Historia del Arte

José Carlos Díaz Zanelli

 

Listen up and I’ll tell a story
About an artist growing old.
Some would try for fame and glory
Others just like to watch the world

Daniel Johnston

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Durante sus primeros años Macedonio Del Solar no demostró interés por el arte. Todos en su casa, colmada de mujeres polacas, le auguraban un futuro prometedor como periodista. Y es que el joven Macedonio se pasó la adolescencia recolectando cables con las noticias que llegaban sobre la Segunda Guerra Mundial. Las paredes de su habitación lucían recortes con información sobre las invasiones de la Alemania nazi y de la URSS sobre Polonia, la caída de Dánzig, el ingreso de la Wehrmacht a Varsovia y la sorpresiva muerte de Edward Rydz-Śmigły. Debajo de su cama acumulaba promontorios de ediciones de El Comercio, La Crónica y La Prensa. Pero la afición por las noticias bélicas le duró muy poco. Quizá hasta que se inició su adultez.

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La Peña Pancho Fierro fue su primer hogar cultural. Ahí conoció además al amor de su vida, la bella Mariana Insaurralde, de padre argentino y madre polaca. Así fue como congeniaron al instante los dos muchachos bebiendo cervezas en las mesas de mármol donde también solían librarse grandes debates entre realistas y abstraccionistas. Ellos se envolvían en caricias mientras que por los aires solían volar pinturas de indígenas trabajando que se estrellaban contra lienzos cubistas. Hasta aquí, Macedonio Del Solar aún no le prestaba demasiada atención a la pintura.

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A estas alturas debo decir que el segundo apellido de Macedonio Del Solar era Roitizky y el de Mariana Insaurralde era Schreiber que significa “escribiente”. Mariana solía decir que ella quería ser una escribiente, es decir dedicarse al oficio de copiar textos ajenos. “Yo copio los textos que me dicta mi otro yo”, dijo una vez en la Peña Pancho Fierro haciendo referencia a sus poemas. Porque sí, Mariana Insaurralde era poeta.

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La primera vez que Macedonio Del Solar cogió un pincel, trazó una composición caótica de figuras geométricas. Mariana le dijo que debía colocarle un título y ponerle un ismo. Así fue como nació Calles apretadas que fue su primera obra y como optó por inscribirse en el dadaísmo. La suscripción a este movimiento artístico lo confinó al bando de los abstraccionistas en la Peña Pancho Fierro. A esto se le sumó que Mariana venía experimentando en su poesía con caligramas que remitían más a Apollinaire que a Carlos Oquendo de Amat. Lo único que salvaba a Macedonio Del Solar de no ser linchado por el bando contrario era su adhesión al socialismo y las causas propugnadas por el Partido Comunista.

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La primera exposición de las obras de Macedonio Del Solar se dio en un galpón cedido por la Sociedad Francesa de Beneficencia. Hasta el último día de la exhibición no se había vendido ni un solo cuadro, hasta que se asomó un psicólogo francés de nombre Henri Moreau, natural de Pau y empleado de la Clínica Maison de Santé, para comprarle seis cuadros. “No sé cómo has logrado retratar mis sueños”, le dijo al tiempo que pagaba las obras y le recomendaba viajar a París.

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Con el poco dinero que lograron reunir, Macedonio y Mariana se subieron en un barco a vapor que los llevaría hasta Cádiz haciendo paradas en Chimbote, Guayaquil, Panamá, Cartagena, Curazao y Martinica. Una vez en España, y sin permiso consular, atravesaron todo el país haciendo la ruta: Cádiz, Sevilla, Córdoba, Valdepeñas, Madrid, Calatayud, Zaragoza y San Sebastián desde donde ingresaron a Francia pasando un fin de semana en Biarritz antes de enfilar a Pau, donde los esperaban los familiares del psicólogo Henri Moreau. En ese pueblo se estacionaron un par de semanas antes de viajar a París.

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En París ambos lograron alojarse en una barata buhardilla de Quartier Latin. En el Café de Flore conocieron a Tristan Tzara quien motivó a Mariana a experimentar con los versos y desmotivó a Macedonio de embarcarse en algún tipo de militancia comunista. “Debes concentrarte en el arte”, le dijo Tzara quien presentó a Macedonio con la chilena Elisa Bindhoff Enet quien a su vez introdujo al joven pintor con su esposo André Breton. La primera vez que Macedonio visitó la casa de Breton quedó tan impactado con su colección de arte rupestre que decidió dedicarse a la pintura de lleno. Aquel día se asumió como pintor.

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Durante sus primeros años parisinos la pareja tuvo contacto por primera vez con Georgette quien por aquel entonces pasaba penurias económicas. La viuda de Vallejo vivía buscando fondos para trasladar el cuerpo de su esposo al Cementerio de Montparnasse. Intentaron recaudar dinero subastando obras, pero ninguno de los dos había logrado una consagración que los cotizara. Cuando Georgette partió a Lima, Macedonio le obsequió un pequeño cuadro suyo y Mariana una plaquette con sus caligramas.

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Los siguientes meses Macedonio los consumió por completo pintando al lado de la ventana en su buhardilla del Quartier Latin. “Tenía que aprovechar cada instante de luz diurna”, dijo alguna vez. Al caer la noche los colores se transformaban ante sus ojos y quedaba imposibilitado de seguir pintando. En esos instantes aprovechaba y salía con Mariana a recorrer las calles parisinas y codearse con la intelectualidad latinoamericana que había invadido la capital francesa. Fue en uno de esos paseos que hicieron amistad con Octavio Paz y Bona. La relación entra ambas parejas se llevó con bastante afecto hasta que, a poco de realizar un viaje a Calcuta, Paz hizo una insinuación a Mariana que provocó la ira de Macedonio. Fin de la amistad.

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En este capítulo se debería hablar sobre la consagración de ambos. No obstante, son tan conocidas sus trayectorias artísticas que sería una redundancia repasarlas. A continuación se realizará una enumeración aleatoria de las ciudades en las que tuvieron éxito: París, Viena, Oslo, Colchester, Río de Janeiro, Distrito Federal, Madrid, Nueva York, Tokio, Roma, Sevilla, Santiago, Medellín y Berlín. Así transcurrieron varios años en los que lograron entablar amistad con personalidades como: Jack Cardiff, Henri Michaux, Salvador Dalí, Marcel Duchamp, Pier Paolo Pasolini, Francis Picabia, Max Ernst, Salvatore Quasimodo y Man Ray.

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Una vez consagrados regresaron a Lima, a una inmensa casona ubicada sobre un acantilado y con vista al Océano Pacífico. Ahí volvieron a ver a Georgette, quien ya había logrado trasladar a Vallejo a Montparnasse pero que vivía encerrada en una clínica víctima de la hemiplejia y la arterioesclerosis. A los pocos días la viuda de Vallejo falleció y fue enterrada en el decadente cementerio Presbítero Maestro. Frente a su tumba Mariana recitó: “He nevado tanto para que duermas”. A su lado Macedonio descolgó una lágrima.

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Los años transcurrieron mientras salían de giras ocasionales a festivales de arte en Estados Unidos o Europa, ofrecían esporádicas entrevistas y recibían en su despacho a jóvenes artistas y discípulos. Ya en la vejez se divorciaron. Una separación que lamentaron sus amistades en dos continentes.

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El siglo veintiuno sorprendió a Macedonio con la muerte de Mariana.

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Durante los siguientes años Macedonio se convirtió en un eremita. Consumía todas sus tardes encerrado en su estudio, con un delantal salpicado y buscando nuevas formas de expresión en la pintura. Renunció a leer obras de ficción y las reemplazó por revistas que solo leía de noche, para matar el tiempo en que no podía pintar. Se suscribió a todas las que pudo: The National Geographic, Esquire, Gatopardo, Letras Libres, Paris Review, Times, The New Yorker, Internazionale y Poetry London. Sin mucho ánimo salía de vez en cuando de su casa para recibir condecoraciones gubernamentales o doctorados honoris causa de diversas universidades. Despidió a sus asistentes y optó por vivir en soledad.

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Durante el último tramo de su vida dejó de pintar. Se lo anunció a un reportero quien solía llamarlo con insistencia en busca de una entrevista. “No llame más que ya no pinto”, dijo antes de colgar el teléfono. Los diarios y los noticieros televisivos empezaron a especular con su muerte. Algunos incluso se aventuraron a inventar enfermedades terminales. Macedonio se burló de todos al irrumpir en una maratón y ofrecerle al ganador, un atleta keniata, un cuadro titulado Trashumancia.

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Sus últimos días los dedicó a solo dos actividades. Empapelar su estudio con los recortes periodísticos de la invasión de la Wehrmacht a Polonia y leer a Emil Cioran, un escritor que Tzara le había recomendado hacía sesenta años. Quedó impactado con el rumano. Se lamentó no haberle prestado atención antes a un autor que a pesar de su pesimismo tenía tanto que decir sobre la vida. Escribió una cita suya sobre el suelo de su estudio con aerosol, marcando así su debut con ese material.

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En tres días hallarán mi cadáver. Estaré recostado en medio de mi estudio. Vestiré un frac impecable pero desgastado. Será el mismo que usé hace veinte años en una gala en el Museo Guggenheim de Venecia. Llevaré en mi bolsillo una foto con Mariana. Hoy por la tarde deberé recibir el grado de Caballero de la Orden del Sol en Palacio de Gobierno. No estaré. Mi ausencia será el pistoletazo de partida para decretar mi extravío. En setentaidós horas la policía me podrá declarar como desaparecido. Irrumpirán en mi casona con una orden judicial. Entrarán revisando la primera planta y vulnerando así mi colección de arte prehispánico. Irán luego a mi biblioteca, las habitaciones, la cocina, los baños, el jardín, la terraza. Mirarán el Océano Pacífico. Por último, ingresarán al estudio. Verán mi cuerpo inerte. Darán la alerta a los periodistas. Dirán que el mundo del arte está de luto. Colocarán la bandera nacional a media asta en el Ministerio de Cultura. Quedarán estupefactos con el empapelado de noticias bélicas que cubrirá el estudio. Al cabo de varias horas retirarán mi cuerpo envuelto en una bolsa plástica. Y entonces se toparán con la frase de Cioran: “Tanto me colma la soledad que la mínima cita me resulta una crucifixión”.



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