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Volver a soñar: breves notas sobre Chile, neoliberalismo y el levantamiento social

         Eduardo Mora

            The Graduate Center, CUNY

   emoracortes@gradcenter.cuny.edu

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For any way of thought to become dominant, a conceptual apparatus

has to be advanced that appeals to our intuitions and instincts, to our values

and our desires, as well as to the possibilities inherent in the social

world we inhabit. If successful, this conceptual apparatus becomes so embedded

in common sense as to be taken for granted and not open to question.

David Harvey

 

Volver

Volver a Chile. O mejor dicho, volver a Valparaíso.

          Qué te ha parecido la ciudad, me preguntan mis amigos. Y a decir verdad no sé bien cómo responder. Es una pregunta difícil porque no guardo un recuerdo claro de la ciudad o del país. Lo que mantengo es un recuerdo que con el tiempo ha ido mutando. La imposibilidad de volver tan seguido como quisiera ha creado una distancia. Y esa distancia, de alguna forma, me ha obligado a construir una memoria que se alimenta de diferentes espacios y personas. Sin embargo, esos espacios y esas personas, a su vez, también han mutado.

          A pesar de todo eso, me queda claro que la ciudad no es la misma. Hay negocios blindados. Sus frontis cubiertos con gruesas láminas de acero. Los soldadores se están haciendo la América, bromea la gente. Pienso en que, casi sin darme cuenta, extrañaba el humor chileno.

          Las calles huelen a lacrimógena. El olor me hace recordar aquel tiempo en el que era un estudiante universitario. ¿Es ese el Valparaíso que recordaba antes de volver? ¿Aquella ciudad del 2011? Camino por aquellas calles que solía recorrer de joven. Condell se asemeja a una postal de posguerra. Voy tomando fotos de lo que veo. Rayados, mensajes, imágenes. Las paredes funcionan como una especie de plataforma de mensajes rebeldes, contrahegemónicos.

          Piñera declaró en cadena nacional que el país estaba en guerra contra un enemigo poderoso. El mismo presidente que había declarado semanas atrás, con orgullo arrogante que Chile era un oasis de estabilidad en la región. Pienso en que no puede haber un oasis en donde se acaba el agua. En un país donde los recursos naturales se privatizan y se explotan sin consideración.

          En la Avenida Pedro Montt está pintado el nombre de Pedro Lemebel por sobre el del expresidente. Avenida Pedro Lemebel, se lee. Una linda resignificación. Sobre todo ahora, sobre todo sabiendo que Pedro Montt ordenó el asesinato de trabajadores salitreros en 1907. Pienso en Lemebel, en aquella mariquita linda. Se fue con un Chile todavía dominado por el neoliberalismo, que es la herencia de aquella dictadura de Pinochet a la que se opuso con sus performances y su escritura. Aún así, con todo, me gusta creer que se fue con la esperanza viva de cambio.

Un país llamado capitalismo

Llegar a Valparaíso por la Ruta 68 siempre me causa cierta ansiedad. Sé las cosas que voy a ver una vez que el bus tome la curva que lo lleva de Santos Ossa a la Avenida Argentina. Por ejemplo, el Congreso Nacional erguido en medio de la miseria de una ciudad que, a pesar de todo, se niega a perder la dignidad. Sin embargo, esta vez no siento que la ciudad esté mal, o tan mal. O sucia. O decadente. Tal vez sea porque vivir en Nueva York me ha acostumbrado a un paisaje similar. O, mejor dicho, vivir en Brooklyn. En Nueva York se rozan los hombros la riqueza más grotesca y grandilocuente con la pobreza más precaria. Una ciudad a la imagen de nuestros tiempos.

          Leí en una entrevista que encontré en Twitter que el director de Parasite, Bong Joon-ho, decía que había hecho la película porque quería retratar un sentimiento que él consideraba específico de Corea del Sur, pero la respuesta que había recibido de la audiencia en diferentes países le había hecho llegar a la conclusión de que todos vivimos en el mismo país llamado “Capitalismo”.

GAM

El Centro Gabriela Mistral se ha transformado en un espacio de expresión de la resistencia callejera. En los días que paso en Santiago me detengo a tomar fotografías de las murallas cubiertas con rayados, fotografías, decoraciones y mensajes.

          Hay una imagen enmarcada de Gabriela Mistral con un pañuelo verde en el cuello, sosteniendo una bandera chilena negra. Luto rebelde y feminista. Hay, también, una imagen de Nicanor Parra deteniendo unas balas como Neo en la película Matrix. Y un poema suyo que dice: “Hay dos panes. Usted se come dos. Yo ninguno. Consumo promedio: un pan por persona”. La gran mentira neoliberal de las cifras macroeconómicas.

          Caminando logro distinguir el chorro de los carros lanzaaguas a una cuadra de donde estoy. Siento adrenalina. Experimento también algo de culpa. Estoy allí observando. Intentando recopilar recuerdos, caras, mensajes. Pero también sé que no estoy allí por mucho. Que hay quienes han perdido sus vidas o sus ojos, quienes han sido heridos por los balines, atropellados, torturados.

          Hay un tipo llenando bombas de pintura. Pasa otro cabro con su rostro cubierto y toma una de las bombas. Agítala, le grita el muchacho. Quisiera tener el coraje de tomar una de esas bombas y que me grite lo mismo mientras corro a lanzársela a los pacos. Pero sigo caminando. Más arriba, en la Plaza de la Dignidad, la gente se reúne con mucha alegría. Hay una banda que está tocando un cover de Killing in the Name de Rage Against the Machine. La gente canta en coro con ellos. Quiero retratar esos momentos. Guardarlos en mi memoria. Tomo algunas fotografías.

          En el monumento a Baquedano, la gente canta y hondea banderas. Un muchacho me hace el gesto con la mano de invitarme a subir. “Ven, hermano, únete”, me dice. Al menos así lo quiero interpretar. Todo esto es posible gracias a la primera línea que lucha con las fuerzas especiales de Carabineros unas cuadras más abajo. Quisiera ir a agradecerles su sacrificio. Decirles: “gracias hermanas”. Gracias por proteger este pequeño espacio de resistencia.

          Al volver a Valparaíso, reviso las fotos que tomé aquellos días. Banderas, pancartas, rayados, capuchas, abrazos y sonrisas.

Vostok 1

Recuerdo aquellos días cuando llegaba a casa cerca de la media noche. Venía de trabajar de empaque de supermercado, cansado y sabiendo que a la mañana siguiente me tenía que levantar para ir al liceo. Así lo hice toda la educación media, como muchos otros adolescentes que trabajaban y estudiaban porque así lo tenían que hacer.

          A pesar del cansancio, me gustaba llegar a esa hora. Poder mirar el cielo nocturno. Sobre todo en las noches despejadas cuando la inmensidad del universo me permitía olvidarme de las cosas que llevaba en la cabeza en ese entonces. De vez en cuando me sentaba en la vereda fuera de la reja de mi casa y me quedaba ahí por largos minutos, comiendo las papas fritas que me había comprado en la calle. Todavía recuerdo estar sentado mirando el cielo porteño imaginándome que tal vez otros adolescentes estarían haciendo lo mismo en alguna calle de Valparaíso, en las comunas periféricas de Santiago o en cualquier otra ciudad de Chile.

          Todas esas noches llegaba a casa en colectivo. Aquel automóvil, que de seguro era uno viejo y a mal traer, me había transportado cerro arriba, como una sonda o una nave espacial que se aventuraba por las calles empinadas de Valparaíso. Los choferes, tal como ese joven campesino venido a astronauta llamado Yuri Gagarin en aquel abril de 1961, manejaban a toda velocidad una máquina que funciona al límite de las posibilidades. Forzando su suerte y la mía. Todas las noches, de lunes a viernes.

          El otro día mi mamá encontró mi antigua libreta de comunicaciones. Había llegado tarde más veces de lo que recordaba. Todas las entradas indicaban 8:45 am. Esa era la hora en la que dejaban entrar a los atrasados. Antes de eso, teníamos que esperar en las escaleras de concreto que llevaban al gran portón del liceo. Al leer la libreta logro reconocer la caligrafía de mi madre excusándome por mis constantes retrasos. También reconozco mi escritura, intentando falsificar la de mi madre. Al final del año mi caligrafía había remplazado completamente la de ella.

          Al principio acusaba algún malestar o algún viaje de urgencia el día anterior. Sin embargo, las últimas excusas están en su mayoría justificadas en mi cansancio. Por la misma razón que el día de ayer, escribo en una de las últimas comunicaciones. Así terminé cuarto medio. Todavía no entiendo como logré entrar a la universidad.

          Según recuerdo, de los dos cursos en mi liceo, solamente tres compañeros entramos a universidades tradicionales. Uno a ingeniería informática en la Universidad de Valparaíso, otro a periodismo en la Universidad de Playa Ancha y yo a pedagogía en filosofía en la Universidad de Valparaíso. De alrededor de 60 jóvenes, sólo tres.

          En filosofía duré un año. Si bien me gustaba, sabía que no tenía futuro como profesor de filosofía en un país como Chile. Había escogido esa carrera a los 17 años. En el liceo nadie nos había orientado sobre qué estudiar. Yo siempre había querido estudiar derecho, pero en esa ocasión no me alcanzó el puntaje.

          Al año siguiente, tuve que trabajar para pagar un preuniversitario y dar la PSU (Prueba de Selección Universitaria) otra vez. En esa ocasión me fue mucho mejor. Aquel año entré a estudiar Inglés a la Universidad Católica de Valparaíso. Con el puntaje que obtuve, podría haber intentado postular a derecho en la UV o en alguna universidad de regiones, pero decidí no hacerlo. Ahora que lo pienso, no sé por qué no lo hice. Quizá no quise arriesgar una decepción. Seguro habré pensado que estaba mejor así, sabiendo que yo había escogido no postular.

          En Chile la PSU funciona como un filtro segregador. Hay a quienes se les prepara para hacer una gran prueba, a otros se les prepara a medias y hay a quienes simplemente no se les prepara. Ellos no irán a la universidad o tendrán que endeudarse y matricularse en una universidad privada o en un instituto de formación técnica.

         Hace unos días, los estudiantes secundarios realizaron una funa a la PSU en diferentes ciudades del país. Su objetivo era impedir que se realizara. Se enfrentaron a una gran represión policial. El gobierno de Chile, a través de la Ministra de Educación, Marcela Cubillos, quien es hija de un ex ministro de la dictadura de Pinochet, anunció que se aplicará la Ley de Seguridad de Interior del Estado contra quienes hayan incitado dichas funas. Es decir, contra un grupo de adolescentes. La ministra no mencionó posibles cambios a la prueba.

         Me pregunto qué será de aquellos adolescentes que llegaban a casa a eso de la media noche luego de trabajar. Me pregunto cuántos de ellos habrán ido a la universidad. Me pregunto si todavía se detendrán a mirar el cielo nocturno tal como lo solíamos hacer en aquel entonces.

Las lejanías del saber privilegiado

Todavía me cuesta desenvolverme en esos espacios de privilegio que son los círculos intelectuales universitarios. Incluso en Nueva York, o mejor dicho, aún más en Nueva York. No entiendo bien por qué, pero me siento fuera de lugar, como un impostor en una ceremonia a la que no estaba invitado.

         Recuerdo estar en algunas conferencias y pensar en que se me hacía imposible digerir esa falta de autocrítica. Ese elitismo privilegiado y ciego con el que se acercan ciertos intelectuales a analizar los conflictos sociales. Su obsesión por nombrar las cosas, por poner su firma en fenómenos que pretenden entender a cabalidad. Por creer que tienen la responsabilidad de iluminar a la gente. Ignorando de manera activa el hecho de que, al final de día, nos leemos entre nosotros. Cada año, una cantidad ridícula de papers va a dar a bases de datos que son propiedad de corporaciones que lucran con el negocio de las publicaciones académicas.

          En la continuación de las prácticas neoliberales de construir conocimiento hay una profunda falta de autocrítica. Me parece paradójico que en este ejercicio de criticar las viejas prácticas políticas, a la misma vez que se perpetúan, sin cuestionar, las prácticas elitistas de producción de conocimiento de los espacios privilegiados. ¿Quién lee lo que escribimos? ¿Por qué utilizamos los códigos lingüísticos que utilizamos? ¿Es nuestro trabajo un aporte a la construcción de conocimiento colectivo o un producto más de esa cadena de producción neoliberal de conocimiento?

          A veces pienso que el doctorado es una trampa en la que caemos aquellos que buscamos una forma de resistir la normalidad. La forma que han encontrado algunos de mi generación de escapar de la gran máquina capitalista. Cinco años sin tener que pensar en cómo enfrentar el mercado, nos imaginamos. Pero pronto entendemos que no hay forma de escapar al mercado. Que hemos entrado, como tantos otros, a una fábrica de producción neoliberal. La productividad es una invención capitalista, me repito.

Joker

Trabajé de mesero casi todos los años que fui estudiante universitario. Al restorán venían pequeñas celebridades y políticos que se tomaban el fin de semana para viajar a Valparaíso. Un día de esos vino un exministro de Ricardo Lagos. Recuerdo que habló de la economía, de la democracia, de lo bien que andaba el país, de ser un ejemplo para la región.

          Con mi amigo solíamos comprar una cerveza y tomárnosla luego del turno en una escalera de la subida Cumming. “Concertación de mierda. Concertacionistas culiaos”, creo haber dicho ese día. Descontento reprimido. Tan solo teníamos eso. La rabia que ahogábamos con una cerveza helada en un rincón de la ciudad.

          Ese mismo amigo me decía hace poco en una conversación de Instagram que la élite política era toda la misma. Que ellos eran indiferentes al sufrimiento de la gente (en mayor o menor medida). Que eran una gran familia de acomodados. Que algo bueno de todo este caos era que los pobres se habían entendido como tales. El mito opresor de la clase media se había derrumbado. La gente se había dado cuenta que se iba a morir primero antes de subir en el escalafón social. Nos habíamos dado cuenta, al fin, que estábamos en una disputa en la cual no teníamos representatividad. Hasta ahora no teníamos voz.

          He visto Joker dos veces y las dos veces he llorado, me dijo.

Neo-Chile

A pesar de que no hay certezas de lo que pueda llegar a suceder a partir de esta gran revuelta popular, es evidente que ha habido una ruptura. Un quiebre entre la sociedad civil y las esferas políticas de élite. Tendrá que haber una transformación. Una nueva forma de organizarnos, y esa nueva forma no podrá obedecer a viejas fórmulas.

          Chile cambió, repite la gente. No me queda claro hasta qué punto cambió o, mejor dicho, por cuanto tiempo resista la defensa del viejo orden. Una cosa me queda clara, el pueblo avanza a pesar de la inoperancia del gobierno, la fanática resistencia de la derecha y la falta de creatividad de las élites políticas progresistas.

          Pareciera que a las fuerzas progresistas les cuesta entender que su afán con la reforma constitucional no representa la totalidad de las demandas de la gente. Que el juego político por imponer formas, por posicionarse como los impulsores o redactores de algo cae precisamente en esas viejas prácticas que la gente rechaza.

          Este levantamiento popular ha dejado en evidencia el ensimismamiento de las élites de izquierda. Su falta de pueblo. Su arrogancia. Su republicanismo insoportable. Incluso su obsesión burguesa con el orden público. En fin, sus posiciones privilegiadas. En el mejor de los casos, no han estado a la altura del momento histórico. La aprobación del Frente Amplio es más baja que la de la policía. Es una cifra que duele.

          Gabriel Salazar escribe en su libro Del poder constituyente de asalariados e intelectuales: Chile, siglos XX y XXI que, a lo largo del siglo IX y principios del XX, en respuesta a la histórica indiferencia del Estado y de las élites, el pueblo se organizaba en mutuales. A través de estas organizaciones, los trabajadores se protegían, ahorraban y se educaban colectivamente. Eran formas innovadoras de supervivencia. Los partidos políticos no eran parte del repertorio de las capas populares. Sin embargo, a través de la represión sistemática, las élites lograron desintegrar esas formas de organización. Tal vez se abra un nuevo periodo histórico en el que la gente se organice de una manera diferente. En donde lo social y lo político no esté separado. En donde podamos interactuar, protegernos y educarnos colectivamente.

          Por ahora, sin embargo, el país se ha transformado en un espacio social donde los sujetos residuales se han convertido en ingobernables. Aquellos relegados de siempre se tomaron las calles y la violencia les sirvió como una herramienta transformadora. A pesar de que en Chile no ha habido una toma del palacio de invierno o un corte de cabezas masivo, se han derrumbado los pilares simbólicos de un sistema. Ha caído el velo de un tejido simbólico de explotación y violencia. Una violencia que Žižek describiría como sistémica.

          En mis caminatas por las calles puedo observar múltiples rayados que hacen referencia a Akira. Recuerdo aquella escena en donde los estudiantes de Neo-Tokio están enfrentándose al ejército. Los jóvenes de ese Tokio ficcional parecieran no tener miedo a la represión o incluso a la muerte. Ese sentimiento de indiferencia ante la violencia objetiva, pienso, es probablemente resultado del agotamiento. Los efectos de la violencia sistémica a la que están expuestos los habitantes de Neo-Tokio llegan a ser más terribles o insoportables que la violencia objetiva, apuntaría Žižek.

          Hay otra escena en Akira que me hace eco. Luego de escapar del complejo militar en donde lo tenían internado en contra de su voluntad, Tetsuo le dice a su novia que se tienen que ir de la ciudad. A cualquier lugar lejos de aquí, insiste. ¿Eso habré pensado cuando me fui de Chile? ¿Adónde se van los que no tienen otra posibilidad? Aquellos que no tienen el privilegio de poder escapar.

Soñar

Aprovechando esos días en Santiago, paso al Ministerio de Relaciones Exteriores a retirar mi pasaporte y carné de identidad que tramité en el consulado de Nueva York antes de dejar la ciudad. Al salir del edificio, camino por calle Teatinos con un paso entorpecido por la lentitud de la gente que avanza como si no tuvieran un lugar a donde llegar. A un costado está la Plaza de la Constitución. Aquella plaza que vio sobrevolar a los aviones que bombardearon La Moneda casi medio siglo atrás. Tengo la intención de girar en calle Moneda y pasar al monumento a Salvador Allende. Sin embargo, el monumento está cercado, tal como lo está todo el Palacio de La Moneda. Había pensado en detenerme a dejar una flor. Siempre que voy a Santiago intento pasar a visitar. Esta vez sentía la necesidad de dejar algo, agradecerle a Allende su último mensaje, que por esos meses se me había hecho más importarte que nunca. Aquel mensaje que nos había mantenido a muchos con la esperanza de vivir pensando colectivamente durante la oscuridad de la transición y aquel periodo gris en el que las viejas fuerzas no acababan de morir. Esos cincuenta años que parecen haber avanzado tan lento como esas personas que caminan al costado del palacio de gobierno.

          En una entrevista que vi en YouTube hace tiempo, Roberto Bolaño le decía a su entrevistador que, para él, Allende fue todo lo que América Latina pudo ser y nunca fue. Recuerdo esa frase y pienso en que a lo mejor Chile llegará a ser algún día eso que no pudo ser. Tal vez América Latina será en algún momento lo que antes no pudo ser.

 

Fuentes

Harvey, David. A Brief History of Neoliberalism. New York, Oxford University Press, 2007.

Salazar, Gabriel. Del poder constituyente de asalariados e intelectuales: Chile, siglos XX y XXI.

             Santiago de Chile, LOM Ediciones, 2009.

 

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