La mentira como fenómeno lingüístico: algunos aspectos centrales para su descripción

Pascuala Infante Arriagada
Universidad de Chile
painfant@uchile.cl

 

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Resumen

 

La mentira en tanto fenómeno humano ha sido abordada largamente por la psicología y la filosofía, misión a la que se suman las ciencias cognitivas en años recientes. La lingüística, sin embargo, no ha entregado mayores aportes sino hasta hace escasos años y con no pocas limitaciones. Esta revisión bibliográfica busca resumir algunos aspectos fundamentales para avanzar en la descripción lingüística de la mentira. Con este objetivo, y sobre la base de la literatura consultada, se aborda aquí la relación verdad/mentira, así como se distingue entre diferentes tipos de mentira. Se discute también la centralidad de la intencionalidad compleja en la mentira, evaluando la pertinencia del Principio Cooperativo de Grice para su descripción y proponiendo una distinción entre la mentira humana y el engaño de algunas especies animales. Asimismo, se presenta la idea de que la mentira es una construcción estratégica que se conforma progresiva y dinámicamente en la interacción, para finalizar con un breve recuento de los modelos más utilizados para la evaluación de la credibilidad que fundamentan la identificación de ciertas supuestas características del lenguaje de la mentira.

 

Palabras clave

 

Mentira, intenciones, engaño, interacción, cooperación conversacional, Teoría de la Mente, prevaricación, credibilidad.

 

Abstract

 

As a human phenomenon, lying has been debated at length by psychologists and philosophers, with the cognitive sciences also embarking on this mission in recent years. Linguistics, however, has not contributed much to the discussion until but a few years ago, and with several limitations. This bibliographic review intends to synthesize some fundamental aspects in order to advance toward a linguistic description of lying. To this end, and on the basis of the literature reviewed, this paper deals with the truth/lie relation, as well as it distinguishes different types of lie. The centrality of complex intentionality in lying is also discussed, evaluating the pertinence of Grice’s Cooperative Principle for its description and setting forth a distinction between the human lie and the deceit of some animal species. Also, this paper endorses the idea that lying is a strategic construction built progressively and dynamically in interaction, to finish with a brief account of the models most frequently used in credibility assessment that lie at the basis of the identification of certain supposed characteristics of the language of lying.

 

Key words

 

Lying, intentions, deceit, interaction, conversational cooperation, Theory of Mind, prevarication, credibility.

 

 

 

  1. Introducción

La capacidad de mentir y las diferentes facetas de la mentira han atraído la atención de los estudiosos de distintos campos disciplinares por décadas, e incluso siglos. De modo muy general, vemos que la filosofía ha abordado este fenómeno tanto como una expresión extramoral de la imaginación y la fantasía (Torralba Roselló, 1996; López Castellón, 2001) como desde el ámbito de lo moral, cabalmente representado por San Agustín (Pérez Cortés, 1996). La psicología, por su parte, lo hace fundamentalmente en el marco de los estudios sobre memoria humana (Johnson y Raye, 1981; Undeutsch, 1989 [1957]; Raskin y Esplin 1991, por mencionar sólo a los pioneros en el área) e identificación de pistas conductuales y fisiológicas de la mentira (DePaulo et al., 1996, 2003; Vrij, 2000; Vrij et al., 2001; Strömwall et al., 2004), todo esto orientado a aplicaciones clínicas y forenses. Asimismo, naturalistas y cientistas cognitivos se ocupan de la mentira desde una perspectiva evolutiva en la búsqueda de la identificación de los procesos cognitivos que subyacen a la mentira humana y de las diferencias entre esta y las formas de engañar de distintas especies animales (Mitchell, 1986; Bond y Robinson, 1988; Güzeldere et al., 2002).

Como es esperable, variadas consideraciones sobre el lenguaje están en el centro de todas estas aproximaciones. Sin embargo, la lingüística no parece haber profundizado en la naturaleza de este fenómeno desde su propia trinchera sino hasta los últimos años, y siempre desde los hallazgos y formalizaciones de otras ciencias que no han acudido a los especialistas en lenguaje para apuntalar sus teorías y modelos de aplicación. Por estas razones, resulta fundamental avanzar en el estudio de la mentira desde la lingüística, no sólo con el objetivo de formular nuestras propias aproximaciones teóricas y aplicadas, sino también con el fin último de contribuir a las investigaciones de otras áreas disciplinares afines para, de este modo, dar cuenta de este fenómeno desde un sustrato sólido y bien informado. Asimismo, las escasas investigaciones lingüísticas disponibles han sido publicadas mayormente en inglés, por lo cual es esencial aumentar la base teórica de los estudios de la mentira en (y sobre) nuestra lengua.

Este artículo propone una revisión teórica que puede resultar útil a quienes estén interesados en el análisis de la mentira en tanto fenómeno lingüístico. En primer lugar, precisaremos qué se entiende por mentira, su relación con la verdad y distinguiremos diferentes tipos de mentira. En segundo lugar, abordaremos el rol de la intencionalidad compleja y el lenguaje en la definición de la mentira humana, en oposición al engaño animal. A continuación, discutiremos la insuficiencia del Principio Cooperativo en la descripción de la mentira, así como la importancia de la interacción comunicativa en su construcción como progresión. Finalmente, y luego de exponer las nociones esenciales de los modelos de identificación de credibilidad, nos detendremos en la presentación de aquellos aspectos que caracterizan el lenguaje del mentiroso.

 

  1. Descripción básica de la mentira

Los estudios iniciales sobre la mentira nacen de la reflexión filosófica hace ya varios siglos. No pocas de estas aproximaciones al fenómeno de la mentira lo abordan desde la perspectiva de su utilidad. Aquí se encuentra, por ejemplo, el concepto de Platón, para quien el mito y la poesía, en tanto expresiones engañosas, resultan vehículos más poderosos que el lenguaje objetivo para la transmisión de estados emocionales a quienes Platón entendía como “de comprensión reducida”, como los niños y el vulgo. A esta tradición pertenecen también las ideas de Schopenhauer en relación con la fuerza de la fantasía para abarcar una realidad que sólo llega a ser una imagen poco adecuada de la idea (Torralba Roselló, 1996), así como la definición extramoral de la mentira según Nietzsche, quien destaca la función de las apariencias, la invención y la falsificación tanto en la ciencia como en la vida. Para Nietzsche, los conceptos de verdad y mentira son relativos y no absolutos, como propone una aproximación moral al engaño (López Castellón, 2001). La postura relativista frente a la verdad de Nietzsche queda de manifiesto en su célebre aforismo “Quien no puede mentir, no sabe lo que es la verdad”.

Ahora bien, entender la mentira extramoralmente, esto es, como una expresión de la fantasía, una forma de enseñanza o un método de falsificación, implica fines virtuosos que, si bien son útiles a la reflexión filosófica y científica en general, no dan cuenta de este fenómeno ni en términos de sus funciones sociales en la interacción, ni en tanto acto reprobable y digno de sanción social, que son algunos de los aspectos centrales que nos interesa desarrollar en este artículo desde la perspectiva de la lingüística.

 

2.1 El temor a la sanción social y la Verdad única

En cuanto al asunto de la sanción social, el miedo del mentiroso a ser descubierto y, en consecuencia, castigado es uno de los factores determinantes del despliegue inconsciente de una conducta verbal y no verbal relativamente identificable. Sin este temor, la escenificación de una mentira no es fácilmente distinguible de la de una declaración verdadera. Sobre este mismo punto, tanto psicólogos como lingüistas han señalado las limitaciones de los estudios experimentales de laboratorio para identificar claves verbales, conductuales y fisiológicas de la mentira (en oposición a los estudios en contextos reales), por cuanto es el riesgo real de recibir sanciones lo que gatilla respuestas identificables y, en consecuencia, útiles para los fines investigativos (Vrij et al., 2001; Pickel, 2004; Chang, 2008; Fornaciari, 2012; Picornell, 2013).

La descripción lingüística de la mentira parece más productiva, entonces, si se considera tanto la naturaleza de las mentiras más bien inocuas usadas con propósitos sociales en contextos conversacionales (las mentiras sociales a las que nos referiremos más adelante) como el impacto del temor a la sanción moral. El acercamiento estrictamente moral a la mentira más ampliamente conocido es el de San Agustín. Aquí, las consideraciones epistemológicas no tienen cabida en una concepción donde lo que prima es la oposición entre el Espíritu, verdadero en sí, y la Palabra que, aunque dada divinamente, puede ser usada por los hombres, en su libre albedrío, para faltar a la Verdad de Dios. San Agustín entendía la verdad y la mentira como condiciones morales, totalmente excluyentes, en línea con la concepción religiosa de la verdad donde esta es una verdad revelada por Dios a través de su iglesia (Pérez Cortés, 1996).

Aun actualmente es posible entender los conceptos de verdad y mentira partiendo desde la idea del binomio cognitivo verdad/mentira (Jorques Jiménez, 2012), donde la definición de estos conceptos se basa, ante todo, en una relación de exclusión mutua: la mentira es la falta (absoluta o parcial) de verdad, mientras que la verdad es la ausencia de mentira. Luego, la mentira también puede definirse en términos de la capacidad de las palabras para ser utilizadas en sólo uno de los varios sentidos que estas pudieran tener (Weinrich, 2000, cit. en Martos Ramos, 2008), esto es, desde su potencialidad para indicar varias mentiras y sólo una verdad, por cuanto solo una de las posibles acepciones de las que incluye una palabra puede ser verdadera en un determinado contexto. Sin embargo, estas aproximaciones más bien absolutas no capturan la esencia de este fenómeno que, en tanto humano, comprende una serie de matices que no debemos dejar de lado.

 

2.2 Más allá de la no verdad

Con todo, debemos admitir que la definición más básica de la mentira es la negación de la verdad. Sin indagar en las muchas implicancias filosóficas respecto del estatus de la verdad y su relación con la realidad, los hablantes a menudo enfrentan situaciones en donde sus relatos se confrontan más o menos directamente, y la negación es una estrategia frecuente. No obstante, la expresión de la mentira abarca mucho más que la simple negación. DePaulo et al. (1996) distinguen entre la mentira absoluta, donde la falsedad del evento discutido es total; la mentira exagerada, donde la narración de hechos o impresiones se sustenta en recursos retóricos aumentativos, y la mentira sutil, construida a través de evasiones y omisiones.

Una definición estrictamente excluyente de la relación verdad/mentira no parece suficiente, puesto que es posible identificar tipos de mentira que van más allá de la llana negación de la verdad. Una primera distinción que debemos trazar es entre las mentiras de bajo (o nulo) costo social y alta frecuencia, y aquellas de alto costo social y baja frecuencia. En la interacción verbal cotidiana, la mentira de bajo costo social es una actividad bastante poco excepcional. Los intercambios verbales pueden basarse, incluso en su totalidad, en una serie de mentiras funcionales al propósito social de mantener la armonía y las expectativas interaccionales, sin que esto represente ningún costo significativo para el mentiroso (Kimminich y Pfänder, 2008). Las bajas probabilidades de que esta mentira social (Picornell, 2013) sea descubierta (ya sea por su nimiedad o su utilidad social, y por la consiguiente falta de interés de los interlocutores en develarlo) resultan en una conducta general que no difiere mayormente de la veraz. Como ya mencionamos, la motivación para engañar más allá del mantenimiento de la armonía social detona el miedo a la sanción moral, aunque no todas las motivaciones son iguales. Aquellas que persiguen recompensas económicas o materiales redundan en respuestas verbales, conductuales y fisiológicas que poco difieren de las de la mentira social (DePaulo et al., 2003). Sin embargo, en las ocasiones más bien excepcionales en que el mentiroso ve amenazada su imagen social (Goffman, 1967; Brown y Levinson, 1987), su autoconfianza o la definición de su identidad, la fuerte motivación por convencer a los interlocutores de la veracidad de lo relatado y así evitar sanciones sociales permite identificar ciertos rasgos característicos de este tipo de mentira (DePaulo et al., 2003).

No existe un acuerdo generalizado en la literatura relevante respecto de cuáles son, específicamente, los rasgos constitutivos de la mentira. Labov (2013), por ejemplo, considera que la mentira sutil, en muchas de sus expresiones, no alcanza el estatus de mentira, sino que simplemente constituye un mecanismo de transformación de la realidad que los narradores emplean ubicuamente con el objetivo de hacer sus relatos más reportables y creíbles. Este recurso discursivo transformativo de la realidad es del todo habitual y no implica necesariamente una sanción moral, lo que lo distinguiría de la mentira de alta motivación y baja frecuencia, sin por ello frisar en la inocuidad de la mentira social.

Para Labov, poner en práctica una mentira (a) es difícil, por cuanto requiere de una serie de modificaciones de series completas de los eventos narrados para asegurar su consistencia en caso de confrontación; (b) es peligroso, pues el narrador no puede adelantarse a la potencial aparición de algún testigo o a la ocurrencia de algún hecho accidental que saque a la luz las inconsistencias en su narración, lo que resultaría en una clara pérdida de credibilidad y, en consecuencia, en un daño concreto a la imagen del narrador, y (c) es innecesario, pues el narrador dispone de estrategias de omisión y oscurecimiento para transformar la realidad de los eventos relatados sin arriesgar (e incluso mejorando) su imagen. Esto último, coincidente con la mentira sutil de DePaulo et al. (1996), es para Labov una estrategia utilizada por todos los hablantes en su esfuerzo de dirigir intencionadamente la interpretación de los eventos, transformando así la realidad para beneficio del narrador sin que esto alcance a constituir una mentira propiamente tal, con toda la carga castigadora que implica su potencial detección.

En todas estas definiciones, la mentira y otras estrategias de ocultamiento comparten una base común: la transformación narrativa, total o parcial, de los eventos “verdaderos”. Más allá de esta coincidencia, los conceptos de verdad y mentira ofrecen, sin duda, complejidades que exceden la simpleza de una relación de exclusión mutua. Nuestro interés es describir la mentira desde su condición de hecho lingüístico y para ello debemos detenernos en una de sus características fundamentales: la intención de mentir.

 

  1. Intencionalidad y mentira

Ya nos hemos referido a la idea de Weinrich (2000, cit. en Martos Ramos, 2008) sobre la potencialidad inherente de las palabras para señalar, en cada instancia comunicativa, sólo una de las verdades posibles especificadas en los distintos sentidos que las palabras pueden tener. Martos Ramos (2008) denomina esta característica inherente de las palabras como mentira metalingüística y, aunque destaca que permite analizar las bases generales de la mentira intencional, se apura en reconocer que esto no es lo que prototípicamente se entiende por mentira. La mentira extralingüística, por su parte, constituye la “mentira clásica, el uso del lenguaje con la intención de ocultar una intención […], reprobable a diferencia del primer tipo de mentira” (2008: 64).

La intencionalidad está en el centro de la descripción de la mentira extralingüística, con todas las implicancias que representa su puesta en marcha en la interacción, como veremos más adelante. En esta misma línea, existe acuerdo generalizado entre los estudiosos sobre su importancia en la definición básica de la mentira humana (por ejemplo, Güzeldere et al., 2002; Camacho Taboada, 2008; Lorenzo González, 2008; Martos Ramos, 2008; Picornell, 2013). Es, en efecto, la intención de ocultar una intención lo que separa el engaño animal de la mentira humana, una distinción que formalizaremos más adelante.

 

3.1 La prevaricación animal y la mentira intencionada

A mediados del siglo pasado, Hockett (1958) propuso una serie de quince características definicionales del lenguaje que, en su totalidad, sólo se dan simultáneamente en el caso del lenguaje humano, mientras que rasgos aislados o conjuntos de esos rasgos pueden encontrarse en otras formas de comunicación animal. Entre las quince propiedades de Hockett, al menos tres son privativas del lenguaje humano: la reflexividad, o la capacidad del lenguaje de volverse su propio objeto de comunicación; la doble articulación, que permite la construcción de unidades con significado a través de la utilización de unidades no significativas, y el desplazamiento, que describe la facultad del lenguaje de referirse a estados de cosas presentes o no en el entorno inmediato del hablante. Una cuarta característica, la prevaricación, parece de cierto modo una elaboración de la propiedad de desplazamiento. Hockett la define como la capacidad del lenguaje de representar lo falso, lo imposible de verificar, y lo que puede no tener significado lógico. Esta es la propiedad que subyace a la mentira, la ficción, la superstición y la formulación de hipótesis (Lorenzo González, 2008), todas estas construcciones son estrictamente humanas.

Si, por el contrario, el lenguaje se entendiera simplemente como un hecho de comunicación, y por esto último a su vez se entendiera una forma utilizada por un organismo para promover una respuesta por parte de otro, la prevaricación no es una facultad únicamente humana, sino también presente en otras especies. Es esta interpretación lo que parece explicar el hecho de que Hockett no clasificara la prevaricación en el grupo de las tres propiedades exclusivas del lenguaje humano. De hecho, Lorenzo González (2008) destaca el rol de la prevaricación en los animales en tanto estrategias dirigidas a la satisfacción de dos necesidades homeostáticas básicas. La primera es la de predación, en donde la prevaricación se pone en práctica tanto para atraer presas como para evitar depredadores, mientras que la segunda está orientada a garantizar la reproducción de los organismos prevaricadores, atrayendo a miembros fértiles de la misma especie (Slater, 1999, cit. en Lorenzo González, 2008). Las formas de suscitar o evitar una respuesta del organismo engañado están dadas fundamentalmente por mecanismos de emisión de sonidos, de cambios de coloración, e incluso de escenificación de breves guiones conductuales. La prevaricación, entonces, no se restringe a la actividad humana, sino que ocupa un lugar esencial en el aseguramiento de la continuidad de muchas y diversas especies animales. Visto desde esta perspectiva, el engaño animal reviste un claro valor evolutivo, y sin duda constituye el antecedente sobre el que la capacidad de mentir se ha ido especializando hasta alcanzar la complejidad que la caracteriza en la comunicación humana (Picornell, 2013).

Sin embargo, la idea de que la prevaricación animal pueda ser homologable a la mentira humana es del todo debatible, puesto que no da cuenta de la mentira en tanto fenómeno intencionado, transmitido por un lenguaje altamente especializado y, eventualmente, merecedor de sanciones sociales. La capacidad prevaricadora animal tiene una base genética y, aunque en todos los casos se despliega para el beneficio del organismo que la pone en práctica (Mitchell, 1986; Bond y Robinson, 1988), no puede ser activada en ausencia del reducido conjunto de estímulos que la detonan. No es posible identificar aquí la intención de engañar más allá de la preservación de la especie, y es necesario trazar una línea entre la prevaricación programada genéticamente y la mentira intencionada, con toda la carga social que reviste su eventual descubrimiento. Sólo esta última puede considerarse exclusivamente humana. Ahora bien, la distancia entre estos dos polos de la respuesta automática y de la mentira intencionada está marcada por una serie de niveles (Mitchell, 1986; Güzeldere et al., 2002) que revisaremos a continuación.

 

3.2 Niveles de intencionalidad en el engaño animal 

Mitchell (1986) propone una definición del engaño bastante amplia, que incluye tanto la mentira programada como la intencionada:

  • Un organismo R registra (o cree) algo Y de un organismo S, donde S se beneficia de (o desea) que
  • R reaccione apropiadamente a Y, porque
  • Y significa X; y
  • no es verdad que X sea el caso.

Dentro de esta generalidad abarcadora, Mitchell también distingue niveles en el engaño a propósito de las demandas y funciones cognitivas requeridas del mentiroso, en un rango marcado por la presencia creciente de conciencia del contexto y, por lo tanto, de actividad intencional para modificarlo en el propio beneficio. El primer nivel es el del engaño genéticamente programado, que afecta principalmente la apariencia de las especies que lo ponen en práctica. Aquí no están implicadas la conciencia o la intención de engañar, como tampoco la capacidad de descifrar variables contextuales para decidir si es o no necesario desplegar la conducta engañosa (Mitchell, 1986). No obstante, su utilidad evolutiva se demuestra en la supervivencia de las especies que lo practican (Güzeldere et al., 2002).

El segundo nivel, también programado genéticamente, sí involucra la manipulación (aunque relativamente inconsciente) de representaciones mentales, en tanto las especies son capaces de reconocer la situación de amenaza o beneficio que gatilla el engaño. Se observa, entonces, un grado de coordinación entre lo percibido y las acciones que pueden desarrollarse y, en consecuencia, la aparición de una conciencia general del contexto (Mitchell, 1986).

El tercer nivel alcanza algún grado de complejidad e intencionalidad, así como presupone una cierta capacidad de aprendizaje (Güzeldere et al., 2002) y, por lo tanto, de facultades para el engaño no programadas en la base genética de las especies. Aquí las especies demuestran una capacidad inicial de aprender de experiencias pasadas y aplicar ese conocimiento en su conducta engañosa, considerando algunas generalidades contextuales, en situaciones nuevas de acuerdo a sus intenciones presentes (Mitchell, 1986).

Finalmente, el cuarto nivel es el del engaño planificado, autoprogramado e intencional (Camacho Taboada, 2008). Vemos acá la capacidad de manejar variables contextuales múltiples, la manipulación compleja de representaciones mentales, el aprendizaje en su concepción más amplia, y la expresión de la conciencia y las intenciones (Mitchell, 1986). Mitchell (1986) y Güzeldere et al. (2002) proponen que en este nivel se encuentran los humanos y, también, algunos primates superiores, como los chimpancés. La primatóloga Susan Blackmore (1999, cit. en Picornell, 2013), de hecho, propone que ciertas especies de primates son capaces de imaginar eventos y manipularlos mentalmente, evidenciando así una forma básica de inteligencia maquiavélica (Whiten y Byrne, 1988, cit. en Camacho Taboada, 2008). Sin embargo, como ya mencionamos antes, no parece posible homologar el engaño relativamente intencionado de los animales, ni siquiera el de los primates, con la complejidad intencional de la mentira humana. Aun antes de llegar al rol central del lenguaje en la distinción entre el engaño y la mentira que se propone más adelante, resulta necesario detenerse en la capacidad de reconocer las intenciones en los otros, esto es, en la Teoría de la Mente.

 

3.3 Mentira, Teoría de la Mente y lenguaje

Ciertos primates superiores poseerían una inteligencia maquiavélica, en tanto serían conscientes de sus actos, capaces de planificarlos y tendrían la habilidad de manipulación intencionada (Mitchell, 1983, cit. en Camacho Taboada, 2008; Blackmore, 1999, cit. en Picornell, 2013). Estos primates se reconocerían mutuamente como seres con mente, esto es, con la capacidad de construir y manipular sus propias representaciones mentales, así como de atribuírselas a otros, lo que equivale a decir que estos antropoides poseen una Teoría de la Mente.

Tanto estos primates como los niños de hasta aproximadamente cuatro años serían capaces de asignar estados mentales a otros. Ahora bien, lo que caracteriza a los humanos con un desarrollo lingüístico más avanzado y, por lo tanto, los faculta para mentir intencionadamente de forma compleja, no es simplemente la capacidad de asignar intenciones a los otros, sino la variante recursiva de esta habilidad (Camacho Taboada, 2008), que los distingue de la totalidad de los primates superiores y su engaño no lingüístico. La escenificación de una mentira presupone que el mentiroso haya desarrollado una capacidad cognitiva que no sólo permite asignar creencias (verdaderas o falsas) a los otros, sino también la de anticipar que estos otros pueden también atribuir creencias (verdaderas o falsas) a un tercero, incluyendo al propio mentiroso, estableciéndose de este modo una capacidad inferencial compleja. Así, si bien naturalistas y primatólogos pueden defender que algunos antropoides poseen un tipo inicial de Teoría de la Mente, es el rasgo de recursividad el que la caracteriza en su forma desarrollada, aquella que los hablantes de una lengua demuestran poseer a la hora de mentir y de detectar mentiras.

Desde un punto de vista evolutivo, es posible relacionar el momento de la emergencia de la capacidad de atribuir creencias e intenciones a otros recursivamente con el de la aparición del lenguaje (Güzeldere et al., 2002; Lorenzo y Longa, 2003, cit. en Camacho Taboada, 2008; Picornell, 2013). En efecto, quienes defienden la Teoría Computacional de la Mente (Pinker, 1999) desde una aproximación modularista (Fodor, 1983) proponen que la escenificación de la mentira involucra la operación de dos macromódulos de jerarquías comparables, el del lenguaje y el de la Teoría de la Mente, que se habrían desarrollado de forma paralela y simbiótica a lo largo de la evolución (Camacho Taboada, 2008).

Más allá de adscribir o no al controvertido enfoque modularista, sí parece delinearse una distinción básica: mientras el engaño de los primates superiores puede involucrar algún grado de intencionalidad, la mentira humana se caracteriza por una Teoría de la Mente avanzada, que asigna estados mentales recursivamente, y por la complejidad de su construcción y vehiculización en el lenguaje, que la lleva a un plano mucho más rico, matizado y voluble que el de la simple conducta engañosa de otras especies.

En este punto, ya parece posible formalizar una distinción esencial entre el engaño y la mentira. Por una parte, es posible identificar el engaño animal, en distintos grados de conciencia y hasta el nivel más bajo de la intencionalidad y, por otra, la mentira humana, producida desde la conciencia, motivada por intenciones complejas y por la capacidad de atribuirlas a otros recursivamente, y transmitida por el lenguaje desarrollado que sólo los humanos poseemos. Ya lo adelantaba Pérez Cortés al explicar que la mentira es sólo una de las muchas formas del engaño, pero que se distingue de otras (que, por ejemplo, compartimos con ciertas especies) en tanto “se produce a través de un enunciado del lenguaje [… y] porque ese enunciado tiene el propósito consciente de engañar” (1996: 43).

  

  1. Cooperación comunicativa y construcción interactiva de la mentira

Como ya se ha señalado, en el terreno del uso del lenguaje humano en contexto, la mentira no puede entenderse sólo como la exclusión de la verdad en términos absolutos ni como una respuesta programada genéticamente, sin concurso de las intenciones complejas del mentiroso y de la anticipación de las de su interlocutor como un otro igualmente movido por intenciones. La mentira humana debe abordarse como una expresión intencionada puesta en el mundo a través del lenguaje y, por lo tanto, es objeto del análisis pragmático. Desde esta perspectiva, el estudio de la mentira involucra considerar tanto la violación de ciertos principios conversacionales como el impacto de la interacción en su construcción dialógica. Una vez más, vemos que la intencionalidad del mentiroso está en la base de estas dos aristas analíticas.

 

4.1 El Principio Cooperativo y el acto de mentir

Gracias a los aportes de la filosofía del lenguaje que sientan las bases del estudio de la pragmática, la mentira se ha discutido tradicionalmente a propósito de la violación de una o más máximas del Principio Cooperativo (PC) de Grice (1975 [1957]). En su formulación, el PC evidencia la clara base estratégica (luego, racionalista) que lo sustenta: “Haga su contribución a la conversación tal y como lo exige, en el estadio en que tenga lugar, el propósito o la dirección del intercambio que se sostenga”. El PC está constituido por cuatro categorías conversacionales: la de cantidad (cuyas máximas señalan que el intercambio comunicativo debe ser ni más ni menos informativo de lo necesario), la de modo (con máximas que reclaman ser perspicuo, escueto y ordenado, así como evitar la ambigüedad), la de relevancia (que propone la máxima única “diga sólo lo que sea relevante al propósito comunicativo”), y la de cualidad, (con la supermáxima “haga que su contribución sea verdadera”, y las máximas específicas “no diga lo que crea que es falso” y “no diga aquello de lo cual carezca de pruebas adecuadas”).

La mentira puede ser entendida como una característica parasitaria común de la comunicación humana, en tanto los mentirosos recurren a actos de habla originalmente desarrollados para facilitar la comunicación cooperativa (Galasinski, 2000, cit. en Picornell, 2013). Aunque los mentirosos despliegan una conducta verbal aparentemente cooperativa, son en realidad deliberadamente no cooperativos, puesto que su intención es la de confundir, tergiversar o negar la verdad a través de la violación del PC. En este punto, los autores difieren en relación con cuáles son las categorías violadas en el acto de mentir. Por una parte, por ejemplo, Camacho Taboada (2008) explica que la mentira se caracteriza por la transgresión encubierta de la categoría de cualidad, mientras que la Teoría de Manipulación de la Información de McCornack (1992) propone que los mentirosos pueden recurrir a un vasto conjunto de estrategias para manipular cualquiera de las máximas de Grice. Más allá de estas diferencias, parte importante del fenómeno pragmático de la mentira sí puede ser descrito a la luz de la violación del PC.

El acto de mentir, sin embargo, parece necesitar más que la asistencia de las máximas conversacionales para su adecuada explicación lingüística. Grice formula su propuesta entendiendo la conversación como una instancia de cooperación que persigue un propósito común a los distintos participantes involucrados, esto es, dar a conocer las propias intenciones comunicativas. No obstante, la identificación de estas intenciones está lejos de ser una tarea simple (o incluso posible). Ya veíamos, por una parte, que la mentira social cumple propósitos altamente cooperativos en la interacción cotidiana, donde la intención informativa puede quedar suspendida para beneficio de la intención de mantenimiento de armonía social, relegando la búsqueda de la verdad y la exclusión de lo falso a un segundo plano (Kimminich y Pfänder, 2008). Por otra parte, la intrincada naturaleza de las intenciones va más allá de la desplegada en la mentira social; recordemos también que la mentira moralmente reprobable involucra una intencionalidad compleja, esto es, la intención de ocultar una intención (Martos Ramos, 2008). En definitiva, la interacción comunicativa y sus intencionalidades dinámicas, que exceden largamente lo estrictamente informativo, juegan un rol central en el acto de mentir y en la construcción de la mentira, tanto la social como la extralingüística.

 

4.2 Construcción dinámica de la mentira como progresión

Ya comentamos la utilidad de la mentira social (Picornell, 2013) en el mantenimiento del delicado engranaje de la comunicación cotidiana. Sin embargo, el fenómeno de la interacción desempeña un papel no sólo en la construcción de este tipo de mentiras, sino también en la de las mentiras extralingüísticas. El contexto total en el que se desarrolla la mentira va determinando la naturaleza de la misma y, en una relación dinámica de interdependencia, a su vez co-construye el contexto en el que esta se enuncia. En el diálogo, la emisión y sus contextos se complementan y completan mutuamente, y constituyen un todo integrado en el que una parte no puede definirse sin recurso a la otra (Goodwin y Duranti, 1992; Linell, 1998, 2009; Fetzer, 2007). Puesto que la mentira se desarrolla dialógicamente, no es de extrañar que su naturaleza particular obedezca también al contexto interactivo en el que esta se construye, modificándolo y siendo modificada por él a un tiempo.

La Teoría Interpersonal del Engaño (Interpersonal Deception Theory, o IDT) (Buller y Burgoon, 1996, cit. en Fornaciari, 2012) propone que la mentira es una forma de interacción. Tanto el mentiroso como su interlocutor influyen en el tipo particular e irrepetible de mentira que se va construyendo en la interacción, en tanto el que miente modula su participación en el diálogo de acuerdo a los signos que percibe de su contraparte. La IDT propone que la mentira es adaptativa y dinámica, y se desarrolla en un tiempo y lugar específicos de acuerdo a las intenciones variables y circunstancias particulares de la instancia comunicativa. Diversos factores influyen simultáneamente en la forma concreta en que se desarrolla la mentira, como la severidad de la sanción social que se arriesga, la motivación para engañar, la relación previa entre el mentiroso y su interlocutor, y el grado de sospecha que este demuestra respecto de la mentira que se le está contando (Burgoon et al., 1996a, cit. en Picornell, 2013).

Otros tantos autores han elaborado también sobre el impacto de la interacción verbal en la mentira. White y Burgoon (2001, cit. en Picornell, 2013) destacan que la mentira no constituye una ocurrencia única, sino una progresión de eventos que ocurre en un período determinado. Sobre la relevancia del contexto en cualquier acto comunicativo, Picornell (2013) propone que el lenguaje del mentiroso progresa en su proceso de ajuste a las respuestas de sus contrapartes comunicativas. El mentiroso, de este modo, va modificando su estrategia lingüística en la búsqueda más o menos consciente de las formas más persuasivas para convencer a su interlocutor, lo que le permite camuflar su mentira en el ambiente interaccional en el que se desarrolla.

Vemos, entonces, que la intencionalidad de los hablantes pone en marcha una serie de estrategias con valor contextual y, por lo tanto, progresivo y dinámico, y que el análisis desde esta perspectiva parece ofrecer una mayor capacidad descriptiva y explicativa del fenómeno de la mentira que el de la violación de las máximas de la conversación cooperativa. La intencionalidad compleja, en efecto, está en el centro de la explicación de la mentira como expresión comunicativa humana. Ahora bien, ya determinado que las intenciones y la construcción interactiva de la mentira en contexto son cuestiones centrales, es momento de abordar otro asunto: ¿es posible identificar las características del lenguaje de la mentira?

 

  1. El lenguaje de la mentira

La descripción científica del lenguaje utilizado en relatos creíbles surge a mediados del siglo XX de la mano de la psicología clínica al servicio de ciertas necesidades periciales, aunque desde una base fuertemente lingüística sólo recientemente explorada con más sistematicidad desde esta última disciplina. La formalización de modelos de credibilidad surge con el trabajo del psicólogo alemán Undeutsch (1989[1957]). La actualmente conocida como Hipótesis de Undeutsch (término acuñado por Steller, 1989, cit. en Godoy-Cervera e Higueras, 2005) propone que una declaración derivada del recuerdo real de una experiencia vivida difiere en contenido y calidad de una narración que surge de la invención o la fantasía. Así, sólo una persona que haya realmente experimentado un evento determinado podrá incluir cierto tipo de contenidos en su narración del evento en cuestión (Vrij et al., 2001). La formulación de la Hipótesis de Undeutsch no sólo ha contribuido al avance de la caracterización de los relatos creíbles, sino que también ha sentado las bases para la descripción del lenguaje de la mentira.

 

5.1 Modelos discursivos de caracterización de la credibilidad

Las aplicaciones originales de las ideas de Undeutsch estaban dirigidas a la evaluación de la credibilidad de relatos de menores de edad en la investigación de casos de presunto abuso sexual donde el testimonio de las víctimas constituye la principal o única evidencia. Sobre esta base, se elaboran y formalizan modelos cualitativos de Análisis del Contenido. Los más ampliamente estudiados y aplicados son el Monitoreo de la Realidad (Reality Monitoring, o RM) (Johnson y Raye, 1981) y la Evaluación de la Validez de la Declaración (Statement Validity Assessment, o SVA) (Köhnken y Steller, 1988; Raskin y Esplin, 1991).

El RM y el SVA fundamentan sus análisis en la interacción de los contenidos de la memoria con el tipo de lenguaje utilizado por los sujetos analizados. Innegablemente, la psicología ha avanzado considerablemente en sus intentos por formalizar rasgos de evaluación de la credibilidad, no sólo desde la elaboración de modelos de base discursiva como los mencionados, sino también desde el análisis de los indicadores de engaño ya fisiológicos (sudoración, ritmo respiratorio, dilatación de pupilas, entre otros), ya conductuales (fundamentalmente, dirección de la mirada, movimientos faciales y corporales) (Vrij et al., 2001). Ahora bien, los modelos de base discursiva de la psicología clínica y forense han entregado un interesante subproducto; aunque no buscan sino caracterizar indicadores de credibilidad, lo hacen a través de la identificación de patrones lingüísticos que, a su vez, han servido de insumo para estudios recientes sobre el lenguaje utilizado al mentir.

Escenificar una mentira extralingüística presupone un alto costo cognitivo (Sporer, 1997, cit. en Picornell, 2013; Vrij, 2000; Vrij et al., 2001; DePaulo et al., 2003; Pickel, 2004; Vrij et al., 2008, cit. en Picornell, 2013), por cuanto al esfuerzo desplegado en la comunicación honesta se sobrepone aquel dedicado a la transformación de la realidad. El impacto de esta actividad cognitiva adicional se traduce en conductas verbales y no verbales con características que difieren de las manifestadas al decir la verdad. En cuanto a las respuestas verbales, el RM propone que la comunicación honesta se caracteriza por la presentación de información (1) perceptual, que se manifiesta en la inclusión de detalles visuales, auditivos, olfativos y gustativos en el relato analizado, (2) contextual, describiendo transparente y consistentemente los tiempos y lugares en los que transcurren los eventos narrados, y (3) afectiva, que se relaciona con la expresión de emociones en la narración (Chang, 2008). La mentira, por su parte, se aleja de la presentación de estos tipos de información, y se revela en tanto incluye una frecuencia particularmente alta de palabras alusivas a los procesos cognitivos de razonamiento y pensamiento utilizados en la creación consciente de los recuerdos fabricados (Johnson y Raye, 1981; Strömwall et al., 2004). Tras una extensa revisión de estudios dirigidos a determinar la validez del RM, Vrij et al. (2008, cit. en Picornell, 2013) admiten que la presencia de palabras de operaciones cognitivas es efectivamente capaz de discriminar relatos honestos de otros fabricados, aunque proponen una definición más amplia de los procesos cognitivos presentados en la propuesta original de Johnson y Raye (1981).

El SVA (Köhnken y Steller, 1988; Raskin y Esplin, 1991), modelo de mayor elaboración que el RM, está formado por tres grandes componentes: la entrevista estructurada, el Análisis de Contenido Basado en Criterios (Criteria Based Content Analysis, o CBCA), y la integración de este segundo componente con el conjunto de preguntas de la Lista de Validez (Godoy-Cervera e Higueras, 2005). La narración resultante de la entrevista estructurada se analiza como un reporte de memoria (Houran y Porter, 1998) a través de la aplicación de los 19 criterios o filtros discursivos del CBCA, el componente principal de este modelo. Estos criterios se organizan en cinco categorías (Steller y Köhnken, 1989, cit. en Godoy-Cervera e Higueras, 2005; Jorques Jiménez, 2012): (1) Características generales de la narración, donde se analiza la estructuración lógica del relato y la cantidad de detalles entregados; (2) Contenidos específicos, enfatizándose aquí la adecuada contextualización del relato en el tiempo y en el espacio, la capacidad de referir el discurso de otros, la personificación del actuar verbal y gestual de otros y del propio, y el relato de incidentes secundarios paralelos en el tiempo y en el espacio al evento principal narrado; (3) Peculiaridades del contenido, donde se aborda la calidad de los detalles aportados y las alusiones a los estados mentales de los participantes del evento relatado; (4) Contenidos referentes a la motivación, incluyendo correcciones espontáneas del narrador, así como su disposición para admitir problemas para recordar y dudas sobre el propio relato, y (5) Elementos específicos de la ofensa, donde sólo se atiende a la descripción final de los pormenores de los eventos narrados.

Los modelos de Análisis del Contenido comparten su interés por la cantidad y calidad de los detalles entregados y por la estructura narrativa del relato. Resulta llamativo que las propuestas de base discursiva formuladas desde la psicología y la criminología no estén adecuadamente informadas por teoría lingüística. Sin embargo, en los últimos años, esta última disciplina se ha servido de los fundamentos del Análisis del Contenido en su propia examinación del lenguaje involucrado en la mentira.

 

5.2 Estudios empíricos lingüísticos sobre la mentira

Los análisis, realizados por lingüistas, sobre el lenguaje utilizado al mentir son escasos y, así como los originados desde la psicología, provienen en su mayoría del contexto europeo y estadounidense. A diferencia de estos últimos, que examinan textos producidos tanto en contextos reales como bajo condiciones experimentales controladas, los estudios empíricos lingüísticos se ocupan del lenguaje real y, en particular, del análisis de textos producidos en contextos policiales y judiciales.

La decisión metodológica de qué corpus analizar no es sencilla. Ya señalamos las limitaciones que impone el trabajo de laboratorio (Vrij et al., 2001; Pickel, 2004; Chang, 2008; Fornaciari, 2012; Picornell, 2013) y la consecuente ausencia de motivaciones fuertes que permitan elicitar pistas de la mentira (DePaulo et al., 2003). No obstante, el problema de la verdad de base de las declaraciones es indiscutible, por cuanto los investigadores conocen a priori cuándo sus sujetos están efectivamente mintiendo. Por otra parte, si bien los estudios en contextos reales no pueden garantizar totalmente que la identificación de la sinceridad o no sinceridad de las narraciones analizadas sea precisa, sí neutralizan el problema de las motivaciones, en tanto la autenticidad de la situación desencadena la manifestación de ciertas pistas verbales que pueden asociarse al estado emocional alterado y al esfuerzo cognitivo implicados al mentir (Chang, 2008; Fornaciari, 2012; Picornell, 2013).

Es posible identificar aproximaciones metodológicas cualitativas y cuantitativas en los pocos trabajos descriptivos producidos desde la lingüística, ambas orientadas a la descripción meticulosa de algunas dimensiones de los modelos de Análisis del Contenido. En general, así como en el caso de los modelos cualitativos de la psicología, los hallazgos de estos estudios no son concluyentes y, a menudo, resultan incluso contradictorios (Vrij et al., 2001; Picornell, 2013). Con todo, los distintos análisis han permitido ir afinando la identificación de ciertas áreas que, aunque deben ser precisadas en mayor detalle, ya pueden proponerse como centrales en la descripción lingüística de la mentira.

Desarrollados por lingüistas forenses en sintonía con las pautas del Análisis del Contenido, los estudios cualitativos se concentran principalmente en la examinación minuciosa de la presentación de la información temporal y espacial de los relatos analizados, así como del tipo y calidad de los detalles reportados (Shuy, 1998; Olsson, 2004). Se busca identificar inconsistencias y oportunismos evidenciados en omisiones y alteraciones de la secuencia narrativa (Labov, 2013). No obstante, existen importantes diferencias en relación con la interpretación de los datos. Olsson (2004), por ejemplo, propone que un relato ordenado, completo y con poca o nula presencia de información superflua tiene más probabilidades de ser veraz que uno aparentemente más incoherente. En diametral oposición, Shuy (1998), siguiendo lo planteado por el RM y el CBCA, enfatiza que es frecuente que la narración sincera demuestre falta de estructuración lógica en la exposición y abundancia de información relativamente irrelevante. En definitiva, aunque su abordaje no es uniforme, es posible concluir que tanto la estructuración narrativa como la inclusión y naturaleza de los detalles entregados se establecen como áreas relevantes al estudio discursivo de la mentira, sobre las que sin duda falta elaborar en mayor profundidad.

Los estudios cualitativos son aquellos de más larga trayectoria en la lingüística forense, mientras que los cuantitativos son mucho más recientes. Estos últimos analizan textos reales contabilizando y analizando la presencia de ciertos elementos léxicos y gramaticales que se hipotetizan como indicadores de sinceridad o no sinceridad. Una vez más sobre la base de los hallazgos de los psicólogos (Johnson y Raye, 1981; Vrij, 2000; DePaulo et al., 2003; Chang, 2008; Vrij, 2008, cit. en Picornell, 2013), aunque también desde el aporte de criminólogos (Sapir, 1987; Adams y Jarvis, 2006), la lingüística se ha encargado de analizar la cantidad de palabras de las narraciones no sinceras, así como la frecuencia de negaciones, de palabras que refieren estados emocionales y actividades cognitivas, y de los pronombres utilizados (Fornaciari, 2012; Picornell, 2013).

Estos últimos estudios hipotetizan que quienes mienten, producirán relatos más breves e incluirán más negaciones, más referencias pronominales de tercera persona y menos de primera persona, así como menos palabras que reflejan estados emocionales y más palabras que dan cuenta de procesos cognitivos. Ahora bien, como en el caso de los estudios cualitativos, los resultados no son concluyentes. Fornaciari (2012) obtiene un 70% de efectividad en la identificación de la mentira estableciendo perfiles estilométricos sobre la base de frecuencias. Sus resultados avalan lo propuesto por los estudios de psicólogos y criminólogos. Sin embargo, Picornell (2013) señala que estas frecuencias en sí mismas no son capaces de discriminar efectivamente los relatos honestos de los mentirosos, sino que sólo son reveladoras si se analiza cómo estas interactúan en las narraciones con el objetivo de descubrir la estrategia lingüística empleada. La estrategia impersonal sigue lo ya planteado por Fornaciari (2013), en tanto involucra relatos comparativamente más breves que los honestos, una alta presencia de referencias a terceras personas y bajas frecuencias de autorreferencias pronominales. Sin embargo, la estrategia de verbosidad contempla exactamente lo opuesto, y es puesta en práctica por el mentiroso con el objetivo de simular involucramiento y cooperación, manteniendo un nivel de vaguedad que le permite evadir la confrontación directa. Estas estrategias no serían privativas de tipos específicos de hablantes o situaciones, sino que se manifestarían en función de las características dinámicas de instancias particulares de comunicación entre el mentiroso y sus interlocutores. Vemos, entonces, que aunque es posible identificar áreas críticas en el análisis del lenguaje de la mentira, sus realizaciones concretas serían siempre un producto de la interacción.

  

  1. Comentarios finales

La mentira, en tanto fenómeno frecuente y ubicuo realizado a través del lenguaje, espera y merece la atención de la lingüística. Como hemos revisado, filósofos, psicólogos y estudiosos de la cognición ya han abordado algunas de sus características específicas, lo que de forma ineludible y fundamental ha redundado en distintas consideraciones sobre el lenguaje de la escenificación de la mentira. Sorprende entonces que la lingüística, la única ciencia que hace del lenguaje su preocupación esencial, no se haya ocupado a cabalidad de la descripción de la mentira y el lenguaje que se emplea en su despliegue sino hasta hace unos pocos años y, aun así, sólo desde la atomicidad de algunas características aisladas. Aun más llamativo resulta el hecho de que los estudios sobre este tema en y sobre el español sean particularmente escasos.

En este contexto de limitaciones descriptivas, es también justo reconocer que el estudio empírico de la mentira en cualquier lengua representa varias dificultades metodológicas, algunas aún insoslayables. Ya mencionábamos, por ejemplo, los problemas que presupone el análisis experimental de corpus de laboratorio y de corpus real, al que se suman otros tantos, como las complejidades a la hora de distinguir entre mentirosos patológicos de quienes mienten sin padecer patologías psiquiátricas. Así, en tanto campo de estudio minado de dificultades y relativamente nuevo, no es raro que los estudiosos del lenguaje no elijan a la mentira como objeto de análisis.

Debemos recordar que toda área de estudio novedoso representa, al menos inicialmente, problemas aparentemente insalvables que parecen obligar al analista a sacrificar especificidad y, a veces, incluso precisión. Sin embargo, el cúmulo de trabajo de académicos de diversas áreas del saber permite avanzar hacia descripciones cada vez más adecuadas y a la propuesta de modelos de análisis mejorado. Es en este contexto que la lingüística (y, en particular, la lingüística hispánica, que parece haber desatendido la exploración de la mentira y sus realizaciones) debe instalarse como una disciplina central en el estudio del lenguaje de la mentira, ciertamente apoyándose en la interdisciplinariedad que este fenómeno humano reclama para su estudio, aunque nunca descuidando el aporte autónomo que nuestra disciplina debe entregar a su caracterización.

 

 

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