Bien suave como el chocolate

Jacob Price

Rutgers University

jgp90@spanport.rutgers.edu

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Yo ya conozco a la muerte, y ella me persigue en uno de esos juegos perversos, y a veces nos sentamos a hablar, y charlamos porque desde tiempo nos conocemos. Me ve frustrado, esperando mi chocolate de siempre fuera del café de siempre porque busco un álbum en el iPod para calmarme y solo puedo maldecirme por no haber nacido siendo David Bowie u otro músico famoso. Me quita el iPod con firmeza y ternura y de inmediato me pone un álbum que sí logrará tranquilizarme. Le agradezco y me dice que no me siente mal en la silla, que ella daría todo por un cuerpo así que llevar al otro lado, que hay muchos que pesan demasiado y otros que están bien frágiles pero que le gusta el mío porque es del promedio, nada de llamativo ni nada grotesco, pero bien suave. Le agradezco y creo verla sonreírme con su sin cara tan bonita. La muerte lleva toda emoción en su cara y qué suerte que no se ve nada. Le tengo envidia por eso. Le digo que es bella y ella me dice que soy bello porque me han hecho invisible con mi cuerpo bien balanceado de flácido y rígido. Le agradezco. Nos enfrentamos, si es mirándonos, no sé, pero comunicándonos algo, y creo verle volver a sonreír porque un humito negro sale de su capucha. Sentados fuera, la muerte levanta su café y yo mi chocolate y todo el mundo ve que estoy fuera de lugar, porque el chocolate está mal hecho porque el camarero hace tiempo hizo un chocolate para un niño de tres años y no se acuerda bien de cómo prepararlo y yo, mi cuerpo bien visible ahora, con mi chocolate lo tomo de tres tragos. La música comienza a llenarme la cabeza y me distraigo. Ella ve que ya ha hecho su trabajo, que ha logrado darme una paz dentro de la turbulencia y repite que hasta la próxima, mi querido, examinándome el cuerpo, entonces se despide y yo le miro el trasero cuando se va. Me doy látigos mentales, entonando el himno personal de mea culpa, que esta relación es de una vía, pero aun así me dejo engañar. Me levanto, sacudo la cabeza y estiro los brazos, paseando por el centro con los oídos y cerebro ocupados y las calles parecen deshacerse con el ritmo de la música y todo se pone suave pero bien suave como el chocolate deslizándose por mi garganta.

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