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Volver al animal que habita adentro: sobre Lugares abandonados de Gina Saraceni

Sebastián Díaz Martínez

Graduate Center — CUNY

Saraceni, Gina. Lugares abandonados. Antología personal. Editorial EAFIT, Medellín, 2018.

Tapa del libro "Lugares abandonados" de Gina Saraceni

Las voces y cuerpos que transitan entre los versos de Gina Saraceni aguardan una poderosa melancolía, que no solo desmenuza las tristezas y añoranzas de las estaciones, de los espacios físicos, de todo repertorio sensorial, sino que además despliega una aguda inquietud teórica sobre las cada vez más diáfanas fronteras que circunscriben lo humano.

Su libro, Lugares abandonados. Antología personal (2018), recopila poemas escritos a lo largo de veinte años de experimentación poética y franquea, entre muchos otros, un patrón que inquieta a la autora: las intersecciones entre lo animal, lo vegetal, lo espacial, lo culinario, lo lingüístico y lo humano por medio de un amplio espectro sensitivo en el que crea, poema tras poema, un cuerpo poético.

Este mismo patrón se desarrolla en temas puntuales y recurrentes en la antología: la vejez (sobre todo a través de la figura del padre y la madre, pero también a través de la apelación constante del paso del tiempo), el viaje y el retorno, y el padecimiento de un deseo desaforado. Estas experiencias, desarrolladas tras un impecable uso del lenguaje, se consolidan especialmente en solitarios versos matrices en los poemas, casi como aforismos, que le dotan de una fuerza excepcional.

“El lenguaje también envejece” (16), escribe Saraceni su poema “Con los años…”. La vejez no es en sus poemas tan solo el recordatorio y la proximidad de la muerte, donde prolifera la nostalgia de los tiempos que han acontecido. Es toda una experiencia háptica que apela al cuerpo como productor de afectos al destacarlo en lo inexorable de su materialidad. Esta interconexión entre cuerpo-tiempo se explora en distintos poemas por medio de las figuras del padre y de la madre. Ambas protagonizan varios de los poemas de la selección, donde se enfatiza la madurez como una propagación de corporalidad, como sucede en “El amanecer llega a la casa lentamente”. Allí, los cuerpos envejecidos de los padres asumen las formas de los alimentos que devoran en el desayuno, el padre como el pan duro de la guerra, y la madre es la arena que se transforma cuando la avena y la manzana tocan la lengua:

Ambos comen la corteza

del tiempo que se acaba.

Ese ser dos en la vejez… (32)

Estos cuerpos que consumen y son consumidos están dotados de una gran vitalidad debido al afecto que persiste, y que el exceso de la corporalidad de la vejez no parece disminuir; más bien, lo potencia.

Como una herencia deleuziana, el cuerpo en la poesía de Gina deambula siempre entre distintas centralidades; mas es un cuerpo otro, desorganizado, siempre recurriendo al lenguaje como motor de potenciales devenires. El cuerpo saraceniano rebasa sus cauces, sus limitaciones, y se vincula desde sus intersecciones posibles, demostrando la habilidad desestabilizadora y creadora de la lengua que propone. Su poesía nos hereda la imagen del cuerpo devenido en animal mediante el deseo: el cuerpo-ciudad, “Napoli es una mujer que grita en la ventana”; el animal-ciudad-deseo, “Manhattan es una bestia/ que desordena las fibras de la noche” (45), o animal-estación, “El verano es un animal/ que arrastra sus huesos por la playa” (22).

El viaje es una experiencia fecunda en Lugares abandonados para explorar estos devenires. Sus poemas atraviesan un Adriático que palpita, una Berlín que es presentimiento de algo que está por suceder, una Manhattan que deriva entre las aguas del Hudson, una Sierra Leona con niños mancos, el desierto de Maghreb y los frutos de África. Como ella misma sentencia, “El regreso es el final de todo viaje”, para luego concluir: “Partir es un animal que muerde”(36). Hasta los espacios son dotados de corporalidad, y con ello también de potenciales devenires: de deseos, de interacciones otras extendidas a partir de los cuerpos que pueblan y experimentan estos espacios.

No solamente el cuerpo deviene en las condiciones geográficas que habita o emigra, sino que, como en todo devenir, también sucede de modo contrario: los mismos espacios adquieren dimensiones corporales, así como “Nápoli es una mujer que grita en la ventana” (31), o cuando “Manhattan es un gorila que agita su deseo” (¿página?). Pero la insistencia en el uso proliferante de esta serie de antropomorfizaciones excede el mero recurso literario; es una poética, es una forma particular de entablar relaciones y posibilidades con y en el lenguaje. Los desplazamientos, los arraigos y desarraigos, no solo operan bajo un movimiento externo del cuerpo; este evoluciona y asimila los lugares que habita en un proceso mutuo, donde cuerpo y espacio devienen en un movimiento mediado por el afecto. El cuerpo deviene en una fuerza geocéntrica desde su posibilidad sensorial, desde todas las experiencias que interconectan con el ambiente.

El deseo termina por ser el conductor matriz de las obras. Este libro es un deseo que busca ser instigado, que tienta por excederse entre el desliz intrépido del correr de las páginas. Sin embargo, no son deseos obedientes o normados; son deseos aberrantes, que sobrecargan los marcos delimitados donde convencionalmente se deben desenvolver. Esto se destaca en el poema de mayor extensión en la antología, y el único que además tiene una ilustración, un cuerpo de tinta: “King Kong”.

El poema, dividido en seis secciones numeradas, trata, ante todo, el deseo que transita y deviene en los cuerpos de Ann Darrow, King Kong y Manhattan. La clásica historia cinematográfica ya no es el triunfo técnico-humano sobre las desaforadas amenazas de la naturaleza, la celebración de la metralla del avión sobre el monstruoso cuerpo animal, o la exaltación de los deseos heteronormados.

“Manhattan es un gorila que agita su deseo” (40). La ciudad deviene en la fiera que busca destruir; este es el afecto monstruoso, desordenado y excesivo pese a su idealización como triunfo de la modernidad. “King Kong es la sangre de Manhattan” (44), “Manhattan es una bestia / que desordena las fibras de la noche” (¿44?). La ciudad en Saraceni es un laboratorio de deseos anormados y de afectos monstruosos. La historia se hace una fábula de las contradicciones del insigne proyecto industrial, racional, urbanístico de la modernidad humana.

La reflexión no solamente se encierra sobre los devenires animal-ciudad como forma de resistir la delimitación de “lo humano”, sino que articula un elemento tradicionalmente excluido de este proyecto: Ann Darrow, lo femenino. El devenir mujer-animal en el poema de Saraceni sitúa lo femenino —aquello vinculado en el proyecto modernizador como exclusivo al cuerpo, al deseo, a la belleza— como el punto de quiebre que despliega las contradicciones de la estructuración del deseo de la ciudad.

“Tener un animal adentro / es como vivir en una jaula” (41). “Los hombres no comprenden la belleza / y la hacen sangrar hasta matarla” (42). La voz, la experiencia y la corporalidad que despliega la poesía de Gina Saraceni se establece como un gran motor de pensamiento.

Al terminar de recorrer los poemas del libro, los lugares abandonados por los que transita parecen ser poblados por el indómito animal del deseo. Pero esta desaforada bestia que ocupa espacios geográficos y personales es un motor de pensamiento teórico, donde lo humano es llevado a los más extensos límites de sus delimitaciones epistémicas al transportarlo a todos sus devenires potenciales. Lugares abandonados nos permite encontrar relaciones y deseos desbordados y anormales, como Ann Darrow creciendo en las manos de King Kong, como King Kong siendo el rascacielos más grande de Manhattan. La poesía es un animal que nos habita adentro.

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