Los sueños del capital producen monstruos: Entrevista a Munir Hachemi Guerrero

Munir Hachemi Guerrero, escritor, doctorando en la Universidad de Granada, especialista en Borges, y unx de lxs fundadorxs de Ediciones Paralelos

 

Por Roberto Elvira Mathez (REM):  Ph.D Candidate at the Ph.D program in Hispanic and Luso-Brazilian Literatures and Languages and Teacher Assitant at Brooklyn College.

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REM: ¿Cómo pensás la relación entre literatura e inmigración?

 

MHG: Sé que en Estados Unidos este tema constituye toda una moda epistemológica cuyos códigos no manejo, así que temo hacer el ridículo. En cualquier caso la literatura y la inmigración están poderosamente atravesadas por una importantísima línea de fuerza común: el lenguaje. Migrar es siempre descubrir una forma de hablar y –lo que es más importante– una forma de contar. Pienso en mi padre, por ejemplo, que vino a España hace más de cuarenta años. Él es argelino y en Argelia –y pondría la mano en el fuego porque esto es así también en Túnez y en Marruecos– los tiempos y los modos de la narración oral son del todo diferentes. La forma de narrar de los españoles –que no somos norteafricanos ni latinoamericanos y que sobre todo no somos europeos– es híbrida, pero las generaciones más jóvenes ya hemos aprendido a contar en la lengua del imperio, es decir la lengua de Estados Unidos o –por ser algo más políticamente correcto– la lengua del capital. No me refiero a que contemos nuestras historias en inglés, claro, sino a que nos hemos criado con la sintaxis ideológica del capitalismo y pensamos a través de sus códigos. Nuestra forma de narrar, entonces, está cruzada por la relación entre inversión y rendimiento. Contamos lo que queremos contar tan rápido como podemos, en un SMS o a lo sumo en una nota de voz de WhatsApp, y antes de empezar ya queremos haber terminado. Para nosotros la comunicación verbal es un mal necesario y una cuestión de objetivos, de métodos, de optimización. Para mi padre en cambio narrar es un placer. Es imposible que él –que cualquier argelino– cuente una historia de forma somera y directa. Eso está fuera de su horizonte epistemológico, simplemente es incapaz, porque nuestra verdadera lengua materna es la ideología. Si tú, Roberto, hablaras con mi padre pensarías que es un hablante nativo de español; su léxico, su pronunciación y su gramática son perfectos. Sólo lo delatan su manía por enredarse en historias secundarias, la forma en que se dilata narrando, el modo en que salta de un tema a otro y –por supuesto– una profunda indiferencia hacia el concepto de «verdad».

Si lo piensas, todo lo que te digo implicaría que es más difícil migrar a un lugar en el que se habla la propia lengua pero en el que se accede a lo real a través de marcos altercapitalistas de pensamiento que a un lugar en el que se comparten los marcos pero no la lengua. Pienso que para un neoyorkino sería más fácil vivir en Madrid que en una aldea de Uganda, por poner un ejemplo desde el más perfecto desconocimiento de la realidad ugandesa. Pero bueno, me estoy enredando y no quiero que pienses que esto es un reflejo irónico o un ejemplo práctico de la forma de narrar de mi padre. ¿Sabes? Él escribió hace años una novela. Pero esto mejor te lo cuento en la siguiente respuesta.

 

REM: ¿Cómo pensás esa relación en particular en tu formación y actualidad de productor cultural, como escritor y académico?

 

MGH: Dudo mucho que se me pueda considerar un escritor o un académico, pero igual te voy a responder. Mi padre, te decía, escribió una novela y me la dio para que la corrigiera. Era del todo incomprensible; si bien su español es perfecto cuando habla, cuando escribe es inextricable. Me costó mucho entender porqué eso era así. La conclusión más obvia sería que al escribir mi padre trata de imitar modelos literarios que no conoce en profundidad, pero en realidad mi padre es un gran lector y casi siempre lee libros en español. Así que quizá hay que desechar esa aparente obviedad y pensar que tal vez la forma de narrarse a sí mismo de mi padre, la vocecilla que suena al interior de su cabeza no está dispuesta a someterse a los rigores de la letra escrita, o al menos no sin alguna mediación. En ese proceso estoy yo: traduzco la novela de mi padre del español al español desde hace años, y a ratos me pregunto hasta qué punto lo que lo podría llamar «mi propia producción literaria» (tres novelas cortas y un par de puñados de cuentos) no son en realidad una forma de indagar en esa mediación de la que antes te hablaba, una forma de buscar el diccionario secreto de mi padre, el algoritmo de traducción que pueda hacer que el lector sienta el mismo placer que sentimos quienes le escuchamos contar sus historias. Quién sabe.

En otro orden de cosas –muy brevemente y por dejar un rato en paz a mi padre– te diré que yo viví un tiempo en Buenos Aires y que allí mi forma de hacer literatura cambió drásticamente (creo que a mejor). Escuchar a cada rato en la calle otro idioma, un idioma profundamente distinto al que había conocido y sin embargo comprensible para mí me abrió la mente y las orejas a otras formas literarias. Salir a la calle y prestar atención a cualquier conversación, a cualquier construcción sintáctica nueva, a cualquier corrimiento semántico, es un placer que se asemeja al de lo literario. Si la felicidad es una sorpresa permanente su correlato lingüístico ayuda a escribir bien, a sorprenderse de lo que uno mismo escribe.

 

REM: ¿Cómo pensás esa misma relación en la España actual, tanto política como culturalmente?

 

MGH: Culturalmente, por desgracia, no hay ninguna España actual. Hay grupos, eso sí, pero carecen de la cohesión y la comunicación necesarias para presentarse como «España», por más motivos geográficos que podamos aducir. Y luego están Vargas Llosa, Pérez-Reverte y el pobre Javier Marías llenando portadas y haciendo el ridículo en sus extrañas burbujas institucionales.

Ahora bien, si con España no te refieres al estado español ni a la absurda «marca España» sino a las personas que vivimos en este pedazo de tierra heterogéneo la cosa cambia. Pienso en María Salgado, por ejemplo, a la que siempre menciono, que en las pocas entrevistas que se le conocen siempre nombra a una larga lista de autores latinoamericanos contemporáneos entre sus influencias. Pero sobre todo pienso en la cantidad de jóvenes que tienen que emigrar a Estados Unidos o a Europa (porque –y esto es importantísimo (por eso lo pongo entre paréntesis)– aquí ya no viene nadie). Si en los noventa los cuñados se quejaban en los bares de que los «sudacas» nos robabais el trabajo mientras se tomaban su cuarto Barceló con cocacola hoy muchos jóvenes españoles van a cubrir puestos de profesorado a Perú, Ecuador o Colombia, por no hablar de México o Argentina. Para mí, por ejemplo –y así te respondo a la segunda pregunta (la educación, ante todo)– migrar a Argentina fue un sueño hasta que comenzó el macricidio.

Voy a terminar hablándote de mis amigos escritores. La mayoría hemos pasado por la academia y la verdad es que nunca hemos tenido un plan de futuro claro –síntoma evidente de que el estado ya no es capaz de tapar las grietas de sus grandes relatos–. Para nosotros Estados Unidos siempre ha funcionado como un imán distante pero poderoso. La mayoría no creemos en la academia, pero entendemos que es nuestra única posibilidad de sobrevivir (en el sentido más biológico que puedas imaginar). Así, Estados Unidos y sus becas Fulbright, sus ayudas a doctorandos y sus programas de atracción del talento siempre han supuesto para nosotros una suerte de destino inexorable. Todos queremos viajar a Latinoamérica –que es donde en realidad se desarrollan el pensamiento y la literatura, aunque el centro de visibilidad sean los Estados Unidos– pero la geopolítica no nos lo permite. Por suerte, en los últimos tiempos en Estados Unidos ha ganado las elecciones Donald Trump y para mí –dada mi doble condición de español y argelino– viajar allí ya no es una opción. Podríamos decir que Trump ha resuelto mi dilema.

 

REM: Me alegro de que menciones al Innombrable porque la última pregunta va sobre él: ¿qué pensás de las últimas medidas de Trump y de su efecto en la producción y recepción culturales?

 

MGH: Para empezar, pienso que Trump es una consecuencia inevitable de la crisis global del capitalismo. El capitalismo (sobre todo el tardocapitalismo) tiene en su base la relación ficcional entre los objetos materiales y los relatos que representan. Acaso en ese sentido el objeto más relevante al que podemos referirnos es el dinero. Un billete, por supuesto, no vale nada por lo que es, pero a día de hoy tampoco vale por lo que representa sino por lo que promete. Y esto es central. El dinero debe fluir y abundar para que los grandes relatos del estado funcionen. No porque la gente esté más cómoda mientras tiene dinero (y por eso no se rebela etcétera etcétera, ya sabes) sino porque de alguna forma creer que la relación entre cinco euros y diez kilos de manzanas es real implica también creer que la posibilidad de un estado capitalista justo, sin pobres, sin discriminación de raza ni de género es posible. El estado capitalista vende fe, y cuando funciona es creíble, pero antes o después debe resquebrajarse, porque tiende a la reproducción infinita y se da la circunstancia de que el pedazo del universo al que somos capaces de llegar es finito. Y cuando se resquebraja ocurren cosas como Argentina 2001, como Hitler o como Donald Trump. El caos, por lo tanto, es sistémico y Trump no es el culpable de Trump, así que por más que nos duela reconocerlo los chistes en la gala de los Oscar o las efusiones antitrumpistas en público no nos van a salvar. Los sueños del capital producen monstruos.

La buena noticia dentro de todo lo malo es que cuando se resquebrajan los grandes relatos proliferan las otras formas de contar; mi padre narrando su última historia entre las ruinas del «”’mundo libre”’»; Kafka en Praga sintiendo que el fantasma del fascismo recorre Europa (véase Respiración Artificial); Cucurto comprando un kilo de cartón de camino a Santa Fe; Cervantes diciendo adiós al feudalismo con la mano o Borges repitiendo en sus relatos de forma obsesiva la cifra «1929», son los síntomas de que los grandes relatos han cedido por su pilar maestro, de que la Máquina de Guerra ha vuelto a hacer de las suyas y de que es tiempo de pensamiento nómada, de creatividad y de diferencia, antes de que la entropía vuelva a decrecer y de nuevo aparezcan las escuelas, los géneros, los movimientos, las academias…

 



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