PRECIADO, BEATRIZ. PORNOTOPÍA. ARQUITECTURA Y SEXUALIDAD EN PLAYBOYDURANTE LA GUERRA FRÍA. BARCELONA: ANAGRAMA, 2010. 236 PÁGINAS.

Pablo Guerra
Graduate Center, CUNY
 
 

En la coda que sintetiza Pornotopía y da las claves para entender qué hacemos con lo expuesto (porque esta es una pregunta que suele faltar en los discursos académicos), Beatriz Preciado explica que, muy contraria a la tarea del historiador, que es realizar disecciones de objetos ya muertos (o a los que trata como si lo estuvieran), la tarea del crítico cultural es la vivisección de los sistemas semióticos, y que “es la supervivencia de los modelos y no Playboy como objeto histórico lo que nos interesa” (199, énfasis mío). ¿Qué es lo que aún hoy pervive vivito y coleando del imperio Playboy y cómo sigue produciendo significados?

Tras abrir una portada con una pin-up de los cincuenta tras unas venecianas, en un más prefacio que primer capítulo perfectamente hilvanado, Preciado resume con claridad lo que vendrá en la exposición del resto del libro: proponer que, durante las décadas de los cincuenta y sesenta de la guerra fría estadounidense, Playboy, revista primero y mansión multimedia después, había conseguido construir y producir un tipo de espacio habitable playboyísticamente masculino, vendido como el espacio reversible del trabajo y del placer, en una revista que más parecía un magazine de decoración interior que una de mujeres desnudas.

El concepto clave del libro es el “dispositivo giratorio” que Playboy produce y absorbe. Es decir, tener dos cosas, generalmente contrarias (o entendidas históricamente por contrarias) en un mismo lugar. El dispositivo giratorio envuelve por lo tanto el tipo de pregunta que Playboy se hace y genera en los cincuenta y sesenta: no el qué, sino el cómo, y el mayor dispositivo giratorio de la lógica Playboy, más allá del gráfico ejemplo de la cama giratoria (trabajo y placer en el mismo objeto), es que lo que era pornográfico “no era la utilización de ciertas fotografías consideradas obscenas por las instancias gubernamentales de censura y vigilancia del decoro, sino el modo en que hacía irrumpir en la esfera pública aquello que hasta entonces había sido considerado privado” (27).

Por supuesto, el gran dispositivo giratorio central del libro es la palabra que le da título. En la línea foucaultiana de la heterotopía, es decir, un espacio-otro, opuesto a u-topía (sin lugar) y a eu-topía (buen lugar), “un lugar real en el que se yuxtaponen diferentes espacios incompatibles, produciendo brechas en las formas tradicionales de espacialización del poder y del conocimiento en una sociedad determinada” (118), podemos decir que una pornotopía es una heterotopía centrada en la producción de placer y capital, y que reúne y establece relaciones entre “espacio, sexualidad, placer y tecnología, alterando las convenciones sexuales o de género y produciendo la subjetividad sexual como un derivado de sus operaciones espaciales” (120).

Trazando una interesante analogía con Sade o Ledoux como escritores-arquitectos de una poética disciplinaria del espacio que surgió durante la Revolución Francesa y su momento de cambio social y económico, la pornotopía Playboy surge en la sociedad americana de después de la Segunda Guerra Mundial como otro emerger más de las prácticas de superconsumo y resignificación del cuerpo y el género, característicos de un país que estaba en plena fiebre de capitalismo farmacopornográfico, es decir, el régimen que transmuta (otra vez el dispositivo giratorio) las “premisas de penalización de toda actividad sexual que no tenga fines reproductivos y de la masturbación”, en “obtención de capital a través de la regulación de la reproducción y de la incitación a la masturbación a escala global”. Es un capitalismo al que “le interesan los cuerpos y sus placeres, y que saca beneficio del carácter politoxicómano y compulsivamente masturbatorio de la subjetividad moderna” (113).

La pornotopía Playboy es al mismo tiempo un “contra-espacio” que juega a romper o fragmentar el espacio doméstico heterosexual de posguerra, y uno que crea una subjetividad masculina heterosexual creando un espacio masculino. Este es el éxito que Preciado ve en Playboy: la capacidad de Hefner para convertir las antiguas formas de consumo sexual, confinadas antaño al ámbito de los burdeles, en simple representación y consumo audiovisual (143), ya que el inventor de la subjetividad conejo había entendido muy bien que “para cultivar un alma había que diseñar un hábitat: crear un espacio, proponer un conjunto de prácticas capaces de funcionar como hábitos del cuerpo” (17).

Ya fuera como revista en color en los cincuenta y sesenta primero, o como show de televisión después, o como club o como avión, Playboy siempre trató de vender la idea de que, al organizar un espacio de una manera que se decía masculina y heterosexual, este daba o creaba una subjetividad masculina heterosexual, tanto en el espacio en sí (como “máquina de ligar”) como en su habitante. Esta subjetividad sexual, que puede verse hoy también en el voyeurismo sexual en internet y hasta en los videojuegos, sólo puede ser producida siguiendo la lógica Playboy: estar en casa y siempre sentado o acostado (la cama giratoria de Hefner, irónicamente, epitomizaría lo pornotópico y farmacopornográfico en un solo objeto), siendo partícipe de la ilusión de estar haciendo dos cosas al mismo tiempo sin salir de casa y practicar la “subjetividad «conejo»”, adolescente, rápida, saltarina, doméstica, una subjetividad que “disfruta no tanto de la captura sino más bien con el juego con una gran variedad de piezas (varios ligues sexuales, efímeros y sin consecuencias)” (57, énfasis mío).

Parafraseando el gran álbum de Porcupine Tree Fear of a Blank Planet, la supervivencia de prácticas farmacopornográficas herederas de la pornotopíaPlayboy hace que vivamos en un planeta vacío, un lugar en el que estar más tiempo en casa, pegado a un televisor, sea más interesante que salir afuera a investigar, a tomarnos nuestro tiempo para disfrutar, ya que la subjetividad conejo del dispositivo giratorio es sintomático, para decirlo con Rafael Argullol, de la era del “cortoplacismo”. Es a nosotros a quien interpela Preciado para localizar y criticar modelos supervivientes de producción de capital a través de una economía de los afectos. La decisión de terminar con ese régimen es nuestra. On/Off.
 
 

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