Verdad e incorrección política en el discurso trumpista

Carolina Chaves-O’Flynn

Queens College, CUNY

chaves.carolina@gmail.com

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El episodio glotopolítico

En agosto de 2015, durante la campaña presidencial en Estados Unidos, Donald Trump fue increpado por Megyn Kelly sobre el tratamiento que el candidato daba públicamente a las mujeres que no eran de su estima: “You’ve called women you don’t like, ‘fat pigs,’ ‘dogs,’ ‘slobs,’ and ‘disgusting animals […] Does that sound to you like the temperament of a man we should elect as president?” (Fox News, “Donald Trump Debate”). Interrogación que Trump interrumpió comentando, para el regocijo de su público presente: “Only Rosie O’Donnell[ii]”, con quien, es bien sabido, sostiene una mutua, apasionada y abierta antipatía. Su réplica a la periodista, lejos de responder a la pregunta, constituyó una arremetida contra la “corrección política” tildándola de ser un problema mayúsculo de desperdicio de tiempo valioso, tanto para él como para el resto del país: “I think the big problem of this country is being politically correct. I’ve been challenged by so many people, and I don’t frankly have time for total political correctness. And to be honest with you, this country doesn’t have time either”[iii] (Fox News, “Donald Trump Debate”). Comentario que el candidato remató poco después agregando que la entrevistadora no merecía un buen trato de parte suya, pues la naturaleza controversial de la pregunta constituía una forma de maltrato hacia él: “What I say is what I say, and honestly, Megyn, if you don’t like it, I’m sorry. I’ve been very nice to you, although I could probably maybe not be, based on the way you’ve treated me, but I wouldn’t do that”[iv]. (Fox News, “Donald Trump Debate”). En esta interacción, y como se quiere mostrar en este artículo, el habla sirve de plataforma para el debate político y se aprovecha para el despliegue de narrativas nacionales, sujetas a imaginarios de identidad lingüística (Kroskrity 496-516). En este caso en particular, asistimos a la pugna entre la corrección y la incorrección políticas como relatos contrastivos de una ciudadanía estadounidense polarizada, que debate la forma en que debería hablar el futuro presidente del país, como embajador de los ciudadanos estadounidenses y protector del colectivo interés nacional.

Puesto que para Trump el argumento contra la corrección política descansa en el uso efectivo del tiempo, sorprende que él mismo destine parte de su breve turno en el debate a insultar a Rosie O’Donnell y reprender a Megyn Kelly. Sin ir más lejos, este episodio permite observar ya un tipo de higiene verbal, orientada a mantener la dicotomía entre lo femenino y lo masculino (Cameron, “The new Pygmalion” 166-211), donde hablar directamente y “sin rodeos” es de naturaleza varonil y resulta sustancial y productivo para el proyecto nacional (Lakoff 45-80), siempre que, claro está, quien lo ejecute responda al modelo canónico de la homogeneidad masculina: ser hombre blanco, conservador, cristiano, heterosexual, republicano. Por el contrario, que una mujer se aventure a lo mismo, constituye una inconveniencia protocolar, una tematización oficial de asuntos insignificantes y, en últimas, un gesto de insubordinación femenina, es decir, una expresión de rebeldía frente a las expectativas de lo que socialmente se considera ser y hablar como una mujer.

Días más tarde, durante una entrevista para MSNBC, Trump expresó su inconformismo con lo que consideró una pregunta inapropiada por parte de Kelly y se atrevió incluso a exigir una disculpa de su parte: “The fact is that she asked me a very inappropriate question. She should really be apologizing to me, you want to know the truth, and other candidates have said that.” (MSNBC. “Donald Trump. Megyn Kelly”)[v]. Así, por un lado, Trump defiende la incorrección política como estrategia argumentativa a su favor y, por el otro, cuestiona a la periodista por hacerle una pregunta directa, precisamente porque la considera inapropiada o, si se quiere, políticamente incorrecta. Esta oscilación retórica y moral que va desde la defensa de la incorreción política –por el bien de la nación estadounidense- hasta su conveniente desagravio -toda vez que Trump se sintió violentado- sugiere que hubo una suplantación por parte de Kelly de un papel social que no le correspondía. La censura denunciada por Trump en el debate, aquella que -se supone- impone sobre él la corrección política, y que le impide hablar sin rodeos de los temas relevantes para la nación, es la misma que Trump impone posteriormente sobre la periodista. Este juego caprichoso que convalida la desvergüenza masculina a conveniencia, pero la denuncia en sus pares femeninos sin pudor alguno, sólo parece explicarse desde las imposiciones de género y las identidades discursivas asignadas a cada quien. Es evidente que Trump maneja a su antojo el uso y desuso de lo “políticamente correcto” y consiente o condena lo “políticamente incorrecto” a partir de los roles de género asignados a cada quien.

Por los mismos días, esta vez en una entrevista para CNN, el candidato articuló de nuevo la misma premisa sobre la impostura de Kelly: “She gets out and she starts asking me all sorts of ridiculous questions. You could see there was blood coming out of her eyes. Blood coming out of her wherever. In my opinion, she was off base”[vi] (Team Trump Comms, “Donald Trump on Megyn”). Esto, sumado a un juicio negativo sobre la carrera de Kelly: “I just don’t respect her as a journalist […] I don’t think she is very good. I think she is highly overrated [vii](Real Clear Politics, “Trump on Megyn Kelly”). La referencia a “blood coming out of her wherever”, interpretada por los medios como alusión sexista e impresentable contra la naturaleza biológica de Kelly, fue desmentida a través de un twitter por Trump, quien al parecer hacía referencia en realidad a la “nariz” de la periodista y no a su periodo menstrual: “Re Megyn Kelly quote: you could see there was blood coming out of her eyes, blood coming out of her wherever (NOSE). Just got on w/thought[viii][ix]. La responsabilidad de esta confusión, según Trump, debe endilgársele a los defensores de la corrección política, quienes, a su parecer, desperdician tiempo y energía en discusiones sin sentido, a expensas de sus horas de compromiso laboral con el país: “So many politically correct fools in our country. We have to all get back to work and stop wasting time and energy on nonsense![x][xi]. La nota misógina del mandatario -y la subsecuente trivialización de la controversia que ésta generó- reitera la idea de que los temas sobre lo femenino ventilados por Kelly en el debate nacional pertenecen, en la era trumpista, a otros ámbitos, cuando no a otros cuerpos, receptáculos de hormonas masculinas. En otras palabras, son tópicos que atañen unívocamente a lo masculino, específicamente a charlas de camerino entre hombres y no a mujeres en el plano de lo público. Quizás por eso, Trump no responde directamente a las preguntas formuladas por Kelly, sino que apunta a su imagen femenina, demeritando su desempeño profesional mientras abandera la incorrección política como revestimiento de la verdad e insurrección contra la censura política: “I refuse to call Megyn Kelly a bimbo, because that would not be politically correct. Instead I will only call her a lightweight reporter!”[xii] [xiii]. Gesto retórico y reiterativo en Trump, que lo libra de toda responsabilidad política y moral por las opiniones vejatorias que pueda expresar hacia Kelly, a partir de la negación misma de sus insultos (Vice News, “7 public speaking tips”).

Este temprano y otrora escandaloso episodio de la cultura no “apologética” de la administración actual, sería apenas un abrebocas de la avalancha de episodios de incorrección política que acompañarían el inicio de la era trumpista. Este, en particular, acopia los tres puntos que quisiera dejar sentados en este artículo. En primer lugar, la naturalización de la incorrección política como sintomatología de la verdad. Segundo, la tentativa de evasión de los temas de interés para las minorías dentro de la esfera pública. Y tercero, el efecto de inversión de roles entre los agentes en pugna, a partir de la defensa de la incorrección política como discurso demoledor de tabúes, y en tanto, como narrativa acreedora de la verdad.

La incorrección política como sintomatología de la verdad

 Jessica Gantt Shafer (2017) ha hecho un completo recorrido por la retórica trumpista en favor de la incorrección política y resalta los argumentos del contratiempo y la verdad como estrategias para la consolidación de una versión neoconservadora y pro-blanca de la realidad (Gantt, 8). La incorreción política es, a la luz de Trump, indicio de inteligencia, eficiencia y verdad. En particular, si el tema en cuestión es la inmigración o la seguridad nacional: “We must stop being politically correct and get down to the business of security for our people. If we don’t get smart it will only get worse”[xiv]. “That’s right, we need a TRAVEL BAN for certain DANGEROUS countries, not some politically correct term that won’t help us protect our people!”[xv]. La peligrosidad, en mayúsculas de Trump, acompaña la corrección política y acelera el proceso de normalización de concepciones extralingüísticas sobre la lengua, que se encuentran usualmente aferradas al poder de turno (del Valle, “Glotopolítica”). Es decir: que las amenazas a la seguridad nacional se asocien a la práctica lingüística de hablar de una manera políticamente correcta -y que esto se realice, ni más ni menos, que desde la oficina oval de los Estados Unidos- naturaliza la idea de que quienes hablan con corrección política no se interesan por la seguridad del país, ni entienden los procesos políticos que realmente le impactan. En pocas palabras, quienes defienden el hablar “políticamente correcto” ponen en riesgo el bienestar nacional.

En julio de 2016, durante la campaña presidencial, los delegados de la convención republicana dejaron claro que la incorrección política es leitmotiv del imaginario conservador estadounidense. Asimismo, la incorreción es concebida por estas bases conservadoras como un estado libre, natural y no elitista de la lengua. En la convención, se escucharon reivindicaciones sobre lo perjudicial de la corrección política sin más argumentos que la vasta imprecisión: “I think political correctness has damaged our country so badly”[xvi]; “I am absolutly not for political correcteness, I think it is tearing down the US”[xvii]. Hubo también pronunciamientos metáforicos sobre la corrección como cárcel para la mente y el espíritu ciudadano: “[Political correctness] is prison of the mind, is a prison of the soul”[xviii]; cuando no un artificio de control ideado por las elites intelectuales en complot con los grandes medios de comunicación: “I don’t know who is to blame, I know, you know, it started out in college campuses quite a bit with the intelectual elite […] I think the media is involve in it”[xix]. Y es precisamente Trump el apóstol de esa emancipación discursiva, dado que es él quien asume con gallardía el compromiso de expresar lo que sus seguidores han tenido que callar: “He says the things that we have been thinking for years that nobody has the guts to say […] there are so many of us who wanted to let the beast out and because of political correctness he haven’t been able to do that […]”[xx]. No faltaron tampoco sentencias más detalladas sobre cómo la corrección política infantiliza e inhabilita a los ciudadanos y es, en escencia, un derroche de sensiblerías incapacitantes: “He is gonna build a wall […] he is gonna get rid of all the nonsense corruption, this nanny State where everybody is crying like babies over every little insult”. En este sentido, Trump se alza como el idóneo patriarca conservador que remediará con mano dura todos los desacatos disciplinarios a su programa político: “Donald Trump is gonna be ‘Daddy’ and, whether you like it or not, you are gonna have to listen to ‘Daddy’ and, if you don’t, you are gonna get the belt” (Full Frontal with Samantha Bee, “Disturbing the PC”). Se trata, pues, de un padre autoritario y violento, aunque permisivo en el hablar y los apelativos que a él refieren, que decide además quién puede ser políticamente incorrecto; cuándo, cómo y con qué propósito.

Además de las redes sociales, uno de los espacios virtuales donde más se valida la agenda trumpista es en el portal de The Heritage Foundation, una renombrada plataforma de pensamiento conservador que ha manifestado su apoyo a la nueva administración y ha destinado cuantiosos artículos al impulso y validación de las políticas neoliberales implementadas por Donald Trump. Su misión, claramente libertaria, responde a “la defensa de la libre empresa, el gobierno limitado, la libertad individual, los valores tradicionales de Estados Unidos y el avance de una fuerte defensa nacional” (The Heritage Foundation). Los colaboradores de la Fundación ensanchan el culto por la incorrección política como práctica reveladora de verdades incómodas y valerosa bandera de la libertad de expresión. “[T]his means deepening [the] understanding of the stakes to the nation, and showing a new willingness to speak freely and rationally, despite the obstacles of political correctness or fear of intimidation[xxi]” (Milikh, “Franklin”). Reproducen la creencia de que la corrección política fragmenta la unidad nacional y constituye el fin de su identidad cultural “[M]ulticulturalism is a key front for the left, and leftists will take to the parapets to defend it. Political correctness has been a useful weapon. Multiculturalism has become the choice medium through which leftists undermine traditional national identity […]”[xxii] (Gonzalez 1). Elizabeth Kantor, autora de The Politically Incorrect Guide to English and American Literature[xxiii] (2006), se duele de que en las universidades estadounidenses se enseñen tópicos minoritarios, a expensas de la literatura anglosajona. “English professors are teaching about a lot of things that aren’t great literature, and a good many things that aren’t even in English […] English professors are teaching about “gender theory,” “Latino/a popular culture,” comic books, Afro-Caribbean literature in French […]”[xxiv] (Kantor 1). Otros miembros de la Fundación sugieren que la educación está perdiendo su función social y se ha pasado de la vocación pedagógica al adoctrinamiento de izquierda. Así también, se repite el esquema de que la corrección política va en contra de la libertad de pensamiento, del progreso científico y del futuro de la nación. “Our nation’s health and vitality may rest on the future rule or defeat of political correctness. Should its spirit supersede the spirit of free inquiry, universities will fully lose their meaning—even the natural sciences may succumb to it.[xxv]” (Milikh, “Political Correctness”). Igualmente, la corrección política distrae a la nación de su lucha urgente contra el terrorismo y, en consecuencia, desde la Fundación se advirte: “Don’t Let Political Correctness Obstruct the Fight Against Extremism” (Simcox, “Don’t Let”)[xxvi]. “[W]hen Barack Obama said, after ISIS beheaded an American hostage in Syria […] that “this has nothing to do with any religion, least of all Islam,” the president was clearly being dishonest. […] Are executioners yelling “Allahu akbar” actually more inspired by Hinduism than Islam?”[xxvii] (Simcox, “The Unmentionable”). Este conjunto de ideologemas, es decir, de lemas e ideas que articulan para un sistema lingüístico-ideológico más amplio (del Valle, “Glotopolítica” 179), lanzados desde una institución que dice velar por las tradiciones identitarias del país, legitima y excusa la incorreción lingüística en el discurso político de Trump. Ello, bajo la premisa de que hay un estado de la lengua que es anterior a la intervención política del discurso, por lo demás, apolítico, orgánico y puro, que resulta violentado por tendencias engañosas y combativas, de izquierda, que ponen en vilo el futuro de la nación. 

El desplazamiento de los asuntos de las minorías de la plaza pública

 En lo que parecería un clamor a favor de una comunicación más eficiente que repercuta en beneficio de la nación, reposa una forma de higiene verbal que intenta arrinconar los intereses de las minorías a los espacios privados que antes ocuparon y, en esencia, a la sustracción o trivialización de sus derechos adquiridos. Al margen del permanente debate académico sobre la corrección lingüística (Cameron, “Verbal Hygiene” 116-236; Fairclough 17-28), uno de los innegables alcances conseguidos por ella, es que los temas apartados a la esfera de lo privado (mujer, homosexualidad, negritud, etc) consiguieron lugar en el plano de lo público, se politizaron y visibilizaron identidades sociales que evidenciaron que la relación entre lengua y discurso estaban ligadas a las relaciones de poder que las excluían (Hall 167). La naturalización de la incorrección política en el discurso trumpista, bajo la consigna de que hay que hablar de los temas importantes sin reparar en el discurso, despoja de representación política a las minorías que la habían solicitado. Los derechos reproductivos de las mujeres, por ejemplo, se han visto restringidos durante la era Trump (en materia de abortos y acceso gratuito a anticonceptivos) pese a que durante la administración de Obama los mismos derechos ya habían sido ampliados y protegidos por gabinetes que sí habían escuchado las peticiones de la vocería femenina. Dicho de otra forma, la cultura de la incorrección política en la administración de Trump relega del discurso político los temas que habían conseguido su espacio en la esfera pública. Ello, en función de un sistema económico orientado a favorecer a grupos privilegiados, monopolizadores de un mercado global. “[E]l tema es «minorizado», empujado al rincón residual de la gran política, de la gran justicia y de la seguridad, es decir, pensado como marginal con relación a todo aquello que se clasifica como cuestión de Estado por ser de interés general y valor universal.” (Segato 91). Así las cosas, la representación trumpista de la incorrección política como la verdad dicha a secas, en oposición a todo despliegue lingüístico inclusivo como “fake”, naturaliza ordenamientos de tipo cultural, político y social (del Valle, “La batalla”) que trivializa las luchas sociales que cobraron representación en el uso de la lengua durante los años ochenta en los Estados Unidos.

La inversión de roles y responsabilidades políticas

 Esto revierte en que se les endose a los defensores de la corrección política la construcción de conceptos que señalan y perjudican la imagen de quienes sí “llaman a las cosas por su nombre”. Por dar tan sólo un ejemplo, frente a la propuesta de modificar el término “illegal alien” aparece el siguiente reclamo, que apoya su argumento, curiosamente, en los perjuicios potenciales que abriga el poder político de la lengua: “The politically correct term “undocumented immigrant” […] is a made-up term used by progressive groups […] That makes it easier for them to claim that anyone who wants our immigration laws enforced is “anti-immigrant.”[xxviii] (Spakovsky, “Andrea Mitchell” 1). Dentro de esta lógica inversa, Martin Luther King (tenaz enemigo del políticamente incorrecto término “nigger”) sirve también de referente argumental contra la corrección política entre los seguidores de Trump: “The function of education is to teach one to think intensively and to think critically, Martin Luther King Jr. once wrote. The stifling, choking cloud of political correctness […] turns students not into independent, well-trained thinkers, but into sponges who mindlessly absorb whatever propaganda they’re fed.”[xxix] (Feulner, 1). Por su parte, el presidente de la Fundación asegura que los adversarios de la incorrección política persiguen, amedrentan y agreden a los defensores de ésta, dada su condición de misioneros de la verdad. “Those who dare to air a view that flouts the politically correct line on hot-button topics such as race, marriage and immigration are virtually taking their lives into their hands […] They’re threatened. They’re attacked, both verbally and physically, by shrieking mobs.”[xxx] (Feulner, 1). Visto así, la corrección política no busca proteger a las minorías que han sido históricamente victimizadas a través de usos lingüísticos excluyentes, sino señalar, perseguir y escarmentar a los guardianes de las verdades políticas. Verdades, por lo demás, sujetas a lógicas neoliberales de mercado y control social, pues el tiempo en la política vale oro, y apenas puede hablarse de asuntos que impliquen productividad y generen competitividad y ganancias económicas para el país. Sin ir más lejos, comenta Gantt, la apuesta por la incorrección lingüística, en función del aprovechamiento del tiempo en la resolución de los grandes problemas universales, evidencia la lógica neoliberal que reside en las entrañas del discurso incorrecto. “The time spent on acknowledging and addressing racism in language, institutions, and ways of thinking is unnecessary and wasteful in a neoliberal reality”[xxxi] (Gantt 5). Esta trastornada atribución de responsabilidades, donde los derechos se organizan en orden de rentabilidades económicas, enmarca la noción de verdad del discurso trumpista y se alimenta de la convicción de que la lengua no debe ser intervenida, pues desmiente que haya relaciones de poder que se entretejan en ella.  

Así, con la excusa de defender su estado natural, inmaculado, los guardianes de la lengua impiden que sus contenidos ideológicos sean modificados, en beneficio de un grupo social privilegiado (Cameron, “Verbal Hygiene”). Como se ha expuesto en los ejemplos aquí dados, los partidarios de Trump, que abogan por que no se intervenga en el decir político, coinciden también en la presunción de que no todos los derechos deben ser universales. Es, en cambio, la corrección política la que da cuenta de los procesos históricos de subordinación e insubordinación, que han atravesado los vínculos de poder sobre la lengua. Y la que incluye en el habla ciudadana, las disputas sociales que han alcanzado categoría política, concediéndole a los temas minimizados su merecida materialidad y relevancia. En ese sentido, la corrección política quiere ser mecanismo de reparación restaurativa que reclama, a lo menos, una señal de voluntad por parte de los hablantes de reconocimiento de las vulnerabilidades impropias y del dilatado entramado de desaciertos humanos en la Historia. Entre tanto, Trump y sus partidarios, amplios y versátiles en despliegues de incorrección política, reducen a sensiblería, adoctrinamiento y derroche las luchas del pasado que hoy cobran vigencia en el habla. Sin proponer alternativas intermedias entre lo correcto y lo incorrecto, el trumpismo desanda los consensos sociales alcanzados y le confiere presunción de verdad al agravio, la humillación y el cinismo.

 

Notas

“Usted ha llamado a las mujeres que no le gustan ‘cerdos gordos’, ‘perros’, ´haraganas’ y ‘animales repugnantes […] ¿Le parece que es ese el temperamento de un hombre al que debemos elegir como presidente?” (Esta y las subsecuentes traducciones son mías).

[ii] “Únicamente a Rosie O’Donnel”.

[iii] “Creo que el gran problema de este país es el ser políticamente correcto. A mí me han desafiado muchísimas personas, y francamente no tengo tiempo para una corrección política total. Y para ser sincero contigo, este país tampoco tiene el tiempo para hacerlo”.

[iv] “Lo que digo es lo que digo, y honestamente, Megyn, si no le gusta, lo siento. He sido muy amable con usted, aunque probablemente podría no serlo, basado en la forma en que usted me ha tratado, pero yo no haría eso”.

[v] “El hecho es que ella me hizo una pregunta muy inapropiada. En realidad, debería ser ella quien me pidiera excusas a mí, si quieres saber la verdad, y otros candidatos han dicho lo mismo”.

[vi] “Ella sale y comienza a hacerme todo tipo de preguntas ridículas. Podía verse que le salía sangre de los ojos. Le salía sangre de cualquier parte. En mi opinión, estuvo fuera de la base”.

[vii] “Yo sencillamente no la respeto como periodista […] No creo que sea muy buena. Creo que está muy sobrevalorada”.

[viii] “Re Megyn Kelly cita: se podía ver que salía sangre de sus ojos, salía sangre de todas partes e ella (NARIZ). Acabo de empezar con un pensamiento.”

[ix] @realDonaldTrump. “Re Megyn Kelly quote: “you could see there was blood coming out of her eyes, blood coming out of her wherever” (NOSE). Just got on w/thought”. Twitter, 8 Aug 2015. 5:46 AM.

[x] “Tantos tontos políticamente correctos en nuestro país. ¡Todos tenemos que volver al trabajo y dejar de perder tiempo y energía en tonterías!”

[xi] @realDonaldTrump .“So many “politically correct” fools in our country. We have to all get back to work and stop wasting time and energy on nonsense!”. Twitter, 8 Aug 2015. 5:29 AM.

[xii] Yo me rehuso  a llamar a Megyn Kelly ‘tonta sexy’, porque eso sería políticamente incorrecto. ¡En lugar de eso, me limitaré a llamarla ‘reportera delgada’!”.

[xiii] @realDonaldTrump. “I refuse to call Megyn Kelly a bimbo, because that would not be politically correct. Instead I will only call her a lightweight reporter!”. Twitter, 27 Jan 2016, 3:44am. https://twitter.com/realDonaldTrump/status/692312112115380224

[xiv] @realDonaldTrump. “We must stop being politically correct and get down to the business of security for our people. If we don’t get smart it will only get worse”. Twitter, 4 Jan 2016, 4:19 p.m. https://twitter.com/realDonaldTrump/status/871325606901895168

[xv] @realDonaldTrump. “That’s right, we need a TRAVEL BAN for certain DANGEROUS countries, not some politically correct term that won’t help us protect our people!”. Twitter, 5 jun 2017. https://twitter.com/realDonaldTrump/status/871899511525961728

[xvi] “Creo que la corrección política ha dañado mucho a nuestro país”.

[xvii] “Estoy absolutamente en contra de la corrección política. Creo que está derribando a los EE. UU.”.

[xviii] “La corrección política es una prisión para la mente, es una prisión para el alma”.

[xix]  “No sé a quién culpar, lo sé, ya sabes, comenzó en los campus universitarios un poco con la élite intelectual [… ] Creo que los medios están involucrados en ello”.

[xx] “[Trump] dice las cosas que hemos estado pensando durante años y que nadie tiene las agallas de decir […] Muchos de nosotros hemos querido liberar a la bestia pero por cuenta de la corrección política no hemos podido hacerlo […]”.

[xxi] “Esto significa profundizar en [la] comprensión de lo que está en juego para la nación, y mostrar una nueva voluntad de hablar libre y racionalmente, a pesar de los obstáculos impuestos por la corrección política o el miedo a la intimidación”.

[xxii] “El multiculturalismo es un frente clave para la izquierda, y los izquierdistas tomarán los parapetos para defenderlo. La corrección política ha sido un arma útil. El multiculturalismo se ha convertido en el medio de elección a través del cual los izquierdistas socavan la identidad nacional tradicional”.

[xxiii] “La guía políticamente incorrecta de la literatura inglesa y estadounidense”.

[xxiv] “Los profesores de inglés están enseñando sobre muchas cosas que no son excelente literatura, y muchas cosas que ni siquiera están en inglés […]están enseñando sobre “teoría de género”, “cultura popular latina / a”, caricaturas, literatura afrocaribeña en francés […]”.

[xxv] “La salud y vitalidad de nuestra nación puede descansar en la reglas del futuro o en la derrota de la corrección política. Si su espíritu reemplaza el espíritu de la libre investigación, las universidades perderán por completo su sentido, incluso las ciencias naturales podrían también sucumbir ante ella”.

[xxvi] “No permita que la corrección política obstruya la lucha contra el extremismo “(Simcox,” Do not Let “)”.

[xxvii] “Cuando Barack Obama dijo, después de que ISIS decapitó a un rehén estadounidense en Siria […] que” esto no tiene nada que ver con ninguna religión, y menos con el Islam “, el presidente claramente fue deshonesto. […] ¿Están los verdugos que gritan “Allahu akbar” realmente más inspirados por el hinduismo que por el Islam?”.

[xxviii] “El término políticamente correcto “inmigrante indocumentado” […] es un término inventado usado por grupos progresistas […] que les facilita afirmar que todo aquel que quiera que se apliquen nuestras leyes de inmigración sea tachado de “anti-inmigrante”.”

[xxix] “ ’La función de la educación es enseñarle a uno a pensar intensamente y a pensar críticamente’, escribió alguna vez Martin Luther King Jr. La sofocante y asfixiante nube de la corrección política […] convierte a los estudiantes ya no en pensadores independientes y bien entrenados, sino en esponjas que absorben sin pensar cualquiera que sea la propaganda que les dé”.

[xxx] “A aquellos que se atreven a emitir una opinión que burla la línea políticamente correcta en temas tan candentes como la raza, el matrimonio y la inmigración, le quita prácticamente la vida de sus manos […] Están siendo amenazados. Son atacados, tanto verbal como físicamente, por turbas de chillones”.

[xxxi] “El tiempo dedicado a reconocer y abordar el racismo en el lenguaje, en las instituciones y en las formas de pensamiento, es innecesario y derrochador en una realidad neoliberal”.

 

Referencias

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