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De cuidadoras de la casa a cuidadoras del planeta: el rol sexista de las mujeres en las políticas peruanas de adaptación al cambio climático

Carolina Arrunátegui Matos

The Graduate Center, CUNY.

carrunateguimatos@gradcenter.cuny.edu

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Resumen

En este trabajo busco problematizar la narrativa oficial del Estado peruano sobre el rol de las mujeres en las políticas de adaptación al cambio climático, a la luz de recientes teorías feministas poscoloniales y de la ecología política feminista (Ravera e Iniesta 2017, Resurrección 2013). Concretamente, analizaré el discurso del Plan de Acción en Género y Cambio Climático (PAGCC), documento publicado en el año 2016 que establece por primera vez las directrices para la acción climática con enfoque de género en el Perú. Uno de los principales objetivos del PAGCC 2016 es lograr el empoderamiento de las mujeres peruanas a través del fomento de su participación activa en la lucha contra el cambio climático en el rol de “protectoras” o “guardianas” de los recursos naturales. El PAGCC asume que la adopción de este rol las convertirá en tomadoras de decisiones en el contexto de esta crisis climática y abrirá para ellas un espacio de más poder y de más agencia política. Sin embargo, los resultados de mi análisis muestran que, en realidad, este nuevo rol femenino legitima subrepticiamente la división sexual del trabajo y, en ese sentido, no es más que otra instancia en la que se reproduce la lógica del neoliberalismo patriarcal.

Palabras clave: enfoque de género, cambio climático, PAGCC 2016, división sexual del trabajo, guardianas del planeta

 

  1. Introducción

 

Hace unos pocos años que el enfoque de género se ha incorporado a la discusión sobre la problemática del cambio climático en el Perú. Desde entonces, la estrategia de mitigación y adaptación al cambio climático se ha orientado a ser género sensible en el país. La articulación de estos temas se venía discutiendo en espacios oficiales desde el 2012, cuando se publicó el Plan Nacional de Igualdad de Género (PLANIG), elaborado por el Ministerio de la Mujer y Poblaciones Vulnerables (MINP). Sin embargo, fue recién en el año 2014 que la articulación género-cambio climático alcanzó plena legitimidad. En ese año, el Perú fue sede de la Vigésima Conferencia de las Partes de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP20), la reunión sobre el cambio climático más importante del mundo. En este evento se aprobó el Programa de Trabajo de Lima sobre el Género, que planteaba “fomentar el equilibrio de género, promover la consideración de las cuestiones de género en la elaboración y aplicación de las políticas relativas al clima, y establecer una política climática sensible al género en todas las actividades pertinentes en el marco de la Convención [COP20]”. (COP20, 2015, p.41, las cursivas son mías).

         En el marco de estos acuerdos, el Ministerio de la Mujer y Poblaciones Vulnerables (MINP) y el Ministerio del Ambiente (MINAM) se unieron para elaborar el Plan de Acción en Género y Cambio Climático del Perú (PAGCC 2016), un documento de gestión pública que determina cuales son “las acciones que potenciarán las respuestas de adaptación y mitigación frente al cambio climático orientadas a la igualdad de género”. Este documento, que es actualmente la guía para la acción climática con orientación de género en el Perú, se elaboró con la participación de gobiernos subnacionales, organizaciones de la sociedad civil (mujeres, indígenas, campesinos/as, productores/as, feministas), gremios, academia, ONGs ambientalistas, cooperación internacional, entre otras instancias. Con el PAGCC 2016, el Perú se convirtió en el primer país de Sudamérica en tener una línea de acción que articula género y cambio climático, y el número diecinueve en el mundo después de Nepal, Bangladesh, Liberia, Tanzania, Jordania, Egipto, Panamá, Costa Rica, entre otros países (PAGCC 2016).

        De acuerdo con el PAGCC 2016, la necesidad de incorporar el enfoque de género en la problemática del ambiente se origina en el reconocimiento de que el cambio climático no impacta de la misma forma en hombres y mujeres, y que sus efectos tienden a acentuar la brecha de género. Según el Panel Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés), citado por el PAGCC 2016, la vulnerabilidad de las personas frente al cambio climático no es resultado solo de factores climáticos, sino también de la interacción de factores sociales, económicos y culturales como el género, la clase, la etnia, la edad, entre otros. En el Perú, son las mujeres, principalmente las de zonas rurales y comunidades indígenas, las que tienen un acceso más restringido a los recursos como la propiedad de la tierra, el crédito, la información, la participación en los espacios de decisión, la tecnología, etc. Esta situación de marginación y pobreza hace que ellas tengan menos oportunidades que los hombres de desarrollar estrategias de adaptación y mitigación para hacer frente a la crisis ambiental (PAGCC 2016).

         Sin embargo, el PAGCC (2016) no ve a las mujeres solo como víctimas en el contexto del cambio climático, sino también como agentes en el proceso de hacerle frente. Cuando el PAGCC se presentó públicamente en la Semana del Compromiso Climático 2016, el entonces ministro de Ambiente Manuel Pulgar-Vidal declaró que “las mujeres cumplen un rol fundamental para la adaptación, mitigación y comprensión de la acción climática” (MINAM 2016). Por su parte, en ese mismo evento, Marcela Huaita, ex ministra de la Mujer y Poblaciones Vulnerables, dijo que “las mujeres han demostrado que también ellas lideran la lucha frente al cambio climático y van más allá, descubriendo sus oportunidades para beneficio de nuestro país” (MINAM 2016). Por esta razón, una de las líneas de acción más importantes del PAGCC 2016 es incrementar la participación política y ciudadana de las mujeres peruanas a partir de la valoración de su aporte en el manejo sostenible de los recursos naturales. Así, pues, las mujeres son consideradas por el PAGCC 2016 como depositarias de un conocimiento y de unas prácticas que las convierten en una suerte de “guardianas o protectoras del planeta” frente al neoliberalismo patriarcal que amenaza con destruirlo. Esta es la perspectiva que ha adoptado el Estado peruano para empoderar a las mujeres en el contexto de la actual crisis del clima.

         En este trabajo, busco problematizar esta narrativa oficial sobre el rol de las mujeres en las políticas de adaptación al cambio climático. Quiero sostener que, en lugar de generar un nuevo espacio de reconocimiento social y de agencia política para las mujeres peruanas, este nuevo rol de “protectoras del planeta” legitima la división sexual del trabajo y, con ello, los roles de género tradicionales que las oprimen. Para demostrar esto, analizaré cómo se construye la representación de las mujeres como “protectoras del planeta” en el documento del PAGCC 2016, a la luz de recientes teorías feministas poscoloniales y de la ecología política feminista (Ravera e Iniesta 2017, Resurrección 2013).

 

  1. Discusión

 

El PAGCC 2016 establece 8 áreas prioritarias de acción con relación a la problemática del cambio climático: bosques, recursos hídricos, seguridad alimentaria, energía, residuos sólidos, educación, salud y bienestar y gestión de riesgo. En todas ellas, las mujeres se encuentran cumpliendo un doble rol: por un lado, son víctimas de una división patriarcal del trabajo que las hace más vulnerables frente a los riesgos del cambio climático, y, por otro lado, son representadas como agentes de lucha contra el cambio climático, en tanto poseedoras de una sabiduría tradicional que las capacita para una gestión ecoamigable de los recursos naturales. La posesión de este conocimiento ancestral se entiende también como una puerta de entrada para las mujeres al espacio político, como tomadoras de decisiones en el marco de la agenda ambiental.

        Este enfoque del PAGCC 2016 es coherente, en parte, con las propuestas de las teorías feministas poscoloniales y de la ecología política feminista, que han criticado el silenciamiento y la marginalización de las mujeres, las poblaciones indígenas y los sistemas locales de conocimiento en la construcción de las narrativas y las representaciones sobre el calentamiento global (Schnabel, 2014, citada por Ravera e Iniesta 2017). Estos enfoques abogan por la integración de formas alternativas de conocimiento en la investigación sobre el cambio climático y “por un pluralismo de epistemologías, sensibilidades y metodologías transdisciplinarias” (Ravera e Iniesta, 2017, p. 42).

        Todo parece indicar que este pluralismo y horizontalidad es lo que busca el PAGCC 2016 al promover la incorporación de saberes tradicionales de las mujeres indígenas en la lucha contra el cambio climático. Hasta este punto, la iniciativa del PAGCC es absolutamente legítima. Sin embargo, lo que es cuestionable es la retórica que utiliza para el logro de este objetivo. La retórica del PAGCC construye un escenario en el que la división sexual del trabajo, una de las principales causas de la opresión de las mujeres en el mundo, es la misma que genera las condiciones para que ellas adquieran el conocimiento tradicional necesario para el manejo sostenible de los recursos naturales. En otras palabras, este conocimiento, que se entiende como la principal arma de empoderamiento de la mujer en el contexto del cambio climático, se adquiere y se transmite en un escenario de opresión laboral. He ahí la paradoja.

        He identificado dos instancias del discurso del PAGCC 2016 en el que esta peligrosa contradicción es más evidente: la primera, cuando se aborda la gestión sostenible de los bosques y, en segundo lugar, cuando se aborda la gestión de la energía eléctrica.

        Con relación a los bosques, el PAGCC 2016 señala que las actividades de manejo forestal suelen estar distribuidas diferenciadamente por género en las poblaciones indígenas. El documento cita el caso de la comunidad andina de Pacobamba, en el distrito de Apurímac. En esta comunidad, “mientras que los hombres suelen estar interesados en el bosque para la comercialización de productos principalmente maderables, las mujeres están dedicadas al uso y manejo de los productos forestales no maderables para la subsistencia, la alimentación, la pequeña agricultura y la salud” (p. 34). Estas diferencias se corresponden con los roles tradicionales de género en los que los hombres son los proveedores mientras que las mujeres se dedican al cuidado de los hijos. Los hombres ven al bosque como una fuente de recursos para generar dinero, mientras que las mujeres, más orientadas al cuidado y la alimentación de su familia, están habituadas a recolectar leña, frutas, plantas y raíces medicinales. Estas marcadas diferencias de género en la distribución de las tareas domésticas son extensamente criticadas en el documento del PAGCC. En este se señala, por ejemplo, que son un obstáculo para el acceso de las mujeres al dinero y al crédito, lo que las hace económicamente más vulnerables frente a los riesgos del cambio climático.

        Sin embargo, al mismo tiempo que se critica estas condiciones de trabajo, el PAGCC 2016 las presenta como aquellas que hacen posible que las mujeres indígenas adquieran los conocimientos necesarios para un manejo sostenible de los bosques. En efecto, de acuerdo con el PAGCC 2016, es la dedicación exclusiva de estas mujeres a la alimentación y al cuidado de su familia lo que hace que desarrollen a menudo “un conocimiento muy especializado de los bosques en cuanto a diversidad de especies, ordenación y usos para diversos fines, y una buena comprensión de las prácticas de conservación” (p.45). Entonces, podemos observar que hay una clara paradoja en el discurso del PAGCC 2016, en la que, por un lado, se critica la división sexual del trabajo y, por otro lado, se la legitima como condición que hace posible que las mujeres desarrollen saberes y prácticas útiles para el proceso de adaptación del país al cambio climático.

        En el marco de esta paradoja, se construye también la idea de que este nuevo rol de las mujeres indígenas como “guardianas del planeta” las ayudará a tener un nuevo espacio de empoderamiento y agencia política ⎯se convertirían en tomadoras de decisiones en el marco de la agenda climática⎯, lo que contribuye a oscurecer todavía más las relaciones de opresión que hay detrás de esta representación de ellas. El PAGCC 2016 les ha asignado la responsabilidad de velar por la transmisión de sus saberes tradicionales: “Las mujeres indígenas y campesinas son las guardianas y transmisoras intergeneracionales de la cultura de sus pueblos, lo cual les otorga una gran responsabilidad frente a la conservación de las prácticas y conocimientos tradicionales” (p.50). De hecho, las propias mujeres indígenas que colaboraron en la elaboración del PAGCC 2016 han asumido con entusiasmo esta tarea, sin reparar en la injusta división sexual del trabajo que reproduce, tal como lo evidencia el testimonio de Hilda Pérez Mancori, miembro de la Organización Nacional de Mujeres Indígenas Andinas y Amazónicas del Perú (ONAMIAP): “Las mujeres somos las protectoras del bosque. Para combatir el cambio climático tenemos que reforestar los cerros con especies nativas que crecen en nuestra selva” (p. 49).

        Este discurso de la mujer indígena como “guardiana” o “protectora” de los recursos trae consigo un marcado esencialismo que representa a las mujeres como más próximas a la naturaleza, como si sus identidades fueran fijas y uniformes, y su ámbito “natural” fuera el hogar. Para Resurrección (2013), estas nociones esencialistas sobre la mujer suponen un retroceso hacia los primeros discursos ecofeministas de las décadas de los ochenta y los noventa. En esa época, dice Resurrección (2013), se utilizó un “esencialismo estratégico” para reclamar espacios políticos dentro de la agenda ambiental. Ahora, 30 o 40 años después, la historia se está repitiendo en el Perú. Grupos de mujeres indígenas están reproduciendo el discurso de la “guardiana” o de la “protectora” de los recursos echándose sobre la espalda la doble responsabilidad de dirigir no solo el cuidado de la casa, sino ahora también del planeta entero.

        La propuesta del PAGCC 2016 para el manejo sostenible de la energía eléctrica también tiende a legitimar la opresión laboral y de género de las mujeres y, en este caso, no solo de las indígenas. De acuerdo con este documento, el acceso a los servicios de electrificación es muy limitado en zonas rurales y la biomasa (leña, estiércol de animales, bagazo, etc.) constituye la principal fuente de generación de energía, especialmente para tareas domésticas. Las mujeres y las niñas son las que se encargan comúnmente de la recolección de leña y estiércol para cocinar y son también las que ocupan más tiempo en la actividad de cocinar: “las mujeres del área rural dedican 19 horas con 41 minutos en promedio semanal a cocinar” (p.50). Esta situación es criticada por el PAGCC 2016 como una práctica que disminuye la calidad de vida de las mujeres, pues les resta tiempo para el estudio, el esparcimiento y el descanso.

        Sin embargo, son estos mismos conocimientos que las mujeres y niñas adquieren mientras pasan largas horas en la cocina los que las convierten en “actores claves” en la preservación del ambiente. En efecto, para el PAGCC 2016, el uso de leña o estiércol en la cocina son prácticas ecoamigables que emiten menos gases de efecto invernadero (GEI): “Si consideramos que el 68,5% de los hogares rurales cocinan con leña y bosta y el 16 % lo hace con estiércol, podemos entender el importante papel que juegan las mujeres en la preservación del ambiente y en la salud pública, así como en la ejecución de políticas de uso de tecnologías más limpias y menos contaminantes” (p.50, las cursivas son mías). Como en el caso de la gestión de los bosques, el peligro que entraña la valoración de estos saberes es que oscurece las condiciones de opresión en las que estos conocimientos son adquiridos. En esta otra cara de discurso del PAGCC 2016, no es central que las mujeres y niñas rurales estén destinando gran parte de su tiempo y su energía a cocinar, sino que producto de su trabajo ellas obtienen un conocimiento valioso para la agenda climática.

        Las mujeres urbanas tampoco escapan de esta legitimación de sus condiciones laborales de opresión. El discurso del PAGCC 2016 las sitúa acrítica y naturalizadamente en el hogar y, desde ahí, las convierte en “aliadas” importantes para la difusión de un consumo responsable de energía. Según el PAGCC 2016: “En el ámbito urbano, las mujeres son en su mayoría las responsables de casi todas las decisiones de consumo energético en el hogar (compra de focos ahorradores, desconectar aparatos electrodomésticos, etc.), por lo que se las considera actoras estratégicas en la promoción de fuentes de energía limpia. Por dedicarse a las labores de cuidado, las mujeres están más cerca de la educación de sus hijas/os, y son aliadas importantes para fomentar el consumo responsable de energía” (p.67). Como puede verse, una vez más el discurso del PAGCC 2016 utiliza una retórica que tiende a normalizar el confinamiento de las mujeres en el hogar.

 

  1. Conclusiones

 En este trabajo, he buscado hacer evidente una paradoja que atraviesa el discurso del Plan de Acción en Género y Cambio Climático (PAGCC 2016) sobre el rol de las mujeres en las políticas de adaptación al cambio climático en el contexto peruano, una paradoja que resulta particularmente preocupante al provenir de altas instancias gubernamentales en las que se supone que se trabaja bajo un enfoque de género.

        Esta paradoja consiste en que, al mismo tiempo que el PAGCC 2016 reconoce que la división sexual del trabajo hace más vulnerables a las mujeres frente a la crisis del cambio climático, legitima un conjunto de conocimientos tradicionales y no tradicionales que se producen en las mismas condiciones de opresión laboral que critica. Estos conocimientos, que el PAGCC 2016 considera claves para el proceso de adaptación a la crisis ambiental, los adquieren las mujeres mientras se dedican con exclusividad al cuidado y la alimentación de su familia, y sacrifican otras esferas de su vida como la educación, el esparcimiento o el descanso.

        Debido a estos conocimientos, el PAGCC 2016 les ha asignado a las mujeres peruanas en su conjunto (indígenas, rurales y urbanas) la labor de dirigir el cuidado del planeta, otorgándoles el título de “protectoras” de los recursos naturales y agentes claves en la lucha contra el cambio climático. El Estado peruano espera que este nuevo rol que se les ha asignado les de acceso a nuevos espacios de poder en la esfera pública. Pero esta lucha femenina contra la crisis climática se daría principalmente desde casa, como madres y cuidadoras del hogar. Como hemos visto a lo largo del análisis, lo que el PAGCC 2016 valora de las mujeres es que ellas saben, por ejemplo, cómo recolectar leña, frutas, plantas y raíces medicinales, cómo cocinar con leña y estiércol, o cómo educar a sus hijos sobre el consumo responsable de energía, todos conocimientos y prácticas que el PAGCC 2016 considera ecoamigables. Lo son y es muy positivo que el Estado los reconozca y los incorpore a las políticas nacionales de adaptación al cambio climático, pero no se puede perder de vista las condiciones de desigualdad de género y pobreza en las que se producen. En este sentido, es muy problemático pensar que este nuevo rol de las mujeres como protectoras de los recursos y cuidadoras del planeta pueda abrir para ellas un espacio de más poder o agencia política, tal como propone el PAGCC 2016. Al menos no mientras esté sirviendo para reforzar el estereotipo de mujer-madre-cuidadora, con el que no todas las mujeres se sienten identificadas.

        La tarea pendiente sería entonces desgenerizar el cuidado del planeta, de modo que no se convierta en una responsabilidad específica de mujeres. Como se dijo anteriormente, reconocer y valorar los saberes y las prácticas femeninas que pueden ser útiles para hacer frente a la crisis climática no significa desconocer sus condiciones patriarcales de su producción. Es necesario entonces modificar de manera radical estas condiciones de producción, de modo que estos conocimientos y estas prácticas no sean solo “cosa de mujeres”; los hombres también deberían ser capaces de aprenderlos, ponerlos en práctica y transmitirlos a las siguientes generaciones; de otro modo, estaríamos generando las condiciones para que ellos jueguen un rol secundario y pasivo en el cuidado del planeta, tal como viene ocurriendo, desde hace siglos, con el cuidado de los hijos y del hogar.

 

  1. Referencias

 

Informe de la Conferencia de las Partes sobre la Vigésima Convención Marco sobre el Cambio Climático (2014), Lima. Disponible en:

https://unfccc.int/sites/default/files/resource/docs/2014/cop20/spa/10a01s.pdf

 

Ministerio de Ambiente (MINAM) y Ministerio de la Mujer y Poblaciones Vulnerables (MIMP) (2012). Plan Nacional de Igualdad de Género (PLANIG). Dirección General de Igualdad de Género y no Discriminación, Lima.

 

Ministerio de Ambiente (MINAM) (2016). La Semana del Compromiso Climático 2016 se clausura con una mirada a partir de muchas voces: conoce el proceso de elaboración del PAGCC, Lima. Disponible en:

http://www.minam.gob.pe/semanaclimatica/2016/07/08/la-semana-del-compromiso-climatico-2016-se-clausura-con-una-mirada-a-partir-de-muchas-voces-conoce-el-proceso-de-elaboracion-del-pagcc/

 

Ministerio de Ambiente y Ministerio de la Mujer y Poblaciones Vulnerables (2016). Plan de Acción en Género y Cambio Climático (PAGCC). Embajada de Canadá y la Agencia Belga de Cooperación al Desarrollo, Lima.

 

Ravera, F. e Iniesta, I. (2017). “Perspectivas feministas para repensar la investigación en cambio climático y las políticas de adaptación”. Ecología política, (53), 41-44.

 

Resurrección, B. P. (2013). “Persistent women and environment linkages in climate change and sustainable development agendas”. Women’s Studies International Forum, 40, pp. 33-43.

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