Los medios, Trump y la fluidez oral

Luis B. Quesada
The Graduate Center, CUNY
lquesadanieto@gradcenter.cuny.edu

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¿Qué nos dice lo que se dice sobre el habla de Trump?

Entre la multitud de consecuencias que ha desatado la llegada de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos, hay algunas que resultan menos populares, quizás por ser menos evidentes a primera vista. Una de ellas parecería ser el proceso mediante el cual las explicaciones que ofrece la ciencia lingüística al comportamiento comunicativo del presidente son transformadas en objeto de interés noticioso por algunos medios de comunicación. Así, este ensayo no trata sobre “el habla de Trump” ni ofrece explicaciones a sus destrezas o anti-destrezas oratorias. Lo que pretende es reflexionar en particular sobre el acto de fe depositado en “la objetividad” que se esconde detrás de dicho proceso, en el que los medios de comunicación acuden a las explicaciones científicas que son convertidas en noticias de dispersión general y mostrar que esta objetividad recae tanto en el deber ser del científico, como en el deber ser del periodista, actuando cada uno al interior de sus respectivos campos.

Este planteamiento parte de la idea de que en esa transacción de saberes entre un campo y el otro, dicha objetividad se encuentra impregnada de una nostalgia por los acuerdos sociales que han sido y siguen siendo destruidos y reemplazados por los que representa Trump, como por la necesidad de un tratamiento catártico a la frustración que ha dejado en los involucrados el que sus propios acuerdos hayan sido desplazados del vértice de la pirámide. En otras palabras, se sostiene que los reportes basados en la ciencia lingüística que la prensa realiza sobre el habla del presidente y en particular aquellos que enfatizan aspectos relacionados con su “fluidez oral”, más allá de ser meros descriptores objetivos de la realidad, están motivados por 1) la añoranza de un líder político que debería cumplir con ciertos estándares discursivos, 2) por el lamento hacia el líder actual que no los cumple, y 3) por una búsqueda de explicaciones a su inevitable presencia, que resulta absolutamente incomprensible para muchos. Observadas de esta manera, las publicaciones (“objetivas”) que los medios hacen del conocimiento lingüístico (“objetivo”), es decir, el traslado que los medios hacen de los contenidos generados por la ciencia, configuran un discurso que permea y circula en los imaginarios de la esfera pública. Para comprender este discurso, se propone una lectura glotopolítica, o sea, una lectura que permite observar los (siempre) políticos usos de la lengua, como los (no siempre) lingüísticos usos de la política.

El recorrido que propongo para realizar esta lectura consiste, primero, en un comentario sobre algunas “condiciones externas” que intervienen en cualquier proceso de producción de conocimiento, con el propósito de relativizar ese acto de fe en la objetividad científica y periodística. Posteriormente presento un objeto lingüístico, denominado aquí “fluidez oral”, que al estar enraizado históricamente, es objeto de nostalgia y expectativa en la lengua del líder político, y que se vuelve a su vez objeto de cobertura mediática al considerarse trasgredida por Trump. Finalmente, presento algunas reflexiones finales en torno a este traslado de conocimientos realizado por voces hoy aparentemente en proceso de devaluación, y que acuden a esta práctica como medida paliativa de sus lamentos.

Objetividad: acuerdos y lugares

Con el afán de someter a examen la objetividad de la práctica científica y periodística, supongamos por un momento que nos interesa estudiar un fenómeno natural como las migraciones de aves. En algún punto podríamos plantear una interrogante del tipo ¿Afecta el calentamiento global las migraciones de aves? Detrás de esta pregunta se esconde una hipótesis cuya verificación requeriría realizar trabajo de observación, como el diseño de experimentos orientados a ese propósito (aceptarla o rechazarla). Observar y experimentar serían caminos que nos permitirían llegar a determinados conocimientos sobre la correlación entre los dos fenómenos, y seguirlos nos llevaría también a darnos cuenta de que para el avance en su estudio una fragmentación de la pregunta inicial será necesaria en algún momento, así como la adopción de acuerdos y posicionamientos por parte del analista.

Es decir, como un primer acuerdo tendríamos que reconocer que ambos fenómenos, la migración de aves, por un lado, y el calentamiento global, por otro (llamémosles X y Y, respectivamente), en efecto existen, son reales. Partiendo de aquí, la multiplicidad de explicaciones sobre la relación XY dependerá, en segunda instancia, de las definiciones que elijamos: decidir, por ejemplo, lo que significa migrar, ¿a qué escala y por cuanto tiempo? o determinar si el calentamiento global se refiere a un fenómeno de causas humanas, y si se encuentra diferenciado o extendido indistintamente a nivel planetario. La diversidad de explicaciones posibles para XY, además del acuerdo sobre las herramientas teóricas elegidas, también estará restringida por el espacio-tiempo en el que XY acontece, como por el espacio-tiempo del analista que estudia XY.

En este proceso, no resultará extraño que tarde o temprano cualquier respuesta a la pregunta original sobre XY requiera de enunciados adverbiales del tipo la premisa XY es verdadera “en el contexto 1”, “bajo las condiciones de 2”, “excepto cuando A”, “siempre y cuando B”, que posibilitarán el que la premisa pueda seguir siendo sostenida y pueda seguir siendo capaz de apaciguar lo in-cierto. Estos enunciados adverbiales que la respaldan son a su vez susceptibles de convertirse en proyectos de observación y experimentación, cada uno con sus propias definiciones, posicionamientos y condiciones espacio-temporales, aunque siempre subordinados a un proyecto mayor: el de contribuir a XY. En esto consiste la práctica de lo que Khun (1962) consideró ciencia “normal” y con ella encajan las versiones más privilegiadas y extendidas del “procedimiento científico”. Sin embargo, las explicaciones al problema de XY, como de cualquier otro planteado, como ya se ha dicho, dependen de las elecciones y los acuerdos sobre las definiciones y sus marcos de interpretación, anclados al tiempo y lugar en el que aparecen y en el que son observadas. Por lo tanto, si dichos acuerdos son cambiados, ampliados o reducidos, las explicaciones ofrecidas también lo harán. Estos “factores externos”, que por lo general carecen de importancia para los “profetas y sumos sacerdotes del método”, (Bourdieu et al., 1973), expertos en los pormenores y procederes del quehacer científico, nos hablan del carácter flexible y volátil de la ciencia y su “objetividad”.

Estas consideraciones resultan valiosas para reforzar el planteamiento de que ni la producción de conocimientos científicos ni la producción de noticias son inmunes a estas operaciones, y, por la misma razón, los objetos que construyen no escapan a una manipulación que, con o sin conocimiento de causa, está orientada hacia la satisfacción de intereses políticos, económicos o sociales que persigue y promueve cada proyecto, incluida esta contribución y la sección de la que forma parte en una revista como LLJournal, en una universidad como CUNY.

Partiendo entonces de esta convicción en que los acuerdos y lugares de enunciación de la investigación participan de manera directa en el tratamiento de un objeto, regreso al planteamiento inicial sobre el proceso mediante el cual las explicaciones que ofrece la ciencia lingüística al comportamiento comunicativo de Donald Trump son transformadas en objeto de interés noticioso por algunos medios de comunicación, y al planteamiento de que más allá de objetividad, es nostalgia, lamento y terapia lo que le dan origen. La parcelación de mi propuesta toma como verdadera la existencia de dos fenómenos:

Un conjunto de ideas sobre el “arte de hablar bien” en público, entre las cuales destacan aquellas relacionadas con representaciones sobre la “fluidez oral”.

Un conjunto de publicaciones en los medios que apuntan a que el discurso de Donald Trump trasgrede esas ideas sobre la “fluidez oral” y el “hablar bien”, que se espera encontrar en el presidente de Estados Unidos.

El hablante fluido

Desde principios del siglo XX a la lingüística canónica de base empírica no le resultó difícil establecer con claridad que las nociones de “hablar bien” o “hablar mal” son de carácter subjetivo, y que por lo tanto no son objeto de su incumbencia. Este, no obstante, no ha sido el caso para la más escurridiza noción de “hablar/hablante fluido” que, si bien puede asociarse al ámbito de la oratoria, la retórica o la comunicación política, presenta a la vez fenómenos que interesan a la lingüística descriptiva. Ese carácter indefinido, y sobre todo la posibilidad que ofrece para abordar científicamente un comportamiento ordinario de la comunicación humana, podría ser lo que le otorga un carácter atractivo y accesible para ser apropiada desde otras esferas, como lo es la prensa. Ante mi incapacidad de ofrecer una definición de “fluidez oral” libre de prescriptivismos o valoraciones subjetivas, resulta quizás más productivo rastrear su representación histórica en diversos discursos, para entender cómo ésta es construida como objeto de interés científico y como objeto de interés noticioso.

La “fluidez oral”, una de las condiciones de lo que socialmente se considera “hablar bien en público”, puede entenderse como un valor comunicativo caracterizado por la transmisión de mensajes orales libres de las autointerrupciones (vacilaciones) que un hablante suele realizar durante el proceso de elaboración discursiva espontánea; estas vacilaciones pueden ser por supuesto el resultado de varias causas, entre ellas, el hecho de que en esa elaboración discursiva, el pensar, el hablar y el monitorear el entorno inmediato son actividades realizadas simultáneamente: en momentos así, al no existir una planificación previa el mensaje se “improvisa”, de modo que el tiempo para idearlo es corto o inexistente y por tanto son más frecuentes las vacilaciones, necesarias para apoyar la (re)formulación del mismo. Un caso de estos sería la respuesta “a bote pronto” que se ofrece a una pregunta inesperada en una conferencia. Por el contrario, un discurso que ha sido planificado y elaborado con anticipación las presentará con menor frecuencia: su ejecución (su oralización), sería menos susceptible al monitoreo del entorno, como, inclusive, a las acciones de pensar y hablar, lo que es común en discursos que han sido repetidos una y otra y otra vez e incluso memorizados. Casos como el Padrenuestro recitado en la liturgia católica, o una canción que ha sido escrita y ensayada para un concierto, corresponderían a este tipo de discursos. Al ritualizarse se han vuelto ríos de palabras, se han vuelto fluidos.

Estas autointerrupciones, que aparecen en forma de elementos léxicos como no léxicos, son “innecesarios” desde un punto de vista prescriptivo, y considerados “indeseables” por un conjunto de ideas cuyo origen podría rastrearse en la figura del “orador elocuente” desde la Grecia del siglo V a. C. (López Eire, 2007). Dicho conjunto de ideas cambia según la época y la comunidad lingüística, y se encuentra relacionado directamente con los discursos públicos y las expectativas sociales sobre cómo éstos deben ser realizados. Ser un “buen político”, o un “buen gobernante”, es algo que se demuestra ante todo discursivamente, como lo ilustra la historia del rey Jorge VI, llevada al cine por Tom Hooper en el 2010, (The King´s speech). El monarca no fue respetado por su pueblo, sino hasta que fue capaz de hablar sin tartamudear.

Ese conjunto de ideas sobre el “hablar bien” (incluidas aquí las relacionadas con el “hablante fluido”), reproducen las formas de habla de la gente educada y la élite intelectual, y censuran aquellos casos que no se ajusten a su modelo, creando una valoración negativa. Como el ejemplo del rey Jorge VI. Otro caso que ilustra el rechazo al hablante “no fluido” es el de Demóstenes (384-322 a. C.), de quien se cree que tenía un impedimento del habla que logró curar llenándose la boca de piedras a la vez que gritaba a las olas. Según Erard (2007), para Plutarco el impedimento de Demóstenes consistía en una “debilidad de la voz” y una “respiración corta”, que terminaban por fragmentar sus oraciones oscureciendo el sentido de sus mensajes. Sea cierta o no, la historia de Demóstenes, considerado hoy “the greatest ancient Greek orator”, permite observar que la “fragmentación de oraciones” es una patología que debe ser curada, en tanto “oscurece” la comunicación.

Otra referencia la encontramos en un texto del siglo XVI, el Diálogo de la lengua, de Juan de Valdés (1533), en donde en la sección sobre los “vocablos”, Marcio pregunta a Valdés “¿Qué llamáis bordones?”, y éste le responde: “A esas palabrillas, i otras tales, que algunos toman, á que arrimarse, cuando, estando hablando, no les viene á la memoria el vocablo, tan presto como sería menester […]” (p. 159), en seguida Valdés ofrece una lista de “esas palabrillas”, que otorgarían al hablante tiempo para construir su mensaje: “¿entendéisme?”, sobre el cual explica “no os preguntan, si los entendéis, por duda que tengan d´ello, sino, porque mientras os preguntan aquello, les venga á la memoria lo otro” (p. 159). Otros usos serían “no sé si m´entendéis”, “¿estáis conmigo?”, “pues”, y “tal”, éste último “i repítenlo tantas vezes, que os vienen en fastidio grandísimo” (p. 160), “aquéste”, “assí”, “tomé y víneme y tomamos y vinímo[nos]”. En este caso, la valoración negativa va hacia los mensajes lingüísticos que emplean elementos léxicos “de relleno”, y que resultan fastidiosos por innecesarios, aunque útiles para la elaboración discursiva espontánea.

Un ejemplo contemporáneo sobre ese rechazo al “hablante no fluido” aparece en un texto del Instituto Cervantes (2008), en el que al referir las “técnicas lingüísticas apropiadas para hablar en público” establece: “restrinja las muletillas o palabras comodines: pueden llegar a ser frecuentes en el orador […] producto a veces de los nervios, como apoyos discursivos, que rellenan vacíos o silencios en el discurso, si bien las muletillas denotan en realidad vicios oratorios del comunicador y, en definitiva, sus insuficiencias lingüísticas” (p. 111). Al referirse a ciertos fenómenos del discurso espontáneo como “vicios oratorios”, “vicios expresivos”, “insuficiencias lingüísticas” y muestras de “escaza destreza oratoria”, este manual refleja una valoración negativa hacia su aparición en discursos públicos.

Los ejemplos citados (Jorge VI, Demóstenes, Juan de Valdés y el Instituto Cervantes), permiten observar ideas sobre el uso de la lengua, en específico sobre la fluidez oral en el habla pública, que constituyen una serie de comportamientos verbales y prácticas discursivas que a través de la historia han configurado la normalización y normativización de una recomendación extendida: Que el habla sea fluida como agua de río. Esta recomendación se encuentra, no en el ámbito de gestión de una competencia lingüística (en el ámbito gramatical – diccionarios, gramáticas, ortografías), sino en el de una competencia comunicativa (en el ámbito interaccional), pues se trata de una destreza que hay que aprender, practicar y desarrollar. Por este motivo, dicha recomendación se encuentra promovida, implícita o explícitamente, en manuales o guías sobre oratoria, declamación y artes del “bien hablar”; en libros de texto diseñados para procesos de alfabetización y lectura en voz alta; en procesos de escolarización y enseñanza de lenguas, donde se va asimilando y naturalizando al corregir la dicción, entonación, prosodia e inserción de “sonidos intrusos” por parte de los alumnos; en las escuelas doctorales, en donde argumentar es en muchas ocasiones más un derroche de estilo que debate de ideas; en los medios de comunicación y en los productos de la industria cultural (el cine, las telenovelas), en donde algunas representaciones prototípicas del hablante “poco fluido” coinciden con las del inepto, el deshonesto, el de intenciones inciertas, el poco confiable, el miedoso y el inseguro.

Esta recomendación de que la articulación sature y estilice con sonidos armoniosos y organizados la corriente de aire (que podría estar vinculada a la cultura logocéntrica), se ha distribuido socialmente como una expectativa que se exige de manera especial a las figuras públicas: el locutor de radio, el conductor de televisión, el jefe en la sala de juntas, el sacerdote, el vendedor en el metro, el profesor, el conferencista, el expositor, el candidato o el gobernante. Y en efecto, cualquier gazapo cometido por cualquiera con visibilidad mediática, desde un error de pronunciación o un lapsus linguae, hasta una autointerrupción de frase con sonido “intruso” y reformulación discursiva, muy probablemente terminará siendo noticia. El objeto social de atención, higiene verbal y escrutinio (Cameron, 1995) del que se vuelven todas las dimensiones semióticas de los discursos públicos, inevitablemente refuerza el conjunto de ideas que circulan sobre la lengua y la comunicación.

Trump y la “fluidez oral”

Si bien es cierto que la fluidez oral, la ausencia de autointerrupciones, ha conformado un valor comunicativo que determinadas audiencias atribuyen o esperan encontrar en los personajes que tienen voz en la esfera pública, en especial la voz de los políticos, tal parecería que éstas no son del todo cumplidas en el caso del presidente Trump, o lo hacen de manera particular, como sucede con el uso de “rellenos” léxicos en los que se apoya para la “improvisación” discursiva espontánea.

La atención y escrutinio que los discursos públicos de Trump han recibido desde la ciencia lingüística, pero especialmente la atención y escrutinio que han recibido en la prensa al reportar los hallazgos producto de la atención que la ciencia lingüística ha puesto en ellos, nos habla, sí, de una curiosidad por el discurso del presidente, y nos habla, sí también, de la tarea periodística de construir noticias que vendan. Sin embargo, el fenómeno de reportar como noticia los hallazgos del quehacer académico no parece quedarse en simple curiosidad noticiosa, también es evidencia de un ejercicio catártico que necesita explicar de algún modo cómo es que ((alguien que habla como habla Trump)) pudo llegar a ser presidente. Llama la atención observar cómo el periodismo, “último refugio de los sensatos” en tiempos de tentación autoritaria y pérdida de fe en la democracia, según escribió el periodista argentino Tomás Eloy Martínez (en Restrepo, 2004), acude a la ciencia lingüística para encontrar respuestas a su desasosiego.

Ejemplos de la atención en el discurso del presidente y las consultas que los medios de comunicación hacen a la ciencia lingüística, con referencias a ideas sobre la “fluidez oral”, o la “articulateness” o “inarticulateness”  aparecen, por ejemplo en esta publicación, donde se menciona el uso de “ungrammatical phrases and long pauses”, esta otra sobre el carácter “espontáneo” en el que Trump habla, esta del diario The Washington Post, en la que se abordan las “palabras de relleno” que aparecen en sus discursos, o esta otra de The Boston Globe, en donde se tratan los cortes de frases que tiende a realizar el presidente, entre muchos otros reportes, principalmente de circulación en internet, que tratan la manera en la que el presidente habla públicamente, incluidas las alusiones sobre la fluidez.

¿Qué conclusiones podemos extraer de esa búsqueda de respuestas? Los reportajes, las opiniones, los comentarios que desde la prensa abordan el carácter espontáneo o no planificado del discurso de Trump, aquellas reflexiones editoriales sobre los usos léxicos para rellenar de sonido el tiempo-aire, o sobre la ambigüedad de sus mensajes, todos los reportes sobre la “ordinariez”, y la espontaneidad, o la “falta de destreza oratoria”, y los anacolutos, y los inicios frustrados, y las repeticiones retóricas y las no retóricas del presidente, en suma estos reportes periodísticos, re-pasos, re-cuentos y traspasos desde el saber científico, ofrecen datos adicionales que los de sus propias conclusiones; ofrecen información adicional a las preguntas planteadas al interior de cada campo (la lingüística y el periodismo) y a las preguntas que son planteadas entre uno y otro. Esta información adicional se visibiliza al deternernos la gran sorpresa que provoca en la prensa el tener un presidente que los periodistas consideran impresentable, consideración por lo general basada en el comportamiento verbal que exhibe y que no encaja con el conjunto de ideas sobre la fluidez oral, la oratoria de tradición griega y el hablar fluido como agua en río, y que se encuentran adheridas a las expectativas que los periodistas tienen de él, como si no existiera en Estados Unidos un auditorio en el que el despliegue oratorio de Trump encontró y continua encontrando resonancias. Trump habla como habla y hablando así obtuvo 63 millones de votos. A este auditorio no le sorprenden la “ordinariez” ni la espontaneidad, ni los anacolutos, ni los inicios frustrados, ni le importan las repeticiones retóricas y las no retóricas del presidente. ¿Por qué habría de ser noticia algo tan normal para ellos?

Reflexión final: Los medios, Trump y la fluidez oral

Existe un conjunto de ideas sobre el arte de hablar bien en público y sobre la fluidez que aplican de forma especial a los discursos de las figuras públicas, y en especial a gobernantes y políticos. Desde la valoración occidental del discurso público, Donald Trump trasgrede las representaciones sobre la lengua que establecen que “el rey debe hablar como rey”, y, a pesar de esas trasgresiones llegó a la presidencia. Es probable que la violación a los preceptos de la tradición política estadounidense y la retórica griega hayan jugado a su favor como índices que interpelaron a una sociedad que dejó de reconocer las formas de esa política y esa retórica. O quizás esa violación de preceptos y expectativas por parte de Trump fueron índices que llamaron a una sociedad que nunca antes las había reconocido.

En este recuento, llama la atención el paralelismo operativo de dos actividades profesionales: por un lado la construcción de objetos lingüísticos para analizar científicamente el uso de la lengua de Trump (o el de cualquier otra figura pública), como materia prima para justificar la existencia y el trabajo de perfiles e instituciones dedicadas a la ciencia lingüística; y por otro, la construcción de noticias sobre Trump, (o cualquier figura o asunto de interés público), como materia prima para justificar la existencia y el trabajo de periodistas al interior de las empresas periodísticas. A fin de cuentas, la prensa y la ciencia construyen sus respectivos objetos, creados desde el espanto que les ocasiona la trasgresión de las mismas ideas por las que Demóstenes se llenó la boca de piedras hace 24 largos siglos.

Entender que la sorpresa que justifica dichas prácticas científicas y periodísticas no es objetividad pura, sino el disfraz que oculta los intereses y agendas que se han desconfigurado, es posible mediante una lectura glotopolítica, que nos permite observar la manipulación de la lengua y su objetivización al interior de determinados campos y al interior de procesos políticos y sociales en los que se administran recursos a favor de un determinado grupo. La añoranza del líder político, el lamento por el actual y la búsqueda de respuestas a través de las consultas que la prensa hace a la ciencia lingüística, pone en evidencia ese reajuste de intereses y agendas.

En última instancia, e­l verdadero problema no está en si Trump cumple o no con las expectativas discursivas de los medios de comunicación, de la academia y de los grupos que ambos representan; el problema, quizás uno en el que deberíamos poner mayor atención, es que la trasgresión de dicha expectativa discursiva se convierta en herramienta de control para movilizar y extender discursos a partir de los cuales se perpetúe la exclusión de ciertos grupos sociales. Si este es el caso, la verdadera noticia y el verdadero objeto científico que debería atraer nuestra atención es el poder de estos índices como mecanismos que refuerzan la estratificación demográfica, y el alejamiento de un modelo de sociedad capaz de ofrecer condiciones de igualdad a sus habitantes.

Referencias

Bourdieu, P., Chamboredon, J.-C., y Passeron, J.-C. (1973) [2002]. El oficio de sociólogo. México. Siglo XXI Editores. (23a. edición).

Cameron, Deborah (1995). Verbal hygiene. London y New York: Routledge. (Versión Kindle).

Erard, M. (2007). Um…: slips, stumbles, and verbal blunders and what they mean. Anchor. (Versión Kindle).

Instituto Cervantes. (2008). (A. Briz coord.). Saber hablar. México. Editorial Aguilar.

Kuhn, T. (1962) [2012]. The structure of scientific revolutions. Chicago. The University of Chicago Press.

López Eire, A. (2007). “La naturaleza política y ética de la retórica”. En Nova Tellvs, Vol. 25, Núm. 1, pp. 41-91.

Restrepo, J. (2004). El zumbido y el moscardón. Taller y consultorio de ética periodística. México. FCE.

Valdés, J. (1533) [1860]. Diálogo de la lengua. (En archive.org, consultado el 10 de diciembre de 2017).

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