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Matadero

 

Héctor Celis 

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El que tenga la cola de zacate que no se acerque a la lumbre, dijo un achichincle con la jeta  llena de costras. El Cochino es blanco pero tiene los cachetes manchados. Anda con mandil y babero, ¿por qué babero, si se trata de un pinche matarife?: babero, porque entre corte y corte le gusta coger pedazos crudos, no le gusta manchar sus camisetas que son feas y apestosas como la de todos los achichincles, pero el pendejo del Cochino es así, le gusta aparentar que su camisa queda limpia después de la destazada diaria. Se lleva en medias negras cachitos que regala a las muchachas del gallinero. Sus gatas, así les dice, mis gatas, mis mirruñas, mis mininas. Les lleva un pedazo de nalga, de lengua, de pata, y con eso paga su acueste.

Lo que más le gusta al Cochino es contar sus revuelques mientras destaza, dando detalles, sabroseando al tiempo que separa fibras con el cuchillo. Óiganme compitas, adivinen a quién me chingué ayer, a la gatita negra, dicen que gata negra es de mal agüero, pero yo no nací supersticioso, amanecí enterito, mírenme, me dejó darle por todos lados y todo por un puño de sesos. Según el Cochino, quesque estuvo horas seguidas restregándose con la muchacha. Pinche culero. Lo peor del Cochino es que nos cuenta sus chingaderas mientras fileteamos. Por ejemplo ante el cuerpo de aquel hombre de dos metros, seboso, de nalgas medio guangas, y móndrigo Cochino, empezó con sus cuentos, neta no le importa que lo muerto estuvo vivo, es más, al gigante hasta le trinchó la nalga con la punta de su cuchillo mientras hablaba del hocico chimuelo de la gata negra, y él salivando, masticando con la boca abierta la nalga del gigante.

La carne que se vende más cara es la de los niños gordos o la de los lechones. Ya no hay casi ganado. La corriente inunda los prados. Y eso que nos estamos muriendo en cerros. Por eso la carne de lechón es muy cara. Ya no se da el tiempo de crianza. En lo que es ahora, ¿qué es ahora?, seguro habrá menos puercos que hombres. Todavía menos res. Menos cabrito. Menos de todo lo demás que se comía antes. Pero, a pesar de eso, la carne de lechón es la más cara entre las que se consiguen. Dicen que el lechón cuesta más porque es la carne más grasosa. Y por eso el precio tan alto. Yo no como puerco. Me remuerde la garganta, me raspa, me dan ganas de llorar.

De todo lo que queda hay aquí, excepto ratas y perro. Esas saben feo. Y como hay mucha, pues no se vende caro. La carne de gente flaca es la más barata, por común y porque muchas veces te enferma. Además, basta campear tantito y se encuentra fácil. Es lo que más se come. Es por eso que el Cochino nos amenazó con el estribillo ese del que tenga la cola de zacate que no se acerque a la lumbre. Porque justo se metió en la bolsa un cacho de oreja de niño gordo para irse de nuevo con la Gata negra. Y es que esa frase del zacate tiene su historia aquí en el matadero. Es lo primerito que te dice el jefe cuando entras a trabajar. Te lo suelta como para que te atengas a las consecuencias de lo que implica estar aquí. Para que sepas que si rajas de sus tranzas, te va a filetear vivo. El otro día nos tocó carnear al Burro. El Burro era un vato que casi no hablaba. Ya estaba viejillo. Andaba con la quijada suelta, como si tuviera una piedra amarrada a la lengua. Siempre respiraba por la boca. Llevaba años chambeando en el matadero. Era el único que trabajaba aquí cuando nomás se mataban animales. Él nos enseñó a varios el oficio. La función de los cuchillos, los garfios, las sierras. Los cortes finos. La sutil diferencia entre lo que se come y lo que comen los gusanos y las moscas. El Burro era serio. No mostraba reflejos al incidir en la yugular y ver el chisguete negro de una res. Destazaba igual a la anciana que al puerco. Pero de un cielo azul el güey enloqueció. Se puso a gritar como si lo estuvieran matando. No era un berrido humano. Era como llanto de marrano que agoniza. Tenía los ojos abiertos. Igualitos al toro cuando se le atraviesa la mollera con una espada. Se subió a las mesas de cortar. Empezó a bailar y a golpearse el pecho. Se untó la cara y el cuerpo con sangre fresca. Nos gritaba con su cara de Burro. Su cara era divina. Daba terror. El Jefe sacó su trabuco y le metió ocho, me cae, ocho escopetazos en el cuerpo. Al séptimo, el Burro todavía seguía convulsionándose como cuando aplastas una cucaracha cinco veces y la cabrona, no sabes cómo, sigue moviendo sus antenas, así seguía gritando el Burro.

Yo sé que el Cochino dijo eso de la cola de zacate para que no lo echemos de cabeza con el jefe, dando a entender que el que raje, se las va a ver con él, y la verdad, es que todos traficamos con la carne a escondidas. Nos la metemos en el culo o en los calcetines. Yo estoy seguro que el jefe se hace de la vista gorda. El chiste es que no robemos más de lo que podemos cargar con nuestro puño cerrado. Sólo que el pendejo del Cochino es así, le gusta sentirse importante y amenazarnos, aunque todos sabemos que es un achichincle de matadero igual a todos nosotros. La verdad, yo creo que el Cochino es así porque es de esos que cree que nació para ser jefe, pero el Jefe de verdad es un hijo de la chingada. Para ser Jefe aquí se necesita tener odio en la médula, ser un verdadero hijo de la chingada, no como nosotros los achichincles que carneamos, traficamos y matamos al amparo de su orden. El Jefe es quien contrata y sobretodo quien elige la carne que entra al matadero. Lo último que se dijo fuera de aquí es que como todas las tierras se estaban hundiendo en aguas negras, la gente sana que muriera por causa natural podía donar su cuerpo para el alimento de los vivos. Pero el hambre es canija. Eso se dijo al principio, ahora ya nadie dice nada, como que perdió sentido que una bola de cabrones saliera a tratar de dar órdenes al hambre. Puede que por ahí se haya comprendido que esto no tiene pies ni cabeza. Por eso digo que para ser Jefe se necesita tener odio en la sangre.

Al Jefe le decimos la Hiena, más bien tiene cara de rata pero le decimos hiena porque las hienas son más feas y saben reírse. Lo curioso es que ya casi no hay hienas. O por lo menos yo no he visto más que el ser hiena de él. El Jefe siempre tiene una sonrisita en la jeta. No se le ve nunca en los corrales. Tiene su cuarto aparte con cama y cobijas blancas. Es de los que todavía se bañan y se perfuman. La Hiena decide quién entra al matadero y quién no. No tendrían que entrar niños, por ejemplo. Por eso el Cochino va a los cogederos con sus cachitos de nalga de niño regordete en las bolsas y trafica caro, aunque llegue apestando a muerto lo reciben con fanfarrias.

Primero mis dientes y luego mis parientes, esa es otra de las frases que la Hiena repite a cada rato. Por cada niño que entra al matadero, la Hiena paga a los Coyotes. Ellos se dedican a buscar niños extraviados, huérfanos, o incluso escuincles distraídos; los madrean, los meten en jaulas, y luego luego los venden en mataderos. Desaparecen. A nosotros los achichincles nos llegan muertos, ya nada más para carnearlos. Nos tienen prohibido decir a quién desollamos. Pena de muerte al que raje, el que tenga cola de zacate que no se acerque a la lumbre. En la chamba de los Coyotes también está ultimar. Hay cuartos de atronamiento. Por regla tendrían que descabellar, sedar, y vendarle los ojos a las víctimas. Pero parece que están probando otros métodos. A los Coyotes ya se les hizo la cara tan dura que se divierten con su trabajo. Hacen juegos que no me atrevo a contar.

Algo me remuerde la cara, me quema los ojos, me encoje el aliento. Por las noches se escucha un griterío hondo a la redonda. Hasta las jaurías aúllan de miedo. Niños, cerdos, ancianos, mujeres, viejos, vacas, cabras, todo llega a nosotros para ser abierto. Luego sin entraña, con la cara volteada y los ojos en blanco, atados por los pies, colgados de un garfio y abiertos por la panza. No nos damos abasto. Hay de sobra chamba para el que quiera entrar a carnear. Por eso insisto que para ser Jefe se necesita ser Hiena. Nosotros los achichincles estamos aquí porque no hay chamba de otra cosa. No hay manera ya de conseguirle comida a nuestra gente, pero la Hiena está aquí con su sonrisa, durmiendo tranquilo en su oficina, truequeando de madrugada con los Coyotes, aseándose con el dolor ajeno. Por eso un día me agarré a palabras con el Guajolote. Él no es mala leche, pero le decimos así porque le cuelga la papada, habla chiquito y tiene la cara como jorobada. Yo le estaba diciendo al Guajolote que ya no quería seguir viviendo, que esto ya era demasiado, pero que no me mataba, porque no me atrevía a dejar desamparada a mi hija. No podía suicidarme porque no quería que mi hija muriera carneada o que viviera encerrada de por vida en un gallinero, y el Guajolote que me responde, que él no mezclaba su trabajo con su vida personal, que en su casa, él no hablaba de lo que se hacía en el matadero. Yo le respondí que todos sabían que en los mataderos se carneaba gente. Todos, menos los niños, dijo él. Pinche Guajolote, a poco no le has dicho a tus hijos que carneas gente. Claro que no pendejo. ¿Y si un día los agarran desprevenidos y te los roban los Coyotes? Pues por lo menos vivieron sin saber la mierda en que estamos hundidos. Pinche Guajolote, pero tarde que temprano se van a enterar y te van a odiar. Él se rió, cacareó, ¿tú crees que no se las huelen ya? Si se las huelen ¿entonces porque no les dices? Yo no soy quién para decirles nada, ellos sabrán perdonarme o no. Y seguimos fileteando.

Yo sí le dije a mi hija.

No tengo de otra, la tengo que dejar encerrada en la casa. Nadie de aquí sabe adónde vivo. No quiero que se sepa. Por eso no invito a nadie, porque vivo con ella solito. Mi esposa desapareció camino al tren. La otra familia se me fue yendo, buscando agua limpia, un oasis, un lago vivo, toditos se fueron haciendo menos, poco a poquito. Hace días vino mi hermano y me dijo: Perro, estoy aquí para decirte que te quedes, allá donde era la ciudad, ahora hay un pantano de porquería y sangre en donde flotan los cuerpos. La gente pesca lo que puede y se infecta. Hay jaurías salvajes en la poca tierra firme. Ratas y ave de rapiña se te quedan viendo, nomás esperando a que te mueras. Te descuidas, y te comen. La gente, los perros, los niños, todos. Te cazan por la espalda y terminas también matando por la espalda. Quédate en el matadero, aquí por lo menos se te da la carne que de todas maneras en la ciudad tendrías que ir a cazar por las malas.

Al día siguiente mi carnal amaneció muerto con una nota por un lado. Nos regaló su carne a mí y a mi hija. Nos rogó que nos lo comiéramos nosotros dos nomás. Eso le dije al Guajolote. Y claro que mi hija, a sabiendas, se comió a su tío, porque sino la muerte de su tío habría sido en vano. El Guajolote se quedó serio, movió la cabeza, y mientras carneaba repetía en voz baja, pinche perro, pinche perro.

Perro, me decía mi hermano y me dicen en el matadero. Perro, porque me gusta llevarme los huesos y enterrarlos en el cacho de tierra que rodea mi casa. Nadie quiere los huesos. Yo siento que nos protegen. Por lo mismo, los voy sembrando como un jardín alrededor de mi terreno. A los cráneos les hablo en secreto, les pido que protejan a mi hija de los Coyotes y del Gran Calavera. Tengo siete perros bravos cuidando la casa. Adentro, nadie sabe que tenemos un puerquito viviendo con nosotros. Le pusimos Rosa en honor a mi esposa. Los perros y Rosa comen con nosotros de la carne que traigo de contrabando. Cuando no estoy en la casa, Rosa y mi hija se hacen compañía. Los perros viven afuera y cazan ratas, aves de rapiña y otros perros. Comemos lo que ellos cazan también. Trato de que no se coma humano, pero a veces es lo que hay. Vivo con el ansia de que un día los Coyotes traigan el cuerpo de mi hija al matadero.

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