Alfonso de Valdés, autor del «Lazarillo de Tormes», de Rosa Navarro Durán (2003)

Damián Cuenca Abela
Universidad de Alicante
dca9@alu.ua.es

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Resumen

 

El presente trabajo presenta, a modo de introducción, un breve resumen de la nómina de autores que a lo largo de la historia han sido designados como posibles autores del Lazarillo de Tormes, para a continuación pasar a reseñar una de las obras que más ruido hicieron hace unos pocos años en los mayoría de los mentideros culturales dedicados a la literatura española, Alfonso de Valdés, autor del «Lazarillo de Tormes», de Rosa Navarro Durán. Uno a uno, se comentan, y en ocasiones combaten, los principales argumentos que Navarro Durán expone para defender tajantemente la autoría de la célebre obra a Alfonso de Valdés: la teoría de “folio mutilado” del prólogo, las concomitancias entre las referencias encontradas en el Diálogo de Mercurio y Carón y el Lazarillo o el género y la profesión de “vuestra merced”, misterioso destinatario final de la obra, cuyo autor se nos dice que queda desvelado. Finalmente, se presenta un balance final que resume nuestra valoración de la obra reseñada.

 

Palabras clave

 

Lazarillo de Tormes, Alfonso de Valdés, anonimato, autoría.

 

Abstract

 

This work presents, in the introduction, a brief summary of the list of authors who, throughout history, have been appointed as the possible authors of the Lazarillo de Tormes. Afterwards, a review is made of one of the most talked-about books over the last few years, Alfonso de Valdés, autor del «Lazarillo de Tormes», by Rosa Navarro Durán. One at a time, the main arguments exposed by Navarro Durrán to defend her thesis are commented on, and on occasions refuted: the theory of the “mutilated page” in the prologue, the similarities found in the Diálogo de Mercurio y Carón, by Valdés, and the Lazarillo de Tormes or the misterious adressee of the Lazarillo, whose author we are told that it remains finally unveiled. Finally, a summary of our opinion on the work reviewed is presented.

 

Key words

 

Lazarillo de Tormes, Alfonso de Valdés, anonymity, authorship.

 

 

 

Introducción

La identidad del autor del Lazarillo de Tormes es uno de los misterios que más han despertado la detectivesta curiosidad de los críticos a lo largo de la historia de la literatura. El motivo es comprensible: se trata de una de las obras más representativas de la literatura española, germen, además, del único género de ficción que hemos “exportado” desde España, la picaresca (aunque este género cuente con algún antecedente notable como puede ser El asno de oro, de Apuleyo), y precursora también, aunque lejana, de la novela “realista”, es decir, de un tipo de novela más atenta a las “fortunas y adversidades” de la gente real, que a las ensoñaciones, idealizaciones y alegorizaciones características de la literatura medieval y renacentista. Así pues, una obra tan destacada no solo por sus valores literarios, que sin duda los tiene y muchos, sino también por su carácter prefigurador, por la semilla que sembró y que tantos frutos dio después, sigue a día de hoy, más de cuatro siglos después, sin revelarnos el nombre de su autor.

A esta tarea de desvelamiento se han dedicado muchos estudios, casi desde los orígenes de las primeras ediciones conocidas del Lazarillo en 1554. Con cautela en algunas ocasiones, de forma taxativa en otras, muchos han sido los nombres propuestos para sacar de la anonimia a esta obra. El primer nombre en sonar y, a juicio de Francisco Rico, “el más plausible”, es el del jerónimo fray Juan de Ortega, presentado en 1605 por fray José de Sigüenza de la siguiente manera (226):

Dicen que siendo estudiante en Salamanca […] hizo aquel librillo que anda por ahí llamado Lazarillo de Tormes. […] El indicio de esto fue haberle hallado el borrador en la celda, de su propia mano escrito.

El siguiente nombre al que se le adjudicó el Lazarillo fue Diego Hurtado de Mendoza. En 1607 el bibliógrafo flamenco Valerio Andrés Máximo comentaba en su Catalogus clarorum Hispaniae scriptorum que Hurtado de Mendoza “compuso […] el libro de entretenimiento Lazarillo de Tormes”. En tiempos recientes, en 2010 para ser exactos, Mercedes Agulló y Pablo Jauralde Pou se adhieren también a esta propuesta. Las siguientes atribuciones parecen más peregrinas (se llegó a asegurar que la obra la había escrito en 1657 una cofradía de pícaros en dos días).

Ya en el siglo XIX apareció la hipótesis de que el autor escondido fuera Sebastián de Horozco. Surgió este nombre por las semejanzas estilísticas y temáticas que José María Asensio encontró entre las obras de este autor y el Lazarillo. Sin embargo, nadie secundó tal idea en aquel momento, aunque, posteriormente, a mediados del siglo XX, Márquez Villanueva retomara la idea y la defendiera en base a los mismos argumentos que esgrimiera Asensio.

Otros nombres han sido mentados, pero concluiremos mencionando el de los hermanos Valdés, Juan y Alfonso, ya que Rosa Navarro Durán apoya sin contemplaciones la autoría de este último. Los argumentos que utiliza los vamos a detallar a continuación. A la exposición de estos intercalaré mis opiniones al respecto y las objeciones que creo se le pueden ir haciendo.[1]

 

Alfonso de Valdés, autor del «Lazarillo de Tormes», de Rosa Navarro Durán

En el año 2003 empezó a circular esta obra de título tajante y concluyente, según la cual el autor del Lazarillo abandonaba el territorio de las sombras y se nos revelaba por fin con nombres, apellidos, profesión, obras e inclinaciones religiosas, es decir, con un perfil nítido en el cual poder encontrar apoyo a las claves ideológicas que cifran la obra que supuso el genial germen de la picaresca. Ese autor es Alfonso de Valdés, “el mejor prosista de la primera mitad del siglo XIX”, según Navarro Durán, secretario de cartas latinas del emperador Carlos V y principal valedor de la corriente erasmista en España.

En la introducción la autora destaca, en primer lugar, que históricamente se había producido una errónea atribución del Diálogo de Mercurio y Carón. Este “diálogo” había sido leído como si perteneciera a Juan de Valdés, hasta que el hispanista francés Marcel Bataillon, en 1925, exhumó un documento que “figuraba ya en el Catálogo abreviado de Papeles de Inquisición de Antonio Paz y Melia”, en el cual el censor Dr. Vélez dejó escrito: “Compuso este libro […] Alonso de Valdés”. Basándose en este “descubrimiento” de Bataillon, Navarro Durán (10) proclama su objetivo y su modus operandi:

No voy a aportar, como no lo hizo el gran hispanista, nuevos documentos; pero, como él, voy a leer textos conocidos para poner de relieve la tela de araña que los une y que con hilo invisible va perfilando de manera nitidísima y de manera incontestable […] la autoría de Alfonso de Valdés.

Muy pronto podemos empezar a ponerle pegas a Navarro Durán. Efectivamente, Bataillon no “aporta nuevos documentos”, pero no es lo mismo encontrar un papel, olvidado o pasado por alto por las razones que sean, en el que consta claramente la autoría de un autor concreto de una obra concreta, que decir que ella hace exactamente lo mismo, porque no es así. Ella lee obras anteriores para establecer paralelismos, semejanzas temáticas y de estilo entre las lecturas que llevó a cabo Juan de Valdés y las influencias que se pueden atisbar en el Lazarillo (que también son discutibles), pero no es lo mismo, como ella afirma, encontrar un documento burocrático, de fidelidad casi “notarial” (como hace Bataillon), que encontrar semejanzas literarias más o menos notorias. Así pues, partiendo de esta manipuladora premisa, la autora se lanza a plantear una serie de hipótesis que den sustento a sus ideas.

Estas hipótesis defienden que el texto final del Lazarillo nos ha llegado mutilado. El hecho de que la primera edición de la que tenemos constancia tuviera lugar el mismo año, 1554, en cuatro ciudades distintas, una de ellas incluso fuera de España, parece evidenciar la existencia de al menos una edición anterior. Esta edición, según Navarro Durán, sufrió la mutilación de una página del prólogo, el cual ha quedado como para la posteridad tal como nos ha llegado debido a la intervención de los editores, no a la voluntad del autor, pues en el prólogo se advierten dos voces distintas y dos destinatarios distintos. De un destinatario plural se pasa repentinamente a dirigirse a un tú (“vuestra merced”). Entre medias, afirma la autora de este libro, “se ha perdido por lo menos un folio donde estaba la clave de lectura de esa [por el Lazarillo] espléndida obra, que nos hubiera permitido ahondar en ella” (12). Difícil parece refutar esta idea de la mutilación, ya que es cierto que la primera interpelación a “vuestra merced” suena algo brusca, pero propio de adivinos es afirmar lo que afirma Navarro Durán. ¿Cómo sabe ella que precisamente en ese folio estaría la clave de la lectura?

A continuación, la autora ahonda en la construcción del argumentario que se dispone a seguir: mostrar “parte de la construcción del Lazarillo, algunas de las muchas lecturas de su autor”, vincularlo a la “tradición literaria a la que pertenece” y “inscribirlo en la época de su creación” (13). Este es, pues, el orden que se sigue. Tras esto retoma la idea expuesta sobre los dos emisores y destinatarios del prólogo y, posteriormente, introduce nuevas ideas, como que “vuestra merced” es no solo un tratamiento de cortesía que revela que el destinatario de la carta (así se nos presenta todo el Lazarillo, bajo el artificio literario de una carta) es un ser de rango superior, sino que además necesariamente ha de ser una mujer. Para esta idea se apoya en las disculpas que al final de la obra le pide Lázaro a “vuestra merced” por estar tratando asuntos algo desagradables (tales disculpas carecerían de sentido ante un varón).

En el prólogo encuentra Navarro Durán una serie de concomitancias entre el Diálogo de Mercurio y Carón, de Alfonso de Valdés, y el Lazarillo. Estos parecidos apuntan a la mención explícita del estilo bajo empleado en las dos obras y la fruición que el lector puede que extraiga de ello. Ya conocemos que el autor del Lazarillo se refiere a su obra como una “nonada” escrita “en grosero estilo” en la que quizá haya alguien que encuentre “deleite”. Asimismo, Alfonso de Valdés, en el diálogo mencionado dice que escribe “en estilo que de todo género de hombres fuese con sabor leído”. Con este mismo argumento Alfonso de Valdés no escribió el Quijote porque no cuadran las fechas. O no es la reencarnación de Salicio, que cantaba al son de su “ruda zampoña”, por la misma razón, por la falta de coincidencia temporal… Está claro que estoy siendo irónico adrede para resaltar lo cogido por los pelos que resultan los argumentos que expone la autora en muchas ocasiones. A propósito del estilo, parece más sensato decir que los autores de ambas obras recurren en este caso a una serie de tópicos prologales abundantísimos en la tradición literaria, sin que ello signifique más que el conocimiento de ambos de la misma tradición. No niego (ni afirmo) que el autor del Lazarillo pueda ser Alfonso Valdés, pero sí que el argumento de la mención al bajo estilo en que están las dos obras arriba referidas nos sirva para salir de dudas.

Navarro Durán nos sigue ofreciendo una serie de razones un tanto forzadas para vincular la autoría del Lazarillo a Alfonso de Valdés. Una de ellas es la común alusión a la “honra” tanto en el prólogo del Diálogo de Mercurio y Carón como en el del Lazarillo. En el Diálogo… el autor nos habla de su identidad sin revelarla para no parecer soberbio: “Algunos eran de parecer que debía poner aquí mi nombre, y no lo quise hacer porque no pareciese pretender yo desto alguna honra, no mereciéndola”; en el Lazarillo, el autor recurre a una cita de Cicerón: “La honra cría las artes”. De nuevo me parece un argumento muy débil.

El capítulo lo concluye Navarro Durán refiriendo que Alfonso de Valdés deja su testamento en poder de su escribano Gonzalo Pérez, guiño claro, según ella a los apellidos que les da a los padres de Lázaro, González y Pérez. Nosotros, como contraargumento, podríamos afirmar que se debe a la mera casualidad, debida sin duda a lo común de ambos apellidos.

En el capítulo siguiente se desarrollan varios aspectos, pero destaca el intento de arrojar luz sobre otro de los asuntos clave del Lazarillo, el “caso” que motiva la escritura de la carta, pues eso es la obra, una larga carta de autojustificación. Según Navarro Durán, entre “vuestra merced” y el arcipreste de San Salvador existe un único lazo posible, el que este último fuera su confesor. Eso justificaría que el narrador lo califique de “servidor y amigo de vuestra merced” y además dotaría de verosimilitud al interés que muestra “vuestra merced” por el relato de Lázaro.

Esta reconstrucción la realiza Rosa Navarro para reforzar su hipótesis de que falta una página al prólogo, la cual coincidiría con lo mismo que hizo Alfonso de Valdés en el prólogo del Diálogo de Mercurio y Carón, ofrecer el “argumento” de la obra. Esta coincidencia significaría que ambos relatos están cortados por la misma mano.

Por otro lado, en el Lazarillo hay un protagonista indiscutible y constante, el vino. De principio a fin se nos hace esto patente: Lázaro muestra una gran afición a esta bebida a lo largo de toda la obra y, al final, acabará en la “cumbre de toda buena fortuna” al convertirse en un simple “pregonero de vinos” (lo de “simple” es una apreciación externa; para el personaje suponía un estado casi insuperable; precisamente de ese contraste de planos surge la ironía y la fina crítica social). Asimismo, en los Coloquios de Erasmo encontramos una serie de ideas relacionadas con el Lazarillo, pues nos viene a decir que “hay que llevar mucho cuidado de los confesores y, más todavía, teniendo en cuenta que se les permite beber”. En síntesis, tenemos en común la condición de confesor (en el Lazarillo, del arcipreste de San Salvador) y la presencia del vino. Si tenemos en cuenta, además, que Alfonso de Valdés fue un erasmista confeso, la ecuación que nos sale es clara, según Navarro Durán: el autor del Lazarillo no puede ser otro que el mismo Alfonso de Valdés. Así lo expresa la autora (39):

El arcipreste de San Salvador no reunía las condiciones necesarias para ser un buen confesor. A Vuestra Merced le debía preocupar y mucho saber si era verdad que el Arcipreste, su confesor, al que le gustaba el vino, tenía como manceba a la mujer del pregonero. No es extraño, por tanto, que quisiera que Lázaro le relatara el caso “muy por extenso”.

El siguiente punto del argumentario al que se acoge Navarro Durán para adscribir el Lazarillo a la autoría de Alfonso de Valdés es el de la fecha de escritura del relato. Dos Cortes celebró Carlos V en Toledo: en 1525 y en 1538. La “cumbre de toda buena fortuna” a la que se refiere Lázaro al final de la obra tiene lugar “el mesmo año que nuestro victorioso Emperador en esta insigne ciudad de Toledo entró y tuvo en ella Cortes”. Si Lázaro se refiere a las segundas “Cortes”, el autor no podría ser Alfonso de Valdés, ya que murió antes. Sin embargo, según Rosa Navarro, parece obvio que se refiere a las primeras “Cortes”, ya que si Lázaro estuviera hablando de las segundas, precisaría ese hecho para deshacer la ambigüedad. “Si se quiere fechar, se hace con precisión”, nos dice. Por tanto, el contexto histórico en el que se desenvuelve la acción no entra en contradicción con que el autor del Lazarillo sea Alfonso de Valdés. Es más, esa referencia explícita a la entrada triunfante del “Emperador” sería también una alusión velada al hecho de que este hizo prisionero en Madrid a Francisco I, rey de Francia, tras vencerlo en la batalla de Pavía, relación de la cual fue autor el mismo Alfonso de Valdés.

Por otro lado, las influencias literarias también son un asidero al que se agarra Navarro Durán para defender su propuesta. La primera que nos ofrece es la alusión común a un año “estéril de pan”. Así aparece tanto en el Diálogo de Mercurio y Carón como en el Baldo de Dominico de Robertis (la importancia del “pan” en el Lazarillo casi huelga resaltarla; en cualquier caso, recuérdese que el cura de Maqueda lo guardaba bajo llave, como tesoro valiosísimo). La conexión que realiza Rosa Navarro es la siguiente: el autor del Baldo fue erasmista, como Alfonso de Valdés. Por tanto, “pudo pertenecer al círculo” de este, y debido a ese contacto, haber leído el Lazarillo, de donde habría sacado la idea de usar la expresión “estéril de pan”.

Otras influencias literarias que destaca Navarro Durán son La Celestina, La lozana andaluza, Cárcel de amor o La comedia Thebaida. Puesto que estas obras están entre las lecturas de Alfonso de Valdés, ello puede ser prueba de que él fue el autor del Lazarillo. El argumento, como la mayoría de los que esgrime Rosa Navarro, es, en mi opinión, bastante endeble. En cualquier caso, no le podemos negar su interés como trabajo de literatura comparada, ya que, no todos, pero sí algunos de los paralelismos que establece entre distintas obras y El Lazarillo parecen bastante probables. Por ejemplo, Celestina exclama en el auto IX que su “honra llegó a la cumbre”, con una subversión entre irónica y amarga del término “honra”, cuando logra tener bajo su mando a nueve prostitutas; la “cumbre de toda fortuna” de Lázaro es ser pregonero de vinos, aunque sea un cornudo.

A propósito de los paralelismos que va señalando Rosa Navarro voy a referirme al que más me ha llamado la atención por el hecho de que ofrece una justificación a una aparente descompensación en el relato que compone el Lazarillo. En el Diálogo de Mercurio y Carón asistimos a un “desfile” de personajes de religiosidad ostentosa, externa, huera pertenecientes a dos capas sociales distintas: la religiosa y la nobiliaria. La sátira es feroz. Todos van confesando los actos que perpetraron en vida y la confianza estúpida que tenían en librarse gracias a la compra de bulas religiosas. Finalmente todos caen en la “sima” más profunda de su fortuna. En el Lazarillo se produce una inversión del relato: ya no son los personajes religiosos y de estirpe nobiliaria los que desfilan ante nadie para “confesarse”, sino que es Lázaro el que se encarga de revelarnos la calaña de cada uno al pasar a su servicio. Casualmente, él, de condición baja, consigue elevarse a la “cima de toda buena fortuna”. La descompensación que encontramos en los episodios del servicio de Lázaro al maestro de pintar panderos y al alguacil se debe, según esto, a que ninguno de estos dos personajes pertenece al ámbito de la religión o de la nobleza, que es donde se encuentra el destino de los dardos críticos del erasmismo del autor.

A modo de conclusión, creo que merece la pena destacar las palabras de Francisco Rico con respecto a la hipótesis de Rosa Navarro Durán que atribuye la autoría del Lazarillo a Alfonso de Valdés. Con benignidad la califica de “corazonada” y, posteriormente, añade que “no es disparatado percibir una cierta afinidad de estilo entre el Lazarillo y los diálogos de Alfonso de Valdés. Pero ahí se acaba todo. Porque la pura y simple afirmación voluntarista de que el autor de nuestra novela fue el secretario de cartas latinas del Emperador no puede apoyarse ni en documentos ni en indicios factuales ni en concordancias significativas”. Los argumentos que nos ofrece Rosa Navarro están bien hilvanados en muchas ocasiones. A veces parecen tener muchas trazas de verosimilitud, pero también la impresión general que a mí, personalmente, me causa es la de no demostrar nada con la certidumbre y la contundencia que muestra en el título de la obra. Hasta tal punto es así que creo que podría escribirse otro libro titulado ¿Alfonso de Valdés, autor del «Lazarillo de Tormes»? y replicar cada argumento de Rosa Navarro con contraargumentos que demuestren que lo que dice está lleno de fisuras.

 

 

Notas

[1] Para la nómina de autores expuestos como posibles autores del Lazarillo me he basado en uno de los apéndices de la edición del Lazarillo realizada por la RAE en 2011. El apéndice en cuestión es el titulado “Sobre el autor” y lo firma Francisco Rico.

 

Bibliografía

Apócrifo. Lazarillo de Tormes. Madrid: Real Academia Española, 2011.

Navarro Durán, Rosa. Alfonso de Valdés, autor del «Lazarillo de Tormes». Madrid: Gredos, 2003.

 

 

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