“Nuestros cuerpos son nuestras herramientas de resistencia”. Entrevista a Sibila Sotomayor, integrante del colectivo LASTESIS

“Nuestros cuerpos son nuestras herramientas de resistencia”. Entrevista a Sibila Sotomayor, integrante del colectivo LASTESIS

 

Denisse Gómez-Retana, Natalia Villarroel y Victoria Furtado

The Graduate Center, City University of New York

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El patriarcado es un juez, que nos juzga por nacer. 

Y nuestro castigo es la violencia que no ves

LASTESIS, 2019

 

Esta entrevista comienza con un epígrafe que nos resuena de fondo. Una melodía un poco tecno que, a través de sintetizadores, deviene en coraje, voz, grito y movimiento, pues tiene como interlocutora a Sibila Sotomayor Van Rysseghem, artista performática, educadora y activista feminista chilena, integrante del colectivo LASTESIS. Este grupo artístico, performático, interdisciplinar y feminista de mujeres de Valparaíso, se volvió internacionalmente reconocido por la performance “Un violador en tu camino”, realizada por primera vez en octubre de 2019, al calor del estallido social chileno, y que se replicó y recreó en el marco de acciones feministas alrededor del mundo. 

 

En el marco de su visita a Nueva York, tuvimos una conversación con Sibila que nos invita a reflexionar sobre la performance política, considerándola no solo arte, sino una forma de lucha, creación de conocimiento e incluso práctica pedagógica colectiva. En el intercambio Sibila hilvana recuerdos y nos comparte vivencias que construyeron sus intereses performáticos, que la ligaron primero a la danza y luego fueron confluyendo hacia la creación de performances donde se funden lo personal y lo colectivo como sustratos de la lucha feminista. El recorrido de la conversación transcurre por su posicionamiento dentro de los feminismos, pero también por la niñez junto a su madre, figura gestora no solo en lo biológico, sino también en lo político, quien cimentó, desde lo afectivo, el camino que la trajo hasta hoy.

 

Esta entrevista nos permite pensar en la relación entre cuerpo, arte y espacio público como formas de indisciplina a través de la interdisciplina. Nos enseña la naturaleza comunicadora de los cuerpos y las cuerpas, y nos permite pensar también la performance como una forma de acción política revitalizadora que interrumpe el tiempo productivo, reclamándolo pública y colectivamente. 

 

Queremos comenzar preguntándote por tu relación con la performance y en qué momento o cómo te diste cuenta de que puede ser una herramienta para la acción política.

 

Sibila Sotomayor (SS): Yo creo que hay un recorrido a nivel biográfico que es bien extenso porque se vincula primero con, valga la redundancia, mi vínculo con el cuerpo desde muy niña. El hecho de que desde pequeña siempre estuve en cursos de expresión corporal, ese tipo de cosas, pero mi mamá nunca me inscribió en talleres de danza formales. No. Lo mío siempre fue más libre, más como moverse; moverse un poco sin mucha técnica. Cuando tenía doce años ya empecé, me metí en una academia de danza, digamos, en la que estaba becada, en danza contemporánea; luego, a los dos meses, me becaron en flamenco, porque la profesora era pareja de mi papá. O sea, todo tiene que ver con un tema muy personal, ¿no? Era algo que nunca me había interesado como disciplina y que sigo bailando hasta el día de hoy. Una parte muy importante de mi vida hasta la actualidad. Creo que para mí fue fundamental ese momento de ya trabajar de una manera más formal también el cuerpo. El vínculo con el cuerpo, cómo te vinculas con el cuerpo y un poco ha sido un leitmotiv. 

 

Luego, bueno, termino la secundaria, entro a la universidad, decido estudiar teatro, que también se sustenta en el trabajo en el cuerpo. Entonces, tanto mi formación informal, podríamos decir, por fuera de las instituciones formales, como mi formación formal, en instituciones, en este caso universitarias, estaban vinculadas al cuerpo en gran parte. Creo que eso es algo que, al menos en mi vida, siempre ha estado muy presente, para mí siempre ha sido muy importante. Por eso la pandemia, así como para muchas personas, fue terrible, porque me desconectó de mi cuerpo de una manera que aún no me puedo recuperar. Ha sido un gran tema para mí.

 

Pero entre medio, antes de la pandemia, también es que decidimos conformar este colectivo feminista, que es LASTESIS, con mis compañeras, a partir de una idea que teníamos con Daffne hace mucho tiempo; ella también viene de las artes escénicas. Tiene que ver con esta difusión de ideas feministas desde el cuerpo y nuestro vínculo con la performance, con elegir ese campo, podríamos decir de acción. Tenía que ver con desligarse de una forma más tradicional vinculada al teatro, a pesar de que nuestra perspectiva del teatro contemporáneo no es para nada así. O sea, para mí, la performance o arte o el teatro contemporáneo, no veo muchas diferencias tampoco. Creo que esas distinciones son bien de escuela conservadora y que, en ese caso, nosotras no tenemos nada que ver con eso. Nuestra perspectiva es mucho más interdisciplinaria. O de límites disciplinarios mucho más difusos entre, por ejemplo, el teatro y la performance. 

 

Pero, sin duda, no para todo el mundo es así. Entonces, el concepto de performance, por la apertura que tiene, es mucho más claro para intentar definir lo que una hace. Nosotras, en ese primer año de vida como colectivo, muchas veces no decíamos que hacíamos performance feminista, era como “puesta en escena feminista” y ahí la gente le ponía el apellido que quería. Había gente que decía “es teatro”, había gente que decía “es performance”, había gente que decía “es una banda de música”; nos da lo mismo. Finalmente era esta idea de desde nuestros cuerpos, porque el cuerpo también es nuestra herramienta esencial de trabajo, porque venimos de las artes escénicas. Desde ese lugar vamos a generar este activismo feminista, a una escala muy menor, muy pequeña.

 

Quizá en ese momento, yo al menos, no era tan consciente de esa potencia política del trabajo desde el cuerpo a gran escala, sino que era consciente a pequeña escala, porque ahí estaba puesto nuestro objetivo. O sea, desde un lugar muy underground en Valparaíso, que es provincia (nosotras no vivimos en la capital hasta la actualidad). Moviéndonos en un circuito totalmente alejado, un circuito que podría llegar a ser más oficial dentro de Valparaíso, que es muy pequeño. De verdad activando, accionando, en fiestas electrónicas, en sucuchos en Valparaíso, en ferias en la calle, como muy diverso el panorama. Tiene mucho que ver también con las redes sociales digitales, con el momento en que otras personas registran una acción que nosotras estábamos haciendo y eso genera un efecto de viralización de esa acción, que nosotras no estábamos buscando. Evidentemente, ahí de pronto aparece y un poco así [truena los dedos], en una semana ya existía algo que antes no existía, que es esta potencia política a nivel un poco más macrosocial. Era algo que, siendo de una ciudad tan pequeña y pensando en la escala en la que estás trabajando, una lo estaba pensando como un potencial político siempre, por supuesto, era una acción política desde el cuerpo, pero a una mucha menor escala. 

 

Eso también es importante comentarlo porque a veces pareciera que siempre ha sido esta cosa más grande. Y no, era algo muy pequeño, era algo muy chiquitito, y no pretendía ser más que  eso. Tenía que ver con una búsqueda de un impacto local, absolutamente local, ni siquiera nacional, ni siquiera. Entonces, lo otro es como que sucede por algo inesperado. Sin embargo, sí fortalece la decisión de sustentarnos desde la performance también, en el sentido de que también eso tiene un vínculo directo con el activismo feminista, con esta idea de que nuestros cuerpos, que son nuestros territorios de opresión, son también nuestras herramientas de resistencia.

 

También hay un tema ahí de reflexiones más vinculadas a las metodologías, a la investigación. Esta idea de qué pasa con la investigación desde la práctica, qué pasa con aquello que se genera a partir de nuestros cuerpos y no desde el mundo de las ideas. Algo que algunos autores o autoras le van a llamar investigación performativa. O sea, también hay una serie de otras preguntas que están pululando alrededor de esta decisión, pero todas se unen a partir de una óptica feminista, sobre todo, o al menos desde un feminismo decolonial, podríamos decir, que es la perspectiva o el lugar en el cual nosotras nos inscribimos. 

 

Justamente, pensando en estas performance políticas feministas, queremos preguntarte en relación con LASTESIS, pero también con otras que conocés por tu trabajo de investigación, sobre los procesos creativos de estas performance colectivas feministas, ¿Qué has observado o reflexionado al respecto?

 

SS: He observado y reflexionado distintas cosas, porque creo que también hay distintas formas de aproximarse a la performance feminista. Por ejemplo, nosotras tenemos una forma de hacerlo que es desde la colectividad, a pesar de que somos un colectivo bastante pequeño, pero colaboramos con muchos otros colectivos y colectivas. Tenemos muchos diálogos, obra colaborativa, encuentros con otras colectividades feministas, no siempre artísticas, también activistas, también activistas artísticas como nosotras, etcétera, etcétera.

 

En nuestro trabajo, en general, si alguien te pide una ficha técnica de quién hace qué, siempre todo dice: Colectivo LASTESIS. Es un poco una opción. Pero también yo he visto performance feministas, gente que hace performance feminista, que también creo que son muy relevantes dentro del activismo feminista desde las artes, que no, que dejan muy en claro: “esto lo creé yo y yo convoco a personas a hacer mi acción”. Eso también lo he visto muchas veces y no creo que esté mal, ojo, no creo que sea un problema, para nada, pero es otra postura. Creo que hay dos perspectivas ahí que son bastantes distintas y, sin embargo, se inscriben en la performance feminista activista, en Chile hoy y también en otras partes de Latinoamérica y el mundo. El renunciar a una autoría individual por darle un protagonismo a una autoría colectiva versus el reivindicar la autoría individual, que también tiene que ver con un borramiento histórico de mujeres y disidencias en espacios de creación. Sí, también tiene lo suyo y una entiende la importancia de aquello. Pero son posturas políticas, yo pienso, también distintas, en torno a la creación, porque también generan lamentablemente una jerarquía dentro de los roles, porque es inevitable.

 

A nosotras nos pasa mucho, como venimos de las artes escénicas, que cuando nos vinculamos con personas más del teatro (también nos invitan a festivales de teatro, vamos también a eventos que no tienen nada que ver con eso, pero también a veces estamos en esas instancias), está la idea de “bueno, pero quién dirige, quién escribe”. Como los lugares más importantes, entre comillas gigantes (estoy haciendo comillas con mis manos en este momento); esto, quién está en la jerarquía, esta idea del genio creador. Si nos preguntan, lo podemos decir, no es un secreto, pero no lo vamos a poner en una ficha en la cual se nos dé como un espacio, con nombre y apellido, porque no nos interesa, porque creemos que no va por ahí.

 

Yo veo esas distinciones en torno a la performance y la autoría. Creo que esa es una, que es clave, y que evidentemente cambia también la lógica de la organización. Por ejemplo, nosotras a nivel metodológico trabajamos de manera interdisciplinaria. Yo lo comentaba ayer también en la charla, venimos de distintas disciplinas, por ende, cada una aporta distintas cosas. Disciplinas e indisciplinas, sí. Por ejemplo, yo me hago cargo de lo sonoro y musical. Yo no soy música, pero ¡me da lo mismo, lo hago igual!, cachai, como que da lo mismo, no importa. Pero un poco ese es mi lugar también, o uno de los lugares, porque habito varios  lugares dentro del colectivo, pero uno de ellos es ese. Así, mi compañera será más lo visual, mi otra compañera tiene que ver más con las letras, yo también me meto un poco con las letras, pero para ella es más como su lugar, etcétera. El lugar donde cada una se sienta más cómoda. Eso, cuando nosotras estamos trabajando, está muy presente, este respeto: yo respeto que este es el lugar en el cual tú tienes más herramientas y más interés en hacerlo. Que también está bien. Entonces, tienes como más espacio para hacer aquello; yo haré esto otro. Como esta idea de respetar nuestros espacios, lugares, pero todo lo dialogamos también. Pienso que no es lo mismo cuando una persona crea algo y luego convoca a personas y un poco les enseña lo que tienen que hacer.

 

Hay otras metodologías que son así, que tienen un liderazgo muy claro, una persona que convoca, que dirige, que escribe, qué sé yo; pero que su metodología se basa también en las propuestas de las otras personas, también puede ser. Nosotras tenemos algunas obras que son así, son estructuras que nosotras generamos; luego, llegamos a un lugar y hacemos un taller. Por ejemplo, la performance que se llama “Resistencia o la reivindicación de un derecho colectivo”: a partir de ese taller se genera la obra, que responde a una estructura que ya existe, que nosotras ya creamos, pero se completa con todas las colaboraciones de las personas y lo que crean en el momento. A nivel coreográfico siempre hay un momento de coreografía, podríamos decir, dentro de esa performance, que cambia cada vez, porque depende de lo que propone cada persona. Ahí evidentemente nosotras estamos guiando, pero solo se completa con lo que crearon las otras personas.

 

Creo que son distintas las posibilidades de las metodologías desde una perspectiva feminista. Aunque sí hay algo que nosotras siempre comentamos y subrayamos, es este espíritu de lo colaborativo, como que vemos en la colaboración un espíritu totalmente feminista. Esta idea de que desde lo colaborativo y colectivo generamos algo en conjunto. Nos parece que es muy coherente con la perspectiva que tenemos del feminismo. Como yo mencionaba ayer, no solamente a nivel temático, sino también en la forma, cómo nos organizamos, cómo creamos, cómo nos vinculamos, cómo también potenciamos espacios de enunciación. Pues ahora nosotras es innegable que tenemos un espacio de enunciación debido a la visibilidad que tenemos. Cómo hacemos para que ese espacio no sea solo nuestro, cómo hacemos para que también pueda ser instrumentalizado por otras luchas en otras localidades, en otros territorios, cómo lo aprovechamos lo más posible. Finalmente siempre pensamos en los activismos feministas, en una lucha por un espacio de enunciación. Pero nunca piensas que lo vas a tener efectivamente y cuando de pronto está, es como que [truena los dedos] hay que aprovechar, cachai. Como que ¡es ahora!, no sabemos cuánto va a durar, puede desaparecer. Como que todas las personas que puedan sumarse a eso, que se puedan enunciar ahí la mayor cantidad de demandas feministas posibles, la mayor diversidad de demandas también de mujeres y disidencias sexogenéricas. Creemos en eso, pensamos que ahí esa metodología colaborativa es clave. 

 

En el marco de la heterogeneidad que son los feminismos, ¿cuál es tu lugar o de dónde viene tu feminismo? ¿Cómo te posicionás?  No teóricamente -o sí, si querés-, sino en los planos que quieras. 

 

SS: Aquí voy a lo personal, porque claro cuando nos hacen preguntas yo digo “nos”, siempre hablo en “nos”. Es muy fuerte. Cuando me hacen preguntas de LASTESIS mucho de lo que yo digo no es solo lo que yo opino, sino lo que siempre conversamos con mis compañeras. Por eso lo hablo en nosotras, porque no me quiero apropiar de ese discurso, porque encuentro que es colectivo también. Me doy cuenta que estoy tan acostumbrada a hablar en nosotras, que a veces estoy hablando de cosas que yo quiero decir y digo “ay”, me tengo que corregir, cachai, como a mí misma. Pero ahora voy a hablar más desde mí, porque creo que tiene que ver con algo biográfico más específico y, evidentemente, con mis compañeras tenemos experiencias de vida muy distintas en torno al feminismo o a los feminismos. 

 

Yo me crié sola con mi mamá. Me crié con mi mamá y también con mi abuela, en algunos momentos, que falleció cuando yo era bastante niña todavía. Entonces, para mí, mi mamá siempre fue una persona que yo admiro mucho. Como ella saca adelante nuestro pequeño hogar, en un contexto también complejo, pues estábamos en el exilio. Luego nos vinimos a Chile, pero luego tuvimos que volver para allá porque las condiciones materiales en Chile eran más complejas. El resto de mi familia estaba en Bélgica, entonces, bueno, volvemos a Bélgica las dos solas; cuando llegamos a Chile veníamos con mi papá, todavía, pero luego él se queda acá y nosotras nos devolvemos solas. Yo era muy chica, tenía como tres años cuando ellos se separaron. Entonces, de ahí en adelante mi familia pasó a ser mi mamá; mi papá existe y todo, pero es bien anecdótica su presencia. 

 

Mi vínculo con el feminismo tiene todo que ver con ella, con verla a ella que, por ejemplo, no había tenido la posibilidad de estudiar en la universidad cuando era joven, criándome y entrando a estudiar a la universidad cuando yo estaba en educación básica allá en Bélgica. El hecho de que, por ejemplo, llegó un momento en que me cuidaba mi abuela y ella estudiaba de noche. Y después de pronto mi abuela se tuvo que ir y ya no tenía quién me cuide. Tuvo que cambiarse de carrera. Perdió todo lo que había estudiado y tuvo que entrar de nuevo a estudiar otra carrera de cero, mientras yo estaba en la escuela. Toda esa logística yo la recuerdo muy bien, está muy presente en mi vida, ver como ella insistía en generar un hogar lo mejor posible para mí a nivel afectivo, pero también por supuesto a nivel intelectual. Ella siempre me inspiró mucho. Éramos mucho de “el fin de semana vamos a la biblioteca de la comuna”. Me inscribió en la Academia de Música, entonces yo hice música desde muy chica. Llegué a Chile y todo eso se derrumbó, porque ahí era una cosa de gente con plata, entonces no pude seguir haciendo música, da lo mismo, no importa. Pero, era siempre un role model, un ejemplo a seguir para mí. Ella después también siguió estudiando, hizo un magíster. Hasta el día de hoy sigue también trabajando, o sea, una persona que me inspira muchísimo, sabiendo de dónde venimos. Sabiendo que veníamos de un lugar complejo y que siempre lo decimos: por nosotras dos nadie apostaba un veinte, sin embargo, aquí estamos, como dándole, dándole. 

 

Bueno, por supuesto que nuestro caso mucho se ha sustentado en los estudios, porque era un poco lo único que teníamos, la única posibilidad. Allá en Bélgica porque era gratuito para mi mamá y luego en Chile, bueno, hicimos unos malabares con mi mamá para que yo pudiera hacerlo, estudiar teatro y lo demás. Yo trabajaba también, qué sé yo. Pero un poco yo crecí viendo esa figura, de una mujer sola yendo contra la corriente, insistiendo en avanzar, en tener una estabilidad. Tuvimos momentos muy, muy malos económicamente, luego, bueno, superarlos, luego tuvimos momentos buenos, o sea, tranqui, me refiero.

 

Verle a ella también muy vinculada a un activismo, no necesariamente feminista. O sea, igual en un momento sí era feminista, era como un activismo feminista, pero muchas veces no se le ponía el nombre de feminismo. Como que había muchas prácticas, sobre todo vinculadas al trabajo territorial, que mi mamá siempre hizo, siempre estuvo muy activa políticamente. Durante la dictadura también, ahí yo no había nacido, son cosas que supe después. Siempre tuvo un foco hacia lo social que luego una le puede poner el nombre de feminismo. Por ejemplo, yo era muy niña, tenía trece, catorce años; miento, menos, tenía como doce, trece, por ahí, y mi mamá trabajaba en organizaciones con trabajadoras sexuales. Para mí eso no era algo extraño, no había un estigma en torno al trabajo sexual. O, por ejemplo, con personas trans trabajadoras sexuales, que en ese entonces, se denominaban travestis. Ahora depende, hay personas que todavía se identifican como travestis, otras personas como transgénero, etcétera. Eso también estuvo muy cerca mío. También con personas que viven con VIH. Para mí fue una realidad muy cercana desde pequeña y creo que eso también definió mucho de quién era yo y de mi vínculo con los feminismos. Yo recuerdo haber tenido trece años y estar en el centro de la ciudad en la que vivíamos ayudándola a recolectar firmas para que legalizaran la pastilla del día después. Como cosas así, cachai.

 

Evidentemente, eso forjó un camino y también, yo me di cuenta adulta de esto, forjó en mí una convicción en torno a ciertas cosas que luego me di cuenta que muchas amigas mías, mujeres, no tenían. Por ejemplo, yo nunca pensé que había algo que yo no pudiese hacer por ser mujer, en comparación a un hombre. Era como una cosa muy rara. Después, más adulta, conversando, sobre todo con amigas que tienen hermanos hombres era como “no, todas estas cosas las hacía mi hermano y, por ende, yo no podía hacerlas”. Todas esas comparaciones que había entre los géneros, creo que por mi historia y por como era mi mamá, nunca estuvieron. Independiente de que, bueno, yo igual me haya inclinado a disciplinas que están más feminizadas, que son las artes, sobre todo. De todas maneras, creo que fue muy inspirador para mí aquello.

 

Sin embargo, así y todo, no fue para mí como es para la gente más joven hoy, pienso. El hecho de tener dieciocho o veinte años y decir: “sí, soy feminista”. Me costó muchísimo llamarme feminista, me costó mucho porque sentía que no era suficientemente feminista, decía: “en mis ideas soy feminista, pero no hago una militancia feminista”. Siendo veinteañera. Lo pensé mucho tiempo. Encontraba que era como barsa, decimos allá en Chile, como que era descarado decirlo. Me daba pudor, porque decía “no soy lo suficientemente feminista”. Es algo muy propio de las mujeres, siempre nos pasa, muy del síndrome de la impostora, esta cosa de “no soy suficiente”, “debería estar más involucrada políticamente”, “debería organizarme con más personas, tener alguna organización feminista”, no sé qué. Y como no se daba, no lo hacía -me cuestan mucho los espacios institucionales políticos, me cuestan mucho, me cuestan las estructuras que tienen, por eso funciono con colectivas más pequeñas, porque me cuestan-. Me demoré muchos años, creo que recién como a los treinta años me denominé feminista, de verdad, y lo encuentro insólito. Hoy día lo encuentro insólito. Digo “¡cómo es posible!”. Qué bueno que hoy ser feminista ha perdido un poco ese estigma que tuvo mucho tiempo. Porque también tuvo una carga negativa durante mucho tiempo. 

 

Hoy, ver a adolescentes, gente joven, decirse feminista, es como, ¡puta, qué bueno, qué bueno! Porque encuentro que pa’ una fue complejo, fue un proceso bastante difícil, a pesar de haber tenido una madre feminista, a pesar de todo eso. Alguien que nació en una familia más tradicional, ¿qué le queda? O sea, es muy fuerte. Ahí se ve el cambio generacional que yo creo que va para mejor, esperemos. A pesar de que, lamentablemente, siempre hay una reacción. Siempre hay una respuesta más conservadora desde el sector más de ultraderecha. Esta reacción de querer instalar aún más la idea de la familia nuclear, de la familia tradicional. O sea, de aferrarse más a esos lugares que, de alguna manera, desde estos otros espacios estamos perturbando también, ¿no? 

 

A mí me llama mucho la atención, siempre cuando me preguntan esto pienso en ese recorrido y digo como “weon, es muy fuerte”. Es muy fuerte que, por un tema de socialización, a pesar de que yo tuviera la sensación de que podía hacer de todo, no era verdad, también eso era una ficción. O sea, yo le escuché decir a hombres que se autodenominaban feministas antes que a mí misma, cachai, como amigos. Y yo decía “oye, y ¿no le da pudor? Weon, decirlo. Ni yo me atrevo. Yo me siento poquita cosa y este weon llega y lo dice como si nada”. Creo que habla mucho de que finalmente hay cosas que no vemos, que luego vamos viendo también y vamos entendiendo que tienen que ver con una estructura sumamente patriarcal, con un sesgo terriblemente opresor para quienes hemos sido socializadas como mujeres. Creo que compartimos mucho de aquello, tanto mujeres como personas feminizadas, que finalmente ahí entran las disidencias sexogenéricas, todo lo que no responde a una masculinidad hegemónica.

 

Entonces, me parece muy fuerte y muy valioso cómo hoy, al fin, podemos llamarnos feministas con una propiedad absoluta. Lo hacemos desde un lugar de identificación que es parte de nuestra identidad, una identidad que también es colectiva. Yo estoy muy contenta de haber vivido este momento histórico [risas] y no otro, francamente, a pesar de todo, a pesar de todo el horror. Me quedo con eso. 



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