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Formas de Sobrevivir al Fin

Ellen María Martins de Vasconcellos

Universidade de São Paulo

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Resumen: Sumar, de Diamela Eltit, narra la marcha de los vendedores ambulantes chilenos hacia la moneda, aunque por “el hálito del pasado circular” (82) ellos ya desconfían de que nada los espera. Además de anticipar las protestas chilenas de 2019, la “performance de los cuerpos aliados” anticipa también la forma como la marcha llega a los ojos del mundo: a través de las redes, de la nube, donde el cuerpo enfermo, social y colectivo, trae discursos y voces de otros tiempos y espacios, y resiste. A partir de Hardt y Negri, Nancy y Butler, esta presentación pretende iniciar una discusión sobre cómo el acto de ex-ponerse el cuerpo en marcha, tras la decisión en asamblea de los ambulantes, relaciona distintos gestos, epistemes y experiencias que se niegan a extinguirse, y cómo el cuerpo de ellos representa facturas que cobran el pago de tiempos y espacios contiguos en el aquí y ahora.

Palabras clave: cuerpo, resistencia, marcha, literatura chilena

Abstract: The novel Sumar, by Diamela Eltit, narrates the march of Chilean street vendors towards the “Moneda”, although due to “the breath of the circular past” (82), they already distrust that nothing awaits them. In addition to anticipating the Chilean protests of 2019, the performance of the “allied bodies” also anticipates the way the march reaches the eyes of the world: through the networks, the cloud, where the sick, social and collective body, it brings speeches and voices from other times and spaces, and resists. Based on Hardt and Negri, Nancy and Butler, this presentation aims to initiate a discussion on how the act of exposing the body in motion, after the decision in assembly of the street vendors, relates different gestures, knowledge and experiences that refuse to be extinguished, and how their bodies represent bills that charge the payment of contiguous times and spaces in the here and now.

Keywords: body, resistence, protest, Chilean literature

 

Siempre hubo un movimiento de exclusión de un número de la población cuando se pensaba (y se piensa) en quién forma parte de un pueblo y quién no. Y los derechos de vivir de algunos de esos grupos solamente fueron conquistados cuando sus miembros, hartos de la deshumanización, se organizaron y reivindicaron su condición de “ser-junto” (Hardt y Negri), de formar parte del común. Eso no los hace iguales, y ese tampoco es el objetivo.

Sabemos que más allá de ser una lucha incesante para no perder los derechos que ya fueron conquistados, todavía hay muchísimos grupos que permanecen del lado de afuera de esa definición de pueblo y el Estado (Laclau), además de exentarse de políticas públicas y asistencialistas, los entrega como mercancía a la economía neoliberal (Merlin), que, a su vez, otorga la responsabilidad a cada individuo particular, culpabilizándole aún por su falta de “autogerencia”.

Sin embargo, nadie es capaz de ser emprendedor de sí mismo cuando se vive bajo condiciones de precariedad acelerada, dentro del contexto biopolítico (Foucault) y necropolítico (Mbembe) en el que las instituciones lo insertan. La precariedad no es una condición individual sino una condición social, dice Mark Fisher en su libro Realismo Capitalista, y por eso, para que haya alguna transformación en la estructura social, es preciso, según Hardt y Negri, que una multitud se organice, se vuelva cuerpo político y realice una serie de prácticas colectivas que posibilite la creación de una nueva política democrática.

Desde la década de 1980, Diamela Eltit construye un proyecto artístico-literario investigativo acerca del cuerpo de los excluidos y los abnegados en la construcción de la identidad nacional chilena, y denuncia no solo las condiciones de biopoder a las que son sometidos esos individuos y colectivos en sus obras, sino también las transformaciones y las situaciones de trabajo que les son impuestas y que condicionan el flujo de la economía, y también la cultura, los saberes, el lenguaje.

La obra de Eltit, por trabajar con la imaginación política (para no caer en las discusiones sobre ficción científica, utopías y distopías) parece prospectar y representar un futuro político chileno muy parecido al presente del país, pero con las relaciones de poder y alteridad potencializadas por la dinámica del control de mercado en todas las dimensiones de la vida. Sumar nos permite que la vinculemos con la llave crítica-analítica que Héctor Hoyos nos trae en su libro Beyond Bolaño, donde él afirma que autores como Volpi, Padilla, Bellatin, Aira y la propia Eltit, vinculan la periferia y el centro, América Latina y el mundo, tensionando el destino de lo local con lo global, para tratar de los efectos del neoliberalismo y otros fenómenos globales en las vidas singulares de los latinoamericanos. El efecto es la creación de una “historia que se desarrolla en un mundo interconectado a escala mundial, sí, pero con perfiles singulares dados por las coyunturas propias” (Becerra 274).

En Sumar, novela publicada en 2018, la narradora Aurora Rojas, una vendedora callejera de muñecas, que anda siempre con su tocaya y también, como dice ella misma, con sus cuatro hijos “nonatos” (no nacidos), cuenta sobre una marcha en la que participan ella y un grupo de vendedores ambulantes que deciden en asamblea que caminarán 12.500km y por 370 días, en protesta, hacia la moneda (nombre que remite al palacio nacional chileno y al otro poder que comanda Chile, el dinero). Esta marcha está inspirada en la Larga Marcha China del Ejército Rojo de 1934, que caminó esa misma extensión, y en las “Marchas del Hambre”, de los trabajadores salitreros chilenos hace exactos cien años, dice la narradora. Hay mucha gente que se suma, incluso los ambulantes, pero estos al final de la fila, “en la retaguardia de la marcha”.

La decisión de iniciar la marcha parecía (en la actualidad destructiva de los tiempos de la moneda) una acción recurrente pero que iba a precipitar una realidad ambigua y hasta paradójica sobre nosotros, pues pese a disponer de los (custodiados) espacios en las calles, ahora solo contábamos con un sitio semejante a un túnel carcelario. (Eltit 16)

Para los vendedores ambulantes, tomar la calle les parece casi contradictorio, y también ya de por sí, una acción destinada al fracaso. ¿A quién van a denunciar sus condiciones de trabajo y de vida si hay un proyecto de exterminio de sus derechos por parte del Estado, si son perseguidos por la policía e invisibilizados? Los ambulantes ya saben, desde otros tiempos y protestas, “de la subordinación más bacteriana a la que nos obliga nuestra condición ambulante” (43) y que no van a cambiar la necropolítica vigente del sistema neoliberal donde ni el Estado ni las empresas tienen interés en sus vidas y cuerpos de trabajo, sino también porque, aunque las calles sean sus casas y locales de trabajo, para protestar, los que marchan tienen que seguir un camino ya predeterminado por el Estado por donde les es permitido pasar. Son calles hostiles, llenas de huecos, perros en las puertas, sin saneamiento, sin agua, donde la vecindad amenaza, les grita, y al mismo tiempo son calles casi fantasmales, ya que están pasando por el proceso de rediseño y gentrificación, para que den espacio a otra arquitectura urbana: la virtual. Un ejemplo de eso está en:

Para nosotros fue triste, y hasta dramático, porque se trataba de un nuevo reparto de las veredas y de las calles que antes nos pertenecían, pero que ahora nos relegaban a un lugar humillante y casi imperceptible, el último de todos que, por el momento, no podemos modificar. Somos cuerpos interdictos debido a la ilegalidad que nos han adjudicado. Pero así son las lógicas y las órdenes impuestas por los poderes de los nuevos mapas digitales que se transan de acuerdo a las categorías jerárquicas que les asignan al descontento. (21)

Sin embargo, aunque los ambulantes estén cansados de los recurrentes golpes que les da el Estado, la marcha es la esperanza de buscar nuevas salidas y formas de resistencia sea en el camino, sea en las asambleas y en las conversaciones entre los que participan.

Una marcha múltiple, la más numerosa del siglo XXI. Una gesta inusual de nosotros, los ambulantes, porque tomamos una decisión radical en nuestras vidas, avalada solo por nuestro ingenio. Es que ya estamos absolutamente cansados de experimentar toneladas de privaciones. Hastiados de los golpes que nos propinan las oleadas de desconsideración y de desprecio. (18)

Por todo eso que pasan y por todo lo que todos ya pasaron, como dice la narradora, esta marcha no puede ser como fueron las otras. Es necesario ingenio, algo que suponga “de una forma inédita […] novísima y hasta futurista […] el presente más auténtico” (18). Presente ese que tiene todo vigilado por cámaras, satélites, robots, espías, drones, visible, grabado y guardado en la nube —“la nube que archiva al mundo para controlarlo” (34). Y eso les trae a los participantes ventajas y desventajas. Por eso mismo, la marcha aunque pueda fracasar, no será olvidada.

Una ventaja es que la nube permite que todo discurso recupere otros discursos, otras protestas, otros nombres. Por eso, en Sumar, así como en la novela Mano de obra y otras obras de Eltit, encontramos un collage entre relatos reales, nombres de protestantes, y la literatura. Un ejemplo es el epígrafe: un trecho de una carta verídica fechada de octubre de 73, en la que un padre ruega a un miembro del ejercito la recuperación del cuerpo de su hija, Ofelia Rebeca Villaroel, que fue secuestrada en la fábrica que trabajaba, llamada Sumar, y asesinada. Esa carta fue retirada del libro de Leonidas Morales, que recompila “cartas de petición” de familiares de personas desaparecidas entre 73 y 79, que pedían una respuesta del gobierno. Esta carta, además de aparecer en el epígrafe, es la carta a la que los cuatro hijos de la protagonista y narradora de la novela se refieren todo el tiempo, diciendo que siempre será reivindicada, mientras haya un cuerpo vivo.

La marcha puede conectar afirmaciones que parecen aleatorias, pero que funcionan como hipervínculos. Por eso, el lenguaje oral y el lenguaje erudito se mezclan en los actos de habla de todos los personajes en una suerte de Ctrl C + Ctrl V, visto que las informaciones del pasado pasan a ser contemporáneos al alcance de un click.

Otra ventaja es que, por estar en la nube, también pueden utilizar de los recursos digitales, como, por ejemplo, los trending topics, que muestra que cuando más usuarios se interesan por un tema, más será visto el mismo por más usuarios y más cerca estará de la primera página de búsqueda de determinadas palabras claves. Un ejemplo es cuando la narradora dice:

Que por primera vez seríamos globales, dijo, y dijo que a El Colombiano le podían aplicar la famosa Ley de Residencia, la misma ley con la que habían expulsado a varios extranjeros. Dijo que, si ocupaban la Ley del Machete en contra de El Colombiano, crecería el estupor masivo ante la noticia y la nube nos pondría un milímetro más al centro. (165)

La nube permite que el tiempo y el espacio no sean lineales sino sincrónicos. La narradora nos da pistas todo el tiempo de que, así como en “El jardín de los senderos que se bifurcan”, de Ts’ui Pen, personaje de Borges, el tiempo de la marcha es otro: una especie de tiempo cíclico o laberíntico. La narradora lo llama de “tiempo callejero” (27). Eso se nota cuando en la página 20, por ejemplo, la narradora parece revelar el fin de la marcha: “Fue el único espacio posible que nos otorgaron gracias a la fuerza de nuestras argumentaciones y que nos permitieron, después de trescientos setenta días, avizorar los bordes de la moneda”. En el resto del libro la marcha sigue ocurriendo, avanzando, pero en el fin del libro, no se puede precisar si la marcha empezó.

El espacio de convivencia y actuación política deja de ser solamente el físico, sino que es convertido por las redes —donde la información entre y nunca más sale—una suerte de “respaldo”, dice Aurora Rojas (Eltit 176).

Por eso, para ese nuevo tipo de marcha no solo es necesario alguien que tenga la experiencia de las marchas, y ese alguien es el líder de la marcha Casimiro Barrios, sino también alguien que perciba los nuevos tiempos, alguien que esté “enamorada del presente” e “intoxicada de la actualidad”. Dice Aurora del personaje de Ángela Muñoz, una artista callejera que asume el frente de la protesta con Casimiro Barrios: “La aceptamos tal como era porque necesitábamos de su estilo para amplificar las calles y los gritos de los mercaderes ambulantes, nuestros gritos” (Eltit 79). En la marcha, su participación en el liderazgo al lado de Casimiro transmite confianza a los demás integrantes de la marcha. Es necesaria una serie de nuevas estrategias para actuar, simular, afectar el público, los actores políticos, en ese territorio de disputas. Es necesario armarse con las nuevas herramientas que disponen los colectivos en contra los viejos y los nuevos poderes, las monedas reales, virtuales, simbólicas, especulativas.

El Casimiro Barrios, de manera totalmente personal, está ahora en un estudio intenso, radical, para entender las nuevas monedas que se avecinan y así definir su extensión y el poder que podrían alcanzar hasta desencadenar una situación pantanosa, debido al estupor de los bancos, la renuncia de los gerentes, la debacle de los inversionistas, el terror de los empleados de las casas de cambio ante un inminente despido, seguido por un colapso global que tendríamos que advertir. (181)

Sin que haya espacio privado o doméstico, toda conversación se convierte en un acto público, y, por lo tanto, político y performativo. Eso significa que los actores necesitan servirse de estrategias de oratoria, retórica, técnicas de comunicación escénica para crear un ethos, a partir del pathos pretendido en la audiencia, y así modular también su logos. Es decir, como toda escena es social y toda calle pública, todo discurso es también una práctica potencial transformadora del presente, que relaciona una serie de saberes, gestos y culturas, que busca afectar a quien oye. Toda charla se vuelve una performance.

Yo sabía que Casimiro Barrios hablaba de una manera intensa, acudiendo a una fórmula conocida para exagerar las virtudes, borrar cada uno de los defectos de Zenón Torrealba Ilabaca que le parecía necesario ocultar, cargando sus palabras con una efervescencia impostada, hasta producir una conmoción. Lo consiguió. (158)

Esos discursos son también el lugar donde se escuchan “ecos y residuos de voces subalternas” (Reyes) que se perpetúan en el presente a través de la repetición de fragmentos de sus discursos. Como afirma Isabelle Stengers, “somos herederos de una historia de luchas contra el estado de guerra perpetua que el capitalismo hace reinar” (14). En las charlas en asambleas y en las conversaciones triviales en las calles y veredas, una genealogía de marchas y activistas históricos autolegitima la práctica política de los ambulantes y permite también que todos puedan aportar con lo que sea. Dicen Hardt y Negri que “no debemos permitir que el sufrimiento de los trabajadores y la nueva servidumbre de la producción social, intelectual y los cuidados nos cieguen para la dignidad y para el potencial de sus capacidades cooperativas y de su intelectualidad en masa” (308). Lo que se nota en Sumar es que en esa marcha, todos aportan con lo que tienen, todos son productores de conocimiento.

Es indispensable, lo sabemos, poner en circulación las informaciones que se distribuyen, para conocernos y advertirnos, aunque se desencadene la molestia y aun la contradicción. Pero son antagonismos necesarios para generar así la confianza que necesitamos, porque nuestro deber es aplacar los murmullos que horadan las marchas y provocan las fuertes divisiones que permiten que la moneda de ría a carcajadas. (Eltit 102)

Además, como afirma Judith Butler, la marcha es una declaración colectiva, una forma de performatividad corporificada y plural, que va mucho más de lo que es dicho. Es una representación corpórea concertada y concentrada, ya que solo es constituida si muchos se ponen en un mismo lugar de actuación y resistencia, una performance que “no solo es un acto mío y de los otros, sino algo que ocurre en la relación entre nosotros”, que busca “una relación activa deliberadamente sostenida” (Butler 15). Butler defiende que expresar, demostrar y ejercer ese derecho plural instaura el cuerpo en el medio del campo político, parece expresar lo obvio, dice Butler, que esos cuerpos se reúnan para exigir “empleo, casa, asistencia médica, comida, bien como un sentido de futuro que no solo el futuro de sus deudas impagables”, pero si esos cuerpos no fueran vistos ni como cuerpos, sino como materiales desechables, solo el acto de ponerse, en silencio, de exponerse, ya es imponerse, y ya exhibe “su valor y su libertad en la propia manifestación” (24) como cuerpo político, delante del Estado, de la población, de la policía, de los drones. El propósito de la protesta se legitima y se justifica también por tamaña cobertura de los medios.

La lucha por la legitimación invariablemente ocurre en el juego entre las representaciones públicas y las imágenes de los medios. […] El “pueblo” no es producido solo por sus reivindicaciones vocalizadas, sino también por las condiciones de posibilidad de su aparición, por lo tanto, dentro del campo visual, y por sus acciones, por lo tanto, dentro de la performatividad corpórea. (25, traducción mía)

En Sumar, además del cuerpo como performatividad corpórea en el colectivo, el propio cuerpo es representado no como unidad, sino también como una multitud. Por eso, a veces él mismo es puro caos, puro conflicto que no permite un flujo harmonioso entre sus partes. La enfermedad de los riñones, de las témporas, los pies, los huesos, las articulaciones, etc.: el cuerpo es un grupo o una suma de los órganos que también disputan poder. No es un cuerpo dócil, mucho menos domesticable. Tampoco es indiferente a cuerpos extraños. Todo lo afecta al mismo tiempo que todo guarda. El cuerpo es también una nube, un montaje, que reúne y aplana marcas de otros tiempos. Dice la narradora:

Nuestra marcha es posible, únicamente, por la resistencia básica del cuerpo y sus órganos. Que este cuerpo que tenemos, arcaico, milenario y siempre en tensión con los inestables músculos de nuestras piernas, nos permitió actuar esta caminata de doce mil quinientos kilómetros. Porque es el cuerpo, el de nosotros, el único que tenemos, el que nos empujó a recorrer las calles, arrastrar un cierto aire fantasmal, el hálito del pasado más circular, la repetición de las columnas y el histórico fracaso encubierto tras una fachada de leve optimismo. (Eltit 82)

Es en la memoria del cuerpo donde más se sienten los discursos, las violencias, los intentos de dominación. Y mientras haya cuerpo, rememorante, que se arma, también hay resistencia, incluso de otros cuerpos que no pudieron nacer o que el Estado trató de desaparecer.

Al postular una organización colectiva que no necesita que sus individuos formen una unidad, una dialéctica, sino una colectividad autoconsciente que enfrentan juntos cuestiones comunes y utilizan de sus diferentes experiencias y singularidades para la construcción de un conocimiento también colectivo, Diamela Eltit crea una potencia emancipadora y desjerarquizada, en un gesto decolonizador ético y estético (Santos) que no deprecia ni rechaza ninguna epistemología, discurso, práctica corporal y da igual importancia a los saberes, sea de alta cultura, de la cultura popular, de la masa, para relacionarlos críticamente. Esta es una de las riquezas del título y de la obra. Una organización que se arma con lo viejo y lo más nuevo, para pensar en nuevas economías, políticas y formas discursivas que articulan las demandas en un discurso. Por eso incluso las inúmeras referencias a los sueños de los personajes en la novela. Así como en la nube y en la ficción, en los sueños, como dice Stephen Duncombe, se mezclan tiempos y espacios que permiten otras interpretaciones del mundo. Son lógicas complementarias que permiten otras perspectivas del hacer, del vivir y del ser. La imagen final de Sumar que muestra ya no los cuatro hijos no nacidos de Aurora sino más de cien, sugiere que la nube puede hacer surgir no solo puntos ciegos que antes no se veían, sino también cuerpos insubordinados para reclutarlos en la lucha.

Bibliografía

Borges, Jorge Luis. Ficciones. Espanha: Yordi Abreu, 2016.

Butler, Judith. Corpos em aliança e a política das ruas. Rio de Janeiro: Civilização Brasileira, 2018.

Duncombe, Stephen. La potencia de los sueños. Imaginando políticas en la era de la fantasía. Tinta Limón: Buenos Aires, 2018.

Eltit, Diamela. Sumar. Cáceres: Periférica, 2019.

Fisher, Mark. Realismo capitalista. São Paulo: Autonomia literária, 2020.

Foucault, Michel. Nascimento da Biopolítica. São Paulo: Martins Fontes, 2018.

Hardt, Michael; Negri, Antonio. Assembly. A organização multitudinária do comum. São Paulo: Politeia, 2018.

Laclau, Ernesto. La razón populista. Buenos Aires, FCE, 2001.

Mbembe, Achile. Necropolítica. Trad. de Elisabeth Falomir Archambault. Melusina, 2011.

Merlin, Nora. Colonización de la subjetividad. Los medios masivos en la época del biomercado. Buenos Aires: Letra Viva, 2017.

Reyes, Sebastián. Marcha y escritura en “Sumar” de Diamela Eltit. 2018. Web 13 oct. 2019. https://www.eldesconcierto.cl/2018/07/12/marcha-y-escritura-en-sumar-de-diamela-eltit/

Santos, Boaventura de Sousa. Una epistemologia del sur: la reinvención del conocimiento y la emancipación social. México: Siglo XXI: Clacso, 2009.

Stengers, Isabella. No tempo das catástrofes. São Paulo, Ubu, 2018.

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