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Entrevista a Enza García Arreaza

Oriana Mejías Martínez
The Graduate Center, CUNY

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En este número de la revista queremos presentar distintas manifestaciones que contesten el tema de herencia cultural, el legado, que pasa de generación en generación. En este momento se han generado discursos cuestionando, desmontando, evaluando con mirada crítica todo aquello heredado, eso que damos por sentado.

Específicamente el contexto venezolano ha experimentado en sí mismo muchísimos cambios que han marcado generaciones. Una de las múltiples consecuencias es precisamente la visión crítica frente a todo lo que se ha vivido política y socialmente.

Así a partir de las últimas dos décadas han surgido obras literarias que contestan y enfrentan la debacle del país, que parte por hechos políticos y económicos que afectan directamente a la sociedad en cada aspecto de su vida. Estos cambios que se viven de manera continua desde entonces, ¿cómo han afectado tu proceso creativo y los resultados de este?

Mi proceso creativo, que al mismo tiempo es el modo en que intento vivir, consiste en responder a cierta interrogante: cómo relatar lo que nos ha sucedido, después de veinte años bajo el exterminio de un régimen criminal, sin que ello asfixie nuestra individualidad, sin que nos desalmemos asumiendo cómodamente la embajada del victimismo. Actualmente participo en una residencia en la Universidad de Brown cuya esencia es brindar protección durante un año a un escritor proveniente de un país-problema (mis predecesores, valga acotar, venían de países como Cuba, Irán, Camboya o Siria). Desde entonces me he fatigado, no siempre con éxito, en descifrar la clave: cómo participar en un programa de esta naturaleza sin recurrir a los lugares comunes, a la compasión gratuita, a los tópicos superficiales, cómo comunicar el cataclismo y al mismo tiempo preservar la propia identidad. A veces quisiera desaparecer, o al menos jugármela por otros problemas. Uno de los desafíos evidentes de la tragedia es sobreponerse a ella y encima cuidarse del melodrama, y eso pasa por exigirle al alma que se conserve en su lenguaje más íntimo. Mi proceso creativo consiste en jurarme lealtad, supongo. Porque además uno persigue la manera de sumarse al combate, y que uno conserve su identidad es de esas cosas que más irrita al aparato totalitario. Y también irrita a tus compañeros de lucha. Con Venezuela descubrí que a todo el mundo le gusta vigilar cómo sufres y cómo te repones; todo el mundo tiene algo que decir al respecto, aunque, en todo caso, este no es un fenómeno exclusivo de nuestro país. La gente es ridícula en cualquier parte.

 

Si tuvieses que describir la herencia cultural que se ha desarrollado durante estos años, ¿cómo la describirías o expondrías?

Creo que se han producido obras maravillosas  que ganarán su trascendencia en el tiempo. Otras quedarán en el olvido. No veo nada especial en ello. Esa es la historia del mundo y de la creación artística. Considero que es absolutamente legítimo que se piense que puede haber una gran novela sobre el chavismo. También he visto a muchos creadores de mi país intentando hacer cualquier otra cosa que no sea escribir la gran novela sobre el chavismo. Y ambos escenarios me producen gran entusiasmo. Solo espero que cada quien sea fiel a sí mismo y cuente lo que tenga que contar, y que cada obra encuentre sus espectadores.  Deposito gratas expectativas en los poetas más jóvenes, en los que tienen la edad de la revolución y pocos recuerdos de aquello que era cierto estado de normalidad. Tengo fe en que me ayudarán a entender lo que a menudo necesito explicarme desde el principio. Suelto el nombre de Yéiber Román, para mencionar apenas a uno.

 

Entre tus oficios, te conocemos también como traductora. He leído que empezó como un ejercicio personal, luego alcanzó otras instancias. ¿Cómo ha sido tu entendimiento de las otras culturas desde que empezaste a ahondar en ellas? Digamos que eso también es un legado intercultural, ¿cómo es tu relación con esa transferencia cultural?

No puedo referirme a mí como traductora, porque creo que ese oficio requiere ciertas herramientas y una clase especial de talento que en ningún modo he cultivado. Se podría decir que padezco un bilingüismo que me ha permitido leer algunas obras en su idioma original, e incluso me ha permitido llevar una vida privada en inglés. Puedo atestiguar que involucrarme con una persona que no habla español sumó renglones al laberinto de mi personalidad: hubo que construir de nuevo una mitología secreta, pactar, reajustar los impulsos del habla y del modo en que uno guarda silencio. Pero un traductor es otra cosa, es un falsificador que hace alquimia metido en un submarino. Un traductor es, ante todo, alguien que toma decisiones. Por otro lado, acercarme al idioma ruso o turco, porque he leído fanáticamente a Brodsky o a Pamuk traducidos, le ha sumado grados al asombro de seguir viva y de ser hispanohablante. Uno debería arrimarse a otros idiomas siquiera para generar contrastes y practicar una sana desconfianza, una suerte de extrañamiento teledirigido frente a la riqueza de la lengua materna. Recomiendo agarrar un cuaderno para anotar a diario tres o cuatro palabras en otra lengua. Los resultados saltan pronto a la vista. Ahora aprendo ruso, como cúspide elemental de mi obsesión brodskyana, pero también porque cargo esta fantasía imperial de rusos deambulando a través de las ruinas venezolanas en el tablero geopolítico.

 

Luego de tener la oportunidad de participar como escritora invitada en las universidades de Iowa y Brown, así como ser parte de Ochenteros en la FIL de Guadalajara en 2016, ¿crees que también tú estás, de alguna manera, tejiendo tu propio legado?

Espero que así sea. Por supuesto que espero que mucha gente, cuando vea zorros, piense en mí.

 

 

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