredumbre, por tanto, se convierten en formas de resistencia no organizada que irrumpen en el orden de la disciplina del hospital, del hogar o del supermercado y la desestabilizan. El panóptico, la estructura fría, aséptica y organizada de control, muestra los resquicios por los que penetran la enfermedad y la rebelión.         

 

  1. Extraños cuerpos extraños

 

Nancy, en la reflexión que hace sobre el cuerpo, establece que “cuerpo es la certidumbre confundida, hecha astillas” (10), visión de lo corporal a la que van a corresponder los cuerpos de Mano de obra y Fruta podrida, presentados como cuerpos derrumbados, cercanos al “bulto” en algunos casos, todos ellos cuerpos dolientes y sangrantes. Lo corporal se presenta en ambas novelas como elemento central de disidencia, como último reducto de resistencia ante la dominación del mercado y de la lógica capitalista a la que este sirve.

 

            II.I. Cuerpos enfermos

 

En el caso de Zoila, el avance de su enfermedad hace que, poco a poco, vaya perdiendo la forma humana y se asemeje cada vez más a un vegetal, sobre todo en la escena final de la novela, en la que su cuerpo no es más que un bulto informe e inactivo frente al hospital. La equiparación de los cuerpos con la fruta[xi] y, en el caso de Zoila, doblemente con la fruta subversiva y con la fruta podrida, muestra la difuminación de los límites del cuerpo humano y constituye el espacio de transición entre lo humano y lo no humano. Este trayecto hacia la descomposición (explicitado no solo en la paulatina podredumbre del cuerpo de Zoila, sino también en el cuaderno de poemas que ella va escribiendo e intercalando en la narración, titulado Cuaderno deScomposición, opuesto al cuaderno de composición en el que anota los niveles a azúcar y demás datos médicos) y la desintegración del organismo podría aprehenderse desde la perspectiva de lo que Deleuze y Guattari llamaron el Cuerpo sin Órganos (CsO) y que “ya está en marcha desde el momento en que el cuerpo está harto de los órganos y quiere deshacerse de ellos, o bien los pierde” (Deleuze y Guattari 156). En este sentido, el organismo sería sometido a la disciplina y al control, y su abandono supondría un atentado contra el orden del propio cuerpo. Zoila encarna el abandono del cuerpo como subversión frente a la obligación de la salud y del control sobre el cuerpo propio de la biopolítica. Según afirma la propia Zoila, “la desobediencia es otra enfermedad congénita, también irremediable” (Meruane 71).Atenta contra sí misma, contra el ordenamiento de su cuerpo, y hace de esta revolución un lugar en el mundo, una forma de vida, como se mostrará al final de la novela.

 

El CsO se opone al organismo, a la organización orgánica de los órganos. El juicio de Dios, el sistema del juicio de Dios, el sistema teológico es precisamente la operación de Aquél que hace un organismo, una organización de órganos que llamamos organismo, porque no puede soportar el CsO, porque lo persigue, porque lo destripa para adelantarse y hacer que prevalezca el organismo. El organismo ya es eso: el juicio de Dios del que se aprovechan los médicos y del que obtienen su poder” (Deleuze y Guattari 163-164).

 

La articulación del cuerpo propio[xii] y ser un organismo serán requisitos indispensables para obtener la categoría de sujeto inteligible. Y, precisamente, Zoila desafiará la voluntad divina del orden y la organización de los cuerpos abandonando el suyo propio al descuido y a la consecuente putrefacción. Para Foucault, “la disciplina aumenta las fuerzas del cuerpo (en términos económicos de utilidad) y disminuye esas mismas fuerzas (en términos políticos de obediencia)” (Foucault, Vigilar 142), pero estas premisas se invierten en Zoila, cuya productividad va en descenso, mientras su capacidad de confrontación con el sistema aumenta. “Yo soy la encargada de mí, pero no como una madre abnegada ni como una laboriosa hermana rodeada de venenos. Mi empresa es la del descuido” (Meruane 43).

Si bien en Fruta podrida la enfermedad se menciona de manera explícita y se dan datos médicos acerca de la misma (menciones sobre los niveles de azúcar en sangre, los análisis de orina, las heridas que pueden derivar en gangrena, la pérdida de la vista por parte de la enferma), en Mano de obra el narrador de la primera parte se describe como enfermo, tal vez en el sentido más etimológico de infirmus (aquel cuyo cuerpo y/o mente no están firmes):

 

Un ciclo parece a punto de cerrarse. Me refiero a mi cuello que pierde su deslinde. Estoy poseído, lo afirmo, desde la cabeza hasta los pies por un síntoma enteramente laboral, una enfermedad horaria que todavía no está tipificada en los anales médicos […] Soy víctima de un mal que, si bien no es estrictamente orgánico, compromete a cada uno de mis órganos. (Eltit, Mano 48-49).

 

Frente a la asepsia y el orden que reinan en el supermercado, el estado enfermo del trabajador supone una alteración, una forma de disidencia. El narrador, en este esquizofrénico y paranoico monólogo interior de tintes, en ocasiones, mesiánicos, desborda su propia corporalidad y excede la disciplina corporal y jerarquizada del supermercado. Dicho desbordamiento, que también es experimentado por Gloria, Isabel y Sonia, tiene lugar a través de la subversión del orden establecido que se da desde el espacio interno del cuerpo; las secreciones, las mucosidades y los flujos corporales emanan de tal modo que el ojo vigilante (en forma de cámara en el caso del súper) no puede verlos ni, por ende, controlarlos. Este excedente corporal, como se ha visto anteriormente, será un elemento amenazador para la armonía y el equilibrio del sistema neoliberal materializado en el supermercado, y constituirá una línea de fuga, especie de transpiración que escapa por la superficie porosa del poder dominante.

La enfermedad irrumpe en el orden establecido de las cosas como elemento desequilibrante en ambas novelas. En Mano de obra la enfermedad aparece en el supermercado y en Fruta podrida en el hogar de María, cuya primera y única obsesión es la desinfección de la casa y del campo. “María se levantó con náuseas: iba a tener una enfermedad metida dentro de su propia casa, la enfermedad se le había colado y no había manera de erradicarla” (Meruane 28). La enfermedad produce desesperación en la hermana Mayor, porque se ve como “una invasora de la sociedad, y a los esfuerzos por reducir la mortalidad de una determinada enfermedad se los denomina pelea, lucha, guerra” (Sontag 111). A partir de este momento, la lucha de María, nombrada explícitamente, será doble: las plagas en el campo, la peste de su hermana en casa. “Allá está la Mayor, con sus pestes, y aquí estoy yo con la mía” (Murenas 40).

 

II.I. Cuerpos nómades

 

Esta fuga a través de la enfermedad se combina con una escapada física que otorga a determinados personajes el carácter de nómadas, una vez más como “formas de violar el imperativo de sedentaridad del poder” (Richard, “Tres funciones” 49). Deleuze y Guattari, en el capítulo “Lo liso y lo estriado” de Mil mesetas, definen el espacio liso como lo nómada, representado por la figura del ganadero, y el espacio estriado como lo sedentario, representado por el cultivador y, posteriormente, por la urbe. Tras la traición de Enrique, en Mano de obra, convertido en nuevo supervisor del supermercado, el resto de compañeros son despedidos tanto del lugar de trabajo como de la casa en la que viven. Este desalojo los obligará a trasladarse físicamente de un espacio a otro, en busca de un asentamiento que, una vez más, será solamente temporal. En el caso de Fruta podrida, Zoila es un personaje doblemente nómade, cualidad que también contemplan Deleuze y Guattari. A un movimiento físico como el viaje al Norte (aparentemente a la ciudad de Nueva York) lo preceden los viajes soñados de Zoila. De este modo, “también existen los viajes in situ, nómadas que no se mueven. Son nómadas a fuerza de no moverse, de no migrar, de mantenerse en un espacio liso que se niegan a abandonar y que solo abandonan para conquistar y morir”. (Deleuze y Guattari 490). La “conquista” del Norte irá seguida de la muerte de Zoila, cuyo cuerpo ha ido descomponiéndose paulatinamente. Este potencial crítico y de subversión política (la última toma de posición de un cuerpo significante es siempre política, según Nancy) queda implícito en el movimiento nómada, visible en el afán de Zoila por violar el ordenamiento del contexto que ella habita y que es gobernado por fuerzas externas que escapan a su conocimiento.


III. El lenguaje como resistencia

 

Por último, la resistencia ante el poder hegemónico dominante se da no solamente a través de la visibilización de identidades abyectas, sino que este hecho va inevitablemente unido a la puesta en marcha de una poética concreta. Es decir, la escritura, la práctica discursiva se enlazará con los cuerpos disidentes como modo de llevar a cabo una subversión a distintos niveles y en las diferentes dimensiones del texto, dando lugar a una “subversión de la letra, el deseo de recodo en tanto descentramiento y resistencia frente a los poderes -institucionales, sociales y textuales- “ (Lorenzano 11-12). Tanto Mano de obra como Fruta podrida presentan un manejo del lenguaje que escapa a los dictámenes del discurso normativo, en ocasiones “despojándose de los controles sintácticos y lógicos” (Kirkpatrick 65), por la aparición constante de los garabatos y de la jerga propia de los estratos sociales más marginales (que forma una suerte de coa literaria), así como por una escritura en ocasiones esquizofrénica y entrópica que responde a una mirada desautomatizada sobre la realidad chilena, “una poética del texto en la cual la estética fragmentaria, rupturista, provocadora, está indisolublemente vinculada a una postura ética” (Lorenzano 12). La escritura funciona en ambas autoras como ejercicio de supervivencia en un entorno que se hace añicos, donde la incertidumbre reina por encima de las certezas. De este modo, la palabra se politiza, dando lugar a la fuga por sobre la norma, al intersticio por encima de lo unívoco, creando un enrevesamiento de las formas y del sentido, paralelo a la incertidumbre del sentido, “hecho astillas”, siguiendo la cita de Nancy, de los cuerpos.

En Mano de obra resulta más clara la aparición del habla popular por medio de las constantes interjecciones que los personajes utilizan. Oraciones como “este culiado piojoso que apenas paga la parte de sus cuentas y nos quiere meter en este tremendo forro” (Eltit, Mano 88) muestran un claro distanciamiento respecto del lenguaje normativo y suponen un desafío del estilo. Forcinito analiza esta apuesta del lenguaje como una resistencia contra un lenguaje que debe ser universalmente traducible y percibe dicha subversión como una “rebeldía particular del Tercer Mundo” (Forcinito 97), idea también presente en la “escritura del tercer mundo” de Louis Renza citada por Lértora (29). Lazzara menciona una “poética del garabato” (163) en relación a Eltit, donde el uso del habla popular funciona como recurso poético que subvierte el lenguaje “mayor”. Por su parte, el lenguaje empleado por los personajes, sobre todo en el caso de Mano de obra, funciona como mecanismo generador de identidad, único anclaje identitario al que pueden aferrarse, una suerte de “rituales verbales en los que unos a otros se degradan por medio de la violencia discursiva inarticulada, último resabio de la humanidad, pero impronta feroz de la animalización lingüística de los individuos (Blanco 188-189). El lenguaje se encuentra en el mismo peligroso límite de lo humano y lo inhumano. De este modo, funciona como espejo de las miserias de los trabajadores y como su fiel exponente. 

Respecto a la apuesta por una escritura decodificadora ligada al universo de lo marginal[xiii], por un lado resulta interesante enmarcar la subversión a través de la escritura dentro de lo que se denomina la literatura menor, término trabajado, entre otros, por T.S. Eliot, Deleuze y Guattari y Lértora, aplicable a las novelas de Eltit y Meruane. En primer lugar, la literatura menor se caracteriza por

 

una desterritorialización, por un desplazamiento, en relación al lenguaje mayor […] se trata, por lo común, de construcciones fragmentarias, basadas en la enunciación colectiva, centradas sobre personajes representativos de experiencias límite, habitantes de un mundo signado por la total precariedad. (Lértora 28-30)

 

Elementos todos ellos omnipresentes tanto en Mano de obra como en Fruta podrida, donde los mecanismos del lenguaje mayor son subvertidos por la presencia de una poética disruptiva, esa literatura menor escrita desde una posición de diferencia con respecto a la lógica dominante como modo de cuestionar el orden y la propia racionalidad de lo hegemónico. El lenguaje fragmentado y desarticulado presente en el monólogo interior del narrador de Mano de obra en la primera parte de la novela y en el Cuaderno deScomposición escrito por Zoila muestran ciertas manifestaciones neuróticas, incluso esquizofrénicas, que penetran la norma desde alguna de sus líneas de fuga. Según Lértora, se trata de “textos literarios cuyo signo es el desplazamiento de códigos de escritura hacia zonas de lenguaje y experiencia que solo son accesibles si se traspasa el lado de la lógica, del orden y la convención” (35). Para Cánovas, “el lenguaje […] exige del lector un acto de fe, por ser letal, catastrófico, obsesivo, obtuso, enervante, lumpen” (26).

Por otro lado, en ambas novelas intervienen distintas voces haciendo de las mismas productos polifónicos donde no hay instancias narrativas superiores o dominantes y donde los diversos discursos y posicionamientos pueden expresarse sin ser sancionados. Esta heteroglosia, unida a la escritura desbordada, produce cierta incomodidad al romper con los parámetros establecidos por la norma tanto del lenguaje mayor como de la literatura considerada igualmente mayor, canónica. A este respecto, Eltit afirma que

 

por esas desigualdades que experimentan hombres y mujeres chilenos y que son ya viciosas, es que, quizás, deposito mi único gesto posible de rebelión política, de rebeldía social al poner una escritura en algo refractoria a la comodidad, a los signos confortables. (Lértora 21)

 

Es decir, una escritura que hace del artefacto literario una disyuntiva que atenta contra las certezas y los discursos unitarios y universales. La escritura se presenta en estas novelas como un instrumento social que alumbra los “espacios de desamparo” (Lértora 22) en los que habitan personajes que, si bien portan de alguna manera la disciplina foucaultiana arriba mencionada, igualmente encarnan la rebeldía propia e inherente al subordinado social. En este sentido, existe un anhelo explícito por parte de ambas autoras de escribir en reacción a ideologemas dominantes y a las condiciones de opresión político-cultural de la sociedad chilena.

 

Conclusiones

 

En este contexto de represión propiciada por el neoliberalismo y sus políticas, las identidades abyectas, aquellas voces silenciadas por el sistema, salen a la luz, desbordan su propia corporalidad y el mismo texto, para forjar una resistencia que, si bien no es organizada, opera como elemento disruptivo y contaminante en el espacio de la lógica dominante simbolizado por el supermercado o el galpón, ambos lugares de vigilancia y disciplina alienante reforzada por el capitalismo y el afán productivo (y, en el caso de la institución médica presente en Fruta podrida, reproductivo). La inestabilidad de la materia viviente, así como de la voz narrativa, muestra la inconsistencia y la capacidad de fluctuación del sistema hegemónico, al mismo tiempo que sus fallas. Los cuerpos presentados en ambas novelas son tratados por el sistema como mercancía, cuerpos que adquieren un valor monetario por su capacidad productiva, y equiparados constantemente tanto con los productos del supermercado como con la fruta de exportación cultivada en el campo chileno. Ante la explotación y el abuso, sin tener plena consciencia de ello, estos cuerpos rebasan sus propios límites y los límites del espacio de disciplina y producción. Además, logran llevar a cabo pequeños atentados cotidianos, micro-resistencias que terminarán por conducirlos hacia una suerte de libertad  opositora del sistema hegemónico de opresión.

 

 

Notas

 

[i] La relación entre el texto y los diversos paratextos que aluden a momentos históricos del pasado de chile, referentes al movimiento obrero es ampliamente trabajada por Colomina-Garrigos, donde afirma que “los paratextos de esta primera parte funcionarían como contradiscurso del capítulo o apartado que encabezan en la novela, sonde la falta de correspondencia entre los contenidos de ambos discursos provoca una interrupción del ejercicio de lectura” (8) y muestran la imposibilidad del diálogo entre el momento presente y el pasado.

[ii] Forcinito menciona también la idea de los flujos descodificados, al tratar el concepto del residuo.

[iii] La idea del residuo es trabajada por Lorenzano como manera de definir los sujetos que habitan el margen, aquellos que, para la autora, constituyen el retazo, el sobrante que desborda los límites de lo establecido y se erigen como “goce excedentario contrario a las normas del sistema” (14). Por su parte, Rodrigo Cánovas se refiere a este sector de la población como “restilandia” (30), aquello que constituye el excedente del sistema neoliberal, sus restos.

[iv] Michael J. Lazzara menciona la figura de los “rotos” perteneciente a la tradición folklórica chilena, como representación del extraño, el extranjero en una sociedad en la que no tiene lugar y se concibe como cuerpo delincuente por no ser normativo.

[v] El biopoder es definido por Foucault como “el conjunto de mecanismos por medio de los cuales aquello que, en la especie humana, constituye sus rasgos biológicos fundamentales podrá ser parte de una política, una estrategia política, una estrategia general de poder” (Foucault, Seguridad 15).

[vi] Fernando A. Blanco trabaja sobre el concepto de la alienación en el contexto del neoliberalismo, patente en Mano de obra pero aplicable de igual modo a Fruta podrida. Para el autor, “las nuevas formas de administración de la soberanía, la decisión sobre quién debe vivir o morir agrega un nuevo componente a este escenario: los ciudadanos son desechables al igual que la política” (172), idea también analizada por Lorenzano en relación al sujeto-residuo.

[vii] Para Foucault, lo normal es lo que consigue adecuarse y adaptarse a la norma fijada como modelo a seguir. “La operación de normalización disciplinaria pasa por intentar que la gente, los gestos y los actos se ajusten a ese modelo” (Foucault, Seguridad 75-76). Aquello que no lo haga se considerará anormal.

[viii] Lazzara, en su análisis de las estrategias de dominación en el contexto neoliberal, describe cómo “el mercado esclaviza e inscribe a los sujetos en su lógica mecanizada y pragmática de la compra-venta, engendrando así a seres agónicos y paranoicos que viven constantemente amenazados (y atrapados) por la cesantía, la deuda excesiva y el deseo de acumular mayor cantidad de bienes materiales” (156). Del mismo modo, Blanco mencionará la sustituibilidad y la incertidumbre salarial como vectores de las nuevas formas de socialización y de formación de lazos intersubjetivos en la comunidad obrera.

[ix] Para Foucault “el panóptico es el sueño más viejo del más antiguo de los soberanos: que ninguno de mis súbditos me eluda y ninguno de los gestos de ninguno de ellos me sea desconocido” (Foucault, Seguridad 87).

[x] Lazzara también menciona (aunque como categoría descriptiva únicamente) el panóptico en relación al supermercado de Eltit, como modo de definir un “frío y ordenado espacio de control en el que tanto los sujetos deseantes como los objetos que desean se desvisten de su dinamismo a causa de la homogeneización del espacio y el tiempo” (158). Del mismo modo, Cynthia Tompkins analiza la mirada y la prevalencia del ojo en el narrador de Mano de obra desde la perspectiva del panóptico, en el marco del cuerpo como constructo: “Y es el ojo, representante fiel del Panóptico Foucaultiano, el que reinstalar la performatividad” (117). Mónica Barrientos también trae a colación la teoría foucaultiana como marco en el que se desarrollan Mano de obra y Fruta podrida, espacios de vigilancia que, sin embargo, se ven subvertidos.

[xi] Los órganos se comparan con las frutas en numerosas ocasiones; por ejemplo, “esta berenjena oscura y rugosa es el páncreas” (Meruane 26). Por otro lado, a María se la equipara con un árbol frutal que produce por temporadas. “Está lista para una nueva temporada” (Meruane 63) le dirá el Médico después de la recuperación del postparto, en el afán reproductivo que tiene la medicina y también la empresa de fruta. María se define en la novela como aquella que “siempre pare, fertiliza y negocia” (Meruane 73) en una unión indisociable de la producción del mercado y la reproducción de los cuerpos. 

[xii] En oposición a esta idea, para Nancy no existe un cuerpo propio, sino que el cuerpo es siempre una reconstrucción. “O bien el cuerpo es todavía solamente “extenderse”, y es demasiado pronto para el “propio”, o bien ya está cogido en esta contraposición, y ya es demasiado tarde. Pero corpus no es nunca propiamente yo mismo” (25).

[xiii] Lorenzano define estas tramas minoritarias como contraépicas de la marginalidad (13) que funcionan como reductos resistentes al poder totalizador no solo del sistema neoliberal sino también del literario.

 

 

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