Estado de guerra y cuerpos cercenados: Análisis discursivo de los femicidios en Argentina a través de su presencia mediática

Héctor Pascual Iglesias

The Ohio State University

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Resumen

En 2008, la asociación civil Casa del Encuentro empezó a contabilizar los femicidios en Argentina. Desde entonces y hasta diciembre de 2016 ha registrado 2.384 femicidios. El 8 de octubre de 2016, el asesinato de Lucía Pérez, una joven de dieciséis años, causó estupor en todo el país y provocó una posterior manifestación multitudinaria bajo el lema “Ni una menos”. Un año antes, la activista transexual Diana Sacayán había sido asesinada por su pareja. La respuesta de la sociedad resultó muy inferior; frente a los miles de mujeres que protestaron por el femicidio de Lucía Pérez, apenas unas docenas de personas se congregaron en una vigilia para pedir justicia por el de Diana Sacayán. Este ensayo trata de dilucidar el discurso sobre los asesinatos de mujeres y transexuales que se conforma a través de la publicación de los dos casos citados anteriormente en diarios argentinos e internacionales. En primer lugar, a partir del trabajo de Segato sobre las nuevas formas de guerra, considero que los femicidios en Argentina constituyen una violencia sistémica y reproducen un panorama bélico en el que no solo se busca eliminar al enemigo sino desmoralizarlo y deshumanizarlo mediante la violencia corporal. La concepción, por parte de la “cofradía masculina”, del cuerpo femenino y feminizado como un extraño descarta la compasión y habilita su vejación y aniquilación, como sostiene Goldstein. En segundo lugar, argumento que la dispar reacción ante los asesinatos de mujeres y los de transexuales se debe a que la sociedad considera a estos últimos una corporeización de lo que Kristeva denomina como lo abyecto. Esto lleva a que hombres y mujeres conciban al transexual como un espacio fronterizo que no corresponde a ninguna de las dos categorías anteriores y, por tanto, no merece el mismo tratamiento mediático ni la consideración política.

Palabras Clave

femicidio/feminicidio, transexuales, violencia, guerra, abyecto.

Abstract

In 2008, the Casa del Encuentro Civil association began to count femicides in Argentina. Since then and until December 2016, it has registered 2,384 femicides. On October 8, 2016, the murder of Lucía Pérez, a 16-year-old girl, caused stupor throughout the country and led to a subsequent mass demonstration under the slogan “Ni una menos.” A year earlier, the transsexual activist Diana Sacayán had been murdered by her partner. The response of society was less intense. In front of the thousands of women who protested the femicide of Lucía Pérez, only a few dozen people gathered at a vigil to ask for justice for Diana Sacayán. This essay tries to elucidate the discourse on the murders of women and transsexuals that is made through the publication of the two cases previously cited in Argentine and international newspapers. In the first place, based on Segato’s work on new forms of warfare, I believe that femicides in Argentina constitute a systemic violence and reproduce a warlike panorama in which not only the enemy is sought to be eliminated but demoralized and dehumanized by means of corporal violence. The conception, on the part of the “masculine brotherhood”, of the feminine and feminized body as a stranger discards the compassion and enables its vexation and annihilation, as Goldstein maintains. Second, I argue that the disparate reaction to the murders of women and transsexuals is because society considers the latter an embodiment of what Kristeva calls the abject. This leads to men and women conceiving the transsexual as a border space that does not correspond to any of the two previous categories and, therefore, does not deserve the same media treatment or political consideration.

Keywords

femicide / feminicide, transsexuals, violence, war, abject.

Los asesinatos de mujeres a manos de hombres se han convertido en una macabra tónica en Argentina. El 8 de octubre de 2016, el asesinato de Lucía Pérez, de dieciséis años, conmocionó al país latinoamericano por la crudeza y el ensañamiento con el que los asesinos mataron a la joven de Mar de Plata. Durante el mes de octubre de ese mismo año se contabilizaron veinte femicidios. La gran mayoría pasaron inadvertidos para la población argentina, a pesar de que engrosaran la lista de mujeres asesinadas por hombres. El caso de Lucía Pérez, sin embargo, copó las portadas de los periódicos argentinos y minutos de noticieros en televisión. La reacción popular frente a esta situación se ha evidenciado en las manifestaciones multitudinarias promovidas a lo largo del país con el lema “Ni una menos”. Estos asesinatos resuenan con la situación que se vivió en Argentina el mismo mes del 2015. En ese año, las involuntarias protagonistas de la crónica negra fueron tres mujeres transexuales. Entre ellas, Diana Sacayán, la secretaria de la International Lesbian, Gay, Bisexual, Trans and Intersex Association. Las otras dos fueron Marcela Estefanía Chocobar y Fernanda Olmos. Recientemente, el caso de Azul Montoro, asesinada de dieciocho puñaladas el 18 de octubre de 2017, continúa engrosando el número de femicidios en Argentina. En cada uno de los casos, los culpables segaron la vida de las transexuales de forma violenta.  Sin embargo, la actitud frente a estos hechos dista de ser la misma provocada por los femicidios. De acuerdo a noticias publicadas tras la muerte de Sacayán, apenas unas docenas de personas se manifestaron para pedir justicia. Tres años antes, Argentina se había convertido en el primer país latinoamericano en establecer el derecho a la identidad de género gracias a la aprobación de la Ley 26.743.

Ante esta situación, las cuestiones sobre los motivos de estos asesinatos se acumulan. En su análisis sobre las nuevas formas de guerra, Rita Laura Segato apunta a dos categorías de femicidios: los de índole personal –doméstico– y los de carácter impersonal –“en cuya mira se encuentra la categoría de mujer” (Nuevas forma 65)–. Esta distinción puede servir para evidenciar el odio de lo que la autora llama “la cofradía masculina”, un paralelismo que traza entre las pandillas de muchachos jóvenes o un comando de fuerzas armadas y los hombres que constituyen, apoyan y perpetúan la masculinidad hegemónica. Sin embargo, si asumimos como válida esta división, caeríamos en una valoración cualitativa de los asesinatos. Dicho de otra forma, ¿es menos relevante la muerte de una mujer por razones familiares o emocionales que la muerte por odio? O también, ¿consideramos aceptable racionalmente los femicidios de la primera categoría porque existe una razón individual a la que apuntar? ¿No hay entonces motivos palpables y con efectos reales en las mujeres y las transexuales asesinadas, catalogadas en la segunda categoría? ¿Por qué tanto ensañamiento con el cuerpo femenino?

La legislación sobre el cuerpo de la mujer podría jugar un papel importante en este aspecto. El debate en Argentina sobre la ampliación de la despenalización del aborto por violación provocó agrios enfrentamientos en la sociedad. ¿Cuál es el impacto de leyes que amplían el derecho a decidir y el poder de la mujer en el aumento de los femicidios? En paralelo, cabría preguntarse si los ataques a la comunidad transexual es fruto de un reconocimiento legal de esa comunidad. Tampoco habría que descartar un componente psicológico, de goce, que provoque la necesidad en el hombre integrante de la “cofradía masculina” de destrozar el cuerpo femenino o feminizado, aunque esta consideración implicaría una justificación psicológica (quizás patológica) de los femicidios.

Este ensayo analiza la situación de los femicidios y los asesinatos de transexuales en Argentina a través de las noticias aparecidas en medios de comunicación argentinos (La Nación, Clarín, Página 12, Infobae) y del resto del mundo (The New York Times, El País, El Mundo, Daily Mirror, The Guardian). En primer lugar, a partir del análisis de Segato sobre las nuevas formas de guerra, considero que la situación que vive Argentina reproduce un panorama bélico en el que no solo se busca eliminar al enemigo sino desmoralizarlo y deshumanizarlo. La reacción del Estado es legislar sobre el cuerpo y la identidad para proteger a la mujer y a la comunidad transexual. Sin embargo, en ocasiones producen el resultado contrario al esperado, puesto que “la cofradía masculina” se revela y materializa a partir de asesinatos una violencia sistémica, como argumenta Žižek, producto a su vez de un “biopoder” vinculado al patriarcado. En segundo lugar, argumento que la reacción popular ante los asesinatos de transexuales dista mucho de ser tan masiva como lo es cuando las asesinadas son mujeres. La conclusión apunta a que el componente abyecto, en términos de Kristeva, que para gran parte de la sociedad puede representar el transexual, supone un elemento distintivo a tener en cuenta entre los asesinatos de mujeres y los de esta comunidad.

El debate sobre el término femicidio

La publicación del asesinato de Lucía Pérez en los medios de comunicación da una muestra del impacto que la noticia provocó en Argentina. Las razones de tal conmoción pueden provenir de la juventud de la víctima; de la crueldad con la que los asesinos acabaron con su vida; o quizás del hartazgo de las mujeres al observar cómo se agrandaba el número de asesinadas. En 2016, según el Registro Nacional de Femicidios,1 254 mujeres perdieron su vida por el simple hecho de ser mujeres, lo que supone un promedio de un asesinato cada día y medio. En cuanto a las edades de las víctimas, el 19% tenía menos de veinte años; el 49% estaba entre los veintiuno y cuarenta años, el 22% contaba entre cuarenta y uno y sesenta y el 7%, más de sesenta.

La discusión acerca de qué término conjuga de manera más acertada esta situación lleva tiempo instalada entre los académicos. Las primeras en utilizar la palabra femicidio, en 1992, fueron Jill Radford y Diana Russell en su libro editado Femicide: the Politics of Woman Killing, aunque la propia Russell ya había utilizado ese término en 1976 en el primer International Tribunal on Crimes Against Women celebrado en Bruselas. Ella misma reconoce en su página web la importancia de ese término, que define como “the killing of females by males because they are females”. En cierta medida, esta definición constituye una condensación del concepto de “terrorismo sexista” de Russell y Caputi, una idea que evidencia la desigualdad entre géneros y sirve para señalar la condición social y de género que entraña dicha violencia. En esa línea, Fernández afirma que: 

El concepto de femicidio es utilizado para dar cuenta de que las relaciones inequitativas entre los géneros determinan socialmente estas muertes; resulta útil porque indica el carácter social y generalizado de esta violencia y permite alejarse de planteamientos individualizantes, naturalizados –generalmente en clave romántica– o patologizados que tienden a culpar a las víctimas, a representar a los agresores como “locos”, o a considerar estas muertes como el resultado de “problemas pasionales (Femicidios 48).

Para Segato, el empleo de la palabra femicidio reduce su significado a una oposición con homicidio, dejando de lado el aspecto sistematizado que tienen los asesinatos de mujeres. Por esa razón, ella propone utilizar femigenocidio, que sí cumpliría con ese matiz. Para Fernández, es el momento de acuñar un nuevo término “that clearly states the systematic complicities involved in offering men impunity mechanisms that are activated at different levels of the States’ bodies” (Gender violence 47). No es mi intención entrar en ese debate, sino poner de manifiesto cuál es el uso de esos términos en los medios de comunicación y analizar qué discurso se está proponiendo al emplear o prescindir de esta palabra.

 

El femicidio de Lucía Pérez

Estos son los titulares que aparecieron en Clarín, La Nación y Página 12, tres de los diarios argentinos de mayor circulación: “Drogan, violan y matan a una adolescente de dieciséis años” (Clarín, 12 de octubre de 2016), “Horror en Mar de Plata: violan y asesinan a una chica de dieciséis años” (La Nación, 13 de octubre de 2016) y “El femicidio que conmueve a Mar de Plata” (Página 12, 13 de octubre de 2016). De los tres, sólo en el último caso aparece la palabra femicidio. En el caso de los dos primeros –los dos diarios de mayor tiraje en el país- da la sensación de que el asesinato de Lucía es un hecho aislado, en lugar de contemplarlo como parte de un problema social.

Días más tarde, y como consecuencia de la manifestación bajo el “Ni una menos” para protestar contra la violencia machista, algunos periódicos no argentinos titularon así: “El brutal feminicidio que conmociona a Argentina” (El Mundo, 17 de octubre de 2016); “Un salvaje asesinato con violación de una adolescente reactiva la lucha contra el femicidio en Argentina” (El País, 20 de octubre de 2016); “Drug rape and murder of 16-year-old girl sparks widespread femicide protests in Argentina” (Mirror, 20 de octubre de 2016). Los vocablos femicidio y feminicidio aparecen en los medios internacionales con mayor frecuencia que en los medios argentinos. Es posible que la distancia temporal que hubo entre la publicación de estas noticias y el hecho acaecido permitiera a los diarios internacionales entender que el asesinato de Lucía era una muestra más de violencia sistémica contra las mujeres, la punta del iceberg de un problema social, mientras que la necesidad de informar sobre el caso llevó a los periódicos argentinos a pasar por alto esa circunstancia. Sin embargo, tampoco parece descabellado pensar que la poca frecuencia con la que los medios trataron ese asesinato como femicidio indica que semejante violencia parece estar normalizada y que el país vive en una nueva forma de guerra en la que el cuerpo violentado de la mujer deviene el instrumento con el que el hombre perpetra su estrategia para deshumanizar y desmoralizar al sexo femenino. Como sostiene Segato:

la agresión sexual pasa a ocupar una posición central como arma de guerra productora de crueldad y letalidad, dentro de una forma de daño letal que es simultáneamente material y moral. La impresión que emerge de ese nuevo accionar bélico es que la agresión, la dominación y la rapiña sexual ya no son, como fueron anteriormente, complementos de la guerra, daños colaterales, sino que han adquirido centralidad en la estrategia bélica (Nuevas formas 18-9).

En 2008, a falta de un recuento oficial de las víctimas de esta estrategia, la asociación civil La Casa del Encuentro comenzó a contabilizarlas.2 Según sus datos, ese año hubo 208 femicidios. En los tres años siguientes, la cifra ascendió a 231, 260 y 282, respectivamente. En 2012, bajó a 255, para volver a subir un año más tarde hasta los 295. Los femicidios en 2014 fueron 277; en 2015, incrementaron hasta los 286; mientras que, en 2016, la asociación registró 290 femicidios3. En la definición de Žižek, la violencia sistémica “es por tanto algo como la famosa “materia oscura” de la física, la contraparte de una (en exceso) visible violencia subjetiva. Puede ser invisible, pero debe tomarse en cuenta si uno quiere aclarar lo que de otra manera parecen ser explosiones “irracionales” de violencia subjetiva” (10). Los datos anteriores ponen de manifiesto una tendencia al alza en el número de femicidios, lo que demuestra que las leyes no han conseguido frenar la vulnerabilidad de las mujeres en la sociedad argentina y que la violencia contra la mujer en el país es una práctica sistémica con un fuerte anclaje en la sociedad.

Los asesinatos de mujeres en Argentina ocurren delante de los ojos de cualquiera de sus ciudadanos4, pero parece que todo el mundo mira hacia otro lado o lo atribuye a causas individuales o de índole psicológica. Un ejemplo de esta actitud se encuentra en el artículo ya citado del diario La Nación publicado el 13 de octubre de 2016. Al hablar de la agresión sexual, el reportero alude a ella como parte de una perversión: “La perversión no se limitó a lo sexual: antes de pedir ayuda médica los autores del hecho habían lavado y vestido el cuerpo sin descuidar prenda alguna, incluida la ropa interior, con lo que lograron que las graves lesiones genitales quedaran disimuladas al menos hasta la intervención del forense”. En el siguiente párrafo, la fiscal encargada del caso describe los detalles de la violación, que califica como “inhumana”: “En la escena del crimen se encontró una gran cantidad de preservativos que no pudieron haber sido usados por una sola persona”, afirmó la fiscal María Isabel Sánchez, que ordenó peritajes sobre evidencias obtenidas y no descarta que haya más involucrados en este homicidio. “Fue una agresión sexual inhumana”, afirmó. Calificar de tal manera un femicidio o entenderlo como una perversión conlleva la aceptación del hecho como algo irracional, producto de un animal o de un perturbado, de tal forma que el femicidio entra en el terreno de la casuística y se desliga de un comportamiento sistémico y sistematizado. El titular de un artículo en Infobae ejemplifica esa tendencia: “El crimen de Lucía Pérez no fue obra de simples asesinos, sino de seres diabólicos” (13 de octubre de 2016). Como argumenta Fernández, 

Lejos de ser expresiones inocentes, estas formas de referirse a esos asesinatos de mujeres perpetúan la idea de que el criminal actúa poseído por fuerzas exteriores, irracionales e inevitables como el amor, la pasión, la venganza, la humillación, el rechazo y que se ve sobrepasado por una situación que no puede controlar, justificando, consintiendo y a veces legitimando los crímenes (Femicidios 48).

Al otorgarle un carácter de singularidad, se descarta la existencia de la violencia sistémica e implícitamente se abre la posibilidad a la perpetuación del femicidio en la sociedad. De ahí que la distinción que realizan algunos académicos y algunas instituciones entre crímenes de orden personal/íntimo y crímenes de orden impersonal/no íntimo (Carcedo 2000; Segato 2014) impide enfrentarse a los femicidios como un problema profundamente imbricado en la sociedad, ya que al categorizar un femicidio como crimen personal se abre una vía para su justificación.

Los datos anteriores sobre femicidios también demuestran un aumento de la violencia ejercida sobre el cuerpo femenino y feminizado, lo que Segato llama una “ocupación depredadora”. En su análisis de las nuevas formas de guerra, la autora recuerda que en las guerras tradicionales las agresiones sexuales a mujeres representaban la conquista del territorio enemigo. En la actualidad, según ella, la depredación sexual constituye una señal de la destrucción moral y la deshumanización del enemigo. En los femicidios, las mujeres representan el enemigo al que hay que deshumanizar y desmoralizar. Para el asesino, la violación se erige como el arma más efectiva para tal propósito. Como advierte Segato,

los elementos centrales a la configuración de la estructura patriarcal permanecen y son determinantes como, por ejemplo, lo que he descrito como el mandato de violación emanado de la cofradía masculina en el horizonte mental del violador común (Segato 2003), que acaba siendo análogo al mandato de la pandilla o corporación armada que ordena reducir, subordinar, masacrar moralmente mediante la violación sexual de la mujer asociada a la facción antagonista (Nuevas formas 24-5).

En su estudio antropológico sobre el origen de la violencia humana, Wrangham y Peterson concluyen que el hombre es el único animal, junto al chimpancé, que posee un sistema de “male initiated territorial aggression, including lethal raiding into neighboring communities in search of vulnerable enemies to attack and kill” (24). En su interpretación de este pasaje, Sinay se pregunta, al igual que Segato, si estas actitudes no son también parte de las barras bravas del fútbol para las que los simpatizantes del otro equipo se convierten en potenciales objetivos de agresión. Y concluye:

No se puede ser hombre, de acuerdo con lo que manda el modelo de masculinidad tóxica, sin ser violento. La tragedia comienza cuando se habla de “naturaleza masculina” y se le adscribe la violencia como factor inherente e insustituible. Y, cuando siguiendo esa línea, los propios hombres creen que ser violento es ser hombre y que se impone demostrar la virilidad por esa vía (119).

La agresión sexual a la mujer hasta matarla representa una muestra aberrante de la concepción distorsionada que la “cofradía masculina” tiene de la virilidad. “El femicidio debe ser comprendido entonces, en el contexto más amplio de las relaciones de dominio y control masculino sobre las mujeres, relaciones naturalizadas en la cultura patriarcal, en sus múltiples mecanismos de violentar, silenciar y permitir su impunidad” (Fernández, Femicidio 49). En esta guerra femicida, la violación y la violencia ejercida sobre los cuerpos femeninos y feminizados forman parte de un sistema patriarcal que busca perpetuarse y de “una estrategia dirigida a algo mucho más central, una pedagogía de la crueldad en torno a la cual gravita todo el edificio del poder” (Segato, Género y colonialidad 56).

En el artículo sobre la muerte de Lucía Pérez publicado por Clarín el 12 de octubre de 2016 se observa la crueldad de la agresión perpetrada:

En la casa de Farías, en Racedo al 4800 del barrio Playa Serena, la joven fue drogada y abusada. La fiscal contó que allí “se le proveyó de cocaína en abundancia, también de cigarrillos de marihuana y, mermada su voluntad, se la sometió a un vejamen terrible, ya que fue violada vía vaginal y anal, no sólo con el pene del hombre que lo hizo sino también utilizando un objeto romo, como pudo haber sido un palo, lo cual motivó que por reflejo vaginal se produjera la muerte de la niña”. Explicó que la adolescente murió a causa del “excesivo dolor” luego de ser empalada.

El ensañamiento en los femicidios aparece, pues, como un elemento recurrente. No es un acto aislado, producto de un individuo enajenado. Es una muestra de deshumanización de la mujer que el patriarcado deja impune (Caputi 1992; Caputi y Russell 1992; Fernández 2012). No basta con asesinarla por el mero hecho de ser mujer. La cofradía masculina necesita del componente sádico para mantener su discurso de poder. En la crueldad encuentra “un modo de gozar del semejante” (Goldstein 2006). La mujer, en su condición de ser humano, aparece ante el hombre como su prójimo, como un “extranjero” al que hospedar. Sin embargo, para determinados miembros de la cofradía masculina llega un punto en que ésta se transforma en un “extraño”.5 A partir de ese momento, su imposibilidad de aprehender al prójimo en su totalidad convierte al extraño en un congénere que “ya no merece ni compasión ni piedad, ese es el punto de llegada de las masacres, de los atentados y vejaciones” (Goldstein 2006).

Este punto de inflexión justifica el femicidio para la cofradía masculina, en la misma medida en que el biopoder promovió la aparición del racismo y lo inscribió como mecanismo del Estado. Cuando Foucault analiza el origen del racismo en la sociedad moderna, argumenta que la creación de la raza se empleó para hacer diferenciaciones biológicas que justificaran matar al otro para salvar la vida de uno mismo, de tal modo que esta relación causa-efecto sirviera a los propósitos del biopoder. “[L]a muerte del otro, la muerte de la mala raza, de la raza inferior (o del degenerado o el anormal), es lo que va a hacer que la vida en general sea más sana; más sana y más pura” (Foucault, Defender la sociedad 231). La analogía con el machismo parece pertinente. El poder del patriarcado, con su cofradía masculina como ariete, han venido estableciendo normas para tratar de estipular las diferencias biológicas entre hombre y mujer como categorías incontestables con la intención de justificar la existencia de la última como otro inferior sobre el que se puede gobernar. El derecho al voto femenino o la regulación de la entrada de la mujer y del derecho al aborto son ejemplos de la implementación de la biopolítica. Especialmente en el caso del aborto, en el que el control del poder patriarcal sobre el cuerpo de la mujer la somete, en última instancia, a una circunstancia en que la vida y la muerte escapan a la voluntad de ella. Esa es la razón por la que, cuando se desafía el status quo con leyes que otorgan a las mujeres mayor libertad y mayor capacidad de decidir sobre sus vidas, la cofradía masculina reacciona virulentamente. Como aseveran Caputi y Russell, “patriarchal culture terrorizes women whether we fight back or not. Still, when male supremacy is challenged, that terror is intensified” (17). La reacción del patriarcado a la experiencia del terror de perder su poder no sólo recae sobre la mujer, sino también sobre cualquier cuerpo feminizado, como el de las transexuales en proceso de reasignación del sexo biológico masculino al femenino.

El femicidio de Diana Sacayán

Un año antes de la publicación en los medios argentinos de la muerte de Lucía Pérez, otro asesinato ocupó la atención de los diarios del país. Diana Sacayán, conocida activista transexual, había sido encontrada muerta en su casa del barrio de Caballito. La Nación titulaba: “Hallan muerta en su casa la activista trans Diana Sacayán”. La noticia continuaba en su primer párrafo: “La activista trans Diana Sacayán fue hallada muerta en su departamento, en la calle Rivadavia al 6700, en el barrio porteño de Caballito. Según indicaron a La Nación fuentes policiales, el cuerpo presentaba ‘signos de violencia’, por lo que se investiga un homicidio.” Dos meses más tarde, el portal de noticias Infobae confirmaba que los cargos contra el agresor, a quien ella misma había presentado anteriormente como su pareja, habían sido de “Homicidio agravado por femicidio.” En septiembre y octubre de 2015, en Argentina, fueron asesinadas tres transexuales de forma violenta –Sacayán fue una de ellas, además de Marcela Estefanía Chocobar y Fernanda Olmos– tal y como recoge la noticia publicada en la edición en español del diario The New York Times:

En octubre, Diana Sacayán fue encontrada muerta, amarrada y apuñalada, en un apartamento en Buenos Aires. Un mes antes, Marcela Estefanía Chocobar, de 26 años, fue decapitada y sus restos fueron arrojados a un lote baldío en Río Gallegos, en la Patagonia. También en septiembre, en Santa Fe, el cadáver de Fernanda Olmos, de 59 años, fue descubierto en su habitación, con una bolsa de plástico que le cubría la cabeza. También la habían apuñalado (2 de diciembre de 2015).

Diana Sacayán había sido una de las cuatro transexuales que había recibido su nuevo documento de identidad de manos de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner después de que el Congreso aprobara en 2012 la ley 26.743, conocida como Ley de Identidad de Género. También había trabajado incesantemente a favor de la ley de matrimonio homosexual y por la aprobación de la Ley de Cupo Laboral Trans, rebautizada popularmente como Ley Diana Sacayán. El hecho de que oficialmente el Estado reconociera su identidad como mujer otorgó a Diana la categoría de extraño a los ojos de la cofradía masculina. A esto hay que añadirle que, para una parte de la sociedad argentina, tanto su cuerpo como el cuerpo de otros transexuales son una aberración biológica, una encarnación de lo abyecto. En palabras de Kristeva, “la abyección es ante todo ambigüedad” (18). Lo abyecto y lo ambiguo del cuerpo del transexual no está en su capacidad para representar dos sexos a la vez, sino en su incapacidad de representar ninguno de esos dos sexos a la vez que cuestionan y amenazan a cualquiera de los que se definen con límites preestablecidos. La única forma de calificarlo, según Kristeva, es como lo opuesto a mí. Su definición por oposición a ambas categorías (hombre/mujer) lo deja en tierra de nadie.  Es un límite, una frontera que produce rechazo –en ocasiones, hasta repudio– desde ambos lados, un elemento que se escurre de los marcos de la sociedad patriarcal. Es un extraño. Y, por tanto, susceptible de ser eliminado para la cofradía masculina, que ve al transexual como abyecto y perverso “ya que no abandona ni asume una interdicción, una regla o una ley, sino que la desvía, la descamina, la corrompe. Y se sirve de todo ello para denegarlos” (Kristeva 25).

La inexistencia de sujeción a las normas del patriarcado por parte del transexual, la distorsión y la utilización de estas para su beneficio lo sitúa en el terreno del extraño, en tanto que elemento discordante con lo normativo. Razón suficiente para que la cofradía masculina valide la vejación y aniquilación de ese cuerpo abyecto. En la misma noticia de Infobae se informa de que Diana Sacayán recibió 13 puñaladas. La crueldad del asesinato, al igual que en el caso de Lucía Pérez, constituye una muestra más de la deshumanización de la víctima y de la inscripción del patriarcado en el cuerpo femenino y feminizado.

Sin embargo, la diferencia entre ambos femicidios estriba en la reacción de la sociedad. Las manifestaciones bajo el lema “Ni una menos” que tuvieron lugar en Argentina tras el asesinato de Lucía fueron multitudinarias. La respuesta social frente al asesinato de Diana, por el contrario, distó mucho de ser mayoritaria en la calle. Según el diario británico The Guardian, “Dozens of people held a vigil outside Argentina’s supreme court building in solidarity with the victims. Social media lit up with messages of support for the community” (14 de octubre de 2015). Apenas unas docenas de personas en una vigilia, muchas de ellas miembros de la comunidad LGBT, frente a los miles de personas en las manifestaciones del movimiento “Ni una menos”. Como advierte Butler, “ciertos tipos de cuerpos parecerán más precarios que otros según qué versiones del cuerpo, o de la morfología en general, apoyan o suscriben la idea de la vida humana que es merecedora de protegerse, de cobijarse, de vivir, de ser objeto de duelo” (Butler 83-4). Lo abyecto del cuerpo transexual, su morfología no normativa, lo sitúan en la frontera de la idea que la sociedad tiene de vida humana, por lo que se le priva del duelo y de la protesta por cualquier tipo de violencia ejercida sobre él.

 

Conclusión

El femicidio en Argentina representa uno de los mayores problemas de género que debe afrontar el país, desde las instituciones hasta los ciudadanos. Para intentar revertir la situación es necesario antes hacerse conciente de la violencia sistémica contra la mujer que representan estos asesinatos. La división entre crímenes íntimos/personales y crímenes no íntimos/impersonales que proponen algunos académicos e instituciones no solventaría nada, puesto que ofrecería una vía a la justificación de los asesinatos como producto de un momento pasional o de locura transitoria –el caso de la figura legal del ‘arrebato’–. Por mucho que se castigara al agresor, esa circunstancia sólo estaría señalando a un individuo particular como responsable, cuando el femicidio es una responsabilidad colectiva.

A pesar de la aprobación de la ley de Protección Integral para Prevenir, Sancionar y Erradicar la Violencia contra las Mujeres en 2009, el número de femicidios se ha mantenido constante, con ligeros incrementos en algunos años. A los 2.384 femicidios que la asociación civil La Casa del Encuentro ha contabilizado desde 2008 hasta 2016, hay que sumar los 254 femicidos que, según el observatorio de la organización Mujeres de la Matria Latinoamericana (MuMaLá), se perpetraron del 1 de enero al 17 de noviembre de 2017. 6 En su trabajo sobre los femicidios en Costa Rica, Carcedo asegura que “[a] pesar de los avances de la última década, estas formas de impunidad son una expresión de la ineficiencia del Estado y, en algunos casos, de la falta de voluntad de los funcionarios de velar por la integridad de las mujeres maltratadas” (62). El femicidio constituye, pues, una respuesta violenta ante cualquier desafío a la autoridad patriarcal y un intento de perpetuar su poder. Es necesario que la sociedad acepte este hecho si se quiere revertir la situación.

Por otro lado, la diferencia de trato entre los femicidios y los asesinatos de transexuales evidencia la condición de marginalidad que viven los últimos. Pese a la existencia de leyes como la Ley de Identidad de Género, la violencia ejercida sobre este colectivo continúa sin provocar un rechazo mayoritario. El cuerpo del transexual parece no merecer el duelo de la sociedad, pues concebido como abyecto por la cofradía masculina y el imaginario femenino hegemónico, sólo le queda ser espacio para la violencia de los primeros y el silencio cómplice de las segundas.

Notas

[1] El último informe completo del Registro Nacional de Femicidios es de 2016. Los datos sobre 2017 que aparecen en este ensayo provienen de la contabilización que efectúa el Observatorio de la Violencia Contra las Mujeres “Ni una menos”.

2 En 2009, el Senado y la Cámara de Diputados de Argentina aprobó la Ley 26.485, “Ley de protección integral para prevenir, sancionar y erradicar la violencia contra las mujeres en los ámbitos en que desarrollen sus relaciones interpersonales”. La ley dispuso la creación de la Oficina de la Mujer. Entre sus funciones se encuentra computar los femicidios.

3 La diferencia entre estos datos y los publicados en el Registro Nacional de Femicidios, dependiente de la Oficina de la Mujer, se debe a diferencias en los métodos de computación.

4 Para más información, ver el artículo publicado el 14 de noviembre de 2016 en el diario Página 12, donde el periodista escribe: “Cada lunes se pueden rastrear en los diarios los femicidios del fin de semana. El pasado hubo cinco sólo en Entre Ríos. Este, otro más en esa misma provincia y dos en Santa Fe.  Tres mujeres fueron asesinadas por familiares, en sus casas, entre el sábado y esta mañana.”

5 Mirta Goldstein recurre al origen etimológico de la palabra xenofobia para presentar la dicotomía extranjero/extraño. Según ella, mientras el semejante es concebido como extranjero, se le acoge como a un huésped al que dar amparo. En cuanto el extranjero pasa a ser visto como extraño, la compasión por éste desaparece y se da paso al ejercicio de la violencia. Para más información, ver Goldstein, Mirta “Crueldad y terror en la estructura social y subjetividad contemporáneas” en Letra Urbana.

El 25 de septiembre de 2017 se lanza el Observatorio de la Violencia Contra las Mujeres “Ni una menos”. Mujeres de la Matria Latinoamericana. En el acto de presentación también se presentó el informe Violencia contras las mujeres en el espacio público – La inseguridad de la que nadie habla. Dos meses más tarde, el 25 de noviembre, coincidiendo con el Día Internacional de la Violencia hacia las Mujeres, el colectivo MuMaLá dio a conocer un registro de los femicidios en Argentina, elaborado por dicho colectivo a partir de la publicación de femicidios en medios de comunicación.

Obras citadas

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Butler, Judith. Marcos de guerra. Las vidas lloradas. Paidós Ibérica, 2010.

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