Prensa, inmigración y blancura de “Rasgos occidentales”

Juan Medina, Reuters [6 de septiembre de 2006, Islas Canarias]

Juan Medina, Reuters [6 de septiembre de 2006, Islas Canarias]

“Sólo seremos nosotros mismos si somos capaces de ser otro”

Octavio Paz

 

 

JM. Persánch
University of Kentucky
jm.persanch@uky.edu

 
 

Isaac Rosa, columnista en prensa escrita para Público, El Diario o El País, inicia su carrera de novelista con La mala memoria (1999), en la que explora la memoria histórica; temática franquista que retoma seis años después en El vano ayer (2005), con la cual gana el Premio Rómulo Gallegos. A ese mismo eje temático suma una tercera novela llamada ¡Otra maldita novela sobre la guerra civil! (2007). Ya para 2008 ofrece un giro a su narrativa con El país del miedo (2008), que resultó ganadora del VIII Premio Fundación José Manuel Lara, con la cual explora el origen del miedo y cómo éste se cimenta en ideología. Una novela social contestataria a la que siguen La mano invisible (2011) para explorar la relación entre el capitalismo y el mundo laboral de la sociedad moderna,[1] y su último trabajo La habitación oscura (2013) expresa el descontento de la sociedad española y refleja la triste paradoja de una juventud aburguesada en un contexto de recesión económica.

“Rasgos occidentales” es un cuento que se integra en el segundo volumen de veintiséis cuentos sobre inmigración publicado por la editorial Kailas ficción llamado Inmenso estrecho II (2006). En dicha publicación autores entre los que se encuentran Fernando Iwasaki, Eric Frattini, o Andrés Neuman engloban junto a Rosa historias que tienen la intención de sensibilizar, combatir el miedo a la diferencia, denunciar el racismo y las mentiras sobre la inmigración.

En este ensayo tomo el cuento de Isaac Rosa para analizar el papel de la prensa y sus implicaciones respecto a la inmigración africana en el Estrecho. Propongo alcanzar ese fin mediante un análisis de elementos formales y temáticos de la historia en relación al componente racial. Para enriquecer el texto literario y dotarle de fundamento histórico, me apoyo en datos de organismos oficiales españoles como la Delegación de Gobierno para la Extranjería e Inmigración, el Instituto Nacional de Estadística (I.N.E.) y recojo noticias aparecidas en la prensa española para hilar la ficción del cuento con la realidad social española y así presentar una visión relacional, o dialéctica bidireccional, de la problemática (o asunto) del Estrecho entre la inmigración de pateras y su impacto en la sociedad receptora.[2]

Estudiar este tipo de modo literario de representación y su discurso implícito es importante porque las formas literarias de manera simultánea designan y construyen la realidad; y tal como explica Morales Hernández respecto de la función literaria:

 

La revisión de la literatura nos enfrenta con una dimensión social desde el momento en que la práctica apela al hombre como origen y destino. La lit­eratura es en sí fenómeno comunal, y representativo de muchos de nuestros aciertos como humanidad y a la vez de muchos de nuestros vicios. De tal forma, el análi­sis de los hechos literarios no debe alejarse de las temáticas de actualidad que preocupan al desenvolvimiento social. (27)

 

La inmigración es sin reservas uno de esos temas acuciantes del desenvolvimiento social; en el contexto español “…la última década del siglo XX se caracteriza por el incremento de la inmigración americana y africana en España, una puerta de Europa en el Mediterráneo y sueño de los inmigrantes del sur” (Cuesta 626). En correlación con dicho incremento, tanto en la esfera política como en los medios de comunicación audiovisuales y prensa escrita españoles se experimenta un auge tremendo respecto al asunto de la inmigración irregular, con especial énfasis en la proveniente de África y las pateras. Por un lado, en ese periodo España establece las líneas básicas de la política de extranjería en 1991 con una proposición no legislativa;[3] por otro lado, tal como explica Mary Nash, en el ámbito informativo se produce un incremento de noticias recogidas en prensa que hace que “los años 1996 y 1997 son [sic sean] decisivos en la formación de la opinión pública sobre el fenómeno emergente entonces de los flujos migratorios extracomunitarios hacia España” (27). Esta supone una tendencia que se acentúa en la primera década del siglo XXI como reflejan los datos de la Delegación de gobierno para extranjería y la inmigración. Según ésta, a finales de diciembre de 2000 la cifra de inmigrantes que habían intentado entrar en el país por vía marítima era de 15.365, lejos de los 3.569 interceptados en 1999 (n. pag.).[4]

“Rasgos occidentales” se publica en esa vorágine de interés social, político y mediático sobre la inmigración. El cuento de Rosa supone además reflejo del pensamiento paternalista enraizado en la ideología de izquierda española. Una tendencia que cosifica al inmigrante a través de un sentimiento de culpa, que supone la contrapartida al sentimiento de rechazo y superioridad racial que ejercita la derecha ideológica española.

Rosa empieza su narración escribiendo: “La novedad pasó desapercibida al principio, tardaron un par de horas en descubrir el cuerpo extraño” (253). De esta manera Rosa genera un tono de suspense desde el principio al apuntar un misterio por resolver, el cual supone el eje temático central del cuento. El primer pasaje describe una situación dantesca por la muerte de varios inmigrantes, que a nadie sobresalta por la naturalización de tal acontecimiento en las costas españolas. En este sentido, pescadores y guardias civiles desarrollan su actividad de traslado y recuento burocrático de cadáveres con total normalidad a pesar del contraste que se expresa con un lenguaje cargado de repugnancia: “El hedor de la putrefacción bastaba para certificar la muerte de la treintena de cadáveres amontonados en el escaso espacio de la barca, […] mientras ocho guardias civiles separaban los cadáveres y los transportaban a tierra para meterlos en bolsas […] el responsable del juzgado iba rellenando su informe, en el que fechaba la muerte del grupo” (253). Sin embargo, frente a esta naturalización del horror, el hallazgo anómalo de un cuerpo blanco entre los muertos lo convierte inesperadamente en un hecho excepcional tematizando una desnaturalización del fenómeno de la inmigración y una descontextualización del cuerpo blanco. Con ello Rosa rompe con las expectativas sociales y establece un giro literario que sintetiza en la idea de que “algo se ha roto”:

 

Algo se ha roto, una grieta inesperada en la pared de lo previsible, de lo acostumbrado, de lo lógico. El impacto y la comprensión eran similares a los que habría causado el aterrizaje de una nave espacial en pleno centro de Madrid. Con una diferencia: para una visita alienígena teníamos antecedentes, aunque fuesen imaginarios. Pero cuatro cadáveres blancos en una patera, una mujer blanca abrazada a su hijo entre decenas de negros ahogados, o un bebé blanco encogido bajo docenas de cuerpos eran fenómenos paranormales para los que carecíamos de esquemas de interpretación; no había molde donde encajarlos. Algo se había roto. (264)

 

Por una parte, la relación que presenta Rosa del cuerpo blanco con las pateras ofrece una reflexión sobre las cuestiones de visibilidad, invisibilidad y privilegio raciales: mientras que los africanos se convierten en meros números anónimos: “el bebé, sin embargo, fue sepultado en la zona común del cementerio, en un nicho en el que sólo constaba el número de expediente, pues nadie se atrevió a colocarle la etiqueta de ‘inmigrante’ (258). Ambos momentos suponen ejemplos de naturalización cultural de privilegio racial, “…una invisibilidad que es parte de los significados de la cultura en la que vivimos, y son parte de cómo reaccionamos emocionalmente, pero que al ser tan normales son tan invisibles como el aire” (Mahoney 217) (T.A.). En la misma línea de pensamiento acerca del privilegio de individuos pertenecientes a la sociedad mayoritaria, Rosaldo arguye cómo:

 

…la invisibilidad cultural es una característica de aquellos que gozan de plena ciudadanía y poder institucional en el Estado de la Nación. La invisibilidad cultural es un estatus privilegiado, convertidlo en algo racional (por tanto merecedor de ese poder y privilegio), y utilizado en contra de aquello que no es racional, es decir, aquellos que se desvían de esa norma invisible quedan estigmatizados por su ‘cultura’. (198-99) (T.A.)

 

Por otra parte, el sesgo cultural eurocéntrico que revelan autores como Moheney y Rosaldo son manifestación del escaso nivel de consciencia racial inserto en la identidad blanca, y su entendimiento sobre la raza (y el racismo) como factores periféricos, por el cual “…la inmigración en el imaginario español se configura al margen de lo que ocurre realmente en la sociedad española, centrándose de manera desproporcionada en los colectivos de tierras africanas, que se diferencian por su raza, idioma y religión, e ignorando otros grupos significativos, incluso mayoritarios” (Iglesias 56). Además, dicha centralidad cultural expresa una identidad excluyente que de forma paradójica necesita la mismidad para verse y situarse a sí mismo emocionalmente en la tragedia de la alteridad:

 

El guardia encontró el mejor destino para el pequeño cuerpo: se le entregó al juez, que con el rostro desencajado puso los brazos en forma de cuna y acogió el cadáver contra su pecho, asumiendo que su autoridad le obligaba a ejercer esa insólita tutela. –Es blanquito – acertó a decir otro de los guardias, en voz baja. –se parece al chico de mi hermana, me cago en todo- dijo entre los dientes. (Rosa 255)

 

La expectativa social imbrica las pateras con el cuerpo negro, le atribuye valores y solidifica marcadores sociales simbólicos, convirtiéndolos en un texto único de elementos intercambiables, del que se extraen información y conclusiones: tanto cuerpo negro como patera equivalen a inmigrante ilegal.[5] La consecuencia de este hecho redunda en el desplazamiento discursivo que deshumaniza a los inmigrantes africanos, como reparamos acerca del discurso periodístico:

 

La estructura argumentativa del discurso periodístico concedió una gran importancia a la embarcación utilizada que simbolizaba a las personas que utilizaban para cruzar el Estrecho. Esta estrategia discursiva de sustitución significó la negación del sujeto al asociar a la persona con el medio de transporte. Este proceso de significación compuso una visión demoledora de subalternidad respecto a los ocupantes de las pateras que, al convertirse en categoría discursiva de ausencia, eludió la historia personal y la humanidad de las personas implicadas. (Nash 33)

 

Rosa mantiene la subalternidad de los inmigrantes durante toda la historia. No obstante, hace del silencio de los muertos una acusación que les devuelve cierta visibilidad y agencia al final del cuento, cuando incrimina al lector de ser hipócrita:

 

…has podido contar entre las líneas de este relato al menos doscientos cuatro cadáveres, ahogados, deshidratados o muertos de frío, y sin embargo sólo te has extrañado por siete de ellos: cuatro hombres, una mujer y dos niños. Y acaba el relato y sigues esperando, entre curioso e inquieto, por si acaso la grieta abierta en lo previsible supura algún nuevo cadáver de rasgos occidentales antes del punto final. O si la grieta se ha cerrado definitivamente y podemos seguir con la vieja cuenta. Sólo africanos. (267)

 

A pesar de su intención de agitar conciencias, el cuento acaba inmerso en sentimientos de buenismo contemplativo porque Rosa no ofrece solución alguna al asunto.[6] Aunque ciertamente tampoco es esa su finalidad. Sin embargo, el escritor es muy efectivo en señalar una insensibilidad social generalizada ante el drama de la inmigración y las pateras, y también sobre los actores implicados, siendo especialmente crítico con la prensa. Rosa parece ser consciente de que los relatos periodísticos suponen un elemento agente del mundo simbólico y del imaginario colectivo de la sociedad. Por ello su cuento guarda una estrecha relación tanto con el estilo periodístico de sus columnas en la prensa española como con las crónicas de prensa que cubren los asuntos de las pateras que lo han convertido en subgénero literario. De ahí que Rosa opte por mostrarnos en “Rasgos occidentales” cómo se fragua una noticia y su recorrido divulgativo como hilo narrativo, para encerrar en el proceso una ácida burla acerca de la era de la información contemporánea, y exponer la deshumanización, decadencia e hipocresía occidentales. El siguiente fragmento recoge los aspectos de forma notoria:

No fue fácil informar del hallazgo. El funcionario encargado de redactar la nota de prensa se detuvo en mitad del párrafo. […] Oye, no lo tengo claro. ¿Qué pongo? Es que lo de “un niño blanco” me suena un poco raro, así como racista ¿no? ¿Por qué? Es blanco, no hay más que decir. Ya, pero como nunca decimos que los cadáveres son negros… Solemos decir africanos, de origen africano, subsaharianos, esas cosas. Me suena raro lo de “un bebé blanco”. (Rosa 255)

La anomalía de la noticia sobre un inmigrante blanco muerto en una patera hace aflorar un pensamiento oculto racista normalizado, al tiempo que da muestra de la importancia del lenguaje y la presencia de eufemismos en la prensa, que edulcoran la crudeza de la tragedia bajo lo políticamente correcto. Rosa insiste en la idea para provocar confusión, perplejidad y con ello forzar una conciencia racial blanca:

Tú no lo has visto. Es blanquísimo. Parece sueco, te lo juro. Si no digo que no, pero dime qué ponemos. No sé. Si no te gusta lo de blanco, pon lo que se te ocurra. Pon que es un niño europeo. Como siempre decimos lo de africanos, pues europeo. ¿Europeo? No sabemos de dónde es. Ya te he dicho que parece sueco. Ya, pero no sabemos su nacionalidad. Puede ser lo mismo europeo que norteamericano, qué se yo. O incluso africano. Sudafricano, que allí también hay blancos, ¿no? (255-56)

Rosa muestra cómo la rareza informativa encuentra un titular sensacionalista, “Rasgos occidentales”, estimulando una atención mediática que transforma la tragedia en un producto cultural de consumo. “La expresión fue reproducida por toda la prensa. Redactores y tertulianos aburridos por la sequía informativa del verano se aplicaron en construir teorías que explicasen la presencia de un niño como aquél en una patera con veinticinco hombres y cuatro mujeres ‘de rasgos africanos’” (256). De esta manera se difumina la realidad, y se comercializa con la muerte al convertirla en entretenimiento.[7] Dos ejemplos, uno: “…un suplemento dominical recuperó una vieja información relativa a los niños de rasgos occidentales desaparecidos en el tsunami de 2004 y que siguen desaparecidos…” (257); y dos: “Cadáveres hermosos –en expresión de un cursi articulista que tituló así su columna dominical” (263).

De acuerdo a Nash “las representaciones culturales y los registros textuales crean significados compartidos que no necesariamente se acoplan a la realidad social. Los procesos mediáticos pueden construir imágenes distorsionadas que crean realidades imaginarias tan influyentes o más que las realidades sociales” (48). En este sentido, Rosa acusa abiertamente al intrusismo profesional y la irresponsabilidad de quienes les contratan para diseminar opiniones infundadas e imágenes cuanto menos insensatas. Varios son los momentos en que Rosa refleja esta lacra cultural del occidente, por ejemplo, cuando escribe: “…algún informador truculento llegó a insinuar que los africanos, desesperados por la falta de alimentos, tal vez se habían comido al padre y a la madre, y que se reservaban el mejor plato, el infantil, pero la muerte les llegó antes de poder zampárselo” (256). Nótese la alusión al canibalismo, incidiendo en un imaginario colonial del negro y la negritud como salvajes.[8] Y en otro momento cuando critica su asociación con la delincuencia “…algún sediciente experto en todo tipo de asuntos de actualidad insinuó que tal vez el niño hubiese sido secuestrado” (257).

En una sociedad híper-conectada, el exceso de información puede ser lo más parecido a la falsedad informativa. Rosa reseña el peligro del “simulacro” (Girard 1977) de la información en la era moderna y cómo la opinión se reproduce sin límites, al tiempo que se redefine desde una mirada “orientalista” (Said 1979): “…circuló en correos basura durante semanas, junto a otras sugerencias relacionadas con las más variadas prácticas delictivas: desde el narcotráfico al proxenetismo pasando por las más escabrosas parafilias” (Rosa 264).

La constante asociación de la inmigración como problema social es uno de los lugares comunes más asentados entre las creencias de las masas, en febrero de 2001 según el barómetro del centro de investigaciones sociológicas se puede observar la continuidad de actitudes negativas con respecto a los extranjeros y las personas inmigrantes, según este sondeo: “el 32.2% de los ciudadanos españoles consideraban que la inmigración constituía el problema social más grave de la sociedad española” (El País 29/3/2001; El Periódico 29/3/2001 como aparece citado en Nash 30). En un contexto de crisis, desde 2008 la percepción ciudadana acerca de la invasión en oleadas inmigrantes se agudiza.[9]

Rosa contrasta la sensación de oleadas con la reiteración del hecho anómalo blanco que le convierte el suceso en un espectáculo por entregas. Las audiencias mandan, el morbo regula el mercado y los periodistas se lanzan por el éxito de la primicia. “…todas las instantáneas y planos se centraron en la inusual pareja, obviando a otras dos madres muertas con hijos muertos que viajaban en la embarcación…” (Rosa 260). La tragedia se convierte en un hecho secundario, y la rareza, racial en este caso, en primicia. La competencia dicta la moral de la sociedad, y la lógica del capitalismo informativo diluye la ética. Rosa verifica esa triste verdad en otros dos momentos, primero cuando escribe: “…ser los primeros en retratar una patera que, para su decepción, sólo transportaba cadáveres ‘de rasgos africanos’, negros, negrísimos” (266); y luego, exhibe lo sorprendente como valor informativo frente a la decepción de una noticia sin primicia por ser considerada una tragedia normal (y por tanto aceptable), cuando recoge “la imagen de la madre y el hijo de rasgos occidentales, que en su mortal postura tenían un fácil eco de imaginería religiosa clásica que les daba mayor fuerza icónica, ocupó portadas y aperturas de telediarios donde presentadores con el rostro desencajado informaban del sorprendente suceso…” (268).

Junto a la crítica exacerbada al papel y funcionamiento de la prensa, el flujo masivo de información, y la acusación de moralidad decadente de las masas, Rosa también imagina la reacción gubernamental para con ello apuntar sutilmente a las causas de la tragedia y criticar el tratamiento de la otredad bajo el discurso de inmigración europeísta:

 

El ministro del interior improvisó una comparecencia pública en la que intentó transmitir un mensaje de tranquilidad, sin que nadie entendiese de qué pretendía tranquilizarnos. Informó de que estaba en marcha una investigación a fondo para encontrar una explicación a lo sucedido. Hizo un llamamiento a todo aquel que creyese reconocer a la fallecida y pudiese aportar alguna pista que ayude a establecer su identidad, para lo que facilitó un par de números de teléfono. Por último dijo estar en contacto con sus colegas europeos para coordinar esfuerzos y anunció que se destinarían más medios económicos y humanos para reforzar el control y vigilancia en el Estrecho. (260)

 

Sírvase notar que, por un lado, todos los esfuerzos se refieren al cadáver blanco y que la alteridad africana es ignorada por completo y que, por otro lado, inversión y coordinación son precisamente dos de los elementos que paliarían tanto las causas como los efectos de la inmigración. Supone un sarcasmo extremo también que Rosa represente a unos políticos de doble moral alarmados frente a la anomalía de un cadáver blanco en una patera, y no frente a los centenares de muertos africanos. En este sentido Rosa denuncia que “las autoridades, no habían acudido a otros entierros, aunque se tratase de niños, que también los hubo anteriormente, si bien ‘de rasgos africanos’” (258). Con ello señala la existencia inmoral de muertos de primera y segunda clase, y también apunta al oportunismo de los políticos, acostumbrados a hablar sin decir ni solucionar nada.

La opinión crítica de Rosa para con las políticas europeas va más allá al denunciar las presiones que éstas ejercen sobre otros países en la toma de decisiones:

 

Las autoridades marroquíes organizaron redadas en las localidades desde donde partían las pateras. Se realizaron registros en las pensiones donde los inmigrantes aguardaban noches sin luna para navegar, se interrogó a fondo a los patrones que organizaban los embarques, se puso vigilancia sobre los turistas y se infiltraron agentes policiales en las partidas de inmigrantes listos para salir. (265)

 

Esta criminalización preventiva, lejos de ser literaria, encuentra reflejo en acontecimientos reales: “las autoridades de la ciudad marroquí de Tánger han decidido prohibir el uso de barcas de pedales, los llamados patines acuáticos, después de que la semana pasada cinco jóvenes marroquíes utilizasen este medio de transporte a modo de improvisada patera para cruzar el Estrecho y ganar la costa española” (Nash 34). Este índice de paranoia hacia la otredad racial expresa uno de los principales ejes de la identidad blanca: la necesidad de marcar una separación entre un nosotros como individuos y sujetos no marcados frente a un ellos como sujetos marcados, para de esta manera habilitar una vía de conservación de los privilegios históricos heredados, y los beneficios transferidos (creados) socialmente al color de la piel.

Cada país posee una historia nacional que, proyectada sobre sus ciudadanos, conforma un discurso dual histórico y coetáneo. Ésta abarca todos los resquicios habitables de las esferas pública y privada al integrarse en sus leyes como derechos y deberes. Como parte de ella, toda expresión cultural retroalimenta dicho discurso explícita e implícitamente, y consciente e inconscientemente, como plantea Katherine Franke:

 

Los textos legales producen una narrativa de identidad nacional de manera significativa, tejen historias de quién somos, de nuestros compromisos, y qué podemos esperar el uno del otro, individualmente y colectivamente. Ciertas ficciones fundacionales, como ‘nosotros el pueblo’, proporcionan las cuerdas que con el tiempo amarrarán a unas personas con su pasado, y a unas con otras a su nación. (158) (T.A.).

 

Rosa hace un esfuerzo vano por distanciarse de una mirada literaria que retroalimente el discurso normativo o hegemónico de la sociedad mayoritaria respecto a la inmigración africana. Si bien es cierto que subraya de manera ejemplar algunas contradicciones y actitudes reprobables de varios actores sociales implicados en el asunto de la inmigración de pateras, cae en un buenismo contemplativo y condescendiente decepcionantes, al tiempo que desplaza la figura del inmigrante a un plano ornamental por su falta de agencia en la historia. Su voz narrativa sarcástica y comprometida junto a una mirada compasiva y paternalista confina la voz inmigrante a la más oscura subalternidad al tiempo que se alza como atalaya moral.[10] Y como esgrime Montserrat Iglesias en Imágenes del otro: identidad e inmigración en la literatura y el cine (2010): “una nota común a estos textos literarios y fílmicos que representan la inmigración, es la prevalencia en muchos de ellos del compromiso humanitario por parte del autor, así como la expresión de su solidaridad con el drama del inmigrante” (15). De esta manera, en última instancia Rosa purga su impotencia y su sentimiento de “culpa blanca”,[11] y la de sus lectores, por medio de un acto narrativo comprometido que sustituye la acción real por el acto simbólico. Las siguientes reflexiones de Cuomo y Kim son aplicables al cuento de Rosa en toda su hondura cuando señalan:

 

[…] se asumía que los no blancos no eran tan buenos como los blancos porque eran inferiores a los blancos en referencia a importantes habilidades económicas, intelectuales, y cívicas. Ahora los blancos educados se dan cuenta que la ventaja blanca es el resultado de un racismo histórico, por lo que sus sentimientos de superioridad han sido reemplazados por compasión, ante la injusticia, remordimientos si es que alguna vez se sintieron superiores o se han identificado con sus predecesores que lo hicieron y, en algunos casos, una disconformidad a la que se llama ‘culpa blanca’ –The White Guilt-. […] una segunda fuente de este sentimiento de culpa es el reconocimiento de pertenecer a un grupo que es culpable históricamente de ser injusto contra otros grupos. Lo cual es habitualmente conectado con ideas de responsabilidad colectiva y justicia histórica. (81) (T.A.)

 

Frente a su sentimiento de culpa, Rosa realiza una labor encomiable al reclamar una responsabilidad colectiva respecto a la inmigración. Desgarra su pluma con, en sus propias palabras, una “voluntad clara de intervención social” (Martín Rodrigo n. pag). Y usa un lenguaje maniqueo que exalta la blancura racial para reflexionar sobre su privilegio: “Blancos, blancos. […] Eran de piel blanquísima y rasgos escandinavos, como si tuvieran una voluntad férrea de alejar cualquier sospecha sobre su origen” (Rosa 263).

A modo de conclusión, “Rasgos occidentales” es un cuento que, visto en retrospectiva, supone el germen de transición en la obra de Rosa entre una literatura que posa su mirada en el pasado y la herencia franquista, y otra que es crítica y comprometida con el presente para agitar conciencias y denunciar injusticias, cultivando así una relación con sus lectores que transita “de la lectura exigente a la escritura responsable” (Valle Detry n. pag.). El cuento de Rosa converge en un pensamiento español tradicional de izquierdas que se flagela en su denuncia. Además, éste se integra en una crítica hacia la política de la Unión Europea respecto a la tragedia de la inmigración, que se resume, tal como afirma Javier de Lucas el 3 de noviembre de 2013 en la Cadena Ser, en tres palabras: “Lágrimas de cocodrilo… la unión europea sigue obsesionada con tratar la inmigración en términos de seguridad, no se sabe muy bien de qué ¿seguridad de qué? Porque la inmigración no nos amenaza, es un desafío pero no una amenaza, y como mínimo al mismo tiempo es una oportunidad” (3’43”-4’00”). La inmigración es un fenómeno global, y globales deben ser sus soluciones. La denuncia de Rosa fuerza la reflexión del lector. El texto de Rosa expresa cómo la inmigración es también negocio para la prensa, mano de obra precaria para la sociedad blanca occidental y garante de “nuestro” privilegio como civilización de progreso y superioridad. En definitiva, “Rasgos occidentales” manifiesta de forma exitosa, rabiosa y cruda cómo todos nuestros privilegios, como el de permitirse el lujo de pensar en algo más que subsistir, son los sacrificios de otros.

 

NOTAS

 

[1] “La mano invisible” alude a una metáfora del pensador escocés de fines del S. XVIII Adam Smith, quien en sus obras la emplea para describir el fenómeno de autorregulación de los mercados, que según afirma tiende a un equilibrio entre las distintas fuerzas económicas sin la necesidad de intervención estatal. Con su teoría “Laissez-faire” es considerado uno de los padres del pensamiento liberal y del funcionamiento de la economía capitalista moderna.

[2] El origen de la palabra “patera” en relación a la inmigración africana es incierto. El diccionario de la Real Academia de la Lengua Española no recoge ningún significado relativo a embarcación. Por una parte, la R.A.E. la define como: “enfermedad de la pezuña de los ovinos que obliga a recortársela y se atribuye a la excesiva humedad de la dehesa que en que pastan”. Pátera, con acento, también se encuentra en dicho diccionario para referirse “plato o cuenco de poco fondo de que se usaba en los sacrificios antiguos”. Sin embargo, en el acervo popular pesquero de la zona de Tarifa y la provincia de Cádiz, la patera es “una embarcación conocida en los humedales españoles como una barca para cazar patos, dado su escaso calado, [que] comenzaba a ser identificada por la opinión pública más cercana al Estrecho como una embarcación para alijar droga” (Sena Rodríguez 17).

[3] Véase Boletín Oficial de las Cortes Generales (B.O.C.G.), IV Leg., Serie D, núm. 165 del 22 de marzo de 1991.

[4] Las costas de España han registrado un descenso en la recepción de inmigrantes en los últimos años. Así, en 2012 llegaban 3.804 inmigrantes irregulares a nuestras costas, una cifra que suponía una reducción del 30 por ciento con respecto al año anterior que había sido de 5.441. Tomando como referencia hasta junio de este año, en 2013 parece que esa tendencia a la baja se mantendrá ya que la llegada de irregulares a nuestras costas se ha vuelto a reducir un 31 por ciento en estos seis primeros meses del año respecto al mismo periodo de 2012. Según datos facilitados por el ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz, durante el II Foro Parlamentario Hispano-Marroquí, hasta el 30 de junio de 2013 llegaron a las costas españolas un total de 989 inmigrantes irregulares, mientras que en el mismo periodo del año anterior lo hicieron 1.475. (L.A. n. pag)

El número de ciudadanos extranjeros registrados en el padrón municipal ha alcanzado los 5.648.671 en el año 2009, según los datos definitivos publicados ayer por el Instituto Nacional de Estadística. Frente a los 5.268.762 del año anterior, con estos 400.000 nuevos inscritos los inmigrantes (comunitarios y no comunitarios) suponen el 12% de los 47 millones de habitantes de España. En el año 1991 era el 0,9%. Sólo en la última década el número se ha multiplicado por cinco. El Ministerio de Trabajo e Inmigración, a 30 de septiembre, cifraba los permisos de residencia en 4.715.757. La comunidad rumana es la que más crece en España, con 67.076 registrados más durante 2009. También la más numerosa, con 798.892 empadronados. Son seguidos de cerca por Marruecos, con 718.055, y en tercer lugar está Ecuador, con 421.426. El cuatro grupo más numeroso es el de Reino Unido, con 375.703 (Cabaña n. pag)

*Sírvase notar que una búsqueda en google por “Pateras Noticias” devuelve 923,000 resultados.

[5] Otros términos sinónimos a “inmigrante ilegal” son “sin papeles”, “clandestinos”, “espaldas mojadas”, “mojaitos”, “atunes”.

[6] “Buenismo” es un término que define esquemas de actuación social y política que tienen por eje esencial la puesta en práctica de programas de ayuda a los desfavorecidos, basadas en un mero sentimentalismo carente de autocrítica hacia los resultados obtenidos.

[7] El 1 de noviembre de 1988 una patera con 23 marroquíes a bordo vuelca en la playa de Los Lances, a escasos metros de la costa, sólo cinco inmigrantes lograron ganar tierra firme. La noticia fue publicada en primera plana por el Diario de Cádiz— al día siguiente fue El País, en sus ediciones nacional e internacional. El prestigioso programa de TVE Informe Semanal desplazó a Tarifa a su reportero, Arturo Pérez Reverte, y los corresponsales de prensa extranjeros comenzaron a difundir un hecho que, desde entonces, no ha dejado de ser noticia de primera página (Sena Rodríguez 18-19).

[8] Véanse Sarmiento, Domingo F. Facundo: Civilización Y Barbarie. Garden City, N.Y: Doubleday, 1961. Impreso.

Ertler, Klaus-Dieter, and Enrique Rodrigues-Moura. Fronteras e identidades, identidades e fronteiras: Civilizacion y barbarie, sertao e litoral. Frankfurt am Main: Lang, 2005. Impreso.

[9] Los términos “oleada”, “invasión”, “avalancha” junta al argot militar son recurrentes en la prensa española cuando se habla de movimientos migratorios desde África.

[10] Los jóvenes marroquíes creen que emigrar de su país “es un signo de valentía y orgullo” y todos ellos idealizan el trabajo y la vida en Europa. […] El Harras explió que el inmigrante siempre transmite a su familia aspectos favorables de su situación en España y esconde el sufrimiento y, por lo tanto, la imagen que se tiene en Marruecos de los que han emigrado es positiva (Sena Rodríguez 27).

[11] “White Guilt” [Culpa blanca] alude al surgimiento de culpa individual o colectiva en los blancos que reemplazan sus sentimientos de superioridad y vergüenza por la expresión de un racismo histórico hacia otras razas de color los de compasión y condescendencia. “White guilt has been described as one of several psychosocial costs of racism for white individuals along with the ability to have empathic reactions towards racism, and fear of non-whites” (Spanierman).

*Véanse Steele, Shelby. White Guilt: How Blacks and Whites Together Destroyed the Promise of the Civil Rights Era. New York: HarperCollins Publishers, 2006. Impreso.

Collier, Peter, and David Horowitz. The Race Card: White Guilt, Black Resentment, and the Assault on Truth and Justice. Rocklin, Calif: Prima Pub, 1997. Impreso.

 

BIBLIOGRAFÍA

 

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Cabaña, Carlos. “El padrón registró más de 5.5 millones de extranjeros en 2009.” El país 8/2/2010. Web. 19 de noviembre de 2014.

<http://elpais.com/elpais/2010/02/07/actualidad/1265534221_850215.html>.

Cuesta, Josefina. “Los retornos: sueño, horizonte, destino y mito.” Anales de Historia

Contemporánea. 23. (2007): 621-627

Cuomo, Chris J. y Kim Q. Hall. Whiteness. Feminist Philosophical Reflections. Lanham, Md:

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