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REBANADAS DE PEZ

Fernando Sequeira

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Abrió un tajo en el pez desde la base de su boca hasta la derecha de la aleta caudal. Sobre la cama, ella; y el pescador, de manos temblorosas, deslizaba su puñal en el pez y rebanaba el cuerpo frío.
El teléfono sonó de nuevo. “Lo siento, en este momento no puede contestar”, quiso decirle el pescador, pero no se atrevió a hacerlo. Quizás fuese el novio de ella. Ignoró el sonido y clavó su mirada en las mejillas pecosas de la mujer sobre la cama. Acarició su brazo, bordeando el tatuaje de koi, y sintió que debía cobijarla, pero prefería verla. Sin morbo ni pena pasó directo a su pezón izquierdo y dio vueltas con su dedo alrededor de la mancha rosa. Apretó su cuerpo al de ella y besó su mejilla. Le gustó acurrucarse en su pecho como nunca lo hizo con su madre.
Anoche le recordó una y otra vez que era suya, de nadie más que suya, que le fascinan sus ojos y su boca, y cada curvatura de su cuerpo, desde los bordes de sus lunares hasta el ancho de sus nalgas. Conforme se extenuaban el koi salpicaba como quien busca escapar de la laguna antropomorfa que aprisiona, mientras se arremolinaba el agua e impactos lo aturdían de a pocos.
Ella siempre le fascinó, y se lo dijo varias veces. Al principio lo evadía diciendo que tenía novio, pero el pescador no dudaba que ella quería. La suponía tímida, pero coqueta cada vez que arqueaba sus labios al encontrarse de frente, cuando vestía escote y le mostraba el volumen de sus senos, o en cada ocasión que reía cuando le hablaba. Y cuando lo observaba, y enganchaba con éxito su mirada con esos ojos celestes, sentía con certeza que lo quería. Es como si no tuviera pupilas, o si se contrajeran para mostrar el contorno de su iris. Eran para él amoricones incuestionables, a pesar de que ella insistiera en negarlos.
El cuarto tenía aún un olor cálido. Las cortinas estaban cerradas. La carne del pez goteaba encima del colchón y el pescador arrojaba trozos de este a la bolsa. Miró de nuevo a la mujer y se recostó una vez más junto a ella, a pesar del caos post-sexual, para jugar con el margen de su ombligo. El sombreado de sus ojos se veía más marcado que anoche. Detuvo su mirada en la boca entreabierta de ella antes de cerrar sus ojos y sentir el perfume humano de sus senos, a la vez que bordeaba con sus dactilares los surcos abiertos de su piel.
Le gustaba sentirla así, cerca. Así debe sentirse que lo quieran a uno. Una cama y otro cuerpo desnudo lo dejaron ser todo lo sentimental que el mundo le ha dicho durante décadas que no podía ser, porque allí nadie lo veía.
El teléfono timbró una vez más. Detestó pensar que su novio también la había visto desnuda, que también la había penetrado y la había acariciado. Se negaba a compartirla. No quería que sus labios rozaran un cuerpo que no fuera el suyo, o que sus ojos miraran a otro hombre que no fuera él. Deseaba poseerla cada noche y que fuera suya para siempre.
A los pocos minutos tomó consciencia de la hora, terminó de rebanar y echar la carne en la bolsa. Se levantó a hurgar el refrigerador, bebió leche y lavó tres veces el vaso, para estar seguro de no parecer descuidado en casa ajena. Sin mirar la cama, tomó la bolsa y tras salir la dejó en el basurero más cercano.
El pescador continuó con su vida en la marea urbana de cardúmenes temerosos y apresurados, con el peso de una noche que nunca olvidaría.
El cuerpo fue identificado por una amiga de la víctima, quien reconoció entre los trozos de carne el tatuaje de pez koi.

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