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Entrevista a Sara Cordón

Oriana Mejías Martínez 
The Graduate Center, CUNY

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El libro Para español pulse 2 de Sara Cordón contesta la herencia cultural literaria que se ha reproducido por décadas. Lo que llamamos canon literario se encuentra, hoy por hoy, en fase de evolución y, por qué no, también de cambio de orden. Conversamos con Sara también sobre su tema de tesis que explora este momento de cambio, así como otros legados que convergen en su novela.

 

¿Cómo piensas que se expresa esa herencia cultural dentro del campo literario en la actualidad?

Tengo la sensación de que estamos en un momento interesante porque, aunque la herencia dentro del campo literario todavía opera bajo unos mecanismos tradicionales, al mismo tiempo, desde hace unos años, se están produciendo una serie de transformaciones en las formas de promoción y difusión de la literatura que conllevan cambios en los sistemas de atribuciones de valor. En España está siendo muy visible la polémica que se ha generado en torno a que Espasa lanzara hace unos años un sello, ESPASAesPOESÍA, para publicar a autores que primero difundieron su obra de forma virtual —como Loreto Sesma o Irene X—, que son cantautores reconocidos —Marwan o Luis Ramiro— o que antes de publicar su obra ya se habían convertido en celebridades mediáticas, como César Brandon Ndjocu, el poeta que en 2018 ganó el concurso Got Talent España. También están surgiendo muchos artículos de críticos “letraheridos” ante el hecho de que la escritora Elvira Sastre haya ganado el premio Biblioteca Breve. Los argumentos se vinculan con una serie de ideas: la suspicacia que genera el que estos autores tuvieran seguidores previamente y, por lo tanto, compradores potenciales; a la idea de que se dirigen a la “masa”, pensada como población alienada, incapaz de tener criterios propios; las constantes referencias la juventud de estos autores —asociada peyorativamente a inexperiencia o incluso a la idea que se ha sugerido de un “narcisismo millennial”—; y a adjetivos relativos como “intrascendencia” o “literatura mala”. Estoy estudiando este momento y tratando de analizar y comprender de dónde vienen las diferentes reacciones y hacia dónde están yendo estas transformaciones.

 

Ahora que abrimos esta conversación sobre herencias culturales, entendemos que no es sólo una sino son varias. ¿Qué otras convergen y pudieses relacionar dentro de tu novela?

Además del tema de la herencia en relación a la literatura, en mi novela aparecen varias herencias, efectivamente. Por un lado, el personaje de Sara se topa con toda una herencia latinoamericana, formada por sus compañeros de clase. Esta herencia la vinculan a un universo cultural que ella desconocía y que le es muy propio, pero también muy ajeno. Por otro lado, está la herencia de Sara como personaje español, unido a una serie de transformaciones: los cambios que el país ha vivido en las últimas décadas. Esta herencia se muestra a través de dos personajes, el papá y la abuela. Aunque que no se sabe si están muertos o no, establecen un vínculo con ella del que no puede escapar porque la semilla y la herencia están ella. El padre y la abuela encarnan la raíz tradicional y conservadora española que no logra entender los cambios que se gestan a su alrededor, especialmente en su barrio. En mi caso, vengo de un barrio madrileño que en los 90’s comenzó a ser poblado también por inmigrantes latinoamericanos. El padre y la abuela no logran comprender estas transformaciones del barrio. Dudan si adherirse a ellas o no. Un poco como lo que le ocurre a Sara, que no sabe cómo gestionar ese encuentro que está viviendo con la comunidad que la rodea.

En tu libro también abordas una suerte de legado latinoamericano existente en Nueva York a través de los productos que mencionas y que, de hecho, aparecen ilustrados en el texto. ¿Qué piensas de esto?

Esto surge de una información que leí en la prensa: en China muchos libros incluyen publicidad que sirve para pagar los costes de edición, impresión y distribución del libro. Me pareció muy interesante porque desde hace años hemos normalizado que los conciertos musicales, las exposiciones de arte, las películas o las series de televisión estén patrocinadas por marcas comerciales o incorporen publicidad a través de estrategias de product placement. Descubrir que la literatura ya no es un territorio virgen en esto y, al mismo tiempo, pensar cómo se ha podido mantener libre de publicidad comercial durante tanto tiempo, en un mundo en que la publicidad está en todas partes, me parecía que tenía mucha relación con aquello que yo estaba planteando en el libro: el peso de una tradición en la literatura en que el valor simbólico —en este caso relacionado con la idea de la libertad y la desvinculación de los autores de los sistemas de consumo— todavía opera, aunque lleno de paradojas. Como los patrocinios en las artes son tan habituales en Estados Unidos, se me ocurrió imaginar cómo sería si esta novela que está escribiendo Sara en Estados Unidos estuviera patrocinada por dos productos dirigidos a los lectores potenciales del libro: los chocolates mexicanos Carlos V y el jabón dominicano Hispano. Son marcas reales e incorporarlas al libro fue un experimento muy curioso porque, aunque obviamente no me financiaron nada, en el caso de Carlos V (perteneciente a Nestlé) quisieron asegurarse de que la imagen que yo daba de su chocolate era positiva, así que me hicieron cambiar ciertas frases. Es decir, condicionaron mi texto.

 

 

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