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CUANDO EL REMEDIO ES PEOR QUE LA ENFERMEDAD: LIBROS DE AUTOAYUDA, AMOR Y VIOLENCIA DE GENERO EN EL PERU

Carolina Arrunátegui Matos
The Graduate Center, CUNY
carrunateguimatos@gradcenter.cuny.edu

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Resumen
¿Qué representaciones sobre el amor y la vida en pareja están transmitiendo los libros de autoayuda amorosa que se leen en el Perú y qué papel juegan estas representaciones en un escenario como el peruano, en el que la violencia de género es un fenómeno complejo y generalizado? Para responder a esta pregunta, analizo el discurso de uno de los terapeutas de pareja más leídos en el Perú, el Dr. Tomás Angulo. Intentaré demostrar que este discurso, lejos de brindar las “soluciones” prometidas a los problemas amorosos de los peruanos, está jugando un papel importante en la reproducción de la violencia de género en el país. Para ello, recurro a la noción de amor líquido de Zygmunt Bauman (2011 [2003]), que explora las conexiones entre el amor y el capitalismo, y al concepto de fantasma, proveniente del psicoanálisis lacaniano (Lacan 1975 [1972]), que será útil para develar el trasfondo machista del discurso que analizo.

Palabras clave: discurso, libros de autoayuda, violencia de género, Tomás Angulo, amor líquido, capitalismo, psicoanálisis lacaniano

Introducción
Este artículo parte de la siguiente pregunta: ¿qué representaciones sobre el amor y la vida en pareja están transmitiendo los libros de autoayuda amorosa que se leen en el Perú y qué papel juegan estas representaciones en un escenario como el peruano, en el que la violencia de género es un fenómeno complejo y generalizado (Ruiz Bravo 1988, 1996; Centro de la Mujer Peruana Flora Tristán 2005; Boesten 2016 [2014])? Numerosas investigaciones provenientes principalmente de la sociología, la psicología social y los estudios de género (Ferrer y Bosch 2013, Esteban y Távora 2008, Caro 2008, Echeburúa et.al. 2002) han señalado que, en distintos países del mundo, muchas mujeres que son víctimas de maltrato por parte de su pareja toleran y justifican esta situación en nombre de lo que ellas entienden por amor y por compromiso.

Por su parte, el comportamiento masculino también parece estar fuertemente influenciado por creencias sobre el amor y sobre lo que es ser un “hombre” y una “mujer”. El Centro de la Mujer Peruana Flora Tristán (2005), en una importante investigación sobre el feminicidio en el Perú, ha señalado que entre las razones más comunes que los feminicidas presentan para justificar su agresión están los celos y la infidelidad. En estos casos, los agresores aluden constantemente a la existencia de un “honor mancillado” que debe ser salvado públicamente. Estos datos muestran que los atacantes actúan en el marco de “representaciones tradicionales sobre lo masculino y lo femenino que se han ido sedimentando en nuestra cultura mediante estructuras simbólicas profundas” (Centro de la Mujer Peruana Flora Tristán 31).

Por esta razón, considero crucial observar qué discursos sobre el amor y las relaciones de pareja están consumiendo las peruanas y los peruanos, y examinar si estos entrañan peligros ideológicos que pudieran estar cumpliendo un rol en la reproducción de la violencia de género en el país. Ahora bien, ¿por qué observar de manera específica la literatura de autoayuda y no cualquier otro tipo de discurso que aborde el tema del amor y las relaciones de pareja? El hecho es que, en el Perú, la autoayuda es uno de los géneros que más se lee, especialmente en el sector de la clase media educada. En las últimas ediciones de la Feria Internacional del Libro de Lima (FIL Lima) –la feria más importante del país– los libros de autoayuda han ocupado los primeros puestos en ventas.

Por ejemplo, en la FIL Lima 2019 se vendió con éxito Miénteme si puedes. Tu cuerpo habla lo que calla tu interior, de Rosa María Cifuentes, magíster en Periodismo y Coach Ontológico. Su libro es un intento por entrenar emocionalmente a sus lectores para que puedan comunicarse y socializar mejor. Está dirigido especialmente a gente que está interesada en incursionar en la política y en el rubro empresarial (RPP 2019). En la FIL Lima 2018, el libro más vendido fue El misterio de la luz (2018), una novela de transformación personal escrita por David Fischman, el escritor de libros de autoayuda más importante del país (El Comercio 2018). En la FIL Lima 2016, se vendieron con éxito Inteligencia espiritual en la práctica (2016 [2010]), también de Fischman, y el libro de autoayuda amorosa Don Dramático y Doña Dramática. Cuando se casen, ¿serán felices? (2016), del terapeuta de parejas peruano Tomás Angulo (El Comercio 2016).

Si rastreamos los años anteriores, notaremos que la presencia de este tipo de literatura es constante en los rankings de ventas. Fuera del sector editorial formal, la autoayuda también es muy consumida. Los lectores peruanos compran versiones más económicas de estos libros en los quioscos de toda la capital, así como en ferias informales como las del jirón Quilca, el jirón Camaná y el jirón Amazonas del Cercado de Lima.
Esta popularidad de la que goza la literatura de autoayuda –no solo en el Perú́ sino en el mundo– podría explicarse como una consecuencia del momento histórico en el que vivimos. En las actuales sociedades posmodernas, existe una tendencia de los sujetos a demandar orientaciones claras y soluciones rápidas para casi para todo. Esta necesidad de constante orientación externa responde al hecho de que los grandes ideales colectivos, las certezas y el sentido de unidad que caracterizaban la modernidad se han debilitado al punto de que ya no existen guiones de vida ni modelos de subjetividad definidos; lo que prima ahora es el pluralismo, la diversidad y la ambivalencia (Sennett 1980, Jameson 1991 [1984], Harvey 1998 [1990]).

Este nuevo escenario exige a los sujetos una gran autonomía y dominio de sí mismos. Cada quien debe decidir a cada momento qué pensar y cómo actuar porque existe la idea de que cada uno es dueño de su propio destino y esto genera mucha angustia e incertidumbre. No solo esto, sino que rige actualmente un mandato de goce que demanda de los sujetos estar siempre en condiciones de disfrutar de los placeres de la vida. En nuestras sociedades posmodernas, el malestar subjetivo es considerado una especie de “anomalía” que da cuenta de una vida fracasada; el sufrimiento ya no es percibido como antaño como una experiencia que nos pone a prueba y nos engrandece, sino como un sentimiento inútil y dañino (Illouz 2012). Se ha instalado, pues, una ética hedonista que ha convertido el placer en un “derecho” y ha dado lugar a que los sujetos se sientan culpables por no gozar lo suficiente (Žižek, citado en Ubilluz 2010 [2006]).
Es en este contexto que los libros de autoayuda cobran sentido para la gente. Un dato central para esta investigación es que hay estudios que señalan que es la lectura de este tipo de literatura una de las estrategias más utilizadas por las mujeres para enfrentar la depresión por problemas afectivos, especialmente en contextos en los que no pueden acceder a tratamientos largos y costosos como la psicoterapia o la atención psiquiátrica (Lara, Mondragón y Rubí 1999; Simonds 1992, citado por Martínez y Sierra 2005). En este sentido, muchas lectoras peruanas de autoayuda amorosa podrían ser mujeres que están atravesando por crisis de violencia de pareja. Por ello, es importante preguntarse si este tipo de literatura aborda, de alguna manera u otra, el problema de la violencia de género y, si lo hace, es necesario conocer qué tipo de orientaciones está dando al respecto a sus lectoras y lectores.
Como objeto de análisis, he escogido un libro de autoayuda importante en el contexto peruano. Se trata de ¿Eres mi media naranja o mi medio limón? A veces me pregunto si eres la persona que siempre esperé (2013), uno de los libros más vendidos del psicólogo peruano Tomás Angulo, quien es, a su vez, el terapeuta de parejas más popular del país. En este sentido, esta investigación constituye un estudio cualitativo de caso (Neiman y Quaranta 2006) que no pretende plantear generalizaciones con respecto al funcionamiento del discurso de autoayuda amorosa en el Perú, pero sí hacer visible un fenómeno que existe y se desarrolla con fuerza en el marco de ese espacio.
Tomás Angulo dirige, desde hace más de 20 años, un centro especializado en ayuda a parejas y familias llamado Te escucho, y suele aparecer en programas televisivos de la farándula peruana –especialmente en aquellos dirigidos a amas de casa– haciendo análisis del perfil psicológico de diversas figuras de la televisión y de la política. Se hace llamar “el terapeuta de la calle” porque, como él mismo dice, utiliza un lenguaje directo y “sin pelos en la lengua”. Se trata de un lenguaje cercano, que evita los tecnicismos propios de su profesión, y que abunda en jergas y anécdotas que son narradas en clave humorística. De hecho, en el año 2016, presentó con éxito un unipersonal en el que mezclaba el humor con la terapia de pareja. El unipersonal fue visto por más de 40 000 personas en Lima y provincias, y ha sido presentado en el extranjero (Agenda do Portal 2016). Angulo, además, dirige un programa de radio en el que hace consultas por teléfono y ha desarrollado una aplicación en la que imparte terapia a través del celular.
En el año 2015, el Colegio de Psicólogos del Perú lo desautorizó señalando que no estaba habilitado para ejercer la profesión y que sus diagnósticos fomentaban la desinformación y el morbo (RPP Noticias 2015). Sin embargo, esto no ha impedido que este controvertido terapeuta siga gozando de popularidad. Su participación en ferias de libros y medios de comunicación no solo no ha cesado, sino que se consolida cada vez más. Uno de sus últimos libros, Don Dramático y Dona Dramática. Cuando se casen, ¿serán felices? (2016), se vendió con éxito en la FIL Lima 2016 –a solo un año de que el Colegio de Psicólogos del Perú se pronunciara en su contra– y estuvo auspiciado por una conocida librería capitalina (El Comercio 2016). Entre octubre y noviembre de este año, presentó un show que se llama Te amo, pero no te soporto, en el que aplicó nuevamente con éxito su fórmula de “amor con humor” (Teleticket 2019). Angulo es considerado por muchos como un pseudoterapeuta al que no se puede tomar en serio. Sin embargo, esto no ha evitado que logre acumular poder sobre los grandes públicos y por eso es muy necesario estudiarlo.
A continuación, presento los resultados del análisis. Intentaré demostrar que el discurso de autoyuda amorosa que aquí examino está jugando un papel importante en la reproducción de la violencia de género en el país. A partir de una construcción estereotipada y machista de lo masculino y lo femenino, este discurso posiciona al hombre como un amante modélico que porta un supuesto saber amoroso que lo autoriza para ser guía o tutor de la mujer en el amor. De este modo, este discurso legitima ideas peligrosas que podrían alentar conductas permisivas en las mujeres que sufren violencia por parte de sus parejas y que refuerzan, además, la colonización del amor por parte del sistema capitalista. Para abordar estos puntos, recurro a la noción de amor líquido de Zygmunt Bauman (2011 [2003]), que explora las conexiones entre el amor y el capitalismo, y al concepto de fantasma, proveniente del psicoanálisis lacaniano (Lacan 1975 [1972]), que será útil para develar el trasfondo machista del saber amoroso que difunde el discurso que analizo.

1. El hombre como el “amante ideal” o la masculinización del amor
Una primera mirada a ¿Eres mi media naranja o mi medio limón? (2013) de Tomás Angulo revela que su discurso plantea diferencias marcadas entre hombres y mujeres con respecto a sus maneras de comportarse en el amor. Este planteamiento se hace desde una mirada estereotipada y simplificadora que jerarquiza estas diferencias y construye lo femenino como inferior y disfuncional respecto de lo masculino. Hay lo que podríamos llamar una masculinización del amor, en tanto las prácticas amorosas de los hombres son representadas como más racionales y mejor constituidas para llevar adelante la vida en pareja que las prácticas femeninas. De este modo, se posiciona al hombre como el portador de un supuesto saber que le da el poder de ser modelo y guía de la mujer en el amor.
Veamos cómo se construyen estas identidades en el discurso de Angulo. El autor hace la siguiente observación con relación a cómo viven hombres y mujeres sus relaciones amorosas: “He observado que son las mujeres quienes más se mienten a sí mismas en las relaciones. Llenas de nostalgia y sensibilidad, ellas tienden a contarse ‘historias increíbles de amor’. Sin temor a equivocarme, creo que es una práctica que se inicia en la niñez, cuando jugaban a la ‘casita feliz’ y ‘al papá y a la mamá’” (43). Desde la perspectiva de Angulo, las mujeres se “mienten a sí mismas” en el amor pues dotan a sus relaciones de cualidades o características que en realidad no tienen: se cuentan “historias increíbles de amor” y esto es resultado de una sensibilidad y una imaginación exacerbadas que son parte de su condición de mujeres, pues las adquieren desde niñas: “Los juegos de niñas –dice Angulo– son un derroche de palabras, inventos y anécdotas” (44). Por esta razón, ya adultas, reproducen los patrones de sus juegos infantiles en su vida amorosa: “El drama amoroso, la exageración en los detalles, la mentira blanca e inofensiva en nombre del amor…todo esto es creado más por las mujeres que por los hombres” (44).
Los hombres, en cambio, estarían a salvo de este exceso de sensibilidad y de imaginación que conduce al engaño, porque también desde niños ellos se forman de otra manera: “Los juegos de los hombres [son] diferentes, ellos se divierten jugando a la guerra, donde hay más acción y más movimientos que palabras” (44). En este sentido, los hombres estarían más orientados a actuar que a hablar y, así como las mujeres, ellos también proyectan las características de sus juegos infantiles en su vida amorosa adulta. Por ejemplo, dice Angulo, en una discusión, mientras las mujeres suelen desahogarse expresándole a la pareja abiertamente su dolor, es decir, hablando, los hombres en cambio suelen guardar silencio para evitar problemas: “Los hombres muchas veces no quieren expresar sus sentimientos, para no ‘gastar su tiempo’ en cuestiones emocionales” (95).

Asimismo, “suelen ser más concretos, directos y prácticos con los problemas. De allí las famosas frases: ‘¡Dime qué quieres y punto! ¡Vamos al grano! ¡No me marees con tantas palabras! ¡Termina de una vez!” (110). Entonces, para Angulo, hay una inclinación masculina a ser “concreto”, “práctico” y “directo” en el amor, así como poco comunicativo; cuando los hombres se muestran dispuestos a escuchar y a comunicar, dice el autor, es probable que se trate solo una estrategia de conquista: “Estos hombres [comunicativos] suelen ser más cotizados emocionalmente en el mundo de las solteras. Sin embargo, es necesario recordar que en la etapa de la conquista, los hombres suelen simular ser muy atentos o saber escuchar bien, por el simple hecho de agradar o conquistar” (109).
Como puede verse, valores cotizados en nuestra cultura como la concreción, la practicidad para resolver problemas y el control de las emociones están fuertemente asociados a los hombres, casi como “esencias” o “rasgos de género”. Se construye así una especie de “destino amoroso”, un camino ya trazado para hombres y mujeres, que se va forjando desde la socialización temprana. Un destino en el que a ellos les va mucho mejor que a ellas. En la narrativa de Angulo, no hay espacio para identidades femeninas y masculinas que no encajen perfectamente con este binarismo que él plantea.

De hecho, en el libro que analizo encontramos numerosos casos de mujeres que atraviesan problemas amorosos y, en la mayoría de ellos, resalta una actitud sentimental, insatisfecha o quejosa que refuerza esta imagen estereotipada de lo femenino. De un promedio de 40 casos que presenta, al menos 30 son de mujeres. No queda nada claro si son casos reales o construidos; esto no se especifica en ninguna parte del libro, pero todo parece indicar que son casos construidos, porque ejemplifican de manera exacta las afirmaciones de Angulo, sin presentar ningún tipo de fisura ni dejar espacio para una interpretación alternativa. Por ejemplo, está la historia de Sheyla, 30 años, psicóloga: “Cuando lo conocí, yo venía de una relación que me había causado mucho dolor. Me sentía profundamente lastimada, no quería conocer a nadie ni salir con nadie. […]. Pronto descubrí que mis mejores amigas eran mi jardín. […]. Mis mejores amigas siempre fueron aquellas que me acompañaron en las decepciones que toda mujer tiene que afrontar” (16). Sheyla es presentada como una mujer que ha sufrido mucho y para la que el dolor está naturalizado (“las decepciones que toda mujer tiene que afrontar”), lo que refuerza el estereotipo de la mujer sentimental y sufrida.
Asimismo, las mujeres de Angulo se muestran insatisfechas y llenas de dudas con respecto a su vida amorosa; por ejemplo, Rafaela, 26 años, secretaria ejecutiva, dice: “Tenemos tres años de relación, aunque ya no siento lo mismo de antes. A veces me gustaría terminar con él y salir con otros hombres […], pero me cuesta dejarlo. ¿Será porque él fue el primero en mi vida? ¿Será costumbre lo que siento? ¿Debo quedarme con alguien solo porque no quiero estar sola?” (20). Por supuesto, están también las mujeres demandantes, las de la actitud reprochadora; tal es el caso de Mayte, 40 años, diseñadora de interiores, una mujer que exige desesperadamente la atención de su pareja: “¡Bésame, maldita sea!, ¿por qué ya no me besas como antes? ¡Explícame por qué eres tan frío! ¿Acaso no te gusto? ¡Mírame, cualquier hombre desearía besarme hasta el cansancio! […]. Cada cierto tiempo rompo en llanto, crisis y un desahogo profundo. Lloro, lanzo cosas y luego me deprimo por algunos días” (20-21). Finalmente, también están las mujeres “ilusas”, las que se mienten a sí mismas en el amor: “Hay algo que me gusta de esta rutina: encontrarme con un chico de camisa blanca y terno negro. Parece un poco tímido, pues nunca me dice nada, ¡solo me mira y sonríe! […]. Mis amigas me dicen que en realidad está coqueteando con mi amigo que con frecuencia me acompaña […]. Yo no creo que sea gay, yo prefiero pensar que es a mí a quien coquetea” (22). Como puede verse, lo que tienen en común todas estas mujeres es que sus maneras de conducirse en el amor solo les traen sufrimiento: son indecisas, histéricas, ilusas, entregadas y dominadas por sus emociones.
En marcado contraste, los hombres de Angulo son, en su mayoría, personas prácticas que no se complican demasiado por cuestiones amorosas, pues estas no presentan para ellos ninguna dimensión dilemática; por ello, casi no dudan sobre cómo deben actuar. Por ejemplo, Alberto, 40 años, soltero, dice: “Si la persona que amas no es dulce, sino más bien amarga, ¡no queda otra cosa que retirarse! ¿Para qué vivir al lado del enemigo? ¡Hay mucha gente que pierde su libertad por anclarse a una relación de pareja!” (106).

Para Alberto, si la relación no trae satisfacciones, no queda más remedio que la separación, porque la pareja se ha convertido en el “enemigo”; esto no parece generar en él demasiado pesar, es perfectamente capaz de tomar distancia y hacer lo que más le conviene. Las dudas, los miedos y el dolor por la pérdida parecen no formar parte de la situación para Alberto, más bien, valores como la libertad y el bienestar personal parecen estar para él por encima de cualquier otra consideración. Por su parte, Pablo, 69 años, psiquiatra, transmite una concepción utilitaria de la relación de pareja, como si se tratase de un vínculo laboral: “Con los años comprendo que necesito y me gusta mi mujer, sobre todo cuando manejo, ¡ella es un GPS!, se orienta mejor que yo. En los viajes es una excelente compañera, planifica muy bien nuestro itinerario y sabe administrar nuestro dinero” (51). Pablo habla de su pareja como si de una secretaria o asistente se tratara. El gusto que él siente por ella pasa por la eficiencia que esta demuestra para hacer de sus viajes una experiencia placentera.
Estos testimonios (reales o construidos) proyectan imágenes estereotipadas de hombres que tienen pleno control de sus sentimientos y que llevan vidas supuestamente libres y relaciones gratificantes de las cuales saben sacar el máximo provecho. Todo esto trae a la mente la noción de amor líquido de Bauman (2011 [2003]), un amor colonizado por la lógica del mercado. En ellos, un sujeto autocontrolado y racional evalúa constantemente el balance costo-beneficio de sus relaciones y determina a partir de este examen si estas han de continuar o no. Hay, además, una marcada tendencia a relacionarse con el otro como si este fuera un objeto y a entender las relaciones como contratos. Como resultado de esto, señala Bauman, las relaciones amorosas son cada vez más vacías y frágiles. Sin embargo, Angulo (2013) no ve esta dimensión negativa de la liquidez amorosa. Por el contrario, en su lógica, los hombres están mejor posicionados que las mujeres en el amor porque son ellos quienes han logrado incorporar mejor la mirada racional a su vida sentimental. Son ellos los que encarnan el sujeto-amante ideal desde la perspectiva del sistema: un sujeto racional y autocontrolado que no permite que el amor lo domine ni interfiera con su bienestar personal, y que está, por tanto, siempre apto para el trabajo y la vida social. Ellas, por el contrario, representan para Angulo todo lo que no se debe ser ni hacer en el amor.
Esta idea del hombre como tutor y guía de la mujer en el amor no es, evidentemente, una invención de Angulo, sino un legado de la modernidad con mucha historia por detrás. La modernidad no solo se caracterizó por el reinado de la razón, sino también por asociar esta razón al hombre. En el campo del amor, esta asociación encarnó en la figura del libertino. El libertino fue un hombre que tenía como único principio el placer; fue un producto del Siglo de las Luces que se hizo a la tarea de “instru[ir] a las mujeres desde una posición ‘iluminada’ que se separa de los ideales para ver las cosas como son en realidad” (Ubilluz, La crudad verdad 99). Se dio forma así a la idea del hombre como un sujeto capaz de analizar desidealizadamente las relaciones sexuales y amorosas. Y, tal como señala Ubilluz (2012), la figura del consejero de mujeres no solo tiene plena vigencia en nuestra época, sino que se ha masificado. En este sentido, parece ser que no es una simple casualidad que los dos terapeutas de parejas más leídos en el Perú, Tomás Angulo y Walter Riso , sean precisamente hombres.

2. El “saber masculino” sobre el amor, o el saber del fantasma
Pero, ¿en qué consiste entonces este supuesto saber masculino sobre el amor? Desde ya, puede decirse que no se trata de un saber-objetivo o de una verdad sobre el amor. Tal como señala Badiou (2002 [1992], 2012), siguiendo a Lacan (1975 [1972]), el amor es esencialmente una verdad in-sabida, es decir, de las experiencias amorosas vividas no es posible extraer ningún saber ni descifrar la ley o la lógica que las gobierna. Se pueden ensayar hipótesis, hacer predicciones, creer encontrar algunas regularidades, pero, a fin de cuentas, el amor termina siempre sorprendiéndonos, desafiando todo ese “conocimiento” acumulado. Y la mentada racionalidad masculina, que es la que haría posible el acceso a este supuesto saber amoroso, no es más que una construcción social que ha servido para legitimar la dominación de la mujer por el hombre en los últimos siglos.
En efecto, entre los siglos XVI y XVII se dio lugar en Occidente un largo proceso de devaluación de lo femenino. En este periodo, especialmente en Europa, las mujeres perdieron terreno en todas las áreas de la vida social. Según Federici (2010 [2004]), en el área legal, por ejemplo, se limitó su derecho a trabajar por su cuenta, sin la supervisión del esposo; por ello, las mujeres viudas perdieron su acceso al trabajo y en esa situación era común asignarles un tutor que administre sus asuntos. Asimismo, no tenían derecho a celebrar contratos o representarse a sí mismas en las cortes. Se limitó también su derecho al libre tránsito: una mujer que estuviera sola en la calle podía ser fácilmente víctima de una agresión sexual, y en ese caso, la culpa recaía principalmente en ella (y no en el agresor) por exponerse a salir sin compañía.
Este control y esta devaluación de la mujer fue posible por el establecimiento de estereotipos femeninos y masculinos que buscaron maximizar las diferencias entre hombres y mujeres, diferencias que luego fueron sometidas a un proceso de clasificación y jerarquización que terminó situando a lo femenino por debajo de lo masculino. Así, según Federici (2010 [2004]), en los siglos XVI y XVII se empezó a considerar que “las mujeres eran inherentemente inferiores a los hombres –excesivamente emocionales y lujuriosas, incapaces de manejarse por sí mismas– y tenían que ser puestas bajo control masculino” (154). En la literatura de la época, era un tópico común la figura de la mujer licenciosa, chismosa o regañona que invariablemente recibía un castigo por su insubordinación al marido. Obras como La fierecilla domada de Shakespeare (1953) o Lástima que sea una puta (1633) de John Ford son representativas de este proyecto de denigración literaria de la mujer (Federici 155) .
Como es evidente, estas asociaciones entre el hombre, la razón y la templanza, y entre la mujer, la lujuria y la irracionalidad no son descripciones objetivas, sino parte de un proyecto político que apuntó a dejar a la mujer sin autonomía ni poder social. El proyecto tuvo frutos y, como consecuencia de ello, a partir del siglo XVII, surgieron nuevos cánones culturales sobre lo deseable femenino. Se empezó a considerar que la mujer y esposa ideal era aquella casta, obediente, ahorrativa, de pocas palabras y abocada a sus responsabilidades en el hogar, es decir, una mujer totalmente funcional a las necesidades del marido y de la familia (Federici 157). Con ello, la mujer fue también alineada a los intereses del sistema capitalista, pues el cuidado del esposo y de los hijos representa un trabajo no remunerado necesario para la reproducción de la fuerza de trabajo. Incluso si trabaja fuera de casa, la mujer sigue siendo quien se encarga de las labores domésticas. Esto es lo que Engels (1935 [1884]) llamó la “doble tarea”, el mecanismo utilizado por el sistema y el marido para oprimir a la mujer.
¿Qué es entonces lo que realmente “sabe” el hombre del amor? Pues bien, el saber que tiene el hombre es el saber del fantasma de la relación sexual. Según Lacan (1975 [1972]), el fantasma es esa idealización o sublimación del otro que lo “sexualiza”, nos hace sentirnos sexualmente atraídos hacia él; solo a partir de este recurso podemos tener una vida sexual normal. Y, para funcionar, el fantasma necesita que nuestro compañero sexual se adapte a su guion, que encaje en los moldes de nuestra fantasía (Žižek 2010). Entonces, si el saber del hombre es un saber construido a partir de su fantasma, lo único que él sabe es lo que él desea de una mujer, no conoce nada más allá de su propio deseo. En este sentido, el discurso de autoayuda amorosa que aquí analizo no está haciendo más que vehicular la demanda masculina por que la mujer encarne su fantasma, todo esto bajo la apariencia de un saber experto. Y, como veremos en lo que sigue, esta violencia fantasmática del discurso de la autoayuda se ha articulado bien con una versión contemporánea de mujer que es heredera del ideal femenino del siglo XVII.

2.1. Marge Simpson, o el retorno de la mujer mariana
Empecemos por darle una mirada a los modelos de familia y de esposa que propone Angulo (2013) en ¿Eres mi media naranja o mi medio limón? Para este autor, las familias que se mantienen unidas en el tiempo son aquellas que aprenden a vivir como los Simpson y que no aspiran a ser la familia Ingalls: “¿Existen las parejas que duran para siempre? ¡Sí existen! Y pueden ser muy diferentes o muy parecidas a las parejas que están intentando ser mejores. ¡No son la familia Ingalls, son más parecidos a los Simpson! Pero siguen juntos porque se aman” (14). Recordemos que los Ingalls y los Simpson son dos familias ficticias, ambas protagonistas de conocidas series de televisión norteamericanas, que encarnan dos modelos distintos de vida familiar. Los Ingalls, por un lado, representan a la familia tradicional encabezada por un padre y una madre amorosos y responsables que crían a sus hijos sobre la base de fuertes valores tradicionales. La relación de pareja de los esposos en la serie se muestra siempre caracterizada por el respeto, la fidelidad y el apoyo mutuos.

La pareja de esposos nunca atraviesa por una crisis en la serie; por el contrario, sus vidas sirven siempre como ejemplo para los demás, especialmente para los miembros más jóvenes de la familia.
En contraste, los Simpson son más bien una familia que muchos calificarían de “problemática”. El padre, Homero, es un hombre que ama a su esposa y a sus hijos, pero es holgazán, sucio, glotón, bebedor e irresponsable en su rol de padre; por esta razón, sus dos hijos mayores, Bart y Lisa, cuestionan todo el tiempo su autoridad paterna y le pierden el respeto con frecuencia; Marge, en cambio, es el eje de la familia. Ella es una mujer que se dedica a ser ama de casa a tiempo completo y es la que practica y enseña a los hijos los valores que sostienen la vida familiar. Es el modelo de autoridad para Bart y Lisa. Su relación con su esposo Homero es complicada porque continuamente él se muestra desconsiderado con ella. En la mayoría de los capítulos de la serie, Homero tiene un comportamiento machista e infantil que desespera y decepciona a Marge; sin embargo, estas circunstancias no hacen peligrar la relación pues ella termina siempre aceptando y amando a su esposo tal como es. De hecho, a pesar de todos estos problemas, su vida sexual es buena –ella es una mujer muy atractiva que se siente incomprensiblemente atraída por un Homero calvo y muy subido de peso– y no hay infidelidad de por medio, a pesar de que las oportunidades sí se presentan, pues en algunos capítulos podemos ver que hay otros hombres interesados en Marge. Estos hombres suelen ser más atractivos y más brillantes que Homero, pero Marge siempre lo prefiere por el amor que le tiene. Da la impresión de que ella estará siempre a su lado sin importar que él esté muchas veces por debajo de sus expectativas como esposo y como padre.
Este modelo de familia parece sugerir la idea de que el amor está por encima de cualquier dificultad que pueda atravesar la pareja y, en ese sentido, ofrece una mirada optimista y esperanzadora del matrimonio en la que el amor hace posible la convivencia con el otro, a pesar de sus defectos. Sin embargo, bien mirado, el sacrificio y el esfuerzo que demanda esta empresa recaen exclusivamente en los hombros de Marge, pues mientras ella es un dechado de virtudes, entre las que sobresalen de manera especial la paciencia y la comprensión con que acepta los defectos de su marido, él puede permitirse encarnar el estereotipo del hombre machista, inmaduro, poco agraciado y nada brillante. Su única virtud es el amor sincero e incondicional que siente por Marge y por sus hijos. Entonces, recae principalmente sobre ella la tarea de hacer posible ese matrimonio y de asegurar la continuidad de la vida en familia teniendo como único soporte el amor que se tienen.
Este perfil de mujer comprensiva, que lo aguanta todo en nombre del amor, está estrechamente vinculado con un modelo de femineidad que nos dejaron la Edad Media y el Renacimiento: la mujer mariana. La mujer mariana se caracteriza por ser aquella que, teniendo como referente a la Virgen María, asume el deber de dar el buen ejemplo y de cumplir el rol de educadora de su familia, incluido su marido; es la Nueva Eva que redime a la Eva pecadora (Fuller 64). El vínculo que ella como madre crea con sus hijos es lo que le permite desarrollar la sensibilidad, la moral y la responsabilidad necesarias para convertirse en un modelo de virtud y ser un “espíritu de entrega”. Por esta razón, las tareas que realiza están restringidas a la esfera doméstica y orientadas al cuidado del esposo y de los hijos. Marge Simpson es, pues, una suerte de mujer mariana contemporánea y, en este sentido, su figura encarna uno de los modelos más tradicionales y machistas de esposa y madre.

3. De la fantasía masculina a una violenta realidad
Siendo consecuente con estos modelos de familia y mujer, Angulo (15) propone una lista de cuáles son las cualidades que suelen tener las parejas que logran permanecer juntas en el tiempo. Dice, por ejemplo, que estas parejas “enfatizan las cualidades de su pareja y se concentran en lo positivo”, “no desean cambiar a la pareja, ni corregirla, ni educarla, hay una completa aceptación de las virtudes y los defectos de la otra persona”, “han practicado la capacidad de perdonar y ceder la posición emocional, en lugar de mostrarse radicales e impositivos”, “no castigan el error de su pareja; se aman y se valoran sin protestar”, “procuran más escuchar que hablar” y “se concentran más en lo placentero que puede ofrecer la relación”. Como puede verse, este conjunto de consejos o instrucciones propone una especie de duración a toda costa, donde la mirada crítica, el cuestionamiento y el cambio no tienen lugar; se trata de una aceptación plena mal entendida donde no se aprende a relacionarse con los defectos del otro, sino que hay más bien una tendencia a eludirlos o enmascararlos.
Hay estudios (Ferrer y Bosch 2013, Esteban y Távora 2008, Caro 2008, Echeburúa et al. 2002) que sostienen que muchas mujeres que conviven con su agresor lo hacen persuadidas por ideas como estas que las llevan a desarrollar una atención selectiva a los aspectos positivos de su pareja y a negar o minimizar el problema pensando que los comportamientos violentos (las discusiones, los roces, los golpes, etc.) son hechos normales derivados de la convivencia. En estas mujeres son comunes razonamientos como “el matrimonio conlleva sacrificio y esfuerzo”, “el amor lo puede todo”, “si el no fuera violento, sería el marido ideal” o “sigo con él porque es el amor de mi vida” (Echeburúa et. al. 144-145). Con seguridad, todas estas ideas que reproducen el paradigma del amor romántico encuentran eco en los consejos de Angulo.
De hecho, Angulo aconseja de manera explícita a las mujeres que se adapten a la manera de ser de sus parejas y que dejen de lado su actitud demandante o “reclamona” si desean tener una relación duradera y feliz, tal como revela el siguiente fragmento: “Evita la presión social de amigos y parientes. ‘Yo te dije, él no era el indicado’, ‘Todos los hombres son iguales’, ‘Todos los hombres cojean por el mismo pie’, estas son frases populares que solo reflejan la impotencia de muchas mujeres que pasaron por lo mismo y no supieron afrontar sus problemas” (115). Según esto, las mujeres deben desoír a quienes pudieran señalar defectos en sus parejas.

Como es claro, más allá de que estos defectos sean reales o imaginarios, o de que las advertencias de amigos y parientes estén o no fundadas, lo peligroso de este mensaje es que deslegitima la mirada crítica de las mujeres respecto de sus relaciones. Este mensaje no es una invitación a evaluar la situación que atraviesa la relación con criterio propio, sino que invita más bien a evitar toda evaluación de la relación y toda confrontación, pues los defectos que se cree ver en la pareja no serían más que el producto de la influencia negativa de “frases populares” sin fundamento. En este sentido, una mujer que reflexiona sobre su relación y que desea introducir un cambio en ella podría, con esta actitud, hacerla fracasar. Las mujeres que cuestionan son, pues, mujeres que fracasaron, que “no supieron afrontar sus problemas”. Se consolida así una situación de inequidad en la que la responsabilidad del fracaso o del éxito de las relaciones depende principalmente de las mujeres y de su capacidad de adaptación a la pareja.
Y así como el bienestar de la pareja depende casi exclusivamente de la mujer, también depende de ella llevar adelante la separación, si fuera necesario. Veamos el siguiente fragmento, en el que Angulo (2013) critica la estructura social tradicional que sanciona el divorcio y que obliga a las mujeres a mantenerse unidas a sus esposos:
¿Qué le pasaba a una mujer que pretendía separarse y ser libre? ¿Cómo era vista por las demás mujeres? ¿Había una terrible censura de la sociedad? ¿Qué perdía esta mujer si lograba separarse y divorciarse? ¡Perdía mucho! Primero venía la crítica excesiva y humillante de sus propios parientes: “Cómo te vas a separar, piensa en tus hijo”, “No eres una mujer buena”, “No te educamos para esto”, “¡Con qué cara vas a mirar a la familia!” Después recibía la indiferencia y el distanciamiento de amigos y conocidos. […]. Y se llegó al extremo que muchas veces había parejas que aceptaban no ser felices, pero no les importaba, igual permanecían unidas porque consideraban algo terrible separarse y solo les quedaba tolerarse y continuar con la farsa socioemocional (11).
Como puede verse, el divorcio o la separación se presentan para Angulo (2013) como la solución actual al problema de la infelicidad o de la violencia en la pareja. Notemos como, en el fragmento anterior, Angulo utiliza verbos en pretérito (“¿Qué le pasaba a una mujer que pretendía separarse y ser libre?”, “¿Cómo era vista por las demás mujeres?” “¿Había una terrible censura de la sociedad?” “¿Qué perdía esta mujer si lograba separarse y divorciarse?”) para hablar de la sanción social que tenían afrontar las mujeres separadas. Este uso del tiempo verbal sitúa la problemática del rechazo al divorcio en el pasado y, con ello, hace lo mismo con el problema de la violencia: ¿por qué tolerar actualmente el maltrato de la pareja si ahora las mujeres pueden divorciarse libremente, sin ser criticadas por la sociedad? Entonces, para Angulo, el problema de la violencia era originado por una estructura social conservadora, que hoy considera superada: “Felizmente, hoy guardar las apariencias no es tan importante como en antaño” (13).
De esta manera, Angulo plantea un escenario contemporáneo más libre para las mujeres, en las que ellas pueden decidir si se mantienen o no al lado de sus parejas. Sin embargo, esta interpretación entra en contradicción con la realidad. El divorcio es legal en el Perú desde 1930 (Meza 2002) y el trámite burocrático que hay que hacer para divorciarse se ha simplificado notablemente, asimismo, es cierto que las figuras de la mujer divorciada o la madre soltera no están tan satanizadas como años atrás; sin embargo, en el Perú las mujeres son maltratadas o mueren a manos de sus parejas todos los días, lo que significa que continúa siendo muy difícil para ellas romper los vínculos que las unen a sus agresores. La problemática de la violencia de pareja es compleja y está lejos del panorama optimista que presenta Angulo. Existen factores económicos y sociales que complican el proceso de separación. Según Valdés et. al. (2009), una separación implica para muchas mujeres una disminución importante de sus recursos económicos y su calidad de vida porque normalmente los gastos y las responsabilidades familiares son compartidos con la pareja. Esta situación se agrava cuando las mujeres no tienen una profesión o no tienen trabajo porque se han dedicado a ser esposas y madres. Asimismo, si hay hijos de por medio, en la mayoría de los casos estos quedan bajo la tutela de la madre y, aunque el padre está obligado a contribuir económicamente con su crianza, el día a día con los hijos es física y emocionalmente agotador para ella. Estos hechos llevan a muchas mujeres a pensar que es mejor permanecer al lado de la pareja, aun cuando hay maltrato de por medio.
Por otro lado, si bien cualquier mujer puede ser víctima de violencia en algún momento de su vida, hay factores sociales como la clase, la etnicidad y la educación que hacen a algunas mujeres más vulnerables que otras. En general, en el Perú, las cifras más altas de la violencia se registran entre las mujeres menos educadas, de más bajos recursos y las que pertenecen a comunidades indígenas. Es decir, con relación a la violencia, la posición más desventajosa la ocupa la mujer pobre e indígena, porque es ella quien conoce menos sus derechos y tiene menos posibilidades de acceder a la justicia (Boesten 2016 [2014]).
En ese sentido, debe quedar claro que la permanencia de una mujer maltratada al lado de su agresor no es fruto exclusivo de su libre albedrío, pues existen numerosos factores externos que la condicionan. Sin embargo, como hemos podido ver, el discurso de Angulo sobre la violencia en la pareja y la separación no toma en cuenta ninguno de estos factores ideológicos, económicos y sociales. Por el contrario, propone la separación como una obvia y fácil solución. Se trata, pues, de un discurso desinformado e irresponsable que tiene un efecto peligroso: carga sobre las mujeres toda la responsabilidad de darle remedio a la situación de violencia y, al mismo tiempo, invisibiliza el rol que la estructura social y los hombres están cumpliendo en este problema. En efecto, así como no hay ninguna referencia a cómo lo social, lo económico y lo ideológico pueden constreñir a las mujeres, tampoco existe en el discurso de Angulo ningún llamado de atención ni invocación al cambio para los hombres, como si no solo las mujeres maltratadas tuvieran naturalizada la violencia masculina sino también el propio Angulo. De esta manera, su discurso de autoayuda parece estar sugiriendo que, en realidad, no hay nada que se pueda hacer contra la situación de violencia que se vive en el Perú, pues todo depende de las decisiones personales que tomen las mujeres.

Conclusiones
A partir de este análisis, he pretendido demostrar que el discurso de uno de los terapeutas de pareja más populares del Perú resulta peligroso para las mujeres, especialmente en un contexto como el peruano, en el que el machismo es un problema estructural y las agresiones de todo tipo son el pan de cada día. Como hemos podido observar, el discurso de autoayuda de Tomás Angulo legitima un tipo de amor que está construido desde los intereses y los deseos de una masculinidad estereotipada y machista, que es, a su vez, servil al sistema capitalista. En efecto, los hombres idealizados por Angulo están siempre en control de sus emociones, no sufren por amor. Son amantes ideales para el sistema porque no amenazan la productividad: siempre pueden estar listos para el trabajo, la diversión y el consumo. Con ello, Angulo pone el amor bajo el control del capitalismo, pero también a las mujeres bajo el control de los hombres. En la narrativa de Angulo, estos hombres racionales y autocontrolados poseen un precioso saber que les permite analizar sus relaciones de forma no idealizada y ser, por ello, modelo y guía para las mujeres en cuestiones del amor. Sin embargo, este supuesto saber no es más que la proyección de su propio fantasma. Ni estos hombres ni el propio Angulo tienen ningún saber objetivo sobre el amor; solo conocen lo que dicta su deseo. Entonces, en realidad, bajo la forma de pautas y consejos que provienen de la voz de un “especialista”, este discurso de autoayuda está reproduciendo roles tradicionales de género y transmitiendo poderosos mensajes que naturalizan la violencia masculina e invitan a las mujeres a la inacción, al mismo tiempo que las responsabilizan de la situación de maltrato que sufren.
Hay varias tareas que quedan pendientes a partir de estas reflexiones. En primer lugar, pienso en la necesidad de conocer cuál es el alcance real del discurso de autoayuda de Angulo y de otros semejantes a él, es decir, de qué maneras están siendo interpretados e interiorizados por sus lectoras y lectores peruanos, y cómo estos llevan a la práctica sus recomendaciones. En otras palabras, ¿cuáles son las redes de significados y acciones que se tejen entre lo que los lectores leen, lo que interpretan y lo que finalmente hacen? y ¿qué efectos tienen estas acciones en sus vidas? Con relación a esto, habría que preguntarse también qué tan comunes son en el espacio de la autoayuda amorosa las representaciones sobre el amor y la vida en pareja que hemos hallado en el texto de Angulo. Sospecho que no está nada solo, tomando en cuenta que estas representaciones emanan del poder, esto es, del machismo y sus articulaciones con el capitalismo.
En segundo lugar, varias líneas arriba, casi al inicio de este artículo, comenté que Angulo es considerado por muchos en el país como un payaso, un burdo bufón y estafador que se atreve a impartir terapia hasta por celular (en efecto, previo pago, uno puede establecer cortas conversaciones con él u otros especialistas vía chat). Sin embargo, como dije también, a despecho de todo este menosprecio, la fama y el éxito de Angulo no hacen más que crecer, y no en el sector con menos acceso a la educación, como se podría creer, sino principalmene en la clase media educada. Personalmente, creo que buena parte de su éxito tiene mucho que ver con la habilidad que ha tenido para articular el humor con la práctica terapéutica. Angulo es un psicólogo humorista. Y, en contra de lo que se podría esperar de una persona que imparte terapia psicológica, el humor de Angulo está abiertamente cargado de sexismo, homofobia y racismo, al puro estilo de la televisión “basura”. Este es un fenómeno que, hasta donde tengo entendido, nunca antes se había visto en el Perú. Creo, entonces, que sería interesante y necesario observar en el futuro cómo se va desarrollando esta hibridación entre psicoterapia y humor, y qué funciones sociales va asumiendo.
Finalmente, y considero que esto es lo más importante, hemos observado con qué facilidad las ideas tradicionales y románticas sobre el amor se conectan con el machismo y el capitalismo, y sirven para sostener y reproducir sus sistemas de opresión. Frente a esto, considero crucial redoblar esfuerzos en la tarea de imaginar y socializar nuevos discursos sobre el amor, discursos alternativos que se alejen del paradigma del amor romántico y que impliquen un reordenamiento significativo de valores, prioridades, imágenes y metáforas, para que podamos vivir nuestras relaciones de maneras más plenas.

Notas
1 Walter Riso es un terapeuta ítalo-colombiano cuyos libros son los más vendidos en Latinoamérica. Ha publicado más de una decena de títulos sobre amor y relaciones de pareja y ha sido traducido en más de diez idiomas. Su éxito en el Perú ha sido tal que la Editorial Planeta Perú, usualmente dedicada a publicar solo a autores peruanos, se encarga ahora de editar y promocionar sus libros en el país.
2 La fierecilla domada de Shakespeare (1953) aborda la temática del sometimiento de la voluntad femenina frente a la autoridad del padre, mientras que Lástima que sea una puta (1633), de John Ford, narra el asesinato aleccionador de una mujer que vive una relación prohibida (Federici 155).

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