AÚN ESTOY ALLÁ DURMIENDO

Anoche llegué a casa tan cansado, que al irme a dormir pensé: ¿Cómo sería el no estar acá?, poder volar a otra parte, a un lugar familiar dónde todo es conocido.

Ya dormido, en un sueño profundo, y de un dolor intenso en la espalda, me crecieron alas con plumas de cóndor y águila. Me convertí en un ángel barroco, en un pájaro Amer-Incaico, y fui volando a mi ciudad.Para llegar allá volé sobre este país cuyos habitantes se llaman americanos, ignorando por completo la existencia de otros países en América. Volé sobre México y Centro América, sobre Colombia y Ecuador, y finalmente, llegué a Perú. Llegué a mi Lima adorada, donde nadie me pregunta qué es lo que soy, donde no tengo necesidad de explicar mi procedencia, donde no soy exótico, donde no tengo acento, donde no es necesaria la traducción.

Y llegué a mi casa. Pasé por el cuarto de mis padres y allí dormían. Vi sus sueños repartidos, vi los años que pasaron, años que no estuve con ellos, las fiestas, las enfermedades y los golpes que los han hecho más viejos, más inteligentes y más tolerantes. Después, fui al cuarto que compartía con mi hermano cuando Yo era un adolescente, antes de mi partida. Y qué grande fue mi sorpresa al ver que en mi cama, en la misma esquina donde la había dejado, dormía Yo. Un Yo más peruano, un Yo que no necesita palabras en inglés para explicar sus ideas; un Yo aún con miedo, aún clasista, aún racista, aún latino. Y me desperté. Qué raro suena, pero el Yo, hecho pájaro, despertó al Yo que dormía, y el Yo que estaba durmiendo despertó y me preguntó:

– ¿Por qué me dejaste Valiente?

– Yo no te dejé- le dije- salí a buscar libertad, a descubrir quién soy, a conocer el país de las maravillas.

– ¿Y qué encontraste?

– Encontré libertad, con limitaciones e imperfecciones. Una libertad sin derechos, unos derechos sin libertad. Una libertad hipócrita como la moral americana y falsa como sus noticieros.

– ¿Y qué descubriste?

– Descubrí que soy de color, que soy minoría, que la injusticia no se ve sólo en nuestro país, la injusticia es universal. Descubrí que el país de las maravillas, en el que mi padre creía, no es más que una mentira, un monstruo injusto, una propaganda, una ilusión que se vende a cambio de nuestro orgullo e inteligencia. Una mentira impuesta resultado de una manipulación de cuna, de una extirpación craneana.

– ¿Y por qué te quedas allá, por qué no regresas? – me dijo.

– Porque Yo soy de allá – le dije – porque adoro ese país imperfecto y por la gente. Si tú pudieras ver la gente, mis amigos, mi nueva familia, todos buscando respuestas y soluciones; una gente que quiere y quiere querer, que busca familiaridad en la cara de extraños, que recuerda, que lucha y que vive, una gente que es parte de mí como lo eres tú.

– Llévame contigo-me dijo.

– No – le dije – Tú quédate Valiente, tú llénate de memorias que Yo nunca tendré, quédate con mis padres, quédate peruano, quédate tranquilo, que Yo siempre te llevo en mi mente. Mi otro Yo. El Yo que no tuvo la valentía de salir, el Yo que tuvo la valentía de quedarse. Tú quédate, y en tu próximo sueño visítame, visita mi nuevo país y conoce a mi gente, a mi familia.

El ver mi otro Yo me deprimió, me llenó de angustia y de envidia, por eso salí volando, como la primera vez, por la ventana que da al jardín donde antes de irme planté un árbol ahora más grande que mi propia casa. Mi otro Yo se acercó a la ventana a despedirse y Yo, suspendido en el aire, majestuoso como él y Yo, le dije:

-Algún día estaremos nunca juntos.

Entonces regresé a mi nuevo país y dejé otra vez mi casa, mi familia, mi patria, mi ciudad bonita, mi ciudad colonial, mi ciudad de mierda, mi ciudad que no tolera, mi ciudad dividida, mi ciudad que todavía guardo en el corazón, mi ciudad que reconozco, pero ya no conozco.

 
 

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