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DOS POEMAS INÉDITOS DE REINA MARÍA RODRÍGUEZ

MORIR DOS VECES

 

I

 

En alguna parte de la vecindad, alguien tocaba el piano…

 

Hoy ha muerto un piano.

El piano. Mi piano.

Le cayeron a golpes.

Lo asesinaron

porque tenía comején.

Su corazón estaba pudriéndose

como el mío, exactamente igual.

Sus cuerdas estallaron, abajo.

Sin sonidos, sin pasión.

Y no pude ver al bajar,

en qué funda envolvieron los restos,

su teclado amarillo, el alma.

 

Me fui al mar

Culpable por no haberlo defendido

En su agonía.

Culpable por dejarlo morir dos veces.

La primera, cuando dejé de tocarlo hace años.

 

Así murieron dos veces mi padre y mi hermano

que compartían conmigo la butaca de caoba tallada

cuando tocábamos a cuatro manos, “Para Elisa”

y el gato Musso se acostaba encima,

en la tardecita

para vernos tocar desde esa perspectiva.

 

La pared ahora solo puede ser una pared sin música

con una huella indiferente al centro

(otra mancha)

donde pondrán una tabla con flores para sustituirlo.

El cementerio del piano, su tumba.

Siempre tendrá desniveles, aunque pretendan emparejarla.

Ni siquiera habrá un gato rondando por allí su cabeza

Amarilla.

 

II

 

Tocaba unos acordes en él pequeño piano de juguete

sin imaginarme

que mi piano Boston sería masacrado poco después.

Para ellos, era solo un mueble más con comején,

para mí, la música.

Dolor de eso que llaman cultura

tan exterior a tener o no tener un piano,

un pasado.

 

Con sus notas enamoré al vecino

cuando él cerraba la ventana.

Con sus bemoles me reconciliaba

ante todo imposible.

Blusa de cuadros negros y dorados

como las teclas de nácar

envejecidas

rígidas.

 

Siento el olor de la madera

subir desde el basurero donde lo echaron

a reclamarme otro fin.

Siento el vestido congelándose en la espalda

ahuecada

ante el vacío del espacio dejado.

Fascismo de estos jóvenes que no saben

amar el lenguaje.

No saben que el búcaro era de bacarat por su sonido

cuando se balanceaba sobre él con flores

que no eran plásticas.

 

Angustia de los martinetes apretándose más por sobrevivir

contra tal avalancha: ojitos vigilantes, de niños.

Irreverencia. Horror.

 

Yo le quería enseñar a mi nieto una octava

(esa escalera abstracta que no subiré más con él

desentonando un do, un sí,

por la arbitraria escalera del piano)

—la que siempre encontrábamos

abierta hasta la casa de Josefita,

la maestra de Laguna y San Lázaro—

para que me aconsejara, pero ella tampoco

podía salvarlo ya.

 

Si mi hermano tenía que volver a morir con la muerte del piano

Sin acordes, a machetazos limpios

Como es todo aquí

¿cómo resistir por dos veces tal sacrilegio

o esperar un milagro?

¿La resurrección del piano, un sonido?

 

III

 

Después del llano vino una serenidad espectral

de actores que pierden un maquillaje

que se descorre con la lluvia.

El maquillaje es el dolor, la lluvia va borrándolo,

descorriéndolo

y aparece otro rostro, no más real, sino más lúcido.

“No tenemos piano, tenemos lluvia”.

“No tenemos dinero, tenemos lluvia”, decía él gritando.

Subí para ver las trazas

—polvo de comején en los escalones mojados

blancos, fríos, duros,

de una octava moribunda

recalcitrante

donde pedazos de madera sobreviviente aún

gemían.

 

Anécdotas que quedarán

sobre la muerte del piano

sin acta de defunción

a mano de vándalos.

Mi frustración es que no supe salvarlo.

No supe conmoverlos, perdonarlos.

Verlo subir por la roldana en pleno precipicio a los ocho años,

verlo morir arrastrado casi cincuenta años después

escaleras abajo.

 

Recé y recé contra el muro del mar

—el agua apenas salpicaba melodías:

ejercicios de Czernic

difíciles de reconstruir

claudicando

ante dramas ordinarios que se irían con la artritis.

Fugas de Bach

desaparecidas entre una ola y otra,

reventadas contra el muro

“salándose”.

“Lago de cómo”, “Habanera tú”,

“Por ahí viene el chino”…

El piano que vivía conmigo ya no está.

como no está marcada la diferencia en la pared

entre tener o no tener un piano.

La diferencia entre oír o no oír una nota,

tener o no tener un destino.

 

¿Con qué ojos miraba Miles Davis desconcertado

aquel asesinato?

¿Cómo le dejaron presenciar una cosa así?

Ninguna respuesta me podrá consolar.

¿A quién acudir contra esta barbarie que se llama

sociedad?

“Ni locos ni sentimentales

—dice Ford Madox Ford—

solo cuerdos mediocres”

que resisten la ansiedad y no revientan

como cada una de sus cuerdas

sofocadas ayer

en silencio

sin vibrar más.

 

¿Cómo enterrar un piano, una vergüenza?

Aprecio cada vez más los bárbaros, ellos

no jugaron a la mentida civilización tantas veces.

Ni siquiera habrá un piano.

 

 

OJOS NEGROS

 

I

 

No era mi padre con sus anchos pantalones de hilo blanco.

Era Marcelo Mastroianni

con su pelo negro todavía, una mota echada hacia atrás,

a lo Elvis.

Sonrisa de labios finos, encima, las tiesas pestañas,

su coquetería.

Uno espera una total entrega suya

y el personaje, luego, nos defrauda,

porque no se va de nuevo en busca

de aquella mujer rusa

(antes la había buscado en San Petersburgo,

¡tan lejos!

habría levantado cada piedra por ella).

Ahora, navega como camarero

despojado del pasado y su fe.

Entonces, descubrí, que no era mi padre

—él hubiera llegado hasta el final por la mujer rusa.

Él, “que todo lo aguantaba por amor”, decía.

 

Los gitanos siguieron cantando y bailando con sus carros

sobre la estepa húmeda:

“¡Espérenme! ¡Espérenme!”

fue su grito final de personaje.

Pero ellos no se detuvieron

(ni ella tampoco).

Solo el amor regresa, vuelve, al mismo barco

que navega hacia América

donde ella se oculta con su velo y la niebla

del pasado

y él le sirve otra copa de champang

que comparten en la proa.

 

Mi padre, finalmente, lo deja todo

—también su vida— y aún joven,

recupera bajo el agua

su pasión.

 

II

 

Pero el agua era un bote pequeño.

Un bote (sin camarotes) tambaleante,

con música vulgar de bares al fondo, en Cojímar

donde remábamos a pesar de la profunda corriente del río

que, al unísono, sobre las gotas,

arrastraba fango

sin percatarnos, de la mordedura de la morena verde

escondida en la roca

mi padre y yo.

Él subía su voz tan fuerte entonces

y me abrazaba

cuando el agua temblaba más de lo debido.

Desde el fondo, los peces envidiaban la canción

que entonábamos

a sabiendas

“de que el deseo es lo desconocido

y sobre lo desconocido no podíamos tener

ninguna pretensión” ni confianza.

 

III

 

Luego, varados junto al cayito

entrábamos al mar que tenía una línea perceptible

entre la limpieza y la suciedad del río

tan marcada en el límite como una ilusión

de que todo lo haríamos juntos en la vida

a pesar de aquel color cambiado,

de aquella época de tránsito

(como siempre fueron las épocas vacías).

Pero, en su proceso, la vida nos separó

dejándolo para un domingo, en marzo,

de personaje en la película que lo recuerda

como actor italiano

padre de hija sin padre ni hermano,

de amigos que se fueron también con la resaca

contra el vaivén de un barco pequeño

donde llevo años bajo una sombrilla

protegiendo todavía a mi hija

para dejarla allí, al descubierto,

a la intemperie también,

en el desamparo de un país que es un bote, una isla,

donde todos parten sin regreso

como en la película.

 

IV

 

Después, no sabía qué hacer con la nostalgia del mar

(palabra blanda, sutil)

incapaz de colaborar con la realidad

que enmarca como cuadro triste, todo esto

con lo que uno se parapeta y se desprende

de alguien

sin ser paisaje ni contemplación

entre líneas opacas, barcos sonámbulos,

memorias

que no quieren morir como esos peces

frágiles y fríos a sus pies.

 

V

 

La piedra tenía cara de oso polar por un lado

y parecía un jabón por el otro.

La encontramos en Santa Fe

a la entrada del verano

mi padre, mi hermano y yo.

Fue el último día que nos bañamos juntos

en aquella playa rocosa.

Veo aún a mi padre con las olas en las rodillas

tan contento diciéndonos: “siempre vengan aquí

cuando yo no esté”.

Esa tarde recogimos la piedra que fue su lápida.

El jabón se deshizo en pequeñas partículas

esmeriladas

por la constancia del uso

y el oso fue de pronto un animal extraño,

irreconocible

y pacífico.

¡Jamás volvimos a Santa Fe!

 

 

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