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Entre capas y máscaras

Marissa del Carmen Zebadúa Molina

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Alguna vez en una de mis tantas visitas al terapeuta, ella me dijo-que todos los seres humanos estábamos formados como una cebolla. Ese ser único que la  visitaba y se sentaba en el diván azul eléctrico a contar sus detalladas historias estaba formado por distintas capas, todas ellas se entrelazaban y representaban a mi yo. ¿Quién soy yo? – me pregunté muchas veces. Y no, no y no. No era que me pasara todos los días leyendo a Shakeaspeare y a su interminable pregunta: Ser o no ser. Rara. Una mujer rara. Freak. Políticamente correcto el término sería diferente, distinta. Me preguntaba cómo íbamos los seres humanos por la vida, interactuando con distintos disfraces, con máscaras conscientes ¿O inconscientes? ¿Carnaval o Halloween? Con identidad o sin ella, a veces me siento ajena al mundo laboral donde me muevo. Sueldos de privilegio que se vuelven huracanes de sufrimiento, esa travesía por el océano con olas llenas de espuma de status quo. Espuma que satura al océano, que se reivindica día a día.

Blanca en México y güera en el mercado. Blanca en casa y evidenciada por una historia infantil en la que mi hermana se vuelve irónica con respecto a mi color de piel. Blanca en México y Brown en los Estados Unidos. Mexicana en México, pero turca en Turquía, o griega en Francia. Portuguesa para algunos. ¿Cuál es mi raíz? ¿Cuál es mi color? ¿Es que realmente tengo una identidad? Con una sangre B+ que lo único que me indica es que tengo la sangre del abuelo y la de mi madre. Mujer Mestiza. Mujer de clase media que ha sido privilegiada para muchos pero sin raíz en mi interior. Con historia borrada, con pasos de antepasados que no plasmaron su voz, que no marcaron ni dejaron rastro de sus acciones.  No soy negra, no hablo lengua indígena y tampoco tengo un apellido autóctono. ¿Quién soy yo? Mestiza. El término que aprendes a muy temprana edad en la escuela primaria en México. Mestiza, el término que aprendiste cómo si fuera una receta de mezcla de colores. Sí, así. Así como la mezcla del azul y el amarillo nos da verde, así también la mezcla de español con indígena mexicano es igual a mestizo. Sí, sí, recuérdalo, no eres criolla, ni tampoco mulata. ¿Y cómo lo sé? Mi abuela, cuando vivía, no tenía ni un rastro certero de su origen indígena ni tampoco de su origen español. ¿De dónde soy? ¿De dónde vengo? ¿Cuántos tipos de sangre en mi convergen? ¿Cuántas intersecciones? ¿Cuántas madejas? Y entonces recuerdo el comentario de mi nutrióloga –  tienes un cuerpo raro. Tienes cadera y también senos prominentes. Lo normal, es cadera pronunciada y poco busto, o cadera pequeña y mucho busto. ¿Mi cuerpo es anormal? ¿De dónde soy? ¿De dónde vengo? Flashazo. Yo en una foto. Todos con playeras blancas y una falda beige, yo de rojo. Lejanía. Lejos de los otros, sin conexión. ¿De dónde soy? ¿De dónde vengo? ¿En qué territorio posicionar mi cuerpo?

¿Carnaval o Halloween? ¿Festival de Venecia o festival del río? ¿Cuál disfraz ocupar? Los hilos que me conforman a veces parecen estar en el teatro de marionetas; ocupando el rol, ocupando mi planeta. El hilo de la madeja, el telar. Ellos y yo. Yo y ellos, ahí, convocados en el mismo plano de existencia. ¿De dónde soy? ¿De dónde vengo? ¿Dónde están mis cimientos? ¿Dónde está mi raíz? ¡Cuántas preguntas! ¡Cuántas dudas! Y al final, todo es lo mismo cuando la tierra se mueve, cuando grita su dolor. Ahí, con los gritos desesperados de la tierra, tu color, tu raza, tu lengua, tus ganas, no son más que parte del mismo todo. Ahí te vuelves uno con la maleza, un ser minúsculo, un ser que se conecta. ¿De dónde soy? ¿De dónde vengo? Hoy aquí me unen las letras, una historia, una palabra, la tinta de un boli que se inserta en la madeja. No sé quién soy, no sé de dónde vengo, son las letras las que me conectan. Tu historia, mi historia, el tejido de la madeja.

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