El gabinete de curiosidades y la clasificación lingüística amerindia en el siglo XIX

Comentario del traductor

 

Luis Bernardo Quesada Nieto

City University of New York

lquesadanieto@gradcenter.cuny.edu

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Durante el siglo XVIII, cuando la intensa navegación del mundo obedecía el deseo de los imperios europeos por conquistar más territorios, la burguesía desarrolló una afición por el coleccionismo motivada por el hambre de nuevos conocimientos. Esta afición hizo florecer en Europa los llamados gabinetes de curiosidades, lugares donde los hombres cultos, por lo general adinerados, intentaban comprender científicamente el mundo a partir de la clasificación de una gran diversidad de objetos. Esta burguesía, que usaba estos gabinetes también como exhibición de riqueza, sabiduría y prestigio social, pagaba a los exploradores por traerles plantas, animales, minerales y cualquier cosa exótica que llamara su atención.

En una sociedad sorprendida por el avance de los descubrimientos geográficos y científicos de la época, estos gabinetes ofrecían un panorama desde donde era posible apreciar la complejidad del mundo. Es así que en los siglos XVII y XVIII, inspirados por la repercusión de la taxonomía biológica de Linneo, funcionaron como laboratorios de investigación para la historia natural, sitios donde la descripción, la comparación y el ordenamiento de muestras perseguían la meta de organizar y comprender la genealogía de las cosas, incluido el cuestionamiento sobre el origen del hombre y su lugar en la naturaleza. Este acercamiento, necesariamente de tipo comparativista, tuvo una importante repercusión en la manera de objetivizar y “capturar” las lenguas que, por otro lado, iban apareciendo con cada porción de tierra colonizada, y, desde el enfoque de la ciencia natural, éstas tampoco escaparon a la práctica del coleccionismo al mismo estilo de los gabinetes de curiosidades. “Viajeros y exploradores llenaban sus libretas con listas de palabras y aunque no significara que no tuvieran valor, éstas representaban mucho menos de una lengua que lo que una hoja representaba de una planta”, como expresaría Haas en un artículo escrito casi diez años después del que aquí se presenta.

El ímpetu por coleccionar vocabularios siguiendo un método “científico” en el XVIII vivió un nuevo empuje con la amplia difusión de las declaraciones de William Jones en 1786 sobre el parentesco y origen común del sánscrito, el griego, el latín y el alemán, a partir de sus similitudes sistemáticas. En este contexto, Thomas Jefferson, padre fundador y presidente de Estados Unidos entre 1801 y 1809, había declarado ya en 1787 que era del mayor interés para la joven nación elaborar vocabularios con el fin de preservar las lenguas amerindias. La aparente preocupación detrás de ese proyecto era que las lenguas desaparecieran antes de que su historia y su origen fueran conocidos; su registro, por lo tanto, permitiría a futuros estudiosos determinar sus interrelaciones antes de que fuera demasiado tarde.

Siguiendo el consejo de Jefferson, Pierre E. Duponceau, en su carácter de secretario de la Sociedad Filosófica Americana, trabajó arduamente para recopilar información sobre las lenguas amerindias y resguardarla en la librería de la Sociedad. Esta recolección de vocabularios fue posteriormente la base empírica que empleó Duponceau para postular, en 1819, la teoría en la que estableció que todas las lenguas americanas, “desde Groenlandia hasta Chile”, eran de tipo polisintético, tesis central del ensayo con el que después, en 1835, ganaría el Premio Volney. Desde 1819 y hasta comienzos del siglo XX la misma teoría fue replicada por una larga lista de estudiosos norteamericanos.

El trabajo de Haas que aquí presentamos traducido al español no es explícito al respecto, sin embargo es posible a partir de él proyectar algunas implicaciones socio-políticas del método de clasificación de lenguas seguido por los intelectuales que revisa la autora, así como construir un marco de sentido a partir del momento histórico en el que éstos trabajan. De esta manera resulta interesante pensar que 1) tanto las conclusiones de Duponceau y demás estudiosos durante el siglo XIX, 2) como el tipo de trabajo impulsado por instituciones como la Sociedad Filosófica Americana, y 3) el interés de Jefferson (uno de los más importantes ideólogos de la nación) en conseguir una clasificación definitiva de las culturas y las lenguas del territorio, conforman eventos entrecruzados a la luz de un contexto en el que observamos la proliferación de ideas procedentes de la ilustración europea, y sobre todo a la luz del proceso de consolidación nacional, que desde su origen estuvo acompañado de intereses expansionistas, los cuales fueron en cierto modo oficializados en 1823 con la doctrina Monroe, que ratificó las intenciones hegemónicas del país en el resto del continente, (Del Valle & García, 2015)[ii]. En síntesis, el proyecto nacional imperialista norteamericano requería de un mapeo de los grupos humanos de la región, sus culturas y sus lenguas. Prueba de esto son las insistentes consultas epistolares de Jefferson a Wilhelm von Humboldt, el científico europeo mejor informado sobre América Latina, sobre cualquier información que tuviera que ver con los dominios del imperio español, en particular la Nueva España y la Nueva Granada, justo en un tiempo en el que los levantamientos independentistas latinoamericanos se iban consolidando. De hecho, no es casual que la traducción al inglés del Essai politique sur le royaume de la Nouvelle-Espagne, escrito por Humboldt en 1811, aparezca apenas tres años después, en 1814.

“¿Gramática o léxico? El problema de la clasificación de las lenguas amerindias de Duponceau a Powell”, repasa la historia de cómo en el siglo XIX una serie de estudiosos, todos hombres, encaró el interés por comprender la diversidad de las lenguas de América bajo el mismo paradigma inaugurado por Duponceau en 1819. Este interés por las lenguas amerindias como objetos lingüísticos se justifica o bien por su valor científico, por un lado, o bien como parte de un todo que sólo se explica mediante el contexto socio-histórico en el que se despliega, por el otro. La primera interpretación encuentra correspondencia con un discurso histórico oficial, naturalizado; la segunda corresponde a un discurso crítico que reconoce la naturaleza política de las prácticas sociales, entre ellas cualquier tipo de producción científica, dentro o fuera del ámbito lingüístico. Consecuentemente, desde ésta segunda mirada, (la mirada glotopolítica), el texto de Haas resulta valioso también porque exhibe cómo determinados enfoques hacia determinados objetos de estudio, en este caso el acercamiento a las lenguas como si fueran especies exóticas que debían ser clasificadas y preservadas para su estudio posterior, tienen una naturaleza política capaz de generar magnetismos que llegan a encadenarse por largos periodos de tiempo. Al ahondar en el cuestionamiento del por qué esto es así, quedan a la vista operaciones o procesos que son congruentes con, y se explican por, sistemas ideológicos anclados con el momento histórico y sus estructuras sociales (Althusser, 1995)[iii]. En el plano exclusivo de la lengua, es posible apreciar un “sistema de ideas que articulan nociones del lenguaje, las lenguas, el habla y/o la comunicación con formaciones culturales, políticas y/o sociales específicas” (Arnoux y Del Valle, 2010)[iv], es decir, una ideología lingüística, como posible rastrear un discurso académico y una estructura de valores en el trabajo de los autores reseñados por Mary Haas.

Dicho lo anterior, la relevancia de difundir en español un texto como éste radica en su aportación a disciplinas como la historiografía lingüística, desde el momento en que expone el nacimiento, evolución y resistencia de una conceptualización sobre los rasgos gramaticales en un conjunto de lenguas, tanto como lo puede ser para los estudios glotopolíticos, desde que el enmarque socio-histórico y político de esa conceptualización es también la historia de un conocimiento extendido como sistema de pensamiento, situado y compartido a lo largo de un siglo por un grupo de académicos con un interés común: el de ofrecer una explicación genealógica de los pueblos de América y sus lenguas, con una meticulosidad similar a la de los taxónomos y naturalistas que dedicaron sus vidas a alimentar y estudiar los gabinetes de curiosidades del siglo XVIII.

La presente traducción ha querido mantener los sentidos literales del texto original en virtud de que se trata de un registro académico, con excepción de casos en los que a mi parecer eran obligatorias adaptaciones estilísticas para favorecer la inteligibilidad de un escrito de este tipo. La consigna fue, por lo tanto, respetar el estilo de la autora hasta donde los recursos lingüísticos de ambas lenguas me lo permitieron, respetando el sentido original de las ideas. Agradezco a Bárbara Cifuentes la motivación, en principio, a realizar una lectura crítica del texto original en inglés, y, posteriormente, a llevar a cabo esta traducción como parte del curso de Historiografía Lingüística (2012) en la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH). Agradezco también a todo el equipo editorial del LLJournal de la generación 2016, en especial a Lara Alonso por el apoyo y comentarios orientados a mejorar y sacar adelante este proyecto.

Notas

Haas, M. (1976) [1978]. “The study of American Indian languages: A brief historical sketch”. En Language, Culture and History. Essays by Mary R. Haas, (Selección de Anwar S. Dil). Stanford University Press. Pp. 110-129.

[ii] “Introducción a la creación del español: perspectivas estadounidenses”, en Historia política del español: La creación de una lengua. (José del Valle, ed.) (2015). Versión Kindle. Editorial Aluvión. Pos. 5883 de 9964.

[iii] Althusser, L. (1995). On the reproduction of capitalism: Ideology and Ideological State Apparatuses. London. Verso.

[iv] Arnoux y Del Valle, J. (2010). “Las representaciones ideológicas del lenguaje. Discurso glotopolítico y panhispanismo”. En Spanish in context. Vol. 7, 1. John Benjamins Publishing Company. Pp. 1-24


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