LA MEMORIA HISTÓRICA COMO TEMA CENTRAL EN EL CORAZÓN HELADO DE ALMUDENA GRANDES

Ana Zapata-Calle
University of Missouri-Columbia

Dejemos el museo, la biblioteca, el aula
sin emoción, sin tierra, glacial, para otro
tiempo.
Ya sé que en esos sitios tiritará mañana
mi corazón helado en varios tomos

De “Llamo a los poetas” de Miguel Hernández.

Almudena Grandes es una de las autoras españolas más reconocidas nacional e internacionalmente en el panorama literario actual. Nacida en Madrid en 1960, no ha dejado de escribir y cosechar reconocimientos desde que debutara como novelista en 1989 con su novela erótica Las edades de Lulú hasta llegar a su última y más ambiciosa novela, El corazón helado (2007), galardonada con el premio Fundación José Manuel Lara de 2008. Esta obra logra desde el principio hasta el final captar la atención del lector por su contenido y su forma. Se trata de un texto de literatura social comprometida con la que, a la vez de cumplir con una labor de recuperación de la memoria histórica, critica a la sociedad española actual por su falta de compromiso además de conectar los problemas y relaciones del pasado ocurridos durante la Guerra Civil española con los del presente con vistas hacia las repercusiones del futuro.

Lo que en este ensayo se pretende analizar es cómo Almudena Grandes, mediante uno de los protagonistas de la novela, Álvaro Carrión, llega a un marco de enunciación que le permite recuperar parte de la memoria perdida sobre la Guerra Civil de todo un país. De igual modo, se verán los medios de transmisión que hacen posible esta recuperación en un contexto compartido por la autora y su personaje, el Madrid de la primera década del siglo XXI. Con todo, antes de adentrarse en esta tarea, convendría delimitar qué se entiende por ‘memoria histórica’. En este punto resulta pertinente aclarar las diferencias entre los términos “historia” y “memoria histórica” para vislumbrar la finalidad que la autora implícita persigue con esta novela. Pierre Nora define ambos términos:

Memory and history, far from being synonymous, appear now to be in fundamental opposition. Memory is life, borne by living societies […]. It remains in permanent evolution, open to the dialectic of remembering and forgetting, unconscious of its successive deformations […]. History, on the other hand, is the reconstruction, always problematic and incomplete. Memory is […] an eternal present; history is a representation of the past. (8)

Nuestra autora no hace historia, sino que usando la historia como fondo, trata de recuperar la memoria histórica al recrear la vida de unos personajes que están descritos de manera que podrían reflejar a los españoles de ayer y de hoy. Con ellos, se exploran sentimientos de miedo, odio, amor, venganza y perdón en torno a un conflicto tan trágico como la Guerra Civil española y sus consecuencias.

Así como Gabriel García Márquez escribió su historia de ficción sobre Latinoamérica con claves metafóricas y a través de la saga familiar, Almudena Grandes escribe la historia de España del siglo XX y principios del XXI con el mismo juego cíclico del tiempo y espejos generacionales en un Madrid como un Macondo que contribuye a que el lector se replantee y desestabilice el concepto de nación española. Este constructo, manejado y creado de forma artificial por una política conservadora basado en una sociedad homogénea bajo el modelo del patriarcado, intenta romper con lo que James Kavanagh percibe al hablar de las creaciones de Hollywood como “a system of representations perceived as a plenitude of meaning and/or experience” (315). Tomando estas ideas en consideración, El corazón helado se podría catalogar dentro de lo que Linda Hutcheon llama “metaficción historiográfica”, donde la ficción y lo histórico se mezclan dando lugar a nuevas interpretaciones de la historia. Se incorporan en la ficción todas aquellas voces silenciadas anteriormente que, presas de la subjetividad, debida bien a que cada sección de la sociedad ve la realidad de una manera distinta, o por recrear un pasado no vivido o atestiguado, reconstruyen el punto de vista de los que permanecían en las sombras de la historia. Sobre este particular, Linda Hutcheon escribe en “Historiographic Metafiction: The Pastime of Past Time” (1989):

Historiographic metafictions appear to privilege two modes of narration, both of which problematize the entire notion of subjectivity: multiple points of view […] or an overtly controlling narrator […]. In neither, however, do we find a subject confident of his/her ability to know the past with any certainty. This is not transcending of history, but a problematized inscribing of subjectivity into history […]. Postmodern intertextuality is a formal manifestation of both a desire to close the gap between past and present of the reader and a desire to rewrite the past in a new context. (117-18)

En El corazón helado se alternan de manera fragmentada las vidas de varias generaciones: desde la que vivió durante la Segunda República y la Guerra Civil hasta la democrática de sus nietos. Hay personajes cuyas vidas abarcan más de treinta y cinco años de dictadura y más de veinte años de democracia. Todo esto hasta llegar a una época de aparente paz donde los nietos de los que o bien lo perdieron todo o se sienten engañados intentan recuperar su dignidad. Así lo hace el personaje de Raquel desde el principio de la novela y el de Álvaro desde que se da cuenta del engaño en el que ha vivido durante unos años en que los vencedores se enriquecían a costa de los vencidos bajo la imposición del silencio. Raquel con las heridas abiertas aún y Álvaro sintiéndose ultrajado y engañado recuperan, a costa de la paz de sus vidas, la dignidad perdida de sus abuelos.

Durante varias décadas no se pudo escribir sobre el conflicto ante la opresión fascista y el silencio impuesto tras la muerte de Franco durante la democracia por el “carácter esquizofrénico” de la identidad nacional española dividida ideológicamente y con heridas aún no curadas. De este carácter esquizofrénico habla Rosalía Cornejo-Parriego acerca de otra de las novelas de Almudena Grandes, Malena es un nombre de tango (1994).

[L]a familia nacional […] se caracteriza por sus divisiones, fragmentación y rasgos esquizofrénicos […] La novela de Grandes retoma la cuestión inacabada de las dos Españas presentando el contraste entre una España inmovilista y estática, ficticiamente homogénea y otra, fluida, plural y heterogénea” (45).

De igual forma, otras novelas suyas como Atlas de geografía humana (1998) o Los aires difíciles (2002), están comprometidas de alguna manera con la historia de España dentro del discurso historiográfico que surge en los 90. No hay que olvidar que Grandes tiene una licenciatura en Historia y que dota a sus obras de una base histórica, basada en testimonios, que intenta reconstruir la identidad de toda una generación. Es la propia autora quien afirma que “como todos los adolescentes de mi generación, tuve que descubrir en qué país vivía, de que raíces provenía, y cómo podría haber sido todo si Franco no hubiera ganado la guerra. Para nosotros, la búsqueda de esa identidad nacional era absolutamente prioritaria, y en mi caso, desde luego, mucho más trascendental que una indagación en mi identidad femenina” (García 19).

La metaficción historiográfica se presenta para muchos escritores como la base para recuperar los silencios de la historia. Manuel Rivas, Paloma Díaz-Mas, Alberto Méndez, Carmen Riera, Javier Cercas o Dulce Chacón entre otros, son escritores contemporáneos que en la última década han tratado el tema de la Guerra Civil española en sus obras. Pero la recuperación de la memoria histórica no sólo se trata en la literatura, es todo un fenómeno social en todas las artes a nivel socio-político que se podría considerar como una revolución. El cine, la música, la fotografía, la prensa, y la política están en constante diálogo mientras no paran de exhumarse cadáveres de fosas comunes y se siguen con las disputas familiares inacabables que se refleja muy bien en El corazón helado al narrar, como reflexiona Álvaro al acabar la novela, “sólo una historia española, de esas que lo echan todo a perder” (919).

Adentrándonos en el análisis, el lector se puede preguntar cómo se reflejan en la novela las distintas fases de la historia de España y cómo explicar que siete décadas después del conflicto se escriban obras que lo revivan como un tema actual donde no existen los límites entre el pasado y el presente. Eso es lo que intenta plasmar la autora en su obra a través de los conflictos de sus personajes. En la novela, Julio Carrión, el padre de Álvaro, es un oportunista que se ha cansado de ser pobre y aprovecha el conflicto bélico para ultrajar, robar y sacar provecho. Es capaz demonizar a la izquierda durante la dictadura para que nadie dude de su legitimidad en el poder y de relegar a su propia madre republicana al olvido. Se enriquece mediante el robo, es un usurero de cuyos actos tendrán que dar cuentas a sus hijos, educados en una mentira que terminará destrozando sus vidas. A través de sus acciones, se logra conectar el pasado con el presente, analizando causas y consecuencias que aún afectan a los personajes de la última generación.

La obra comienza con el entierro de Julio Carrión y la introspección en el sentimiento de admiración que por él siente uno de sus hijos, Álvaro. Esta idealización poco a poco se irá resquebrajando hasta llegar a lo más ínfimo al final de la novela. Álvaro es un profesor de física en la universidad que, al morir su padre, comienza a hacerse preguntas sobre el pasado de éste por el extrañamiento que le produce la idea de una supuesta relación extra conyugal con una mujer muy joven, Raquel, quien podría ser la nieta del fallecido. Hasta el momento de la muerte del patriarca, que podría verse metafóricamente como la del dictador, la vida de Álvaro había transcurrido sin más sobresaltos que los pequeños problemas cotidianos, pero a partir del instante en el que conoce a Raquel todas las leyes físicas que le parecían inalterables dejan de corresponderse para llegar a una nueva realidad donde el todo resulta mayor que la suma de las partes. En este sentido, Raquel le dice a Álvaro: “[e]l todo sólo es igual a la suma de las partes cuando las partes se ignoran entre sí […]. Tú y yo, hasta este momento, hemos sido dos partes de un todo que se han ignorado mutuamente, nada más (126). Se puede inferir que cuando la autora junta las realidades de los dos protagonistas y los hace conscientes de ello, el todo supera cualquier cálculo posible haciendo que sea mayor que la suma de las partes.

La narración de distintas fases de la historia de España se consigue a través del hilo narrativo de la saga familiar que conecta las etapas históricas de España a partir de la Segunda República. Narrar desde distintos puntos de vista, algunos separados por décadas en el tiempo, llevan al lector de un personaje a otro, desde las dos Españas enfrentadas en la guerra hasta el exilio francés, o desde la resistencia en Madrid hasta las luchas en Rusia de la División Azul. Se presenta una situación trágica y compleja que Álvaro tendrá que afrontar solo, defendiendo su derecho a saber. Salir del desconocimiento requerirá asumir culpas y romper con todo un mundo falso creado para él y para sus hermanos.

El retrato de la última generación de la saga familiar muestra las distintas etapas de la democracia desde la muerte de Franco hasta llegar a un nuevo gran desconcierto después de más de cuarenta años de silencio, los que cifran la edad de Álvaro. La escena inicial de la novela en el cementerio es la clave para entender el significado último de la novela. El entierro del patriarca es para Álvaro, lo mismo que el entierro de Franco para la sociedad española, la apertura a una realidad nueva y desconocida. Aparecen allí dos tipos de personas, como las dos Españas. Por una parte, la familia más cercana del fallecido, por la otra, las personas mayores del pueblo de Torrelodones, de donde era original Julio Carrión. Son estas seres estoicos y estáticos que no hacen ni dicen nada; representan a esa España reprimida que no supo qué hacer cuando murió el dictador, y que dejó que llegara la democracia, como llega Raquel al entierro, haciendo mucho ruido mientras que ellos mantenían su silencio. Álvaro, o el español rebelde pero ignorante, lo observa todo haciendo esfuerzos por ‘recordar’:

[E]sos vecinos del pueblo que habían venido a su entierro como si vinieran de otro tiempo, de otro mundo, de un país antiguo que ya no existía, que yo había conocido y sin embargo no era capaz de recordar (17-18) […]. Hasta aquel instante no había sido consciente del silencio, pero distinguí el ruido de un motor desde muy lejos y celebré su estrépito, el ronquido que enmascaraba el eco sucio de esas palas que removían la tierra como si pretendieran insultarme con su aspereza, castigar mis oídos de hijo cobarde, de alumno rebelde… no éramos muchos pero no esperábamos a nadie más, y sin embargo, alguien llegaba ahora a destiempo. (22-23)

La llegada de Raquel a la vida de Álvaro desestabiliza la homogeneidad de la historia familiar “oficial” al hacer que éste descubra el pasado de su familia. Se la ve aparecer a través de la mirada de Álvaro como un enigma por resolver. Al conocerla e ir desentrañando su identidad, Álvaro estará al mismo tiempo redefiniendo la suya propia, dando luz a los silencios de su padre y a la historia de su país. Si se lee esta novela ontológicamente, como se hace con Cien años de soledad, el lector español, como el último Aureliano, descubrirá la historia de su estirpe y la de su país reconociéndose como parte de ella y descubriendo su historia y su propia identidad. Con el desmoronamiento del mito del franquismo, tanto el personaje de Álvaro como el lector verán temblar un sistema impuesto como natural y experimentarán el caos ante el surgimiento de nuevos discursos, fundamentados como el de Raquel, que lo refutan.

Por su parte, Raquel es la última descendiente de una familia republicana que se exilia en Francia y vuelve a España después de la muerte de Franco. Ella mantiene vivos los recuerdos heredados de las narraciones de su familia, de sus muertos, de las víctimas y de los opresores. Aunque este personaje no ha visto la violencia directamente, ha sentido sus consecuencias y las ha sufrido en cierta manera a partir de la transmisión de la melancolía colectiva que le ha llevado incluso a desear la venganza. Este sentimiento se agudiza especialmente desde el momento en que vio llorar a su abuelo en su último fracaso tras la conversación con el causante de la ruina familiar, Julio Carrión. Raquel refleja esa España ‘enferma’ que no ha tenido la oportunidad de un duelo por sus muertos o por sus ideales fracasados. Así, para recuperar la memoria histórica, se da la vuelta a la gloriosa historia oficial donde la palabra ‘victoria’ era el estandarte de la dictadura española. A través de la familia de Raquel, se presenta la intrahistoria de una España cuyas heridas no se han cerrado aún consecuencia de una enfermedad que surge cuando el luto no ha tenido lugar y a la que Sigmund Freud llama melancolía:

Mourning is regularly the reaction to the loss of a loved person, or to the loss of some abstraction which has taken the place of one, such as one’s country, liberty, and ideal, and so on. In some people the same influences produce melancholia instead of mourning and we consequently suspect them of a pathological disposition. (243)

La enfermedad de Raquel, que ella misma cree haber superado, vuelve a aflorar al encontrarse de nuevo con quien robó todo el patrimonio a su familia, Julio Carrión. Como en el cuento borgiano de Emma Zunz, Raquel planea su venganza, pero el opresor muere de un infarto antes de que pueda vengarse y, en contra de su voluntad, se enamore de su hijo Álvaro. Estamos, pues, ante una realidad donde víctimas y verdugos interaccionan, se conocen y se enamoran, mezclando los espacios y creando lo que Günter Grass denomina en la literatura argentina sobre el Proceso de Reorganizacion Nacional “la zona gris” o “el matiz grisáceo” (14) y que Cornejo-Parriego llama “realidad esquizofrénica” para mostrar la falacia de una identidad española mítica y homogénea.

Esta realidad esquizofrénica o gris se ha desarrollado en España debido a la complicidad de la sociedad civil que insistía en sostener los valores de la dictadura. La familia de Álvaro es un claro ejemplo de ello, con una madre que colabora en el robo de las propiedades de la familia de Raquel y que no está dispuesta a reconocerse como culpable y ejerce la violencia institucional con su impermeabilidad, su silencio y su hipocresía. Por su parte, los hermanos de Álvaro, en una escala gradual, reflejan la aceptabilidad de la versión oficial: el hermano mayor tiene una actitud totalmente protectora de la versión oficial de los hechos, otro sabe la verdad pero no quiere remover las cosas para evitarse complicaciones, y otra se tapa los oídos para no saber y no tener que hacer nada al respecto. La actitud de Álvaro, como rebelde, es diferente: quiere saber y actuar, a pesar de que ello se presente como un caos, como la destrucción de todas las bases de su vida, como un renacer a una realidad desconocida. Así, Álvaro prefiere recuperar la memoria de su abuela republicana antes que vivir sin ella aunque esta recuperación suponga el enfrentamiento con toda su familia. En esta confrontación se percibe una fuerte crítica a la falta de compromiso político y social. 1 Álvaro se enfrenta al sistema de valores en los que se basa su familia, se harta del materialismo de la sociedad actual representado en su mujer, que recibe sin cuestionamientos la herencia del patriarca y se dedica a gastarla, mientras que los que debían haber sido los verdaderos herederos de esos bienes tienen que conformarse con administrarla, como hace Raquel en el banco donde trabaja. Todas estas realidades familiares y, por sinécdoque, nacionales, llevan al desorden en una realidad nacional repleta de conflictos conectados directamente con el pasado e inmersa aún en los últimos coletazos de una Guerra Civil inacabada.

Pasado y presente se unen a partir de unas causas y consecuencias que remiten a la falta de ajuste de cuentas mediante el reconocimiento de los hechos que tendría que haberse llevado a cabo tras la muerte de Franco. En la novela, Ignacio, el abuelo de Raquel, va a pedir lo que es suyo a Julio Carrión. Pero la devolución de sus bienes nunca se lleva a cabo. Es significativo lo que recibe el abuelo de Raquel de la familia Carrión cuando le pide que le devuelvan sus propiedades. Su sobrina, la madre de Álvaro, no le da nada de lo “suyo”, pero le quita una de las muñecas a su hija para dársela a Raquel como si con ello compensara todos los daños causados. Este gesto podría referirse al hecho de que el gobierno socialista de Felipe González concedió pequeñas sumas de dinero a las víctimas supervivientes de la guerra dando el tema por zanjado. Todas estas injusticias llevan a la desesperación final y a la violencia con la que acaba la novela por la petición de un verdadero reconocimiento y la impotencia de Álvaro frente al hermetismo de su madre a admitir sus culpas. Esta idea la expresa muy bien José Colmeiro:

En la España de la transición se evitó la traumática experiencia colectiva del ajuste de cuentas con el pasado; ningún Videla fue reclamado por los tribunales, no hubo ese sentido de clausura, ni “Ley de punto final” como en Argentina tras el Proceso, o programa oficial de “Reconciliación Nacional” como en Sudáfrica tras el apartheid. En España […] no se llego jamás a hacer justicia y se estableció el reinado de la memoria-tabú. (20)

Así, España siempre aparece como un espacio de conflicto en el que los silencios, las disputas y la violencia no cesan y los límites entre el “ellos” y el “nosotros” no se esclarecen. El sistema de binarismos no sirve, como afirma Miriam Cooke, para discernir el bueno del malo o la mujer del hombre en una sociedad donde los límites entre una posición y la otra no están claros (War Story 14). El conflicto se percibe más intensamente en El corazón helado al comparar el espacio español con el francés, donde, con excepción de Julio Carrión que logra engañar a todos, entre los españoles exiliados se respira un apoyo común a la que fue la Segunda República, y se liman incluso las diferencias entre anarquistas y comunistas. Este conflicto es producto de una parte de la sociedad española que no está dispuesta a analizar y admitir su historia, lo que la condena al fracaso. Esto ocurre en la familia de Álvaro al final de la novela con el permanente hermetismo de la madre y la negación de los hermanos. El reconocimiento de los hechos del pasado supondría una reestructuración de la historia de España de varias generaciones. En la novela, el conflicto se centra en Álvaro ya que es el único miembro de su familia que está dispuesto a escuchar y descubrir la verdad sobre el pasado de su padre, a pesar de que tenga que afrontarla solo con el único apoyo de una mujer que acaba de conocer.

La forma en que Álvaro recupera su memoria histórica en la novela es algo muy importante a tener en cuenta, ya que se hace desde el punto de vista de la representación de una generación que no ha vivido la guerra directamente y que sufre lo que Colmeiro llama “crisis de la memoria”. Este crítico pone sobre el tapete el desconocimiento de la historia reciente por parte de la sociedad española: “no faltan […] pensadores quienes critican públicamente la falta de memoria, la necesidad de recuperarla y de combatir la amnesia histórica en la España contemporánea […] como uno de los males crónicos de nuestros días (14).

Tres son las vías con las que Álvaro cuenta para reconstruir su memoria: a) la historia que Raquel le cuenta sobre su familia y sobre Julio Carrión, b) los objetos que Álvaro encuentra en la oficina de su padre, una vez muerto éste, como son los carnés de afiliación a dos partidos contrarios y una carta de su abuela, entre otras cosas, y c) la entrevista a Encarnita, una de las vecinas de Torrelodones que asistió al entierro de su padre y que había conocido a su abuela en su militancia activa como profesora y política republicana. Estos tres modos de recuperación de la memoria, es decir, la transmisión oral y la recuperación de la memoria colectiva a través de los objetos y las entrevistas, constituyen también la base de otras obras como La voz dormida de Dulce Chacón o Los girasoles ciegos de Alberto Méndez.

Es interesante que en El corazón helado sea Raquel, una mujer y no un hombre, la que transmita el conocimiento sobre los hechos de la historia de España, mientras que Álvaro, como hombre, reciba la información. Y es también importante que Álvaro descubra el papel activo de su abuela en la guerra, rompiendo la imagen tradicional de la fotografía que su padre les había mostrado toda la vida donde aparece como mujer sumisa al amparo de su esposo. En contra de esta versión y para ver lo que supuso la guerra en la vida de su abuela 2, Encarna le cuenta a Álvaro su otra identidad:

-¿Que si era socialista? – y entonces se echo a reír… como si no hubiera escuchado una pregunta más tonta en todos los días de su vida- ¡Pues claro que era socialista! Bueno, socialista es poco, ella era mucho más que eso, ella fue… la que lo inventó, como si dijéramos. En este pueblo nadie sabía lo que eran socialistas hasta que a tu abuela se le ocurrió meterse en política, no te digo más… (397)

La novela se erige para recuperar el papel activo de la mujer tanto en la guerra como en la sociedad actual. Como afirma Cooke, “recording women’s presence and engagement at the front is crucial in order to counteract some of the distortions that have always been necessary to construct the age-old story of war as men’s business” (“Wo-man” 177). Tanto la abuela Teresa como Raquel son activas. Si Teresa organiza movimientos socialistas, Raquel es la que dirige una parte muy importante de la reconstrucción de la historia, la que mueve los hilos, la que pide justicia y la fuente de saber como transmisora de una memoria colectiva. Desde luego, su transmisión está sometida a la subjetividad de la transmisión oral, cuenta lo que le han contado y lo que ha vivido en parte. De esta manera, la realidad pasa por varios filtros hasta llegar a Álvaro. Walter Benjamin teoriza en “Experiencia y pobreza” (1989) y “La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica” (1989) sobre este proceso de transmisión de la memoria histórica, que supone la mediación y la pérdida o la transformación de los hechos traumáticos al narrarlos en un lenguaje que resulta insuficiente.

Por otra parte, los objetos con los que cuenta Álvaro para recobrar su memoria familiar le sirven para cuestionarse la historia y para que ponga en tela de juicio el discurso dominante. Entre otros objetos destacan la foto de Paloma, tía abuela de Raquel, tomada en Francia; la carta que su madre le escribe a Julio Carrión; los dos carnés de afiliación de éste a partidos opuestos; la pulsera que Raquel hereda de su bisabuela María como el recuerdo de su antigua fortuna y la foto de la abuela Teresa como revolucionaria que una amiga de sus amigas, Encarna, le da a Álvaro. El intento de recuperar la historia a través de estos objetos se corresponde con Les Lieux de Mémoire acerca de los cuales Nora escribe: “the loss of a single explanatory principle, while casting us into a fragmented universe, has promoted every object – even the most humble, the most improbable, the most inaccessible – to the dignity of a historical mystery” (17). Es a partir de estos objetos que Álvaro comprende la verdadera historia de su abuela y reconoce haber sido engañado con una versión de los hechos que le ha privado no sólo de ella, sino de una tía de cuya existencia nunca supo, utiliza los objetos como discursos paralelos. La postmodernidad le permite moverse en el ámbito de una pluralidad de realidades que se suceden, conviven y convergen para completar la historia oficial en un discurso historiográfico que se replantea cómo hacer la historia: “Al subir a casa, coloqué la foto que me había mandado Encarna al lado del retrato ahora soso, hasta plomizo, que me miraba desde un marco de plata, y comprendí un poco mejor lo incomprensible” (570).

La última fuente de transmisión de memoria colectiva es la entrevista con Encarnita, una mujer mayor que vivió de forma directa el conflicto. Es la primera vez que ésta tiene la oportunidad de contar libremente y sin miedo lo que vivió, aunque por el paso del tiempo, por su conocimiento limitado de algunos hechos y por las consecuencias de la edad, deja muchos misterios por resolver. De nuevo, con ella, la memoria se presenta sesgada, ya que además de los filtros o trabas anteriores, Encarna no está recuperando la historia personal, sino que está reconstruyendo la vida de una mujer desaparecida hace más de setenta años. Álvaro se frustrará ante sus preguntas sin respuestas pero a cambio recibirá algunos datos esenciales sobre la persona que era su abuela Teresa y su padre, además de cómo este, no teniendo nada en común con la familia de su madre, pudo llegar a tener alguna relación con ella en el pueblo de Torrelodones.

Como Álvaro, la autora implícita también recurre a las entrevistas para reconstruir una parte de la memoria colectiva. Queda constancia de esto al final del libro, en la nota de agradecimientos, donde se nombran las diferentes personas que le dieron su testimonio como material básico para escribir su obra. Partiendo de este paralelismo, se podría hacer una identificación entre Almudena Grandes como escritora y Álvaro como personaje de su novela. Ambos están recuperando su memoria histórica: él, la de su familia; ella, la de su país. El caos con el que acaba la novela cumple con la desmitificación total del padre y de todo su sistema político y familiar que tiene su analogía en la discusión y recuperación de la historia de la sociedad española actual.

Almudena Grandes se vale de toda la tradición literaria para crear su novela. En otro posible estudio de la misma se podría analizar la técnica narrativa empleada y la filosofía que subyace en la misma, ya que se mezcla un estilo postmoderno caracterizado por la pluralidad de voces narrativas, puntos de vista, espacios y momentos históricos distintos con lo que se podría ver como una superación de esta estética al hacer que todos los elementos contribuyan, aunque en capítulos que fragmentan el relato, a contar una sola historia. Se narra la vida de un personaje como alegoría de la historia de un país, con unas circunstancias históricas concretas que organizan el texto con un principio, una evolución y un final. Valdría la pena analizar, asimismo, el uso de aspectos de la tradición literaria, por ejemplo, las reminiscencias a la novela del siglo XIX español al mostrar escenas costumbristas de la vida de los personajes o las semejanzas con las exageraciones del realismo mágico y la estructura generacional que ya hemos comparado con Cien años de soledad. También se retoman aspectos del romanticismo con finales desesperantes como el de Don Álvaro o la fuerza del sino, y se acude a la misma tradición de la tragedia griega para tomar elementos como el azar, la anagnórisis, el incesto, la ironía trágica, o la acumulación de atrocidades para poder expresar una realidad tan compleja como lo es la historia española de las últimas décadas. Todo estos elementos le sirven a la narradora como instrumentos para expresar lo, a veces, inenarrable de una experiencia bélica y sus secuelas. Una cita tomada directamente de la novela sirve para concluir este ensayo. En ella, Álvaro se emociona al recuperar la memoria de su abuela cuando se la está contando a Raquel y a su amiga Berta:

Yo siempre había creído que mi abuela paterna había muerto en 1937 […] me enteré que no era verdad. Hablé y hablé durante mucho tiempo, todo el que hizo falta para escarbar la tierra con los dientes […] y regresarla desde el fondo del hoyo en el que su hijo la había enterrado […] Tenía que contarlo para que mi abuela volviera a vivir siquiera en mis palabras, para devolverla a su vida verdadera […] para que mi abuela volviera a ganar la guerra aquella noche, y Teresa González Puerto ganó la guerra, y en su triunfo triunfó la razón. (504-05)

Al leer lo que Álvaro cuenta, se percibe la necesidad de hablar, contar, narrar, y desentrañar el pasado como un trabajo de recuperación de la memoria individual y colectiva orientado al restablecimiento del sentido político de las víctimas. La novela al completo es una mirada hacia un pasado que influye en el presente y que se proyectará hacia el futuro; es un hurgar en lo no dicho; es la historia del que no tuvo voz para contarla o del que despierta después de un largo letargo.

Notas

1La tácita complicidad civil ha sido denunciada antes en la literatura española, desde Primera memoria (1959), de Ana Maria Matute, a Tranvía a la Malvarrosa (1994), de Manuel Vicent, y recientemente en una novela de Muñoz Molina, El dueño del secreto (1994). Según Colmeiro, la memoria anti-épica ha sido insuficiente como resistencia frente a la dictadura (20).

2Sobre cómo las guerras civiles constituyen un cataclismo en cuanto a los roles asignados a cada género, sobresalen las aportaciones de Margaret R Higonnet en “Civil War and Sexual Territories” (1989).

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