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LA SENTENCIA

Silvia Siller

 

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Sonó la alarma a las cinco. Se levantó J. a hacer llamadas a otros husos horarios desde Nueva York, era su trabajo. Ella, se dio la vuelta y cerró los ojos pensando que tenía una hora más antes de que despertasen los demás. Se puso sus audífonos y empezó a escuchar las noticias del día, el juicio del narcotraficante de moda, pero se quedó dormida.

Se soñó en un juicio donde era ella quien estaba en el banquillo de los acusados y había un jurado de niños tomando nota. El juez se parecía a la suegra, pero inflada en un globo, con una toga que volaba flotando con todo y peluca blanca. Ella dictaba una sentencia con un mazo en la mano desde arriba, y luego rebotaba y desde abajo traía una lista de cosas raras.

-Estarás muy feliz en tu celda, es la mejor celda que tenemos. Serán muchos años, y ahí se escuchaba el eco de unas carcajadas espeluznantes…

-Te despertarán por las noches a horas inesperadas, seguía la juezaglobo.

-También irás a los doctores, hospitales, emergencias y sonaban sirenas de ambulancia, el eco de patrullas de películas violentas.

Ella se soñó limpiando baños.

-Te quedarás sola muchas veces, pero tu celda es linda, calientita, agradable.

-Tu celador es bueno y te ayudará en el trabajo cuando esté en casa. En eso ella veía al celador escapándose por una cabina de piloto de nuevo a otro avión.

Y la juezaglobo dio un último golpe con su martillo en la mesa y rompió una bola de cristal haciéndola trizas y dijo:
tu sentencia es la MATERNIDAD. Y se oyeron campanas junto a una marcha nupcial desafinada en la corte. Y el apuesto celador de flor en la solapa se acerco para darle el brazo a la acusada.

Sonó la alarma del reloj mientras la marcha nupcial iba en el último tan tan ta – tan.

!Ya las seis!, baño rápido, bata, y con algo de taquicardia abrió la alacena y el refrigerador y sacó los huevos.
-No quiero huevo otra vez, voy tarde. ¡Nos vemos mami!

– A mí me gusta sin queso, pásame la leche por favor.

– Yo no tengo hambre

-Pero no te puedes ir a la escuela sin comer.

-Es que no tengo hambre.

-Llévate algo ¿Cómo te vas a ir así y dónde están tus guantes? ¿y el gorro?

-Agh… en la mochila.

Por dicha que J. se ofrece a llevarlos al colegio.
Finalmente estaba el día frente a ella. Fue al escritorio, quería escribir pero no se concentraba cuando vio todos los sobres de los pagos que se acumularon de ayer, de anteayer, de la vida.
-Hay que pagar pensaba. Ya regresará J. de nuevo con su -tenemos qué hablar-. Pasa el día hasta el final, supermercado, colegios, ropa, trastes, trabajo, tareas.

Y así llegan las nueve de la oscuridad, cuando se va apagando el día y ella camina por otra cueva, la del bálsamo, cuando la dejan en paz y la responsabilidad ya soñolienta la lleva a un trago de licor, sin importar cuál. Lubrica las palabras y medita en lo que significa escribir, producir, trabajar.
No se concentra.

-Buenas noches amor, se quedó dormida con los audífonos. La literatura no da, los libros no pagan las cuentas.

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