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Nueces fugaces: cuentos de João Gilberto Noll

Traducción del portugués de Luis E. Escamilla Frías

lescamillafrias@gradcenter.cuny.edu

Graduate Center, CUNY

Maestro de portugués en Brooklyn College

Nota del traductor

Estas traducciones se tratan de una breve selección tomada del libro de João Gilberto Noll Mínimos, Múltiplos, comuns (2015, Editora Record, Rio de Janeiro-São Paulo).

Lenguas

Su voz no parece más legible. Ayer pidió un vaso de agua a la hija. Ella le trajo la foto de una mujer medio esquiva. Tomada cuando él trabajaba de mesero en California. Le vinieron lejanos hilos de la mexicana. Todavía lograba acordarse de la noche en que, entre el inglés, el español y el portugués, las palabras comenzaron a faltarle. La mexicana dice que lo mismo le ocurría con un hermano. Que eran tantas las palabras, de tan diferentes sabores, que concentraban en sí mismas una buena cantidad de matices y sentidos, que algunos como ellos dos ya no lograban guardarlos. Que ellos, al llegar a cierta edad, solo sabían presentar un razonamiento de sonidos impenetrables a la voluptuosidad del entendimiento. “Y así es”, ella suspiró mirando los pies descalzos.

 

Beso en la seda

Ella estaba allí, buscando una silla para comprar, dando la vuelta, como siempre medio distraída, en busca del objeto que la pudiese remediar a tiempo, con todo y que no supiera exactamente lo que significaba ser remediada a tiempo —es más, las palabras iban perdiendo poco a poco la transparencia que su papá recomendaba: “La frase debe soplar la nebulosidad que confunde para que pueda haber un verdadero alivio en la noche: la cabeza finalmente en la almohada, ya casi divorciada del verbo, hasta que la claridad traiga una vez más las sílabas, esas operarias de las ideas, transacciones, frenos”. De súbito, ella se sentó. Y besó el forro adamascado del espaldar como si ella fuese un instinto sin la capa de la epidermis, una flor de nervios, voraz. Una niña la observaba con voracidad. Feliz…

 

Fronteras

Cuando en la esquina levanté el brazo, sospeché que ya no estaba en el día que daba como cierto. Sentí una lanza cortar la tarde por la mitad, la tarde ahora en completa descompostura, sin cara definida, dejándome ahora algo así como ajeno a ese cuadro, integrándome tanto ahora a todo que yo me lanzaba en distintas brazadas, intentando una evasión. Paré un taxi. Entré. No lograba indicarle la dirección al conductor. Apenas si le dije que me llevara. Que en el camino me acordaría. Él me fue llevando muy lentamente, medio curvado, con los ojos entrecerrados, como si estuviéramos a punto de traspasar una línea delgada, sí… una frontera…

 

Vaga

Ella se despertó en una enfermería. No sentía nada. Se sentó en una cama sin ningún esfuerzo. Ningún enfermero cerca. En las otras camas, los enfermos, absortos en sus propios dolores, no disponían de ninguna pausa para reparar en la presencia de ella. En puro calzón, vio sus ropas extendidas en la silla. Se vistió calmadamente. Las sandalias debajo de la cama. Las acercó jalándolas con el pie. Y se las puso para avanzar por entre las camas, alcanzar la puerta allá hasta el final y salir. Vagó con una quietud desconocida hasta ese momento. Sin la palpitación que sería de esperarse en aquella situación. Cuando llegó a la calle observó que continuaba de incógnita, incluso para sí misma. Desnuda de pistas. En una palabra, no tenía dirección. Y vio que así estaba bien. Daría tiempo para todo —¿por qué no?

 

Lengua y perdición

A veces sufro de sexo. Cuando ya está cerca la cosa, tiemblo. Pido una corriente que me excite. Donde olvide. El motor estridente de la sierra recordándome que allá afuera trabajan. En el barrio hay muchos descendientes de alemanes. Klaus, el vecino, dice que se preocupa de verme así de vago. Escucho cada sílaba de la plática de Klaus. En la pared del patio escribí: “Lengua y perdición.” Cuando anochece, cae una sinfonía, lo juro. Subo por las tejas. Klaus practica medicina. Patios adelante, “La cuadra de la onza” ensaya. Gustavo es el cantante. Es mi mejor amigo. Más tarde vuelvo a mi cuadra. Sólo de pensar en alguien que ya debe haber llegado, tiemblo.

 

Omnipotencia

Juntó las manos, las palmas hacia arriba. En ese espacio cóncavo no cabría nada; o, mejor, por allí todo podría escaparse. Una callada forma de pedir, como si alguna sustancia viniera a posarse gratis en aquel territorio en concha. Sentado en la acera, en un lote vacío entre dos predios, el gesto al mismo tiempo suplicante y sobrio. Ningún peatón habría de verlo por más de un instante, pues él no disponía de verbo suficiente que alcanzara algún oído, por una clara razón: en el pasado le habían cortado la lengua, esa parte inquieta que introduce los alimentos y que rompe y se desdobla en fabricar los sonidos. Ciego de sol, él miraba pasar a la gente. Esperaba una situación fastidiosa, tal vez ya perdida en alguna de aquellas siestas en que las manos, mansas, venían a encontrarse en la sombra…

 

Cristal

Estaba ella como plantada junto a la puerta. Esperando que los policías liberaran el cuerpo… Pensando que tal vez había entrado sin querer en una historia policial barata, igual a tantas que estaban siendo hechas para el concurso en que sería parte del jurado, por haber escrito aquellos cuentos tenidos como auto-hipnóticos, de utilidad en el mercado de primeros auxilios. Pasaría a ser una mujer mortalmente arrepentida. Era como envolverse con aquel cuerpo que ya no podía levantarse ni deshacer el rumbo de la hora. Se acercó… Notó en el fondo de los ojos de uno de los policías como si una carnada, algo entre sincero e inexistente, la arrastrara para un casi brutal estado de inocencia, sin siquiera alguna historia que lo pudiera desmentir, anterior a aquel arcoíris que la acogía ahora, pareciendo una cápsula de cristal…

 

Chileno

Estaba llegando de Chile para intentar una vida en Porto Alegre. Sabía que en esta ciudad había muchos paisanos míos. Y que me debía dirigir a la iglesia de Nuestra Señora de Pompeya, porque ahí existe un centro de asistencia a los inmigrantes. Tenía cierta vergüenza de confesar que en mi país no hacía otra cosa que juguetitos de madera. El padre me dijo que luego hablaríamos, que mientras le ayudara con algo de un bautizo. Quien recibía el bautizo era una muchachita uruguaya, grande ya, casi adolescente. Con quien me vine a casar seis años después.

 

Ebrios

El niño hace como que estudia, pero está mirando la ventana. Solo en casa, sentía el cerebro acelerarse a una velocidad que no lograba asimilar. Entonces se quedaba acompañando la ondulación de las largas varas de la vegetación a la orilla del río. Pero en lugar de impregnarse de ese balanceo, le venía una forma tan espantosa que parecía una nave espacial vuelta loca. Fingía que estaba estudiando para que nadie, al entrar al cuarto, lo descubriera. Hasta que un día la mamá llegó y el niño ya no estaba. La mamá se agarró la cabeza, como si se le fuera a desatornillar.

 

Farsa

“¡Fue una farsa!”, dije por la calle, no había manera de quedarme callado. Una niña, sí, una niña me estaba viendo. No pude dejar de sacarle la lengua a esa pequeña espía. Ella me la devolvió, me enseñó la lengua, verde de nieve de limón. Estábamos los dos, allí, en plena avenida enseñándonos la lengua, pero yo estaba convencidísimo de que todos, todos habíamos sufrido una farsa, carajo. Con todo, en ese momento había una niña queriendo seguirme el juego. Y vi que estaba bien así: un silencio levemente rozado por los ruidos de la calle, una vida completa para entender nuestras expresiones desaforadas. Eso. Estaba todo bien.

 

Noches cariocas

Ellos me arrastraban y yo no tenía tamaño suficiente para poder reaccionar. Reconozco que no podría haberme quedado. ¿Quién me daría de comer? ¿Quién me aconsejaría para evitar la corriente de aire? Reconozco todo eso y, sin embargo, nunca me gustó haberme venido para acá. “La criatura no tiene voluntad”, gritaba un hombre, rubio, muy alto. Allá me dieron una pala. Me enseñaron unas tierras revueltas, como si y las hubieran movido en lo que yo aún no estaba. Hoy ni sé qué de qué color es la pala. Me visto de mujer y salgo de madrugada. Tengo un novio que también es un sin tierra, él me llevó a fin de mes a Río de Janeiro, a la casa de un camarada suyo estudiante de la Uerj. En la noche, en el cuarto carioca, él mismo me pinta el cabello, que se va poniendo grisáceo, y a él no le gusta. Sin alarde, levemente, ninguno dijo nada…

 

La orden

Igual que un torbellino en la noche, había terminado de triturar las hebras de sentido de aquellos días locos. Como todo eso era un hecho que nadie podía negar, yo estaba simplemente allí lavándome las manos. Al comienzo vino la orden de que evacuáramos el lugar. Que nos perdiéramos por entre las yerbas, que siguiéramos por el manglar. Y que alcanzáramos el otro lado al amanecer. Era una playa. Allí deberíamos esperar una barca que iba a llevarnos a un lugar cuyo nombre nadie sabía (si es que el mensaje se refería al nombre de algún sitio). Todo lo que sé es que en aquel punto yo me lavaba las manos en el mar. Y que en la arena un pez se ofrecía a una gaviota que descendía lentamente. Uno de los hombres me pidió algo, tenía hambre. Antes de entender, me deshice del disfraz, y él dijo: “Es tuyo”.

 

Suspense

“¡Calor!”, dije. Él paró el carro en Bodega Bay. Pero la verdad yo no quería recordar los ataques de los pájaros de la película hecha en aquel lugarsucho. Tal vez quisiera ver cómo andaba el suntuoso pánico de los niños que se echaban a correr. Pedí que me sacaran una foto en frente de la escuela. En el instante eterno en que se preparaba para apretar el clic, el fuerte sol californiano me ablandaba el interior. Cuando volteé de esa incandescencia, él ya no estaba allí. Apreté los dientes, me había encabronado. Después pensé que tal vez él había desaparecido en una volada infantil que yo no sabía cómo encontrar. Maquinalmente, sin motivo, me puse a cojear. ¿Y ahora? ¿Será que de ese modo alguien se anime a darme un aventón?

 

Cambio de año

Cuando entré en la iglesia de religión desconocida en aquella banqueta de California, un poco para descansar y otro para ver la liturgia (venían voces de allá adentro), me topé con personas en el piso, como si afirmaran una fe desmedida, algo así, y pensé que faltaban ocho horas para el cambio de año, me pasé la mano por la cabeza y vi que me urgía un corte de cabello para la fiesta de un amigo coreano que vivió su infancia en São Paulo. Antes de tocar la puerta, me di cuenta que él cantaba “Insensatez”. Noche de cantar, pensé, animado.

 

Sepia suspirante

La primera cosa que vi de Brasil fue la Plaza Mauá. Estaba llegando en un carguero. Salí del casco y me di de cara con aquel paisaje del centro de Río de Janeiro. Llovía. Pregunté a una muchachita en mi portuñol espeluznante dónde quedaba Catete. Ella me mostró un camión. Le agradecí, e hice señal así como de Perfecto, muchas gracias, y ahí esperando pensé que facilito aprendería portugués para trabajar como traductor de mi lengua. Pensé el traducir al poeta que escribió “Va/ traduce el sepia suspirante/ o nada/ que nada es traducible además/ del exiguo punto en el que grito ansia/ el dolor de otras esferas”.

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