Breves alcances sobre el léxico tabú y algunos de sus aspectos glotopolíticos en la era Trump

Gabriel Alvarado Pavez

The Graduate Center, CUNY

galvaradopavez@gradcenter.cuny.edu

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En el debate social existente desde la llegada de Trump al poder se ha hecho notar el problema del léxico tabú, es decir, de las llamadas “malas palabras”. Estas se caracterizan por su altísimo grado de censura social; por un valor pragmático primariamente ofensivo; por una inclinación a generar significados traslaticios hacia el ámbito expletivo o interjectivo; por referir típicamente a lo sexual, escatológico, religioso o racial; y por su riqueza sinonímica. Notablemente, estas formas lexicalizadas (coño, verga, pussy, fuck, faggot, etcétera) resultan útiles para decodificar o perfilar la identidad social, racial, de género, y —cada vez más— política de sus usuarios. Aquí se discute brevemente la reformulación del uso social de ciertas voces tabú durante la era Trump, en un contexto donde urge repensar los modos de generar y articular lenguaje político, así como las ideologías lingüísticas que lo producen y sustentan. Asistimos a un momento donde los modos de gestionar lo político está fuertemente mediados por el léxico tabuizado. Por un lado, entre los liberales, ciertos grupos e individuos esencializan el valor ofensivo de algunas palabras tabú (por ejemplo, nigger o queer), al tiempo que estas mismas palabras suelen ser reapropiadas por quienes son objeto de sus violencias y marginalizaciones. La derecha que ha votado por Trump, en cambio, a menudo percibe que el léxico tabú lingüístico que él utiliza no posee un valor moral, sino que opera como un marcador de un estilo espontáneo y familiar, y por ello, reconocible a la vez como novedosamente honesto. Se hace evidente que, para uno y otro bando, el lenguaje es de nuevo el campo donde toca debatir los linderos de lo ético y cuestionar las operaciones dadas al apropiárselo, censurarlo o elidirlo.

1. La consigna es “express yourself”

Entre el repertorio de palabras que usamos a diario, brillan con fuego propio aquellas que sólo podemos desenvainar ocasionalmente, en momentos especiales, reservados para expresar lo más profundo de nuestras almas: nuestros deseos sexuales más íntimos, nuestros desprecios más indómitos, nuestras pasiones más ocultas. No es atrevido suponer que todas las lenguas humanas exhiban este notable grupo de voces, comúnmente referentes al sexo, la muerte, la religión, y a los más diversos ámbitos de nuestros escondites morales. Palabras como fuck, cunt o nigger; o culiao, maricón, puta, nos ponen inmediatamente en guardia, al tiempo que nos dejan en evidencia, nos desnudan. Son, en efecto, armas de ataque; mecanismos explícitos de violencia en el sentido más literal: se usan para ir al ataque y buscar la humillación, una destrucción simbólica.

Pero una vez que prestamos atención, rápidamente se nota que esta singular lista de voces vetadas, primero, se halla a simple vista todos los días en el cara a cara del contacto humano. Segundo, no solamente codifica el odio, sino también el cariño y la complicidad, incluso las alegrías. Finalmente, destaca su extraordinaria frecuencia: las “malas palabras” abundan en la conversación informal y cotidiana, de todas las clases sociales, de todos los lugares. Su restricción de uso es específica y puntualmente contextual. Además, el léxico tabú pareciera ser santo y seña de los aspectos progresivos de la sociedad contemporánea: si soy moderno e informal, si soy excéntrico o contestatario; si soy orgullosamente marginal, u orgullosamente joven, naturalmente he de usar estas palabras para dirigirme a mis pares y expresar mi identidad, ya sea en su repetición como muletilla incansable, en la humorada chispeante, o con su certera violencia, como de un puñal. Faggot, shit, cock, maricón, puto, nigger, whore son palabras que no pueden silenciarse por completo: su fuerza radica precisamente en que siempre están ahí, aunque no se digan. La ausencia de estas palabras a ratos solo parecen reafirmar su importancia. Esta omnipresencia silenciosa sale a la luz cuando se atestigua su poderosa saliencia cognitiva, que conduce al oyente a proyectar significados tabuizados a partir de formas fonéticamente similares. Esta propiedad ha sido usada ampliamente en contextos humorísticos, por ejemplo, en un famoso sketch de Saturday Night Live del 4 de octubre de 2004, en que los personajes repiten hasta el cansancio, con un fuerte acento italiano, la expresión “cork soakers” (‘mojacorchos’). El efecto cómico deriva de su similitud con “cock suckers” (‘chupapenes’), y de la absurda desconexión contextual de estas oraciones.  Abundan los ejemplos de marcas que procuran publicitarse mediante esta propiedad fonético-léxica del tabú lingüístico, entre ellos, Johnson menciona un aviso de la cadena Kmart, con millones de visitas en Youtube, donde niños y ancianos de aspecto dulce e inofensivo anuncian alegremente “I can’t wait to ship my pants!” “I may just ship my nightie!” “I just shipped my bed!” El chiste funciona, nuevamente, debido a la similitud fonética entre “ship” (‘enviar por correo’) y “shit”, ‘cagarse’.

La explicitud o quiebre del tabú y su consiguiente visualización de lo prohibido, tiene un doble y paradójico efecto: sugiere la violencia tanto del objeto vetado como del mismo acto de la prohibición; y, con frecuencia, mueve a la risa. Esta fuerza comprimida que se libera a través de la ruptura del tabú verbal, ya sea para insultar o para divertirse, para hacerse de amigos o de enemigos, explicaría su amplio uso expresivo de origen metafórico y su constante expansión semántica, es decir, su propensión tanto a adquirir constantemente nuevos usos y sentidos, como a generarlos. La teoría describe que una característica clave de este tipo de palabras es su tendencia a la hipersinonimia, es decir, a la formación de “series sinonímicas transversales” (cross-varietal synonyms) (Allan y Burridge 1998). Debido a su fuerte saliencia cognitiva, los hablantes, buscando evitar la mención o la mera evocación del tabú, generan series de voces sinonímicas que tienden a la lexicalización. Es así que palabras referentes, por ejemplo, a la homosexualidad, los genitales y la muerte suelen poseer un número muy amplio de sinónimos, con distintos matices, orígenes etimológicos y frecuencias de uso, en las más diversas lenguas. Grimes (1978 en Calvo Shadid, 2008) menciona, por ejemplo, diversos procedimientos traslaticios en la creación de léxico con el sentido de ‘pene’ en México, especialmente mediante eufemismos, que se originan en metáforas (flauta, gallo, garrote, perinola, rifle…); metonimias (chivo, el de hacer niños, grande —en contraste con chico, la vulva—…); expresiones de sentido general (aparato, asunto, cosa, cuestión, que también se aplican a la vulva y al ano); y voces cultas (falo, miembro viril, órgano, órgano genital, órgano sexual), etcétera. Del mismo modo, abundan los casos de las modificaciones léxicosemánticas en voz inglesa, como es el caso de cunt (‘vulva’), que es insulto frecuente en el mundo anglófono .“You are a cunt” significa, básicamente, “eres un imbécil”, pero con un valor sexualizado, feminizado y violentado por el sentido tabú. Simultáneamente, su uso no metafórico (por ejemplo: “I saw her cunt”) también es considerado inadmisible en la mayor parte de los contextos, especialmente en Estados Unidos. El uso interjectivo (“Oh, cunt!”), frecuente en Gran Bretaña, se utiliza para expresar frustración, enfado o dolor. Paralelamente, en español, el equivalente “coño” es de amplia circulación en algunos países (Venezuela, República Dominicana, España, Cuba, y otros) con gran diversidad de usos, generalmente de sentido traslaticio e interjectivo. En Chile, esta palabra siguió otro camino: terminó siendo un shibboleth que marcaba a migrantes y refugiados españoles llegados a mediados del siglo XX, a quienes se los llamó “coños”, un término que perdura hasta hoy con matices festivos-despectivos. En la actualidad, no del todo libres de cierta fijación con la idea de que es la “Madre Patria”, muchos chilenos jocosamente denominan a España “Coñolandia”. Los límites entre lo jovial y lo ofensivo, el insulto y el cariño, suelen ser conscientemente difuminados en el mundo simbólico de los chilenos, definido por el mestizaje racial, marcado por todas sus hondas heridas y silencios; el tabú lingüístico, con sus hibridaciones y ambigüedades, brinda un terreno ideal para estas circulaciones conceptuales. 

Naturalmente, hay quienes utilizan el léxico tabuizado con largueza; otros lo reservan para momentos especiales de ira o vulgaridad. El hablar cochinadas, o dirty talk, es el ámbito donde por excelencia las prácticas sexuales son al mismo tiempo prácticas lingüísticas; el sexo verbal sólo adquiere su magia oscura a partir de las palabras prohibidas. Arango (1996) discute extensamente sobre el modo en que el tabú lingüístico ejerce este efecto, en tanto nombre “verdadero” del objeto que designa, compenetrándose e inmiscuyéndose en las prácticas y deseos sexuales de los individuos más allá de la materialidad física del contacto humano y llevándolo a un nivel íntimo y simbólico. Arango sugiere que, por ejemplo, el nombre tabú de los genitales femeninos (the pussy; the cunt; el coño; el choro) despierta la vívida imagen del órgano sexual, escenificándolo de manera descarnada, de un modo que no puede hacerlo el nombre no tabú (la vagina; la vulva). Esta explicitud, la total desnudez “ante nuestros ojos”, ocasiona un fuertísimo impacto en la psique de los individuos, frecuentemente contradictorio: nos atrae su brillo pornográfico; nos repele su crudeza. Su brutal energía puede erotizar tanto como repugnar; con su misma fuerza podemos volvernos victimarios (o víctimas) de su extraordinario poder.

En algunas sociedades pareciera haber mayor tolerancia que en otras sobre cómo y cuándo desenvainar el arma del tabú. Y las distinciones de campo semántico sobre qué se lexicaliza como tabú (el léxico eclesiástico católico en Quebec; la terminología racista en Estados Unidos; los insultos contra la familia en China), por su parte, iluminan sobre cuáles ámbitos están cargados de ansiedades morales y de necesidad de censura, informándonos sobre los contenidos culturales que circulan al interior de determinada sociedad. El tabú léxico se configura entonces como un índice y un codificador de primer orden del discurso moral, y el modo en que se debate o reformula resulta informativo de las modificaciones histórico-culturales que concurren en ella.

Los debates sobre la lengua y la moral se han vuelto claves para explicar qué es el fenómeno Trump más allá del individuo y de su quehacer político. También han puesto al dilema de lo moralmente admisible en la definición misma del espacio público democrático, situando la lengua una vez más en el centro de la problemática política. Por consecuencia, el problema de la moral está una vez más absorto por el lenguaje: las acciones de Trump son mucho menos visibles e impactantes que sus palabras, pues el presidente se dedica, principalmente, a expresarse. Inevitablemente lo juzgamos a través de su lenguaje, en tanto, virtualmente todo lo que hace lo hace con palabras. Trump es una incansable máquina productora de actos de habla, que no tiene miedo jamás a equivocarse, y que no vacila en seguir metiendo ruido.  Esto tiene sentido si advertimos que este momento es la culminación de la exaltación estadounidense de la consigna “express yourself”, que ha llegado a un punto de crisis. En la tierra que orgullosamente proclama ser el hogar de los libres, cuya noción de libertad de expresión es fundamental para su identidad política y su praxis social, han surgido en los últimos años nuevos modos de producción y difusión de signos a través de los medios digitales, en particular los de carácter móvil, donde los límites de lo admisible, de lo vulgar y de lo ético están en constante desplazamiento, alcanzando a un público receptor de tamaño masivo a una velocidad cercana a la inmediatez. Trump se ha valido de estos medios y, de algún modo, los usó para posicionarse políticamente donde está hoy, tal vez involuntariamente. El problema ahora es ¿dónde nos toca posicionarnos políticamente en torno al problema del orden de lo moral y del lenguaje?  Un cuestionamiento en torno al problema del tabú puede que no brinde respuestas definitivas, pero sí tal vez al menos ilumine un poco nuestro entorno.

2. ¿Por qué tabú y no otra cosa?

Si bien no es posible aquí efectuar un análisis exhaustivo de por qué percibimos preferible la noción de tabú lingüístico por sobre otra terminología afín, conviene comentar que tiene arraigo en el estudio de las lenguas occidentales la idea de que estas voces forman un segmento especial del léxico, el cual merece estudiarse de manera autónoma. Hoy existen diversos trabajos históricos, lexicológicos, psicolingüísticos y sociolingüísticos en torno al tema, así como un cuerpo teórico que discute la terminología y sus alcances y limitaciones (Allan y Burridge 1991, Arango 1996, Martínez Valdueza 1998, Calvo Shadid 2008, Crespo 2008). En estos análisis, se ha llamado tabú lingüístico o tabú léxico específicamente a un fenómeno léxico-semántico determinado por una praxis sociocultural. De este modo se distingue primeramente del insulto (un tipo de acto de habla, es decir, un fenómeno que por definición posee una vertiente lingüística y una pragmática); en segundo lugar, de la ofensa (fenómeno que puede carecer de aspecto lingüístico; por ejemplo, una ofensa puede ser simplemente un gesto facial o un silencio); y, finalmente, del disfemismo (que puede carecer de aspecto pragmático; el disfemismo es un concepto lingüístico descrito como contraparte teórica del eufemismo). El tabú léxico requiere de un proceso de lexicalización del valor ofensivo: refiere siempre a una palabra que, como tal, es poseedora también de significado, pero que tiene asimismo (1) una valoración social que siempre se realiza a partir de una escala ética y (2) un uso que continuamente se actualiza y reformula desde las resistencias y tensiones que dicha escala establece en las contiendas de la moral pública.

Por este motivo, el tabú léxico es una arena de combate clave para los problemas de la glotopolítica: las pugnas sobre lo que se considera moral, deseable o apropiado en el mundo social rápidamente se trasladan a lo lingüístico y viceversa.

En este sentido, la dimensión lingüístico-política de Trump nos brinda un amplio campo de trabajo y abundantes nudos para desatar. Quizá es pertinente empezar con un suceso puntual, ocurrido a pocos días de las elecciones presidenciales estadounidenses de 2016, que ha marcado el tono general del discurso trumpista desde entonces. En aquel momento cobró relevancia pública un registro en video del año 2005 donde Trump describía cuán fácil era para él “agarrar (a las mujeres) por el coño” (“grab them by the pussy”). Esta grabación causó estupor e indignación en los medios, y a lo largo y ancho de todo el espectro político, en tanto el comentario en cuestión no solo comportaba una admisión de conducta sexual abusiva (e ilegal), sino también una vulgaridad y una violencia que, anteriormente, era impensable de presentar verbalmente en público. Contra todo pronóstico, esto no pareció afectar negativamente la decisión de muchos votantes, marcando la irrupción definitiva en el establishment político estadounidense de lo que hasta hoy es el sello distintivo de Trump: su inamovilidad (incluso impunidad) política, a pesar de los constantes escándalos. También este suceso señaló un nuevo momento cultural cuando, por primera vez, se mencionó la palabra pussy en virtualmente todos los medios de comunicación de Estados Unidos, tradicionalmente cuidadosos con el tipo de lenguaje que utilizan. Este evento marcó una nueva etapa en la relación entre el tabú y el espacio público que prosigue hasta hoy.

3. Notas sobre el tabú lingüístico en la era Trump

En Johnson, la columna dedicada al lenguaje del semanario británico The Economist, publicada el 21 de enero de 2015 y titulada “Swearing the Last Taboos”, se sostenía que las últimas palabras verdaderamente impactantes en Occidente son aquellas referentes a grupos desfavorecidos, tales como mujeres, homosexuales, miembros de minorías raciales y personas con discapacidades. En el mundo occidental los tabúes, se decía, “ya no respetan a Dios ni al sexo, respetan a los individuos”. Como ejemplo, se mencionó el caso de aquellos periódicos liberales que orgullosamente reimprimieron caricaturas de Charlie Hebdo, a todas luces ofensivas contra el profeta Muhammad, para solidarizar con los caricaturistas asesinados en la masacre de París de enero de 2015, y cómo estos mismos periódicos nunca osarían utilizar palabras tabú como towelhead, camel jockey, Paki y menos sand nigger (sin duda la peor de todas).

En aquel momento, sin embargo, The Economist había perdido de vista que el discurso hegemónico en el occidente moderno no solo es producido por periódicos liberales y que las ideas que subyacen a la perpetuación o eliminación de los tabúes son mucho más persistentes de lo que podría parecer. Apenas el año siguiente, durante la campaña presidencial estadounidense, se hacía cada vez más obvio que el tabú lingüístico no dejaba de causar impacto e incomodidad en el discurso público. Esto ocurría no solo a pesar de que su prevalencia se hacía cada vez más visible, sino precisamente debido a ello. El consenso de que “ya (casi) no hay tabúes”, evidentemente distaba mucho de la realidad.

En un artículo de The New Yorker del 14 de agosto de 2017, bajo el apabullante título “Our Cursed Condition Under Trump”, la autora Rebecca Mead detalla cómo el candidato presidencial Trump constantemente repetía a sus seguidores que, una vez en el cargo, él le “sacaría la mierda a bombazos a ISIS” (“he would ‘bomb the shit’ out of ISIS”). La amenaza se expresaba con el modo de hablar sin duda más cómodo para Trump, el de un neoyorquino, estereotípicamente espontáneo, fanfarrón y grandilocuente. Pero según Mead, quien de manera más vívida ha representado esta forma de comunicar ha sido Anthony Scaramucci, quien en julio de 2017 detentara de forma breve pero ostentosa el cargo de director de comunicaciones de la Casa Blanca. Para denunciar desde su posición a un rival político, Scaramucci, otro neoyorquino, usó la expresión “cunty” (‘como un coño’), un vocablo que comporta no solo un modo sexista y —según la autora, falocéntrico— de percibir el mundo sino que su sola mención en este contexto habría sido impensable apenas meses antes. Mead añade que desde la elección de Trump también los demócratas han pasado a la ofensiva. Durante los infructuosos esfuerzos de los republicanos por derogar Obamacare, Tom Pérez, el presidente del Comité Nacional Demócrata, caracterizaba repetidamente la moción de su financiamiento como un “presupuesto de mierda” (“shitty budget”), una expresión antes inaudita en los salones del congreso estadounidense, al menos en público. En vez de llevar a la normalización de este tipo de lenguaje, la reiteración constante del léxico tabuizado y su aparente banalización, termina reforzando la preeminencia simbólica del tabú sexual, escatólogico y religioso. En la era Trump, como nunca antes, impera un sentimiento de saturación, de que todo se impregna de la marca violenta de la ofensa verbal.

Ahora bien, en el paraje simbólico del tabú lingüístico en Estados Unidos sobresale una palabra por sobre todas las demás. Festivamente los afroamericanos con frecuencia usan la palabra nigger y su variante más informal nigga, moneda común en el hip-hop para tratarse entre sí. Este uso es impensable en casi todas las interacciones interraciales, donde la voz tiene únicamente un valor en extremo ofensivo. Los angloparlantes de otras razas (en particular los blancos) y en la mayor parte de los contextos, llaman a esta unidad “la palabra con n” (‘the N word’) y en la actualidad en el mundo de habla inglesa es unánime la restricción radicalmente racializada de su uso. En la mencionada columna de The Economist, se comenta una ocasión en que la cadena televisiva CNN presentó un segmento donde se planteaba una pregunta absurdamente fácil: “La ‘N Word’ o ‘Cracker’: ¿Cuál es peor?” La asimetría saltaba a la vista: la peor es aquella que CNN no se atrevía siquiera a mencionar. En este sentido, “nigger” es una palabra tabú en el sentido más prototípico posible. Otro ejemplo de ello, ya en plena era Trump, es el caso del escándalo que afectó a Bill Maher en junio de 2017. Maher es un presentador de televisión estadounidense, humorista y comentador político de izquierda, de raza blanca, que tiene su propio programa en la red HBO. Él es reconocido por su ácida retórica anti-Trump y sus posturas anticlericales y defensoras de los derechos civiles, al tiempo que, sin embargo, irrita a ciertos grupos liberales por su ateísmo político y su rechazo al pensamiento religioso, incluyendo el islam, lo que según sus críticos implicaría islamofobia. A pesar de ello, posee un historial de defensa de los derechos de las mujeres, de los transexuales, de los afroamericanos, y otros grupos marginalizados y discriminados.  En una emisión de su programa, Maher usó en tono festivo e informal la “palabra con N” cuando entrevistaba al senador republicano de Nebraska, Ben Sasse:

Maher: “Tengo que visitar Nebraska más a menudo”.

Sasse: “Nos encantaría que trabajaras en el campo con nosotros”

Maher: “¿Trabajar en los campos? Senador, soy un negro de casa (I’m a house nigger).

La condena a estos dichos fue generalizada y por semanas, diversas voces exigieron su renuncia a HBO. En Facebook y Twitter cientos de personas se volcaron a la labor de increpar e insultar a Maher. En particular, un número significativo de estadounidenses blancos desde las redes sociales hicieron saber pródigamente que decir “la palabra con n” jamás, bajo ninguna circunstancia, es aceptable (por parte de otros blancos, específicamente). Es notable cómo la absoluta firmeza de esa sentencia se halla cimentada en una ideología lingüística consistente en una esencialización racial-moral tanto de la “palabra con n” como de los sujetos que la pronuncian. Supone, por un lado, la existencia de categorías discretas que permiten definir quién o qué es racialmente negro (y, por lo tanto, autorizado para decir la palabra con “n”) y, por otro, una correlación necesaria y trascendental entre la palabra, su valor semántico, su uso social y su carga moral. Solo estas condiciones explicarían esta ideología de inadmisibilidad absoluta del término, en todo contexto, para personas de determinadas razas, tal como afirmaban muchos detractores de Maher. 

Es importante añadir, sin embargo que la tabuización del léxico no es ahistórica, es decir, la “palabra con n” no es sólo una palabra prohibida por su impacto en la interacción cotidiana, sino que está moralmente marcada por el peso de la historia que comporta. El horror sin fin del esclavismo estadounidense, y su herencia de racismo perpetuo parecen estar impregnados a ella cada vez que se menciona. El hecho de que la palabra con “n” se utilice a modo de broma por una persona blanca magnifica la fuerza con la que se ha roto el tabú, demostrando en carne viva la concatenación naturalizada entre léxico y moral. En este sentido, este aspecto del discurso liberal estadounidense remite a una noción determinista y conservadora tanto de la función del lenguaje en la sociedad como de las características constitutivas del lenguaje humano, y que se puede resumir, en un orden existencial donde hay palabras naturalmente buenas y malas, y que la moral de cada individuo posee una correspondencia necesaria con la adhesión a las reglas que separan dichas palabras.

Pero esta dista de ser la única ideología de la lengua que contiende en los debates en torno al tabú lingüístico contemporáneo en Estados Unidos. Hay otra controversia donde interviene una concepción esencialista del tabú lingüístico y la terminología referida a grupos marginalizados, que, si bien ha causado menos ruido, informa de los ajustes discursivos requeridos por las demandas de identidad política. En febrero de 2016, cuando Trump no se percibía como un candidato presidencial viable y las comunidades LGBTQ de Estados Unidos norteamericanas aún festejaban la legalización del matrimonio entre personas del mismo sexo, el equipo editorial de la página web de noticias Huffington Post decidió cambiar el nombre de su sección Gay Voices por Queer Voices. La palabra “queer” ha estado históricamente muy tabuizada y para muchos, en especial para los hombres homosexuales mayores, tiene un valor inequívocamente insultante. Mientras algunos celebraron el cambio de nombre, considerado más inclusivo y políticamente consciente de la gran diversidad de grupos de interés que busca representar Queer Voices, otros argumentaron que, de hecho, ocurría todo lo contrario, que la palabra “queer” era por naturaleza excluyente y divisoria. Un excolaborador de la página, James Peron, argumenta: “Encuentro que ‘queer’ es un término tan insultante como ‘nigger’” (I find the term as insulting as “nigger”), “es una palabra traumática y dolorosa para muchos de nosotros, [es] usada por nuestros enemigos y que ahora la inflijan nuestros aliados no es menos traumático y doloroso (…) puesto que (es claro que) para ellos mi dolor, mi experiencia, no importan”. Aquí la indignación en torno a la destabuización del término “queer” se conflictúa con la celebración de ese mismo vocablo como signo identitario de diversas subjetividades que no se adhieren a términos como gay, lesbiana, bisexual o transgénero, entre otros. Usar la palabra “queer” como bandera de lucha y resistencia ha implicado una reapropiación de un término insultante con fines reivindicativos, pero no sin causar tensiones al punto de romper alianzas.

Finalmente, considerando los casos vistos aquí se hace evidente que en los discursos de la izquierda estadounidense contienden dos ideologías diametralmente opuestas en torno al tabú léxico. Por un lado, están quienes suponen que estas voces poseen una fuerza ofensiva que puede reformularse y apropiarse, lo que permitiría afirmar políticamente una identidad que antes había sido objeto de victimización. Quienes han apoyado que el nombre “Queer Voices” reemplazara a “Gay Voices” se hallan conscientes de que la palabra “queer” es agraviante y que todavía hiere susceptibilidades, pero aceptan que el léxico (y en general, el lenguaje) tiene modos de mutabilidad. Asimismo, asumen que ellos mismos, en tanto sujetos políticos, disponen de agencia en la definición de las categorías identitarias y socioculturales donde establecen sus demandas, y que esa agencia se puede ejercitar mediante una gestión activa de la lengua. Por otro lado, están quienes consideran al tabú como poseedor de una fuerza moral esencialmente negativa, cuyo uso debe ser controlado e incluso suprimido, y, como vemos en el caso del escándalo de Maher, esta noción está profundamente enraizada en la praxis social. Quiénes deben ser aquellos que establezcan los límites y modos de control de estas palabras y con qué fines específicos es algo que amerita un debate aparte. Sin embargo, la ofensa y la humillación que imprime el uso violento del tabú lingüístico naturalmente marca experiencias individuales y colectivas, por lo que las resistencias al uso destabuizado de palabras como nigger y queer ya son parte integral del debate político identitario.

4. El gran abismo

No obstante lo anterior, el gran abismo ideológico que escinde el modo que se comprende al tabú lingüístico en Estados Unidos se alínea con el bipartidismo fundamental de su sistema político. Entre los liberales se presentan dos posibles posiciones: (1) una esencialización del valor negativo del tabú (así quien dice “malas palabras” incurre en una falta moral); o (2) una tendencia a la reapropiación de los significantes tabú, según la cual, quien dice “malas palabras” busca subvertir un cierto orden social y sus injusticias.

La derecha que ha votado por Trump y que insiste en respaldarlo, por su parte, se inscribe en una ideología de la lengua completamente diferente, según la cual el léxico tabuizado de uso político no posee un valor moral intrínseco. Las vulgaridades del presidente se entienden como meros marcadores de un estilo espontáneo y familiar, alejado de las convenciones del habla de los políticos estadounidenses tradicionales. De este modo, Trump establece una ética donde la espontaneidad de lo soez es comprendida como transparencia, conjugándose con otros elementos de su performance hipermasculina. Para quienes apoyan al presidente, voces como pussy, cunt y, posiblemente, nigger, no son, en el sentido más literal, solo insultos; son manifestaciones de honestidad, coherentes con el modo de expresarse de un hombre extrovertido, poseedor de autoridad y carácter. En cambio, para sus detractores, este mismo fenómeno es una alarmante verificación de una asimetría moral.

Trump arrecia como una incontenible, furiosa tormenta verbal y más que nunca se requiere repensar cómo las palabras dan o quitan poder. Hoy es indudable que el lenguaje es de nuevo el campo donde toca debatir los linderos de lo ético y cuestionar las operaciones dadas al apropiarlo, censurarlo o elidirlo. En este sentido, aquí se pone en evidencia un problema glotopolítico particularmente urgente, en tanto es preciso debatir cómo ejercemos nuestra propia agencia. Determinar dónde ha de terminar el “express yourself”, y donde comienza la censura (es decir, un primer paso para el tabú) es una tarea en extremo urgente, que conlleva una constante evaluación sobre lo ético. ¿De qué manera podemos reconocer los mecanismos que conllevan a la perpetuación o al cuestionamiento de las prácticas discriminatorias a partir del problema del léxico? ¿Dónde me debo posicionar como sujeto político frente a la urgencia del poder normativo del tabú? Los procesos de elisión ideológica no son exclusivos del conservadurismo ni de la derecha radical trumpista. Por ejemplo, la revalorización del tabú léxico por parte del trumpismo, ya menos como un objeto social esencialmente conectado con una verdad natural, y más como propio de una estilización política, es en cierto modo afín al proceso semiótico de algunos que se han reapropiado de la voz “queer” como herramienta política e identitaria. La diferencia está en que el trumpismo comprende el poder ofensivo de palabras como “pussy” como parte de sus estrategias de marginalización y de exclusión. Los que se definen como “queer” y de paso han insultado a personas que se suponían políticamente afines, perciben dicho poder como causa de un daño colateral, quizá necesario dentro del proceso reivindicativo. Cabe cuestionarse continuamente qué modos de gestionar la lengua conllevan íntimamente un mecanismo de perpetuación de la violencia, sin perder de vista la hibridez, la fluidez y la multiplicidad de la realidad de los individuos y de las sociedades humanas, donde los límites, siempre en pugna, han de ser continuamente renegociados y reestablecidos. 

Finalmente, cabe comentar que quizá no sea casualidad que en el año que siguió a la masiva circulación del video donde Trump se jactaba de abusar de mujeres usando un léxico soez, las denuncias de acoso sexual hacia hombres en posiciones de poder adquirieron una resonancia pública nunca antes vista. Tal vez se hizo imposible ignorar el correlato entre la explicitud del tabú verbal y el hecho mismo del abuso, lo que ha conllevado una visibilización de la violencia sexual y de género. Asistimos en este caso, pues, a que la mención del tabú (su ruptura) conduce a una redefinición de lo admisible moralmente no solo en el ámbito lingüístico, sino que también en lo político. Pero, como se ha discutido, romper tabúes no siempre tiene efectos deseables; y la justicia y la violencia (en este caso, la violencia verbal) a menudo no van de la mano.

Notas

Traducción propia.

Referencias

Allan, K. y K. Burridge. Euphemisms and dysphemisms. Language used as shield and weapon. Oxford University Press. 1991.

Arango, A. Dirty words: the expressive power of taboo. Jason Aronson Inc. 1996.

Calvo Shadid, A. Análisis sociolingüístico sobre el tabú sexual en el español de Costa Rica. Tesis doctoral para optar por el grado de Dr. Philosophiae, Universidad de Bergen. 2008.

Crespo Fernández, E.  “El eufemismo y el disfemismo. Procesos de manipulación del tabú en el lenguaje literario inglés”, en Revista Garoza, Universidad de Alicante. nº 8, septiembre 2008.

Grimes, L. El tabú lingüístico en México: el lenguaje erótico de los mexicanos. Bilingual Review Press. 1978

Martínez Valdueza, P. “Status quaestionis: el tabú lingüístico”. Lingüística 10, 1998. 115-139.

Mead, Rebecca.  Our Cursed Condition Under Trump. The New Yorker, 14 de agosto de 2017,  https://www.newyorker.com/culture/cultural-comment/our-cursed-condition-under-trump. Accedido 3 de diciembre de 2017.

Peron, James. Not Queer, Just Gay. No, Thanks. HuffPost. 3 de febrero de 2016, actualizado 3 de febrero de 2017, https://www.huffingtonpost.com/james-peron/not-queer-just-gay-no-thanks_b_9145566.html. Accedido 3 de diciembre de 2017.

The last taboos – Johnson: Swearing The Economist. 21 de enero de 2015.

 https://www.economist.com/blogs/prospero/2015/01/johnson-swearing      

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