La desaparición del exterior en La trabajadora de Elvira Navarro

Noelia S. García
Universidad de Oviedo
noeferrero91@yahoo.es

 

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Resumen

 

A partir del siglo XIX, las élites sociales fijan su residencia a las afueras de la ciudad, constituyendo el suburbio. Poco a poco, su vida se va recluyendo a los espacios interiores, perdiéndose el espíritu de comunidad. La principal característica que distingue los lugares públicos (o exteriores) de los privados (o interiores) es la concepción de la calle como un espacio abierto donde los individuos pueden establecer relaciones sociales. En la actualidad, los lugares públicos se han convertido en meros lugares de tránsito, de paso o de encuentros esporádicos. La supresión de los usos sociales del exterior ha provocado la reorganización del espacio urbano y de la arquitectura de la ciudad, lo que trae consigo la denominada “desaparición del exterior”. Además, funciona como arma de control social de las clases dominantes sobre la población. Los individuos viven prácticamente aislados y únicamente se preocupan de su propio bienestar, olvidándose del bien de la comunidad. Esta circunstancia provoca la formación de un espacio sin afueras en el que la barrera interior-exterior ha sido totalmente suprimida, lo que produce una total falta de libertad y la pérdida de la noción de “comunidad”. Un ejemplo de ello es la novela La trabajadora de Elvira Navarro.

 

Palabras clave

 

Público, desaparición, exterior, espacio, comunidad, interior.

 

Abstract

 

From the nineteenth century the privileged classes started living in the outskirts of the cities, and as a consequence the suburbs started to swell. Progressively, the elite withdrew from public spaces and led their lives indoors, which led to the loss of a communal spirit. The main feature that distinguishes public (or free, though regulated by the state) places from private (or governed by one person or small group) spaces is the idea of the street as an open space where everybody can establish social relations. Today public spaces are understood simply as places for occasional meetings or transit places. The suppression of the social uses of the outdoors brings about the reorganisation of urban spaces and of the architecture of the city, which causes the “disappearance of the outdoors”. This disappearance is used by the ruling classes as a tool for social control. People live in practical isolation and are only concerned by their own wellbeing, forgetting about the good of the community. These circumstances bring about the formation of an environment without outdoors where the barrier between the exterior and the interior does not exist anymore, resulting in a total absence of liberty and the loss of the concept of community. An example can be found in the novel La trabajadora by Elvira Navarro.

 

Key words

 

Public, disappearance, outside, space, community, inside.

 

 

 

En plaza de Castilla a la izquierda empieza el ladrillo
y el barrio-barrio; periferia hecha ciudad de mala manera,
como casi todos los barrios excéntricos. Hoy leí esto: “el
resultado de las periferias sin identidad donde habitar
solo puede ser sinónimo de aislamiento”[1]

 

El objetivo de este artículo es analizar las consecuencias de las políticas neoliberales sobre la población española a través de la novela La trabajadora (2014) de Elvira Navarro haciendo especial hincapié en la desaparición del exterior. Más que una novela sobre la crisis que atraviesa el país, es una novela escrita desde la precariedad que ya existía antes incluso de que estallase la burbuja inmobiliaria. A través de sus páginas, nos adentramos en el mundo editorial, un espacio de total precariedad laboral, donde los trabajadores son explotados y llevan meses sin cobrar, al igual que sucede en otros sectores económicos.

La narración está dividida en dos partes; la primera es un texto literario surgido de un diálogo, casi podríamos decir un monólogo, entre la protagonista, Elisa, y su compañera de piso, Susana. La segunda parte, lleva por título “La trabajadora” y será el objeto de análisis. Es una narración en primera persona que ahonda en la desazón vital que sufre Elisa, nuestra trabajadora, a consecuencia de la crisis y que puede ser aplicada al resto de ciudadanos.

 

  1. LA CIUDAD NEOLIBERAL

Antes de analizar la novela, es necesario hablar de la ciudad neoliberal en los momentos anteriores a la crisis económica que golpea España desde el año 2008 para comprender no solo el comportamiento de la protagonista, sino también el aspecto que presenta la ciudad y la sociedad que la rodean. La ciudad es el foco sobre el que debemos centrar nuestra atención para observar el proceso y la evolución del sistema neoliberal que no solo ha llevado a la clase trabajadora a la subsistencia, sino que sus políticas han provocado la desaparición del exterior y con él la ausencia casi total de manifestaciones o revueltas proletarias.

La ideología neoliberal se centra en el desarrollo de un mercado abierto y competitivo que no esté sometido al control del estado y que represente un mecanismo de desarrollo económico mediante el consumo, lo que produce la privatización de diversos sectores sociales (sanidad, educación,…). Este planteamiento nace en 1.930 como una solución a la caída de los mercados tras el crack de 1.929. Su finalidad es impulsar las economías nacionales a partir de la división del trabajo. Así, América Latina se centra en la potenciación del sector primario como motor económico, mientras que Europa y EE.UU. impulsaron el desarrollo industrial y tecnológico. El fin último del proyecto era entrar en un proceso de globalización o división internacional del trabajo.

El neoliberalismo comienza a ser relevante durante la década de los 70 como respuesta a la crisis del estado del bienestar y a la poca rentabilidad de las industrias de producción masiva, lo que se tradujo en la caída de los regímenes acumulativos de los sistemas de gobierno. La respuesta fue el desmantelamiento de las políticas económicas de posguerra y su reorientación al fortalecimiento del mercado y de la competencia. El resultado fue la pérdida por parte del Estado del control industrial, la privatización de los servicios públicos y la intensificación de la competencia entre sectores, localidades e incluso naciones. Los ejemplos más agresivos de estas políticas los encontramos en los gobiernos de Pinochet, Reagan o Margaret Thatcher. Hacia mediados de los 80 o principios de los 90, podemos afirmar que el neoliberalismo se ha convertido en el sistema de base capitalista dominante a nivel mundial, no solo en el ámbito puramente económico, sino político e ideológico. La ciudad, la “vanguardia del avance neoliberal”, es el espacio donde se ponen en práctica estas políticas, por lo que su estructuración es una consecuencia directa de este proceso, tal y como veremos en el caso de las periferias. Es precisamente aquí donde se puede observar el continuo fracaso de estas políticas.

Las ciudades se convierten en espacios atractivos donde la estética es lo principal. Tienden a la fragmentación y a la dispersión de la población que suele concentrarse en los diversos “trozos” de ciudad en función de su capacidad económica siguiendo la doble dinámica segregación – privatización. Como la estética es el principal factor neoliberal, se priman las reconstrucciones y recuperaciones de los centros históricos con la finalidad de evocar una época pasada con un espíritu cosmopolita. Es precisamente en este punto donde sus políticas son más agresivas, pues la recuperación del casco histórico trae parejo el proceso de la gentrificación, mediante el cual las clases populares son desplazadas del centro con el fin de reconquistarlo para las clases pudientes (Janoschka y Sequera).[2] La gentrificación trae consigo la creación y la articulación del mercado inmobiliario, ya que al aumentar el valor del patrimonio histórico y arquitectónico, también se revaloriza el precio de la vivienda.

A este respecto, es importante destacar el papel del marketing territorial con la organización de eventos de gran calado, como conciertos, festivales de cine, musicales o eventos deportivos elitistas, que desalojan a los habitantes del centro. Siempre se realiza desde el punto de vista económico y consumista, pues lo que se pretende es el desarrollo económico de la ciudad, a la vez que se controla a las poblaciones excluidas o marginadas que se instalan progresivamente en la periferia. (Theodore, Peck y Brenner).

Por tanto, estamos asistiendo no solo a la exclusión de la clase trabajadora, sino también a su expulsión del núcleo urbano. ¿Por qué no se reacciona? Marcuse sostiene que la pasividad ante esta situación es fruto de la “falacia de la gentrificación”, pues los organismos públicos afirman que es un proceso inevitable e imparable y que además repercute en el beneficio social, pues se mejora la calidad de la vivienda y se revitalizan áreas abandonadas gracias a las inversiones privadas que repercutirán en el bien de la comunidad en un futuro. Además, es la única solución para rehabilitar los barrios abandonados y convertirlos en lugares de moda y, por tanto, de consumo. Este discurso resulta atractivo tanto para los urbanistas y gestores como para la propia población. Sin embargo, se trata de una maniobra de control social encubierta, ya que, tal y como afirma Gramsci, esta ideología e interpretación de la sociedad no solo es impuesta, sino que es aceptada y normalizada por los ciudadanos. Así, problemas de sectores vulnerables como la prostitución, la mendicidad o el tráfico de drogas no son solventados por el Estado, sino desplazados a la periferia con el fin de regenerar la comunidad y dotarla de “belleza” y seguridad. Nos encontramos ante una sociedad donde el Estado es suplantado por la disciplina de mercado y donde se niega libertad al ciudadano.

 

  1. LA PERIFERIA, EL ESPACIO EN EL QUE SE DESARROLLA LA TRABAJADORA.

La rehabilitación del núcleo urbano ha traído consigo la creación de una nueva imagen cívica. La regeneración urbana debe entenderse desde el punto de vista cultural (García), dejando de ser una forma artística que debe preservarse para las futuras generaciones al convertirse en un producto. La cultura es un activo económico con valor de mercado y, por tanto, un producto que debe venderse (marketing) y ser consumido. Hasta los años 90, nadie se interesó por la mercantilización de un bien que pertenece a la comunidad y que genera grandes beneficios. Es precisamente aquí donde las teorías de Bianchini y Parkinson cobran gran relevancia al plantearse el efecto de la política cultural sobre la regeneración urbana.

En primer lugar, la gentrificación ha provocado la segregación social al dividir el espacio urbano en “centro” frente a “periferia”. Esta situación genera lo que Bianchini ha denominado “dilemas espaciales”, “dilemas de desarrollo económico” y “dilemas sobre la financiación de la cultura” y que explican las tensiones entre el centro y la periferia, el consumo y la sobreproducción y el apoyo a eventos e infraestructuras en lugar de solventar carencias sociales. El principal problema reside en que la concepción de la cultura como un producto tiende hacia la formación de una sociedad sectaria y elitista. Si partimos de la base del neoliberalismo y entendemos que la ciudad es un producto destinado al comercio, es lógico que nos encontremos con la creación de marcas urbanas que potencien el atractivo de los edificios e infraestructuras para generar una imagen y un sentimiento positivo del lugar. (Bianchini y Méndez Rubio).

En segundo lugar, otra de las consecuencias de la gentrificación es el aburguesamiento y la segregación social (Wirth) impidiendo que las clases sociales con menores ingresos formen parte del “producto ciudad” y de los barrios culturales de moda. El movimiento de población se dirige hacia las afueras, hacia las zonas marginales o periféricas, lugar donde se sitúa la clase obrera. Es en este espacio en el que se desarrolla la novela, en Aluche, un barrio obrero de Madrid, por ello es necesario analizar cómo han surgido los barrios periféricos madrileños y qué reflejan en la actualidad.

La trabajadora es una novela escrita desde la precariedad y que refleja las condiciones en las que viven los trabajadores en la actualidad. Elisa es una trabajadora más del Madrid contemporáneo y vive en Aluche porque no puede permitirse regresar al centro, por lo que para ir a su trabajo debe recorrer enormes distancias. Es interesante hacer hincapié en el hecho de que la protagonista se pasea continuamente por estos barrios ofreciéndonos una imagen que choca con el preciosismo y el marketing que se ofrece de la ciudad. Nos encontramos con un lugar misterioso, peligroso, con una gran población emigrante y donde cada uno subsiste como puede. Tal y como sostiene Leandro Alzate, el centro es lo que forma la identidad de la ciudad en el imaginario popular, mientras que la periferia es un lugar difuminado, una descomposición de lo habitable y el lugar que mejor nos representa. Por ello, es de suma importancia el hecho de que Elvira Navarro haya decidido que sus personajes se paseen por este espacio. Esta circunstancia no solo supone una ruptura con el canon, con el gusto dominante y con la estética, sino que además hace que la ciudad pase de ser un simple espacio a formar parte esencial de la obra, como si de un personaje más se tratase.[3]

Pero, ¿de dónde surge la actual imagen que se tiene de la periferia? ¿Por qué se representa como un lugar peligroso? Para responder a estas cuestiones, es necesario retrotraernos a la época del desarrollismo franquista (finales de los 50), de esta forma entenderemos su nacimiento, su ampliación y las condiciones de vida de sus habitantes. El protagonista es el emigrante que provenía, en su mayoría, de las zonas subdesarrolladas del campo español en busca de una oportunidad. Solían instalarse en chabolas en el suburbio, por lo que esto supuso un problema para el régimen. Así, en 1.954, se pone en marcha un proyecto de urgencia para paliar el disparado crecimiento de estos barrios mediante ayudas y subvenciones para construir viviendas humildes y realojar a los campesinos. La realidad es que se trataba de créditos ventajosos mediante los que se enriquecían las élites del momento.

A partir de aquí, se llevará a cabo todo un plan de reorganización urbana que culminará con la creación del Ministerio de la Vivienda en 1.957. Con la construcción de las nuevas viviendas se paliaba el problema del alojamiento, pero se generaba otro: la dificultad de acceso al casco urbano, que convertía la periferia en un reducto aislado, y la falta de infraestructuras que hiciesen más confortable la vida de sus habitantes, por ejemplo, la luz y el agua. Estas viviendas, junto con los denominados “polígonos obreros” de iniciativa privada, son la antesala de los “barrios obreros” creados durante la década de los 60.

Este urbanismo de base obrera y marginal marcó el límite y el modelo de la nueva ciudad, pues era el espacio que acogía a la mano de obra sobre la que se sustentó el crecimiento económico de los años 60; sin embargo, el chabolismo no llegó a desaparecer. Esta zona se convirtió en la cara negativa de la ciudad, pues sus condiciones de vida rompían con la imagen que se vendía. La tendencia fue a ocultarla, silenciarla y mantenerla apartada del resto de la urbe.

Será en este momento cuando se comience a especular con el terreno y a desarrollar el sector inmobiliario, ya que el emigrante cuando llegaba a Madrid no tenía un lugar propio donde alojarse, compraba terrenos de escaso valor y que tenían el sitio justo para construir una vivienda de planta baja con apenas dos habitaciones y sin cuarto de baño. El propietario, aprovechándose de la precaria situación del emigrante, vendía terrenos rústicos a precio de suelo edificable, por lo que unas pocas familias se enriquecieron a costa de los emigrantes. Este tipo de barrios se extendieron por el Sur y el Este de Madrid, siendo Vallecas, el Pozo del Tío Raimundo, Orcasitas, Usera, Carabanchel, Hortalezas y La Latina (donde vive nuestra trabajadora) los más destacados.

No existía agua corriente, ni sistema de alcantarillado, ni pavimentación, por lo que sus habitantes debían recorrer enormes distancias si querían ir a buscar agua a las fuentes públicas. Tampoco había red de transporte público, pues las calles no eran transitables por automóviles. Precisamente, esta lejanía de la metrópolis hacía que se registrasen aquí los índices de analfabetismo más altos. Casi nunca solían ir a la ciudad y si lo hacían eran tratados despectivamente. Estas circunstancias fomentaron la solidaridad vecinal, pese a que en algunas ocasiones existían conflictos entre las familias.[4]

El gobierno central apenas mostraba interés por paliar los problemas sociales existentes en estas zonas, por lo que eran los propios barrios quienes se organizaban para solventar las necesidades comunitarias. Estos actos de solidaridad junto con la labor de algunos sacerdotes, como el padre Llanos del Pozo del Tío Raimundo, fueron el primer paso para la organización vecinal que tomó como base el modelo obrero de las fábricas, formándose así las comisiones de barrio, sustituidas durante la década de los 70 por su correlato legal, las asociaciones vecinales. No solo consiguieron un compromiso por parte del gobierno para paliar sus necesidades y reformar sus hogares, sino que lucharon contra el urbanismo concertado en manos privadas que de la noche a la mañana construía barrios con una planificación caótica y arbitraria, especulando con el suelo y las viviendas al no estar sometidos al control gubernamental (caso de Tres Cantos).

Gracias al movimiento vecinal, los barrios dejaron de ser unidades aisladas para “formar parte de la ciudad”. De esta manera, su estética, sus formas de vida y el consumismo entraron en la periferia y se instalaron en las nuevas generaciones. Durante los 80, los jóvenes rompieron con el ideario de lucha de sus padres y desarrollaron formas de contracultura. Con la crisis del año 82, se sintieron abandonados por el sistema, excluidos socialmente y sin expectativas laborales, los mismos sentimientos que manifiesta Elisa a lo largo de toda la novela y en el mismo espacio. Por este motivo, la droga se convirtió en la protagonista de estos lugares que pasaron de ser espacios de encuentro a convertirse en la visión que nos ofrece La trabajadora, espacios inseguros y frecuentados por delincuentes. Si en los años 80, las jeringuillas y las anfetaminas campaban a sus anchas y habían convertido a esta generación en un “subproducto de la marginalidad y la heroína” (Carmona 382), en la actualidad serán la delincuencia y la violencia las protagonistas. En el caso de la novela, Elisa sufre durante sus paseos nocturnos los ataques de unos gitanos que recogen chatarra y la increpación de una banda urbana[5], circunstancia que dota de mayor tensión tanto a la trama como a la configuración del espacio.

No me acobardaba ignorar dónde estaba, el desamparo de las calles, las pandillas de maleantes adolescentes y los Latin Kings con sus fulgurantes destellos amarillos, ya que los quinquis siempre iban al centro y los pandilleros latinos se peleaban entre ellos. (Navarro 74)

En la actualidad, la estética dominante es la del ladrillo, el reflejo de la expresión “ladrillista y monstruosa de Madrid”. Casi todas las construcciones pertenecen a la época del desarrollismo, apenas han sido modificadas. Las viviendas carecen de vistas exteriores y poseen ventanas de aluminio que afean aún más su aspecto. El interior está en consonancia con la fachada. Elvira Navarro en su blog Periferia sostiene que uno de los símbolos del barrio obrero es el hecho de que la ropa se tienda en cuerdas que cuelgan de las fachadas. Nadie las escupe, las rompe o las roba, por lo que esta práctica está interiorizada dentro del imaginario de estos barrios como algo cotidiano. El tendal funciona como una marca que distingue a los barrios obreros del centro.

 

  1. LA DESAPARICIÓN DEL EXTERIOR EN LA TRABAJADORA

La política neoliberal genera una determinada imagen urbana, forjando unos patrones de construcción, de consumo de lo local y creando un sentimiento de identificación colectiva. En este contexto, el espacio público adquiere una especial relevancia ya que es sometido a un proceso de privatización, homogeneización, mercantilización y vigilancia, así como la imposición de los valores sociales y políticos de quienes detentan el poder y que son constantemente reproducidos. Es precisamente aquí donde se producen las fricciones y los conflictos sobre las nociones de “espacio” y “democracia”. La vida en democracia, tal y como se puede observar desde sus orígenes con la asamblea de ciudadanos en el ágora, es inseparable del espacio público. Sin embargo, las pretensiones actuales son las de vaciarlo casi por completo bajo la idea de que el exterior es un peligro que es necesario reducir y dominar, pero el fin último es la reordenación del espacio, creando un producto que debe ser consumido en un ambiente controlado de tranquilidad y bienestar (Janoschka).

El consumismo ha producido la “reconversión del espacio público en espacio publicitario” (Méndez 48). La propia estructura anima al transeúnte a entrar dentro de los locales comerciales, por lo que la calle pasa a ser un mero lugar de tránsito por el que se mueven individuos de un lado a otro como si se tratase de una “muchedumbre solitaria” (Mumford 853) y funciona como motivación, mediante técnicas publicitarias, para el comercio y el consumo.

Los negocios clausurados, pensé, eran detalles mínimos de un organismo cuyo corazón aún latía a pleno rendimiento, y no debía alarmarme. Me dije esto cuando llegué al centro comercial Plaza de Aluche, desde cuya cúpula un proyector lanzaba imágenes de nieve sobre una calle cenicienta. Había carteles anunciando las rebajas de enero, y las tiendas estaban llenas. A pesar de que la estampa era rutinaria, la forma como hervía el bullicio tenía algo inhabitual, algo que recordaba a bulevares franceses de la periferia, donde las tiendas reúnen una clientela dudosa que se arremolina largo tiempo frente a los escaparates. (…) Los únicos transeúntes parados eran viejos sentados en bancos bajo un sol escaso, escena común, (…). (Navarro 83)

Es importante destacar, no solo el hecho de que el centro comercial utilice técnicas casi cinematográficas para captar clientela, sino también la circunstancia de que “los únicos transeúntes parados eran viejos sentados en bancos bajo un sol escaso”, concretamente uno de los sectores de la sociedad que menos consume. La propia autora recoge en Periferia un estudio antropológico llevado a cabo en las calles más céntricas y comerciales de Madrid y la conclusión obtenida es que solamente se paran en la calle aquellas personas que no van a consumir (niños, ancianos y mendigos), el resto está en constante movimiento. Además, los escaparates de las grandes marcas permiten al transeúnte convertirse en un espectador que de un solo golpe de vista observa todos los productos mientras camina, evitando así que se pare en la acera. Este tipo de comercios obligan a estar en movimiento. Sus puertas de entrada parece que son inexistentes, por lo que da la sensación de ser prolongaciones de la propia calle. A partir de estos razonamientos, podemos concluir que en la actual ciudad no cuenta el individuo como ciudadano libre, sino como un sujeto consumidor, casi por naturaleza, que vive adaptado a las nuevas necesidades de la economía neoliberal.

Siguiendo las teorías de la “sobremodernidad” de Marc Augé, se puede explicar la configuración del espacio postmoderno reflejado en la novela como un mero lugar de tránsito, donde la población se mueve por “ocupaciones provisionales” (Augé 83) dando lugar a “no lugares”, espacios que ni histórica ni identitariamente se relacionan con el individuo y son concebidos únicamente como lugares de paso. La concepción de la calle, el lugar público por excelencia, como un “no lugar” lleva a que el ciudadano potencie una forma de vida individual y se aleje progresivamente de la comunidad, perdiéndose así la noción de “solidaridad vecinal” que veíamos al hablar de la organización de los barrios obreros. Elisa es un sujeto anónimo y solitario que se mueve constantemente por Aluche, nadie la conoce, la saluda o le presta ayuda cuando sufre una crisis de ansiedad en un autobús. Esta circunstancia es precisamente lo que nos hace ver la calle como un “no lugar” porque el “lugar” “crea lo social orgánico”, es decir, relaciones entre los individuos, mientras que el “no lugar” crea lo que Mumford denomina “muchedumbre solitaria” y Augé “contractualidad solitaria” (98). En otras palabras, el individualismo y la soledad experimentada de diversas formas con la ayuda de las nuevas tecnologías aíslan al ciudadano con el fin de controlarlo.

Es precisamente esta nueva concepción de la ciudad y del ciudadano lo que nos hace poner en tela de juicio los conceptos “dentro” / “fuera”. Tradicionalmente, ambas denominaciones eran aplicadas a los espacios privados frente a los públicos. Pablo Jarauta afirma que esta dicotomía no debe ser únicamente aplicada a estos espacios, ya que el exterior se introduce dentro de los interiores mediante los medios de comunicación como la tablet, la televisión o el ordenador. Por ejemplo, si un transeúnte, mientras pasea, consulta en su Smartphone su correo electrónico, ya está entrando dentro del ámbito privado y está en la calle. De esta forma, se consigue aislar al individuo de lo que ocurre a su alrededor. Esta actitud es la que tiene Elisa durante sus paseos periféricos nocturnos. Se mueve constantemente, observa y describe lo que ve, pero en ningún momento se para o interacciona con el resto de viandantes. El lector siente la sensación de que la protagonista se mueve en el interior de una burbuja y permanece ajena a la realidad que la rodea. De hecho, afirma que, en numerosas ocasiones, pone la música alta en su MP4 para aislarse de todo lo que está a su alrededor. (Navarro 74).

Esta situación de encapsulamiento en la que está sumida la protagonista viene impulsada por el actual interiorismo postmoderno que se centra, principalmente, en la búsqueda del confort de los habitantes y en su alejamiento de lo que constituye un peligro para la integridad ciudadana, la calle. Si dentro de las viviendas y con la ayuda de la tecnología y los medios de comunicación se puede tener todo lo necesario, ¿para qué salir al exterior? Por tanto, nos encontramos ante un espacio interior que absorbe todos los elementos necesarios para transformarlos en confort y bienestar. (Méndez Rubio 47). Así, es lógico que Elisa afirme en numerosas ocasiones que no necesita salir a la calle, pues puede trabajar en su casa y saber lo que ocurre fuera de las paredes desde la tranquilidad que le proporciona el piso.

Los coches estaban cubiertos por una fina capa de nieve que contrastaba con la negrura del pavimento. Yo desempañaba constantemente los cristales, movida por un deseo compulsivo de que el exterior penetrara en la casa tal como se me ofrecía desde la ventana: con un cielo enorme. (Navarro 49)

Esta penetración del exterior en el piso de la protagonista nos lleva a analizar su concepción del espacio interior por contraposición a la calle. E. Tudoras sostiene que la casa es el espacio que mejor protege al ser humano, pues está modelado y realizado a gusto del propio sujeto que es conocedor de todos y cada uno de los rincones del inmueble, lo que implica una mayor seguridad y desenvoltura a la hora de moverse por el espacio. Elisa se siente segura porque tiene el control absoluto, frente a su reacción al pasear por un solar.

Al día siguiente llegaron unas palas cargadoras que vaciaron el solar. Lo que quedó se asemejaba a un pantano de arena cruda. Caminé una noche más por allí, sin ser capaz de sentarme en el centro, pues de repente me sentía desprotegida, con demasiada ciudad a los costados y en el horizonte. (Navarro 71) [La cursiva es mía]

En el fragmento seleccionado, la ciudad se le presenta inmensa y no es capaz ni de controlarla ni de delimitarla. No hay muros, ni siquiera paredes que le permitan no solo ubicarse, sino también sentirse protegida. Nos encontramos ante una lucha de lo que la joven entiende por “demasiada ciudad” y el interior, un reflejo de la tensión existente entre lo “público” y lo “privado” que se trasluce en los miedos experimentados por la protagonista, como cuando afirma “me arrebujaba en el abrigo para que no me insultaran” (57), encontrando en la ropa la protección que le ofrecen las paredes de la casa. Esta situación es una consecuencia más del individualismo provocado por la desaparición del exterior que refuerza la tendencia interiorista del hombre y fomenta su vida privada. [6] Es, por ello, por lo que nos encontramos con una sociedad totalmente pasiva y controlada[7] que no es capaz de organizarse ni de manifestarse reclamando unos derechos y un espacio que le han sido despojados. Quizás sea esta la consecuencia más contundente de la desaparición del exterior y la circunstancia que provoca la actuación de los compañeros en la editorial de Elisa, así como el comportamiento de sus jefes.

 

  1. LA TRABAJADORA Y LA CRISIS ECONÓMICA ESPAÑOLA.

El paso previo a La trabajadora es el blog Periferia. En diciembre de 2010, Elvira Navarro escribe su primer post y explica que su proyecto es plasmar en la red sus excursiones por los barrios periféricos madrileños. El blog comienza a elaborarse meses antes del 15-M y su autora huye del centro y de la imagen de un Madrid perfecto para adentrarse en el extrarradio, el verdadero escenario de la crisis y de la especulación.

La narradora afirma sentir la necesidad de salir al exterior y de caminar por estos espacios. Esta necesidad puede interpretarse como una búsqueda o quizás una recuperación del espacio exterior. Sin embargo, su comportamiento es individualista, igual que el de Elisa. Camina y toma fotografías, pero apenas interactúa con los habitantes. Nos ofrece una visión diferente de Madrid, “de una ciudad hecha con cascotes” (Navarro 105) y llena de calles inhóspitas que se presentan como una extensión más de la precariedad del ser humano, un urbanismo que refleja edificios abandonados, comercios cerrados, poblaciones excluidas, … un claro reflejo de la situación de sus habitantes.

Por otro lado, la narradora del blog es muy similar a la de la novela, Elisa, que también se caracteriza por sus paseos periféricos y por la descripción de estos lugares al lector. De hecho, en un post de Septiembre de 2011, se recoge un fragmento que formará parte de la novela publicada tres años después. La narradora concluye la entrada afirmando que si tuviese que escribir en forma de ficción lo que ve mientras corre o camina lo haría de esta forma. Esta afirmación me lleva a pensar que la narradora en ambos casos es la misma. Además, el peso que adquiere la ciudad en el blog y en la novela es idéntico, por lo que debemos entender que La trabajadora es una novela que refleja el mecanismo de la creación literaria desde la construcción de historias que parten directamente de la realidad y la reconstruyen o reinventan.

El hecho más significativo que se refleja en la trama es la crisis de ansiedad que sufre la protagonista en plena calle y que es una consecuencia directa de su precaria situación laboral. El estrés producido no solo por sus condiciones laborales, sino también por el distanciamiento con su familia y por la soledad que vive en un espacio inmenso provoca el uso y el abuso de fármacos psicotrópicos. Al hablar de la crisis, los estudios suelen centrarse en su impacto en la economía o en los distintos ámbitos laborales, dejando de lado las enfermedades mentales, que en algunos casos pueden llevar al suicidio, producidas por la ferocidad capitalista. Elisa es un sujeto en manos del capitalismo que está desencantada con la sociedad y que se muestra inestable ante la dificultad de sobrevivir con dignidad en un mercado laboral cada vez más precario: trabaja a destajo, lleva varios meses sin cobrar, su editorial está a punto de quebrar, ha tenido que trasladarse a la periferia porque no podía costearse su antiguo piso en Tirso,… todo ello desemboca en la crisis de ansiedad sufrida en un autobús en el Capítulo 9 de la Segunda Parte, lo que la lleva a encerrarse aún más si cabe en su casa y a padecer agorafobia.

Nuestra trabajadora forma parte de lo que la reciente historia de España ha denominado “la generación mejor formada de la Historia de nuestro país”. Elisa es licenciada, ha cursado un máster y estudios en el extranjero y termina compartiendo piso con Susana y trabajando en una editorial de segunda que no cumple con los pagos. A pesar de estar más que cualificada para el empleo que desempeña, ansía un trabajo fijo en la empresa y prosperar, la meta de todos los españoles de clase media. Pero, ¿ha existido en realidad una clase media? O por el contrario, ¿asistimos a un espejismo publicitario generado por el propio capitalismo como una forma de controlar a la clase trabajadora?

La realidad es que no ha existido nunca una “clase media”, ya que esta denominación no se refiere a ningún segmento social identificable de forma precisa. Desde la Antigüedad, simboliza el cimiento de la democracia y el afán por incluirse en ella es el resultado del consumismo, el goce de cierto bienestar social y la “seguridad” de un futuro acomodado. Las nuevas clases medias nacen durante la posguerra a partir del consumismo obrero, es decir, la clase proletaria se convierte en propietaria de una vivienda, de electrodomésticos, de un automóvil y del disfrute de unas vacaciones. Todo parecía indicar que la clase obrera había salido de la precariedad de siglos anteriores y ahora gozaba de estabilidad y de un futuro, convirtiéndose así en la imagen de los derechos sociales conseguidos y del crecimiento económico.[8] “El espejismo de una sociedad de clases medias es solo una alucinación temporal con base en la deuda [que contraían las familias]” (Rodríguez 160).

La Transición española (1976-1982) se forjó sobre la idea de un conjunto de ciudadanos propietarios encaminados hacia la utopía de formar una sociedad de clases medias. Sin embargo, la realidad social y el imaginario identitario de clase no se identifican por lo que a partir de la década de los 90 asistimos un progresivo proceso de desclasamiento. “La idea sería que este sujeto político de clase media fue conformado por y se conformó con la democracia que le ofrecieron porque, además, le ofrecieron más cosas” (Labrador 37). Esta situación de desclasamiento se agrava durante la segunda legislatura del socialista José Luis Rodríguez Zapatero debido a los recortes, los desahucios y demás políticas de austeridad que afectaron a la clase media que retrocedió a su lugar tradicional, es decir, a una clase proletaria que subsiste dentro del sistema capitalista.

Elisa desea huir de la periferia porque no es capaz ni de reconocer ni de identificarse con el espacio en el que vive porque ella es clase media desclasada (Navarro 65). Ha sido desplazada a un lugar extraño, pero con el que termina fundiéndose a medida que la novela se va desarrollando. A su vez, este espacio es difícil de determinar porque se presenta desde la percepción decadente que la protagonista tiene de su vida y su entorno laboral; la trabajadora vive así la ciudad. A este respecto, considero que el título de la novela no es aleatorio. La trabajadora hace alusión al espejismo creado en torno a la “clase media”. Elisa, pese a que se siente clase media, no deja de ser una trabajadora más al servicio del mercado que debe cumplir unas expectativas laborales que generen ingresos a los propietarios de la editorial para la que trabaja. Por eso, Elisa y su mundo, su ciudad, representan a todos los trabajadores a los que la crisis les ha quitado el bienestar y el futuro que el propio sistema les prometió.

Hartos de esta situación y de las políticas agresivas de bancos y especuladores, los ciudadanos españoles estallan en el año 2011 en lo que se ha denominado popularmente el 15-M[9]. Un gran número de afectados o “indignados” tomaron la calle, recuperando el espacio público al servicio de la democracia y organizaron asambleas y protestas reclamando unos derechos (vivienda, sanidad, educación pública,…) que les habían sido arrebatados, bajo el lema “Democracia Real Ya” o “No somos mercancías en manos de políticos y banqueros”. La plaza de Sol (Madrid) es el lugar emblemático de esta protesta cuyo eje reside en la reclamación de la soberanía popular arrebatada por políticos salpicados por la corrupción y los escándalos inmobiliarios. Ni siquiera los partidos que dicen tener una base obrera están del lado de las clases populares, generándose un vacío que ha de ser suplantado por nuevos partidos emergentes surgidos de las asambleas de las universidades y del 15-M. Es el caso de Podemos, liderado por Pablo Iglesias, y cuyas organizaciones utilizan la calle como punto de encuentro y reunión buscando reconquistar el espacio público.

Sin embargo, el 20 de noviembre de 2011, seis meses después del 15-M, es elegido presidente del gobierno por mayoría absoluta Mariano Rajoy que endureció aún más si cabe las políticas de austeridad económica que nuevamente repercutieron de forma muy agresiva en la población: aumento de desahucios, recorte de becas a los estudiantes, empeoramiento de la sanidad pública, emigración de la población joven y altamente cualificada en busca de un futuro mejor,…

Estas políticas se reflejan en la editorial para la que trabaja Elisa como correctora y que encierra un amplio catálogo de clichés y de tópicos cobre el mundo de la literatura y de las editoriales. La situación laboral de la trabajadora es algo nuevo en la sociedad, pues trabaja desde casa con la ayuda de las nuevas tecnologías, pero que plantea problemas como las interminables horas de trabajo, las entregas urgentes, la necesidad de concentración permanente con el consecuente abuso de estimulantes como el café, el té o el alcohol o el aislamiento social, entre otros.

Debido a su enfermedad psíquica casi no mantiene contacto con sus compañeros de trabajo, por lo que se entera de la quiebra definitiva de la editorial a través de un periódico digital. Supone que sus compañeros se estarán organizando y manifestando a la entrada del edificio, por lo que, con gran esfuerzo, se dirige a la sede y se encuentra “con el mismo orden de siempre, primoroso y eficaz, como si nada hubiera ocurrido y yo me hubiera equivocado” (101). Estamos ante una sociedad totalmente pasiva e individualista que no es capaz de organizarse, pese a la facilidad que ofrecen hoy en día las redes sociales, y de manifestarse reclamando a la empresa sus derechos laborales. Quizás sea esta la consecuencia más contundente que se refleja en la novela de la desaparición del exterior.

Al comprobar que nadie hace nada, ella misma decide reivindicar sus derechos, pero al sentarse frente a su jefa, el que debería ser un lenguaje revolucionario, se transforma en quejas sutiles. Entra en el despacho con la disculpa de exponerle un montón de dudas sobre su trabajo de la transcripción de las memorias de la viuda de un escritor con la finalidad de incomodarla. A través de sus dudas nos presenta la imagen del escritor en la sociedad actual y contrapone a la viuda con la esposa de un famoso escritor mexicano.

La viuda es una mujer sencilla, accesible y que no muestra ningún impedimento al ser entrevistada. Mientras, la esposa del mexicano protesta constantemente al considerar que su marido debe viajar en business class, alojarse en el Hotel Palace y contar con un chofer puesto por la editorial que le permita moverse por Madrid. El personaje de la viuda encarna un ideal perdido en la actualidad; el escritor es un intelectual que tiene dificultades, como cualquier trabajador, para llegar a fin de mes y que vive de forma humilde. Por el contrario, el mexicano es algo más, es una personalidad con un alto nivel de vida que se ha convertido en un personaje público y que concibe la literatura como un negocio más, pues su comportamiento se asemeja al de cualquier empresario que ha alcanzado el éxito. Asistimos a la introducción de la literatura dentro del sistema capitalista de producción – consumo – beneficio económico.

A partir de aquí, ofrece al lector una descripción crítica e irónica sobre la forma de vestir y de comportarse de sus jefes. Por encima de Carmenxtu, su jefa más inmediata, se encuentran los directivos y los propietarios, con los que es imposible reunirse (“Carmenxtu no era más que una empleada, pero acceder a los espectrales jefes era una fantasía, y yo había decidido que protestaría a mi modo” (102)). La descripción que ofrece de la editora coincide, en parte, con la de Elisa, adicta al café para poder terminar sus trabajos. Tiene entre 45 y 50 años y está “congestionada por el tabaco, el alcohol y el café” (110). Procede de una familia humilde y es la menor de seis hermanos, por lo que de pequeña pasó dificultades económicas. Confiesa que hasta que empezó a estudiar no conoció “la periferia pija que es la sierra[10]” (109). Ahora lleva una buena vida, reflejo del ascenso social que el sistema neoliberal prometía a la clase media, pero no es feliz. Su trabajo se reduce a estadísticas y a diseñar campañas publicitarias que resulten atractivas para poder vender más libros y seguir disfrutando de su estabilidad económica y de sus viajes.

El aspecto físico y la forma de vestir de la editora y de Elisa son totalmente opuestos. La protagonista lleva unos pantalones negros, zapatos de tacón y una americana gris heredada de su madre, mientras que la editora viste con ropa de importantes firmas y luce un amplio espectro de joyas. Su forma de vestir y de caminar le otorgan cierto poder y la hacen diferenciarse del resto de trabajadores. La descripción de Carmenxtu lleva al lector a crear un símil y a comparar a la editora con la imagen de una presidenta de comunidad autónoma, mujeres con poder pero que están bajo las órdenes de cargos superiores.

Por otro lado, la sociedad considera que todo intelectual debe tener ideas de izquierdas y no puede votar a ningún partido de derechas. Sin embargo, resulta chocante que, pese a defender los ideales obreros, su aspecto físico y su forma de comportarse distan bastante del de un obrero de un barrio periférico, por ejemplo de Elisa. Son de izquierdas o pretenden serlo porque tradicionalmente así ha sido y el propio imaginario social así lo establece, pero su forma de vida se asemeja a la de un empresario. Simplemente representan un cliché, “una izquierda de modos y modas pijas” (Navarro 110). Cuanto mayor es el cargo, más empeño tiene el sujeto en mostrar al exterior su nivel de vida, comportamiento semejante al de la burguesía y la aristocracia en el siglo XIX.

 

  1. CONCLUSIÓN

La trabajadora carece de una solución o desenlace claro. La novela termina con una incertidumbre ¿qué le depara el futuro a Elisa?, una idea coherente con la desazón y la falta de una previsión clara de futuro que pesa en la obra y que ha sido reflejada a lo largo de la trama. Como hemos visto, la precariedad laboral y la incertidumbre son la tónica de vida de la clase trabajadora que vive sumida en las graves consecuencias que ha traído consigo la economía neoliberal. Como resultado, la dicotomía espacial “interior” / “exterior” ha sufrido una modificación o reconfiguración que ha modificado la definición de “lo público” y “lo privado”, difuminando su frontera hasta la desaparición del exterior y traduciéndose en una sociedad pasiva, pero sobre todo individualista y solitaria.

Si politizamos esta cuestión y lo trasladamos a la tan conocida dicotomía “izquierda” / “derecha” o “clase trabajadora (proletarios)” / “empresario (burgués)”, nos encontramos que las posiciones consideradas “de izquierdas” comparten el mismo individualismo y modo de vida que las “de derechas”, tal y como se refleja en el caso de la editorial. Una de las característica que diferenciaba a la clase trabajadora de los burócratas o de los empresarios era que tomaban la calle para manifestarse. Con la progresiva desaparición del espacio público, la tendencia de las izquierdas a salir y tomar la calle se ha visto obligada a modificarse y a acercarse más a la imagen del empresario encerrado en un despacho. Los jefes de Elisa representan esta nueva pose de los sectores progresistas que ni siquiera conservan la estética de los trabajadores, pues ellos mismos pertenecen a la élite y visten con ropa cara y conducen coches de lujo.

La novela indaga en la relación entre la crisis y la enfermedad mental, asociando la patología mental a las condiciones laborales, pero lo más importante es que la progresiva individualización del ciudadano le lleva no solo a reordenar los espacios cívicos, sino a la formación de una sociedad pasiva que vive ante la expectativa de un futuro incierto.

 

 

Notas

[1] Blog http://madridesperiferia.blogspot.com.es/ (último acceso 10/11/2015).

[2] A partir del s.xviii y como consecuencia de la revolución industrial, las élites sociales que estaban obligadas a convivir con las clases trabajadoras comienzan a desplazarse hacia las afueras de la ciudad, pues quieren huir del humo asfixiante de las fábricas evitando el contacto con las clases sociales más bajas y el contagio de enfermedades. De esta forma, se constituye el suburbio, un espacio alejado de la urbe donde únicamente conviven la burguesía y la aristocracia. (Mumford) En la actualidad, esta situación se ha invertido, ya que asistimos a la “reconquista” de ese espacio cívico para la élite y la clase trabajadora se desplaza hacia las periferias o suburbios, entendidos estos como lugares oscuros y altamente peligrosos en contraposición al antiguo suburbio, un retiro idílico que imitaba la vida rural.

[3] “Se trata de un impulso creativo, pues buena parte de mi escritura se alimenta de espacios limítrofes e indefinidos”, Elvira Navarro en http://madridesperiferia.blogspot.com.es (último acceso 10/11/2015).

[4] A este respecto, resulta interesante la película No somos ni Romeo ni Julieta (1969), una comedia escrita y dirigida por Alfonso Paso que se desarrolla íntegramente en los barrios periféricos madrileños. Las tesis explicadas en los párrafos anteriores se ven reflejadas en la película que denuncia la precaria vida de los habitantes del suburbio, el abandono por parte de las autoridades y los problemas sociales que nadie soluciona, por ejemplo, el alquiler de bebés para mendigar.

[5] En la actualidad, el emigrante sigue siendo el protagonista de las periferias. Si durante la década de los 50 provenía de las zonas rurales, ahora suelen ser procedentes del Este o de países de América Latina. “El mapa social de la periferia madrileña es, de este modo, complejo, con composiciones variables de pobreza y restricción de los derechos de nacionalidad. Pero a pesar de ello, la correlación parece clara. Incluso con el trazo grueso de los distritos y municipios, casi todos aquellos con alto porcentaje de extranjeros son también distritos de renta baja o medio-baja.” (Rodríguez 168)

[6] “(…) La dialéctica entre calle y casa, entre exterior e interior, se vuelve tan obscena en textos audiovisuales de cualquier tipo y para cualquier audiencia porque, en el fondo, se trata de una dialéctica constitutiva del estilo de vida occidental o, si se prefiere decir así, de la cultura moderna” (Méndez Rubio 31)

[7] El control ejercido sobre el ciudadano se refleja en la utilización de avances tecnológicos como cámaras de vigilancia que violan el anonimato del individuo en el espacio público, así como la utilización de helicópteros durante las manifestaciones para controlar a la población de una forma agresiva y mediante el miedo para demostrar la supremacía del gobierno y recordar y definir el comportamiento permitido y sus límites. También la arquitectura juega un papel importante, en este sentido, como es el caso de los proyectos de Le Corbusier en los que se priva al ciudadano de libertad al encerrarlo en espacios amurallados o las políticas desarrollas por Wilson y Kelling en 1982 denominadas Broken Windows, fomentando la estética y la imagen de una ciudad limpia de desperfectos urbanos con la finalidad de alejar los índices de criminalidad. (Janoschka)

[8] Esta ideología aparece reflejada en La gran familia (1962), una película dirigida por Fernando Palacios y considerada como el prototipo de familia del régimen franquista. El film refleja la perfecta forma de vida de una familia de clase media. Carlos Alonso, el padre, está pluriempleado para poder mantener a su numerosísima familia y sufragar los gastos de las facturas de la lavadora, el frigorífico y demás electrodomésticos del hogar. La buena administración de su esposa, Mercedes Cebrián, permite a la familia ir de veraneo a la costa, lujos y bienestar que en tiempos pasados eran impensables para un trabajador.

[9] Este fenómeno también es conocido como “el movimiento de los indignados” o “la Spanish Revolution”. Véase http://www.movimiento15m.org/ (último acceso 25/04/2016).

[10] La sierra madrileña es un gueto elitista poblado de urbanizaciones de lujo a las que es prácticamente imposible acceder. Las personalidades más importantes de la sociedad española tienen su chalet allí, desde aristócratas, hasta políticos o futbolistas. En la actualidad, se han construido urbanizaciones con chalets y adosados en hilera con materiales de baja calidad para que puedan ser adquiridos por la clase media. Intentan asemejarse a los de la élite, ya que su finalidad es la de cumplir el sueño de cualquier ciudadano que solo se preocupa de un ascenso social y no tiene los suficientes medios económicos. Es el puro reflejo del endeudamiento de la clase media que buscaba ascender socialmente.

 

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